Capítulo 1
La válvula pilórica de Ignatius J. Reilly se declaró en huelga aquella tarde de diciembre, justo cuando un viento frío y mezquino, cargado del olor a cerveza rancia y orines de la calle Bourbon, se colaba por las rendijas de la ventana de su habitación. Era una protesta interna, silenciosa pero de una elocuencia devastadora, un espasmo de desaprobación gástrica que coincidía, no por casualidad, con la lectura de un panfleto particularmente insidioso de Boecio. Ignatius dejó el libro sobre el montículo de su vientre, un promontorio pálido y cubierto de vello que se alzaba bajo la camiseta sucia, y emitió un eructo largo y filosófico.
«La Fortuna y su rueda», masculló hacia el techo agrietado, donde una mancha de humedad adoptaba, a su juicio, la forma inequívoca de la cabeza de John Knox. «Una alegoría burda para una realidad aún más burda. La mía, en cambio, parece haberse atascado en el punto más bajo, y ahora mi propia fisiología se une al motín».
Se incorporó con un gemido, un movimiento complejo que implicaba el balanceo de varias masas corporales en distintas direcciones. La habitación, un santuario al desorden, le observaba con la complicidad de lo familiar. Pilas de cuadernos atados con cordeles, latas vacías de Dundee Marmalade, y los restos de una maqueta a medio construir del sistema de drenaje de la Constantinopla bizantina, ocupaban cada superficie disponible. En el aire flotaba, constante, el olor a naftalina y a grasa corporal rancia. Ignatius, a sus treinta años, consideraba este cuarto en la casa de su madre en el barrio de Uptown no como un refugio, sino como el cuartel general desde el que libraba una guerra solitaria y esencial contra un siglo XX que había perdido el rumbo, la decencia y cualquier noción de geometría y teología aceptables.
Abajo, en la cocina, Irene Reilly forcejeaba con una olla que contenía algo que, en un acto de optimismo culinario, ella llamaba «estofado». El sonido de los trastos chocando subía por la escalera como un mensaje en código Morse: desesperación, desesperación. Ignatius frunció el ceño. Su madre era un ser esencialmente bueno, pensaba, pero su cerebro, expuesto durante décadas a los vapores del Catholic Digest y a las telenovelas, había adquirido la consistencia de una goma de borrar usada. Cada intento de conversación con ella era como explicar la teoría de las formas platónicas a un caniche.
—¡Ignatius! —La voz de Irene, aguda y cargada de una ansiedad perpetua, traspasó el suelo—. ¡Baja un momento, cariño!
—¿Es una urgencia de naturaleza física o espiritual, madre? —preguntó él, sin moverse, proyectando su voz para que resonara en el pasillo—. Mi válvula pilórica está en un estado de agitación que aconseja reposo absoluto.
—¡Es la señora Levy! ¡Ha llamado del Levy Pants! ¡Dice que es importante!
Un escalofrío que no tenía que ver con el viento recorrió la espina dorsal de Ignatius. Levy Pants. El nombre solo evocaba imágenes dantescas: telas de una vileza insultante, costureras con modales de orangutanes, y el tufo a derrota industrial que impregnaba aquel edificio decrépito cerca del canal. Había trabajado allí, brevemente, en un pasado que su psique se empeñaba en borrar. La mera mención era una afrenta a su sensibilidad.
—Dígale a esa arpía de la confección barata que Ignatius J. Reilly no está disponible para sus maquinaciones capitalistas —declaró, ajustándose el sombrero de cazador que, por alguna razón arcana, llevaba puesto en interiores.
Pero ya era tarde. Oyó los pasos rápidos de su madre subiendo la escalera, un preludio de calamidad. La puerta se abrió, revelando a Irene, pequeña y redonda como un petirrojo asustado, con el delantal manchado y los ojos muy abiertos.
—Cariño, ha sonado muy insistente. Dice que es sobre… sobre una carta que mandaste.
Ignatius palideció. O, más bien, su tez habitual, de un blanco marfil ligeramente amarillento, se tornó ceniza. La carta. La Gran Epístola. La había enviado hacía un mes, tras una noche de insomnio alimentada por Lucky Dogs y la lectura de Marx (a quien detestaba, pero cuya prosa le parecía, en ocasiones, adecuadamente iracunda). Dirigida al mismísimo señor Gus Levy, propietario de la fábrica, era un tratado de ocho páginas, escrito con su mejor letra gótica, detallando las ineficiencias, los abusos morales y las ofensas estéticas que constituían, a su entender, el día a día de Levy Pants. La había firmado con orgullo: «Ignatius J. Reilly, Observador y Cronista de la Decadencia Moderna».
—Dios mío —murmuró—. La han encontrado. La han leído. Probablemente la han enmarcado en el vestíbulo, como un ejemplo de subversión patética.
—¿Qué hiciste, Ignatius? —Su madre se retorcía las manos—. No nos podemos permitir líos, con lo de la hipoteca y todo…
—Lo que hice, madre, fue un acto de conciencia cívica. Una llamada a la cordura en un mundo de pantalones mal cortados. Ahora, si me disculpa, debo prepararme para el martirio.
Media hora después, Ignatius, enfundado en un abrigo verde de lana que le daba el aspecto de una colina musgosa en movimiento, bajaba por Constantinople Street. El viento jugaba con los flecos de su bufanda escocesa, y su rostro, grande y pálido como la luna llena, exhibía una expresión de profunda resignación ofendida. Cada paso era una protesta. La ciudad a su alrededor, Nueva Orleans, su Nueva Orleans, parecía participar en la conspiración. Las enredaderas de las galerías de hierro forjado se mecían con burla; el sonido lejano de un saxofón desde algún patio era un lamento demasiado frívolo para su grave situación; incluso el cielo, de un azul deslavado, le parecía de una indiferencia insultante.
«La geometría falla aquí», pensó, esquivando un charco de agua sucia. «Las calles no siguen una cuadrícula racional, sino los caprichos de algún topógrafo borracho. Es sintomático. Todo es síntoma».
Llegó a la puerta de Levy Pants. El edificio, una estructura de ladrillo descolorido con ventanas ciegas de suciedad, se alzaba como un mausoleo a la ambición fracasada. Flotaba en el aire, más denso que la niebla, el olor a tela humedecida, a aceite de máquina viejo y a desesperanza. Ignatius empujó la puerta, que chirrió con un sonido que le erizó el vello de la nuca.
La oficina de la señora Levy era un cubículo de cristal dentro de un espacio mayor lleno de escritorios vacíos y máquinas de escribir cubiertas de fundas. La mujer estaba al teléfono, pero colgó en cuanto lo vio entrar. La señora Levy era delgada y nerviosa, con un peinado alto y rígido que parecía desafiar las leyes de la física, y unos ojos que lo escudriñaban todo con la avidez de un pájaro insectívoro.
—Ah, el señor Reilly —dijo, y su voz era como el roce de dos piedras—. Tome asiento.
Ignatius se dejó caer en una silla de metal que crujió bajo su peso. La válvula pilórica emitió un gruñido de advertencia.
—He recibido una comunicación muy… interesante —comenzó la señora Levy, sosteniendo entre sus dedos, como si fueran un pañuelo sucio, las famosas ocho páginas—. Mi marido, el señor Levy, la ha leído. De hecho, la ha leído varias veces. No está seguro de si es una denuncia, un manifiesto o… una obra de teatro absurda.
—Es un diagnóstico —corrigió Ignatius con dignidad—. Un análisis de la patología que consume esta institución desde dentro. Sus referencias a «obra de teatro absurda» solo demuestran que ha captado, de manera intuitiva pero torpe, el carácter fundamentalmente grotesco de la empresa humana bajo el capitalismo tardío.
La señora Levy parpadeó, lentamente. Luego, una sonrisa extraña, tensa, se dibujó en sus labios.
—El señor Levy está impresionado por su… pasión. Y por su dominio del vocabulario. Tanto, que ha tenido una idea.
Ignatius sintió cómo un sudor frío brotaba en la base de su cuello. En su experiencia, las «ideas» de los empresarios solían implicar horarios, responsabilidades y, lo peor de todo, interacción con el «público».
—Mi marido cree —prosiguió ella, clavándole la mirada— que un joven de su… carácter único… está desperdiciado. Levy Pants necesita revitalizarse. Necesita una nueva imagen. Y usted, señor Reilly, con sus fuertes opiniones, podría ser perfecto para un nuevo proyecto. Una iniciativa de ventas. En el exterior.
El mundo se detuvo. El zumbido lejano de las máquinas de coser se convirtió en un coro de risas demoníacas. Ventas. En el exterior. Las palabras resonaron en el cráneo de Ignatius como campanadas fúnebres. Significaba abandonar su santuario. Significaba calle. Gente. Exposición a los elementos y, lo que era peor, a las miradas de los demás.
—Espero —dijo, ahogándose— que no se refiera a lo que mi mente, atormentada, está vislumbrando.
—Queremos que se encargue de nuestro nuevo carrito de perritos calientes —anunció la señora Levy, con la satisfacción de quien acaba de soltar una rata en medio de una reunión de té—. En el Barrio Francés. Los Levy Lucky Dogs. Es una franquicia que estamos probando. Usted sería nuestro primer… gerente de campo.
Ignatius J. Reilly cerró los ojos. Vio, en un fogonazo de puro horror, su futuro: empujando un carrito con ruedas chirriantes, bajo un sol implacable, rodeado de turistas ebrios que pedían mostaza y queso fundido, su bufanda escocesa manchada de chili, su sombrero de cazador convertido en el hazmerreír de músicos callejeros y artistas mediocres. Era el descenso definitivo. La rueda de la Fortuna, efectivamente, giraba, pero solo para aplastarlo contra el fango.
—Madre de Dios —susurró.
—El sueldo es modesto, pero hay comisión —añadió la señora Levy, deslizando un contrato por la mesa—. Y, por supuesto, sería una forma de poner en práctica algunas de sus… ideas sobre eficiencia y trato al cliente.
Ignatius abrió los ojos. En su mirada había algo nuevo, algo que no era solo pánico, sino el destello frío de una lógica perversa. Si el mundo insistía en arrastrarlo a su farsa, él la superaría en absurdidad. Si la decadencia era el escenario, él sería su actor más grotesco. Tal vez, solo tal vez, desde la trinchera inmunda de un carrito de Lucky Dogs, podría librar su guerra con una visibilidad aún mayor. Podría escribir un nuevo capítulo de su gran obra, La Conspiración contra la Decencia, desde la primera línea de la barbarie comercial.
Con una mano que apenas temblaba, tomó el bolígrafo que le ofrecía la señora Levy.
—Muy bien —dijo, y su voz recuperó un eco de su antigua pomposidad—. Acepto el cargo. Pero dejo constancia de que lo hago bajo una profunda protesta metafísica, y con la intención expresa de documentar, desde dentro, el colapso terminal de este experimento fallido que ustedes llaman negocio.
Firmó el contrato con una rúbrica floreada que ocupó media página. La señora Levy sonrió, una sonrisa auténtica esta vez, de triunfo. No tenía idea de lo que acababa de desatar.
Al salir de Levy Pants, el viento frío le azotó la cara. Ignatius se ajustó la bufanda, miró hacia el cielo indiferente y luego hacia el sur, en dirección al Barrio Francés. Allí, en algún callejón maloliente, le esperaba su destino, con forma de carrito de acero inoxidable y un depósito de salchichas.
«La Fortuna es una ramera —pensó, encaminándose lentamente hacia casa, donde su madre y el estofado aguardaban—. Pero incluso una ramera puede, por accidente, proporcionar un punto de observación privilegiado».
Y, por primera vez en mucho tiempo, una especie de anticipación terrible, una emoción oscura y retorcida, comenzó a agitarse en su interior, justo al lado de la válvula pilórica, que, por el momento, había decidido suspender la huelga.