Bram Stoker (Dublín, 1847 – Londres, 1912) fue un escritor irlandés, autor de Drácula (1897), la novela que convirtió al vampiro en el mito moderno más rentable de la cultura universal. Su caso es único: un solo libro, escrito por un hombre ocupadísimo en otra cosa, engendró un imaginario que factura más de un siglo después en todos los formatos existentes.
Niño postrado por una enfermedad misteriosa hasta los siete años —de aquella inmovilidad contemplativa dijo haber sacado semillas de imaginación—, se rehízo hasta ser atleta universitario en el Trinity College de Dublín, donde se graduó en ciencias. Funcionario y crítico teatral vocacional, su reseña entusiasta de un Hamlet le ganó la amistad del actor más famoso del mundo, Henry Irving, que en 1878 lo contrató para dirigir su Lyceum Theatre de Londres. Ese fue su verdadero oficio durante veintisiete años: mánager, administrador y sombra de un monstruo sagrado —la crítica ha visto siempre en el magnetismo despótico de Irving un modelo del conde—, escribiendo novelas en los ratos que el teatro le dejaba.
Drácula le costó siete años de trabajo documental: folclore transilvano leído en bibliotecas —nunca pisó Rumanía—, tratados de vampirismo, el nombre «Dracula» hallado en un libro sobre los príncipes valacos. La novela epistolar resultante —diarios, cartas, telegramas, el expediente del horror— modernizó al vampiro: lo sacó del castillo gótico y lo metió en el Londres del fonógrafo, la taquigrafía y la transfusión, enfrentándolo a una alianza de ciencia y fe encabezada por Van Helsing. Publicada en 1897, tuvo buena acogida y ventas moderadas: un éxito de género, no un fenómeno; Stoker escribió una docena más de novelas (La joya de las siete estrellas, La guarida del gusano blanco) sin acercarse a repetirlo.
Murió en 1912, con estrecheces, sin sospechar la posteridad. La fabricó el cine: el Nosferatu pirata de Murnau (1922) —que su viuda Florence persiguió en los tribunales hasta ordenar quemar los negativos— y el Dracula de Bela Lugosi (1931) lanzaron la industria vampírica que ya no ha parado, de Christopher Lee a Coppola (1992) y a la ficción vampírica entera, que es toda descendencia suya. Hoy Drácula es una de las novelas más adaptadas de la historia, objeto de estudio académico constante —sexualidad victoriana, invasión inversa, tecnología y superstición— y el ejemplo supremo de la obra que devoró a su autor: el mundo entero conoce al conde; solo los lectores saben quién fue Stoker.