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Ínsula Singularia

Obra analizada

La calle de los cocodrilos

Título original: Sklepy cynamonowe

de Bruno Schulz

1934relatos44.745 palabras analizadas

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Sklepy cynamonowe («Las tiendas de color canela», 1934), difundido en el mundo hispánico y anglosajón con el título de uno de sus relatos, La calle de los cocodrilos, es el primero de los dos únicos libros que publicó Bruno Schulz: profesor de dibujo de un instituto de Drohobycz, en la Galitzia polaca, judío, solitario, que a los cuarenta años reveló de golpe una de las prosas más extraordinarias del siglo XX. El libro no es exactamente una colección de cuentos ni una novela: es la transfiguración mítica de una infancia —la del propio Schulz en el Drohobycz de 1900— contada en episodios donde la realidad de provincia fermenta hasta volverse leyenda.

El mundo del libro

El escenario es único: la casa familiar sobre la tienda de telas, la plaza del mercado, las calles de la pequeña ciudad galitziana. Los personajes, mínimos: el niño narrador, la criada Adela —cuyo poder doméstico es absoluto—, y sobre todo el Padre, Jakub, comerciante de telas y demiurgo doméstico: la creación más memorable de Schulz. El padre de estos relatos libra una guerra metafísica contra el aburrimiento del mundo: cría pájaros exóticos en el desván hasta convertirlo en pajarera cósmica, pronuncia un «Tratado de los maniquíes» donde expone la herejía central del libro —la materia está viva, toda forma es provisional, el hombre puede y debe crear como un demiurgo de segunda clase, con materiales más pobres—, se encoge, se transforma en cangrejo, en cucaracha, en cóndor disecado, muere y renace de un capítulo a otro sin que nadie se asombre.

Alrededor de esa figura, los relatos despliegan las estaciones del mito familiar: la noche de la gran temporada comercial, las tiendas de color canela abiertas en la noche como cuevas de especias y maravillas, el barrio nuevo de la calle de los Cocodrilos —parodia de modernidad barata, «americana», donde hasta el vicio es de imitación: la única concesión del libro a la sátira—, la visita del cometa, el tiempo mismo que se dilata, se bifurca y produce meses supernumerarios. La trama es la metamorfosis perpetua; el argumento verdadero, el lenguaje: una prosa de metáforas encadenadas, barroca y exacta, donde cada objeto de la provincia —un papel pintado, un escaparate, el viento de agosto— es ascendido a acontecimiento cósmico.

Temas y sentido

Schulz llamó a su proyecto «madurar hacia la infancia»: recuperar la percepción mítica del niño, para quien el mundo aún no se ha enfriado en categorías. El libro es la ejecución de ese programa: la autobiografía convertida en cosmogonía, con el Padre como profeta de la imaginación derrotado por la banalidad —el «Tratado de los maniquíes» es a la vez broma cabalística y estética completa del autor—. La crítica lo emparenta con Kafka (Schulz prologó la traducción polaca de El proceso) y con Proust, sus dos vecinos evidentes, pero su música no se parece a nada: donde Kafka seca el mundo, Schulz lo fermenta.

Leído hoy, el libro carga además con su sombra histórica: el mundo que mitifica —la pequeña ciudad judía de la Galitzia austrohúngara— fue exterminado pocos años después, y su autor con él, asesinado por un oficial de las SS en una calle de Drohobycz en 1942. Las tiendas de color canela son también, involuntariamente, el mausoleo de esa Atlántida: una civilización entera conservada en la única eternidad que le fue concedida, la de una prosa perfecta.

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