Relatos del alma rusa es una antología en español de los cuentos de Aleksandr Ivánovich Kuprín (1870-1938), uno de los grandes narradores rusos de la generación que sucedió a Chéjov y compartió época con Gorki y Bunin. El volumen reúne piezas del periodo central de su producción —los años entre 1894 y la Revolución—, cuando Kuprín, oficial del ejército reconvertido en escritor tras una vida de oficios inverosímiles (fue arrastrado por su curiosidad a trabajar de pescador, cargador, dentista provisional, aviador pionero y periodista de sucesos), se convirtió en el retratista más físico y compasivo de la Rusia de los últimos zares.
El mundo de los relatos
El territorio de Kuprín es la humanidad concreta: soldados de guarnición aburridos hasta la desesperación, prostitutas, atletas de circo, ingenieros, mendigos, funcionarios, animales —sus cuentos de perros y caballos son célebres—, gentes de puerto y de taberna. De Chéjov, a quien trató y veneró, heredó la compasión sin sermón; de su propia biografía errante, el conocimiento de primera mano de los oficios y los cuerpos. Sus relatos característicos combinan la observación casi documental —Kuprín se documentaba obsesivamente: bajó a las minas, voló en los primeros aeroplanos, se sumergió con escafandra— con arrebatos líricos sobre el amor y la muerte que lo emparentan con el romanticismo tardío.
Entre las piezas mayores de su cuentística que las antologías españolas suelen recoger están «El brazalete de granates» (1911), su relato más famoso: la historia de un funcionario insignificante que ama en silencio, durante años, a una aristócrata casada, y cuyo regalo imposible —un brazalete de granates heredado— desencadena la tragedia; un canto al amor absoluto e irrepetible que pasa «una sola vez en mil años». Junto a él, «El duelo» circula en versiones abreviadas —su novela homónima de 1905, demolición del ejército zarista, fue el mayor escándalo literario de su año—, y cuentos como «Olesia» (el amor de un señorito por una «bruja» de los bosques de Polesia), «Gambrinus» (el violinista judío de una taberna de Odesa, superviviente de pogromos y guerras, símbolo de la resistencia del arte) o «El desafío» muestran su registro completo, del idilio trágico a la crónica social.
Temas y sentido
Leída en conjunto, la cuentística de Kuprín es un censo sentimental del imperio ruso en vísperas de su hundimiento. Sus temas persistentes: el amor como fuerza sagrada y casi siempre desdichada; la dignidad de los humildes frente a la maquinaria social; la fascinación por el cuerpo, el oficio y el riesgo; la ternura por los animales y los niños; y una vena de indignación moral —contra el antisemitismo, contra la prostitución reglamentada, contra la brutalidad militar— que lo convirtió en conciencia pública de su tiempo. Estilísticamente es un narrador de sensaciones: pocos escritores rusos han descrito con tanta precisión olores, esfuerzos físicos y ambientes.
Para el lector en español, una antología como esta funciona como puerta de entrada a un clásico menos transitado que sus contemporáneos: el eslabón exacto entre el realismo de Chéjov y la prosa sensorial de Bunin, y uno de los últimos retratistas del «alma rusa» —esa categoría que el propio título de la antología invoca— antes de que la Revolución dispersara a sus personajes y a su autor, que conoció el exilio parisino y solo regresó a Rusia, enfermo y para morir, en 1937.