Jonathan Harker, joven pasante de abogado, viaja a los Cárpatos para cerrar la compra de una finca londinense por un noble transilvano. Su diario taquigráfico —el libro entero está hecho de documentos: diarios, cartas, telegramas, recortes, cilindros de fonógrafo— registra el crescendo perfecto: los campesinos que se santiguan, el rosario regalado, la calesa nocturna, y el castillo donde el conde Drácula —alto, pálido, cortés, con vello en las palmas y ningún reflejo en los espejos— lo retiene con exquisita hospitalidad mientras concluye sus asuntos. Las cuatro semanas de Harker en el castillo son el mejor gótico jamás escrito: el conde trepando bocabajo por el muro, las tres mujeres del pasillo prohibido, el saco que gime, y la comprensión final del prisionero: su anfitrión es una cosa antigua que se muda a Londres, y él, el alimento que dejará atrás.
El argumento
La novela cruza entonces a Inglaterra con la fuerza de su idea central: la invasión. El Deméter, la goleta rusa que transporta las cajas de tierra del conde, embarranca en Whitby con la tripulación desaparecida y el capitán atado al timón —su cuaderno de bitácora es una de las piezas de terror más celebradas del libro—. En Whitby veranean Mina Murray, prometida de Harker, y su amiga Lucy Westenra, que acaba de aceptar a un pretendiente de tres. Lucy empieza a languidecer con dos marcas en el cuello, y el doctor Seward —director del manicomio donde el lunático Renfield come moscas y anuncia al «Amo»— llama a su maestro: Abraham Van Helsing, el sabio holandés que sabe lo que nadie quiere saber. La batalla por Lucy —transfusiones, ajos, ventanas— se pierde: muere, y vuelve. La estaca en el cementerio, ejecutada por su propio prometido, cierra la primera mitad con el rito que el libro fijó para siempre.
La segunda mitad es la caza. El equipo —Van Helsing, los tres pretendientes, Harker y Mina, cuya inteligencia organizadora es el arma secreta del grupo— localiza y esteriliza las cajas de tierra del conde por Londres; Drácula contraataca por donde más duele: Mina, sometida al «bautismo de sangre» que la une telepáticamente a él. La ironía táctica del final es espléndida: esa conexión se vuelve brújula —Van Helsing hipnotiza a Mina para rastrear al conde en fuga—, y la persecución vuelve a Transilvania por tren, barco y carro, contrarreloj sobre el crepúsculo: los cazadores alcanzan la última caja a la vista del castillo, y los cuchillos de Harker y de Quincey Morris —el tejano que paga con su vida— ejecutan al conde en el instante en que el sol se pone. El polvo al que se deshace lleva, escribe Mina, una expresión de paz.
Temas y sentido
Drácula (1897) es la novela del miedo victoriano completo: la invasión inversa —el Este primitivo colonizando el corazón del imperio—, la sangre como sexo innombrable, la ciencia nueva (transfusiones, fonógrafos, trenes cronometrados) contra la superstición que resulta ser exacta. Su forma documental le da la textura de expediente real, y su reparto fijó el género: el vampiro aristócrata, el sabio cazador, la mujer que es a la vez víctima y estratega. No inventó el vampiro literario; lo perfeccionó y se quedó con la patente para siempre.