Capítulo 1: El Gran Discurso de la Fortuna Funesta
La válvula pilórica de Ignatius J. Reilly anunció su descontento con un gruñido largo y líquido, un sonido que, en la penumbra subterránea de la Sala de Periódicos Antiguos de la Biblioteca Pública de Nueva Orleans, resonó con la autoridad de un edicto papal. Él, sin embargo, no le prestó atención; estaba inmerso en una tarea de mayor envergadura. Sobre la mesa de roble, arañada por generaciones de lectores desesperados, se extendía un cuaderno abierto cuyas páginas, manchadas de un amarillo sospechoso en los bordes (restos, quizás, de un pastel de cerdo consumido con furia teológica horas antes), recibían el torrente de su pluma estilográfica. Fuera, muy por encima de las bóvedas de cemento y los estantes cargados del polvo de décadas, la ciudad se entregaba al Carnaval. Un rumor sordo, como el latido de un corazón enfermo, se filtraba a través de los conductos de ventilación: el boom-boom primitivo de los tambores, el estallido agudo de risas ebrias, el ocasional grito de una sirena que se perdía en la cacofonía. Para Ignatius, aquello no era música, sino el estertor terminal de la civilización.
—¡Oh, funesta Fortuna! —murmuró, aunque el murmullo en su boca sonó a trueno ahogado. Su cuerpo, una masa imponente y mal empaquetada dentro de un suéter de lana verde botella y unos pantalones de franela demasiado cortos que revelaban unos tobillos pálidos y cilíndricos, se inclinó sobre el cuaderno. Su rostro, ancho y congestionado, con una barba incipiente que más parecía una infección fúngica de la piel, se contrajo en un gesto de supremo desdén—. Mientras la turba, esa hoi polloi desenfrenada, se revuelca en el fango de sus propios excesos paganos, la mente superior debe refugiarse en las catacumbas del saber. Sí. Catacumbas. Esa es la palabra exacta.
Escribió con furia: «Observación Primera: La geometría moral de la sociedad moderna ha colapsado en una espiral degenerativa, una curva que desciende, con una pendiente cada vez más pronunciada, hacia el abismo de la banalidad. Los ejes cartesianos de la decencia han sido torcidos por las manos grasientas del comercio y la televisión.» Hizo una pausa, alzó la mirada hacia el techo de baldosas acústicas, donde una mancha de humedad se extendía como un continente desconocido, y dejó escapar un eructo que sabía a cebolla frita y desesperación. Su válvula respondió con otro gemido.
El rincón que habitaba era su reino. Lo había elegido no por su comodidad (la silla de madera le clavaba sus listones en la carne como instrumentos de tortura medievales), sino por su posición estratégica: alejado de la mirada ociosa de los bibliotecarios, cerca de una estantería de volúmenes de filosofía medieval que nadie consultaba, y con una vista parcial, a través de un pasillo, de la puerta de entrada a la sala. Desde allí podía vigilar, con la paranoia de un general en su búnker, cualquier intrusión del mundo exterior. El aire olía a papel en descomposición, a polvo viejo y a una tenue pero persistente humedad de pantano, el aliento mismo de la ciudad que se colaba desde las profundidades del Mississippi.
Un estruendo más fuerte que los demás hizo temblar ligeramente las lámparas fluorescentes. Ignatius frunció el ceño, su gran nariz roja palpitando como un semáforo en alerta. «Los bárbaros están a las puertas», declaró a nadie en particular. «Literalmente. Y no portan espadas, sino botellas de licor barato y esos horribles collares de plástico. La Edad Media, al menos, tenía una cierta coherencia teológica. Esto es simplemente… caos decorativo.»
Volvió a su manuscrito. Había comenzado este «Gran Discurso para la Reconfiguración del Orden Mundial (con Apéndices y Notas al Pie)» hacía seis meses, pero el Carnaval, con su asalto a sus sentidos, le había infundido una urgencia nueva, apocalíptica. Cada risotada que llegaba desde la calle era una prueba más, una evidencia incontrovertible que añadir al sumario de la acusación contra la humanidad. Escribía en un estilo que él consideraba augusto, una mezcla de latín macarrónico, jerga académica obsoleta y la prosa enfática de los panfletos religiosos del siglo XIX. Era su escudo contra la vulgaridad circundante.
«El sacrificio se hace necesario», anotó, subrayando la palabra sacrificio con tanta fuerza que la punta de la pluma rasgó el papel. «No un sacrificio de corderos o de vírgenes, aunque la escasez de estas últimas en el estado actual de degeneración hace la oferta poco práctica, sino un sacrificio simbólico, una purga de los elementos más corruptores. Una hoguera, sí. Pero no de libros—eso sería una barbarie de otro cuño—sino de los conceptos que esos libros, los modernos, propagan. La televisión. La democracia entendida como tiranía de la mayoría inculta. La “música” rock. Los pantalones vaqueros ajustados. Habría que erigir una pira conceptual en la plaza principal y…»
Su meditación fue interrumpida por el chirrido de la puerta metálica al final del pasillo. Ignatius se puso rígido, como un erizo sintiendo un depredador. Dos figuras entraron tambaleándose en la sala de periódicos: un hombre y una mujer, jóvenes, vestidos con los harapos multicolores y brillantes de los juerguistas. El hombre llevaba una corona de plástico dorado torcida y la mujer, un vestido de lentejuelas verde que le quedaba varias tallas pequeño. Olían a sudor, a alcohol dulzón y a la promesa vacía de la diversión.
—Mira, Jerry, ¡es súper tranquilo aquí abajo! —chilló la mujer, su voz un agudo cuchillo en el silencio polvoriento.
—Shhh, Bonnie, es una biblioteca —dijo el hombre, con una seriedad borracha, antes de soltar una risotada que resonó entre los estantes.
Ignatius los observó con los ojos entrecerrados, una mirada que pretendía ser de desprecio antropológico pero que no lograba ocultar un destello de pánico. Su mano, grande y pálida como un filete de merluza sin cocinar, se cerró instintivamente sobre el cuaderno, protegiéndolo. Los intrusos deambularon entre las mesas, tocando las encuadernaciones de cuero con dedos pegajosos.
—Oye, ¿qué es esto? «Filosofía» —leyó el hombre, Jerry, arrastrando las palabras—. Aburrido.
—Deberíamos irnos, Jerry. Huele a viejo aquí —dijo Bonnie, arrugando la nariz.
Fue la palabra «viejo», pronunciada con ese tono de desdén juvenil, la que hizo reaccionar a la válvula pilórica de Ignatius con un sonido especialmente estridente, un glup-glup-gluuuurg que se propagó por la sala silenciosa como una declaración de principios. Los dos juerguistas se detuvieron en seco y miraron en dirección al rincón.
—¿Qué fue eso? —preguntó Bonnie, sus ojos vidriosos abriéndose un poco más.
Ignatius sintió el calor del rubor subiéndole por el cuello. No era vergüenza, se dijo a sí mismo con ferocidad, sino la indignación de un espíritu noble profanado. Alzó la cabeza con lentitud deliberada, imitando, en su mente, el gesto de un emperador romano frente a los godos.
—El sonido que perciben —dijo, y su voz, grave y cargada de una nasalidad pedante, llenó el espacio— es la protesta física de un organismo refinado ante la invasión de su santuario por emanaciones… plebeyas. —Articuló «plebeyas» como si escupiera un hueso de cereza.
Jerry y Bonnie parpadearon, desconcertados. La procesión de palabras les había llegado, pero no el significado.
—¿Qué? —dijo Jerry.
Ignatius respiró hondo, inflando su pecho que, bajo el suéter verde, se abultó como un globo defectuoso. Aquí estaba su oportunidad. No para comunicarse, eso era imposible, sino para lanzar un dardo, aunque fuera de goma, contra el muro de la estupidez.
—Estoy diciendo —explicó, con una paciencia exagerada que era más insultante que un grito— que este recinto está dedicado a la preservación del conocimiento, no a las payasadas dionisíacas de una horda que confunde la liberación con la embriaguez etílica. El Carnaval es una farsa, una concesión grotesca a los apetitos más bajos. Mientras ustedes se adornan con abalorios de plástico, yo —y aquí golpeó suavemente el cuaderno con el dorso de la mano— trabajo en la salvación de la civilización occidental.
Bonnie se rio, un sonido chillón y genuino. «¡Está loco, Jerry! ¡Míralo!»
Jerry, sin embargo, parecía ligeramente más impresionado, o al menos confundido por la energía del discurso. «Oye, tío, relájate. Es Martes Gordo. ¿No tienes un disfraz?»
Ignatius sintió que una oleada de bilis, metafórica y quizás literal, le subía por la garganta. «Mi “disfraz” —replicó— es la armadura del intelectual en un mundo de bufones. No necesito máscaras. Yo veo la realidad desnuda, y es una visión horrible. Ahora, si no les importa, tengo que terminar de bosquejar los detalles de un nuevo orden geopolítico. Les sugiero que regresen a su… bacanal.»
Hizo un gesto de despedida con la mano, un movimiento flojo y despectivo, y bajó la cabeza hacia su cuaderno con una finalidad teatral. Por un momento, los dos jóvenes se quedaron allí, parados, la energía de la fiesta chocando contra el campo de fuerza de misantropía que Ignatius emanaba. Finalmente, Jerry tomó del brazo a Bonnie.
—Vamos, Bon. Este sitio da mal rollo.
Se marcharon, dejando tras de sí un rastro de perfume barato y la puerta chirriando de nuevo. El silencio regresó, pero ahora estaba contaminado. Ignatius permaneció inmóvil durante un minuto, escuchando el latir de su propia sangre en sus oídos y el gruñido sordo, más íntimo, de sus entrañas. Luego, con un suspiro que era una obra maestra de la autocompasión, reanudó la escritura.
«El incidente anterior sirve como ilustración perfecta de la necesidad del Sacrificio Conceptual. La juventud, antaño receptáculo de ideales, es ahora un vehículo de pura sensorialidad degradada. No hay diálogo posible. Solo monólogos que se cruzan en la noche. Por lo tanto, el Nuevo Orden debe ser impuesto, no discutido. Requiere una ceremonia de ruptura, un acto tan chocante en su simbolismo que fracture la modorra colectiva. Una quema, sí. Pero ¿de qué? No de objetos, sino de… representaciones. Estatuillas. Carteles. Esos horribles discos de vinilo. Habría que reunirlos en un lugar público, quizás frente a esta misma biblioteca, y…»
Dejó la pluma. Un dolor sordo, familiar, comenzaba a pulsar detrás de sus ojos. El olor a polvo y humedad se le antojó de repente opresivo, el aire, viciado. El bullicio del Carnaval, lejos de amainar, parecía intensificarse, como si la ciudad entera se estuviera convulsionando en un último y gran espasmo de idiotez. Necesitaba un descanso. Necesitaba un Ding Dong. O dos.
Con un gemido que no era solo de su válvula, sino de su alma entera, Ignatius se puso de pie. La silla protestó al liberarse de su peso. Rebuscó en el bolsillo de su pantalón de franela y extrajo un pañuelo arrugado y sucio, con el que se enjugó la frente. Luego, con la solemnidad de un sacerdote que se dispone a recoger los elementos de la eucaristía, guardó su estilográfica en un estuche de plástico agrietado, cerró el cuaderno y lo colocó, junto con otros tres idénticos, dentro de una cartera de cuero desgastada que había en el suelo.
—La retirada táctica no es una derrota —musitó para sus adentros, mientras cogía la cartera—. Es un reconocimiento de que el campo de batalla está, temporalmente, contaminado.
Caminó pesadamente hacia la salida, sus pasos resonando en el suelo de linóleo. Al pasar frente a la estantería de filosofía medieval, su mano, casi por reflejo, se alargó y acarició el lomo de un volumen de Boecio. «Tú lo entendiste, Anicio», murmuró. «La rueda gira, y nosotros, los hombres de calidad, siempre acabamos en la parte de abajo, aplastados por el peso de la mediocridad ascendente.»
Al salir a los pasillos principales de la biblioteca, la luz era ligeramente mejor, pero la atmósfera no menos lúgubre. Una bibliotecaria de mediana edad, con un jersey beis y una expresión de resignación infinita, pasó por su lado con un carrito lleno de libros para devolver a las estanterías. Ignatius la miró de reojo. ¿Sería un alma potencialmente redimible? ¿O ya estaba demasiado corrompida por el sistema, por la rutina de servir a las masas ignorantes? La desechó mentalmente. Su mirada era demasiado dócil.
En la gran sala de lectura, bajo la luz pálida que caía de unas altas ventanas empañadas, unos pocos lectores dispersos, refugiados como él del Carnaval pero por razones menos épicas (estudiantes abrumados, vagabundos que buscaban calor), inclinaban la cabeza sobre sus mesas. Ignatius los observó con una mezcla de desdén y un extraño anhelo. Eran testigos mudos, extras en el drama de su vida. No entenderían el Sacrificio Conceptual. Probablemente se alarmarían.
Al llegar a la puerta principal de la biblioteca, se detuvo. Más allá de los pesados cristales, el mundo era un caleidoscopio de movimiento y color distorsionado. Una comparsa pasaba, un río de plumas, lentejuelas y cuerpos sudorosos, al ritmo de una batería que parecía martillear el pavimento. El aire que se colaba por las jambas olía a cerveza derramada, a polvo de talco y a carne humana sobrecalentada.
Ignatius apretó la cartera contra su pecho, como un escudo. Un pensamiento, claro y frío, se abrió paso entre la niebla de sus quejas: necesitaba discípulos. Un hombre solo, por muy iluminado que estuviera, no podía llevar a cabo un Sacrificio Conceptual de la magnitud requerida. Necesitaba manos, oídos, aunque fueran torpes. Alguien que catalogara los objetos de la purga. Alguien que repartiera los manifiestos. Alguien que, al menos, escuchara sus discursos sin reírse abiertamente.
—Sí —dijo en voz baja, sus ojos fijos en la turba que danzaba bajo el sol del mediodía—. El profeta necesita sus voceros. Aunque sean sordos. El mensaje debe ser proclamado.
Con una determinación renovada, pero teñida de la profunda melancolía que siempre acompañaba sus empresas, Ignatius J. Reilly empujó la puerta y se sumergió en el torrente del Carnaval. No para unirse a él, sino para atravesarlo como un submarino de ideas, silencioso y lleno de resentimiento, rumbo a su próximo refugio, rumbo a la siguiente fase de su gran y solitaria rebelión. La válvula pilórica gruñó una última advertencia, pero fue ahogada por el estruendo de los saxofones. Él avanzó, una isla de franela verde y desesperación intelectual en un mar de júbilo vulgar, convencido de que, en sus cuadernos manchados de grasa, llevaba el antídoto para todo aquello.
Capítulo 2: Los Discípulos del Desastre
La biblioteca pública, en las horas bajas del Carnaval, adquiría la consistencia de un pulmón enfermo. El aire, siempre viciado por el polvo de siglos y el aliento de la calefacción antigua, se había espesado con los ecos amortiguados de la bacanal exterior: un bajo sordo que vibraba en los radiadores, estallidos de risa que se filtraban por los respiraderos como gas venenoso, el lejano martilleo de tambores que parecía el latido irregular de una ciudad en fiebre. En su rincón subterráneo, entre la sección de geografía desactualizada y los anaqueles de filosofía medieval que nadie consultaba, Ignatius J. Reilly respiraba ese aire con la satisfacción de un alquimista en su laboratorio. Aquí, en el útero de la decadencia, gestaría la antitoxina.
Sus cuadernos, ahora una pila más alta y desordenada, descansaban sobre una mesa sacudida por sus codos. Había pasado la noche en vela, no por el insomnio —aunque su válvula había protagonizado varios soliloquios gástricos de protesta—, sino por una inspiración divina, o al menos, eso le parecía a él. El Gran Discurso había cristalizado en un plan de acción. Un hombre de su talla intelectual no podía limitarse a la teoría; la Praxis, con mayúscula, lo reclamaba. Pero toda empresa magna requería manos auxiliares, instrumentos. No discípulos en el sentido platónico —la capacidad de esos seres para la abstracción era, en el mejor de los casos, dudosa—, sino más bien acólitos, ejecutores de las órdenes superiores. Y la biblioteca, ese microcosmos de la estupidez humana, estaba repleta de candidatos potenciales: los fracasados, los raros, los que se aferraban a los márgenes del sistema como lapas a un casco oxidado.
Su mirada, detrás de los lentes empañados por la grasa de sus propias cejas, barrió la sala de lectura subterránea. Allí estaba la joven del mostrador de préstamos, la de las gafas de montura negra y la expresión permanentemente estreñida, como si oliera algo podrido. Myrna Minkoff. La había observado discutir acaloradamente con un usuario sobre una multa de diez centavos, citando normativas internas con una ferocidad desproporcionada. Había en ella un destello de ira justiciera, mal dirigida, por supuesto, pero ira al fin. Un material bruto.
Y en el rincón más oscuro, entre las pilas de libros devueltos que esperaban ser reubicados, se movía la sombra encorvada de Jones. Un anciano de una delgadez espectral, cuyo trabajo oficial nadie parecía conocer, pero que pasaba los días reordenando estantes de forma obsesiva y metódica, murmurando para sí una taxonomía secreta. Jones catalogaba el caos. Era perfecto.
Ignatius se levantó con un gruñido, su franela verde tirando de los botones sobre su vasto abdomen. Se acercó primero al mostrador. Myrna estaba clavando etiquetas con una violencia que amenazaba con perforar el cartón.
—Joven mujer —anunció, su voz un bajo profundo que pareció absorber el débil zumbido de los fluorescentes—. Una interrupción momentánea en su labor de burocracia punitiva.
Myrna lo miró por encima de sus gafas. No pareció sorprendida. Ignatius era un elemento conocido, una rareza predecible. —Tengo trabajo, señor Reilly.
—¡Trabajo! —exclamó él, como si hubiera pronunciado una blasfemia—. Usted llama trabajo a esta servidumbre a un sistema de catalogación arbitrario y corrupto. Lo que yo le propongo es una misión. Una rectificación.
Ella dejó el punzón. Había algo en la palabra «misión» que hizo que su ceño fruncido se suavizara un milímetro. —¿Qué clase de misión?
—La salvación, aunque sea parcial y simbólica, de este templo profanado —Ignatius hizo un gesto amplio que abarcaba los estantes polvorientos—. La biblioteca, antaño faro del Logos, se ha convertido en un burdel de ideas baratas. Novelas de aeropuerto, manuales de autoayuda, periodismo sensacionalista disfrazado de historia… una infección. Yo he trazado un plan para su purificación. Un nuevo orden.
Myrna lo estudió. Su mirada recorrió la franela manchada, la gorra de cazador aplastada sobre su oreja, la intensidad fanática de sus ojos. No vio a un loco. Vio, o quiso ver, a un profeta excéntrico, un disidente radical. En su mente, alimentada por panfletos políticos mal digeridos y un descontento generalizado, se encendió una chispa. —¿Una purificación? ¿Como una revolución dentro de la biblioteca?
—Exactamente —asintió Ignatius, complacido de que hubiera captado la esencia, aunque seguramente no la profundidad—. Una revolución contra la banalidad. Requiere manos decididas. Usted demuestra una… tenacidad beligerante que podría ser de utilidad. Redirigida, claro está.
—¿Y qué hay de Jones? —preguntó Myrna, señalando con la cabeza al anciano, que en ese momento sacudía un libro para quitarle el polvo con una meticulosidad funeraria.
—Jones —declaró Ignatius— es el siguiente en la lista. Su obsesión por el orden, aunque limitada y mecánica, denota una mente que anhela estructura frente al caos. Una ansiedad existencial que podemos aprovechar. Sígame.
Ignatius se dirigió hacia el rincón de Jones con el paso pesado de un acorazado. Myrna, después de un segundo de duda, lo siguió, sintiendo un extraño hormigueo de importancia. Jones no levantó la vista cuando la sombra de Ignatius cayó sobre su pila de libros. Estaba murmurando: «…912.3, geografía histórica, correlacionar con 309.1, condiciones sociales, pero el factor climático en 551.6…»
—Jones —tronó Ignatius—. Deje por un momento su intento de imponer una cuadrícula racional a un universo irracional. Tengo una proposición que satisfará su… anhelo de un sistema verdadero.
El anciano parpadeó lentamente, como un búho saliendo de un sueño profundo. Sus ojos, pálidos y acuosos, se posaron en Ignatius sin reconocimiento inmediato. —El sistema Dewey es suficiente —dijo, con una voz tan seca y quebradiza como las páginas de los libros que manipulaba.
—¡El sistema Dewey es una farsa! —estalló Ignatius, y un par de lectores en la sala alzaron la vista, molestos—. Es la lógica del contable aplicada al alma humana. Yo hablo de un orden superior, basado en valores estéticos y morales, no en números arbitrarios. Un orden que purgue la podredumbre.
Jones parpadeó de nuevo. —¿Purgue?
—Eliminar. Extirpar. Los elementos corruptores —Ignatius bajó la voz, adoptando un tono conspirativo que era aún más grotesco por su grandilocuencia—. Esta biblioteca necesita una limpieza. Y nosotros seremos sus cirujanos.
Myrna intervino, su voz cargada de un fervor que intentaba emular el de Ignatius pero que sonaba a estudiante en su primera asamblea. —El señor Reilly tiene un plan para resistir la degradación cultural. Una acción directa.
Jones miró a Myrna, luego a Ignatius, luego a sus manos, cubiertas de una fina capa de polvo gris. El caos del Carnaval, un redoble de tambores particularmente insistente, retumbó en los ductos de ventilación. Él pasaba sus días ordenando, y el mundo exterior era un alboroto incesante, una cacofonía que se negaba a ser catalogada. La idea de un orden, cualquier orden que hiciera callar ese ruido, tenía un atractivo profundo y patético. —¿Qué habría que hacer? —preguntó, casi en un susurro.
Ignatius sonrió, una grieta en la masa de su cara. Los tenía. Los condujo de vuelta a su mesa, a la sombra de los estantes de filosofía medieval. Allí, rodeado de sus cuadernos, inició la primera lección. La atmósfera era claustrofóbica: el aire espeso, la luz amarillenta de las lámparas que parpadeaban intermitentemente, el olor a papel viejo, humedad y, de forma inconfundible, a Ignatius —una mezcla de sudor rancio, grasa de patatas fritas y tinta barata—.
—La sociedad —comenzó, entrelazando sus dedos sobre su vientre— sufre una decadencia geométrica. No aritmética, ¡geométrica! Cada avance tecnológico, cada concesión a la vulgaridad, multiplica el efecto corruptor. La televisión, los automóviles, la música «jazz»… son síntomas de una enfermedad espiritual que tiene su epicentro aquí, en estos estantes, donde la sabiduría se pudre junto a la basura.
Myrna asentía con vehemencia, tomando notas mentales. Jones observaba fijamente un punto sobre la cabeza de Ignatius, como si tratara de clasificar sus palabras en un sistema decimal.
—Nuestra misión —continuó Ignatius, hinchándose como un sapo— es crear un núcleo de resistencia. Un santuario dentro del santuario profanado. Pero los santuarios, para ser puros, requieren sacrificios. Rituales de purificación.
—¿Como protestas? ¿Sentadas? —preguntó Myrna, sus ojos brillando detrás de los cristales.
—Algo más… tangible —dijo Ignatius, su voz bajando a un registro siniestro. De una de sus bolsas sacó un fósforo de madera, de los largos, y lo sostuvo ante ellos como un cetro—. El fuego, desde tiempos inmemoriales, ha sido un agente de purificación. Quema la maleza para que crezca el nuevo cultivo.
Hubo un silencio. El redoble de tambores del exterior pareció acelerarse.
—¿Quemar… libros? —preguntó Jones, y su voz no mostró horror, sino una curiosidad clínica, como si considerara la clasificación de «materiales combustibles no esenciales».
—¡No libros! —corrigió Ignatius, ofendido—. ¡Basura encuadernada! Los volúmenes que propagan la enfermedad. Las novelas románticas de farmacia, los libros de dietas milagrosas, las memorias de estrellas de cine… ¡la sección completa de «Autoayuda y Superación Personal»! Su mera presencia contamina el aire intelectual. Su eliminación sería un acto simbólico de enorme potencia. Un sacrificio para apaciguar a la Fortuna y dar la bienvenida a una nueva era de rigor.
Myrna palideció un poco. Quemar libros. Incluso libros malos. Había algo en ello que traspasaba la línea de la protesta hacia un territorio más oscuro. Pero la imagen que Ignatius pintaba —ella, Myrna, como sacerdotisa de un nuevo rigor intelectual, purgando los templos del conocimiento— era poderosamente seductora. —¿Y… dónde? ¿Cuándo?
—Aquí —dijo Ignatius, señalando un rincón apartado, cerca de una salida de emergencia que siempre estaba bloqueada por pilas de revistas viejas—. Durante el clímax del Carnaval. Cuando el mundo exterior esté sumido en su éxtasis de estupidez, nosotros llevaremos a cabo nuestra ceremonia. El contraste será instructivo.
Jones murmuró: —La sección 158.1 a 158.9. Psicología aplicada, éxito personal. Cuatro estantes completos. Material altamente inflamable, supongo. Papel de baja calidad.
—¿Ve? —exclamó Ignatius, señalando a Jones con el fósforo—. ¡Ese es el espíritu! Un análisis práctico del problema. Usted, Jones, será nuestro logista. Su conocimiento de la disposición física de esta cloaca es inestimable.
Myrna encontró su voz, tratando de recapturar el fervor inicial. —Pero… ¿no es peligroso? ¿Y si nos descubren?
Ignatius la miró con desdén. —¿El peligro? Joven mujer, ¿cree que los cruzados se preocupaban por el «peligro»? Estamos librando una guerra por el alma de la civilización occidental, o al menos, por el alma de esta biblioteca. Un poco de riesgo es el precio de la gloria. Además —añadió, ajustándose la gorra—, durante el pico del Carnaval, el personal se reduce al mínimo. Los guardias de seguridad estarán sobornados por el espíritu de la festividad, o intoxicados por él.
Pasaron las horas. Ignatius impartió más «lecciones», torrenciales monólogos sobre Boecio, la caída de Roma, la traición de la intelectualidad moderna y la perversión inherente a la democracia de masas. Myrna escuchaba, cada vez más hipnotizada por la retórica y por su propio papel en el drama. Jones, por su parte, se ausentaba periódicamente para «hacer reconocimiento», regresando con informes precisos y sombríos: «El detector de humo en el corredor oeste está cubierto de telarañas». «La puerta de emergencia, aunque obstruida, tiene la cerradura oxidada pero operable con fuerza suficiente». Era como si hubiera encontrado el proyecto definitivo de catalogación: catalogar los elementos de una conspiración absurda.
La atmósfera en el subterráneo se cargaba. El Carnaval exterior alcanzaba su frenesí, y los sonidos que se filtraban eran más estridentes, más desquiciados: trompetas desafinadas, gritos de júbilo que sonaban a agonía, el estruendo constante de una ciudad que se desbordaba. Dentro, bajo la luz enfermiza, los tres formaban un cuadro tragicómico: el profeta obeso y sudoroso, la discípula de mirada febril y el anciano espectral que calculaba la combustibilidad de la literatura de autoayuda.
Fue al caer la noche, mientras las sombras se alargaban como dedos oscuros entre los estantes, cuando Ignatius planteó el núcleo del conflicto.
—La ceremonia —anunció, desplegando un plano rudimentario dibujado en la contraportada de un cuaderno— será a la medianoche. Jones, usted habrá apilado los volúmenes condenados aquí, en una pira ordenada. Myrna, usted recitará la declaración de principios que he redactado —le pasó un papel lleno de su letra apretada y furiosa—. Yo, naturalmente, dirigiré el ritual y aplicaré la tea purificadora.
Myrna tomó el papel. Leyó: «¡Oh, Fortuna funesta! ¡Hoy, nosotros, los últimos guardianes del Logos, ofrecemos este sacrificio en el altar de la Ignorancia, no para aplacarte, sino para desafiar tu rueda caprichosa! Consumimos estos frutos podridos del árbol del conocimiento vulgar, para que de sus cenizas pueda brotar, quizás, un retoño de auténtica sabiduría…» Sintió un escalofrío. Era ridículo. Era grandioso. Era aterrador.
Jones, sin embargo, había dejado de mover los labios en sus cálculos silenciosos. Miraba fijamente a Ignatius. —¿Quemarlos todos? —preguntó, y por primera vez hubo algo más que curiosidad en su voz. Era una tenue vibración de angustia—. ¿Incluso «Cómo ganar amigos e influir sobre las personas»? Es una primera edición. De 1936.
—¡Precisamente esa! —rugió Ignatius—. El manual fundacional de la hipocresía moderna. Su destrucción será nuestra piedra angular.
—Pero es… un documento —murmuró Jones—. Un documento de su época. Se cataloga. Se preserva. No se… quema.
Ahí estaba. La grieta. La frágil alianza chocaba contra la roca de las obsesiones personales. Para Jones, el orden supremo era la preservación, la catalogación, incluso de lo despreciable. La destrucción era el caos último, la anti-clasificación. Para Ignatius, el orden solo podía nacer de una destrucción selectiva y simbólica.
Myrna miró de uno a otro, sintiendo el fervor revolucionario enfriarse en sus venas, reemplazado por una punzada de duda. ¿Estaban a punto de cometer un acto de vandalismo estúpido, guiados por un lunático? Pero entonces recordó la mirada de desprecio del bibliotecario jefe, la sensación de insignificancia, la certeza de que el mundo estaba podrido. Ignatius, al menos, ofrecía un drama, una narrativa en la que ella tenía un papel.
—Jones —dijo Ignatius, con una paciencia que sonaba falsa y peligrosa—. Usted mismo ha dicho que el papel es de baja calidad. Su desaparición no será una pérdida para la erudición, sino un triunfo para la higiene mental. Imagine un estante… vacío. Limpio. Esperando ser llenado con algo de valor. ¿No le atrae esa pureza?
El anciano miró sus manos polvorientas. El ruido del Carnaval era ahora un rugido constante, un mar de estupidez contra los muros de la biblioteca. Dentro de él, dos impulsos luchaban: el de poner todo en su caja correspondiente, y el deseo de que el ruido cesara. Tal vez, solo tal vez, si se quemaba el ruido encuadernado, el ruido exterior también se calmaría. Asintió, una vez, un movimiento casi imperceptible. —Se hará una pila ordenada —dijo, su voz de nuevo seca y neutral—. Por autores, o por año de publicación.
—¡Excelente! —Ignatius frotó sus manos rollizas—. La logística vence a la moralina. Myrna, ¿domina su discurso?
Ella asintió, apretando el papel. —Sí. Pero… ¿y si alguien viene?
—El Carnaval es nuestro cómplice —replicó Ignatius, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Todo el mundo está demasiado ocupado siendo vulgar como para preocuparse por unos cuantos libros condenados. Además —añadió, y su voz adquirió un tono de patética grandiosidad—, si nos descubren, será una oportunidad para proclamar nuestra causa ante un tribunal del mundo. Un martirio intelectual.
La noche avanzó. Jones, convertido en un espectro eficiente, comenzó a transportar pilas de libros desde la sección 158 hacia el rincón designado. Sus movimientos eran mecánicos, pero sus manos acariciaban a veces el lomo de un volumen antes de añadirlo a la pila, como despidiéndose de un viejo enemigo familiar. Myrna practicaba su discurso en voz baja, detrás de un estante, tratando de imitar la cadencia ampulosa de Ignatius pero sin lograr más que un susurro ansioso.
Ignatius, entretanto, preparaba la «tea». Había desenvuelto varias barras de un queso ceroso y naranja que llevaba en su bolsa, insertándolas en la parte superior de un palo de escoba viejo. «Una antorcha simbólica», explicó. «El queso fundido, como la sabiduría adulterada, goteará sobre las llamas, alimentándolas con su grasa insustancial.»
El aire en el subterráneo era ahora irrespirable, no solo por el polvo y el olor, sino por la tensión. La alianza entre los tres era una cosa grotesca y frágil, sostenida por los hilos del descontento de Myrna, la obsesión ordenancista de Jones y la megalomanía delirante de Ignatius. El sacrificio que se avecinaba no era solo de libros; era un sacrificio de sus ya precarios vínculos con la cordura y con los demás. Y en el exterior, el Carnaval rugía, indiferente, un recordatorio constante de todo aquello contra lo que, en su torpe y patética manera, pretendían rebelarse. La medianoche se acercaba, y con ella, la ceremonia de los libros malditos.
Capítulo 3: La Ceremonia de los Libros Malditos
La medianoche, esa hora que Ignatius consideraba la más propicia para los actos de purificación trascendental, se arrastraba sobre la ciudad como una mancha de aceite en un pantano. En las profundidades de la biblioteca, el aire era una sopa espesa de polvo de siglos, olor a papel en descomposición y la humedad persistente que se filtraba de los cimientos. La luz, proporcionada por una única lámpara de escritorio de latón que Jones había arrastrado desde su cubículo, proyectaba sombras monstruosas y temblorosas sobre las estanterías de metal. Era una luz enfermiza, amarillenta, que hacía parecer a los tres conspiradores figuras talladas en manteca rancia.
Ignatius había estado trabajando desde el ocaso. Su figura, monumental y sudorosa, se movía con una energía febril entre las pilas de libros que había ido extrayendo de las secciones más modernas. No eran libros cualesquiera. Había pasado la tarde anterior, y buena parte de la madrugada, seleccionándolos con el rigor de un inquisidor. Manuales de autoayuda, novelas de aeropuerto con portadas cromadas, tratados de economía de mercado, volúmenes de poesía beatnik mal encuadernados, guías turísticas de Nueva Orleans que promocionaban los «encantos decadentes del Barrio Francés». Cada uno era, a sus ojos, un síntoma, un tumor maligno en el cuerpo enfermo de la civilización. Los apilaba con cuidado ritualístico en el centro del pequeño claro entre las estanterías, formando una pira irregular que llegaba casi a su cintura. El sudor le corría por las sienes y se perdía en el cuello grasiento de su camisa a cuadros. De vez en cuando, se detenía, colocaba una mano sobre su vientre y emitía un gruñido bajo, una queja interna de su válvula pilórica, que parecía protestar no solo por la dieta, sino por el estrés metafísico de la empresa.
—La geometría del sacrificio —masculló, ajustando un ejemplar de Usted puede ser su propio amo que amenazaba con desequilibrar la estructura— debe ser imperfecta, orgánica. Una pira simétrica sería una concesión al racionalismo mecanicista que pretendemos exorcizar. Myrna, el fósforo.
Myrna Minkoff, de pie junto a la lámpara, se retorció las manos. Llevaba el mismo vestido holgado y las gafas de pasta que la hacían parecer una lechuza consternada, pero su rostro había perdido el brillo de fervor revolucionario que lo iluminaba durante las lecciones. Observaba la pila de libros no como un símbolo de liberación, sino como un montón de… objetos. Cosas que alguien había comprado, leído, subrayado quizás. El peso físico del conocimiento, o de lo que fuera aquello, la abrumaba.
—Ignatius —dijo, y su voz sonó más pequeña de lo habitual en la caverna de silencio—. ¿Estamos seguros de que la combustión es la metodología más dialéctica? La destrucción del objeto material no necesariamente anula la idea. De hecho, podría mitificarla. Los mártires, por ejemplo…
—¡Los mártires! —estalló Ignatius, girándose. Su perfil, amplificado por la sombra en la pared, parecía el de un bufón iracundo—. No hablamos de mártires, Myrna. Hablamos de basura. De desechos intelectuales que obstruyen las cloacas de la mente colectiva. El fuego es una fuerza purificadora primigenia. Reduce la complejidad engañosa a ceniza simple, a carbono elemental. Es el gran igualador. ¡Oh, Fortuna funesta, que nos ha llevado a depender de estos fetiches de papel y tinta! El acto no es de destrucción, sino de alquimia inversa. Transformaremos el plomo de la estupidez moderna en el vacío limpio de la posibilidad.
Jones, sentado en un taburete alto que había traído de la sala de catalogación, observaba la escena con la expresión de un entomólogo estudiando un comportamiento particularmente desconcertante de sus especímenes. Llevaba su chaleco de tweed, a pesar del calor subterráneo, y sus dedos, largos y nudosos, tamborileaban una melodía silenciosa sobre sus rodillas. Su mirada no se posaba en Ignatius, sino en los libros. Catalogaba mentalmente los títulos, los editores, los años de publicación. Una parte de su mente, la parte ordenada y metódica que había pasado cuarenta años clasificando el caos, se estremecía.
—El de la esquina inferior izquierda —dijo de pronto, su voz un susurro ronco de papel de lija—. Cocina Criolla para Solteros. Edición de 1958. Impreso en Baton Rouge. Falta la página 43, que contiene la receta del gumbo de cangrejo. Lo sé porque lo intenté catalogar en el 59. Un desastre. Índice incorrecto.
Ignatius lo miró con exasperación.
—¿Qué importa su procedencia o su estado, Jones? ¡Es un manual que perpetúa el culto al hedonismo gastronómico y la incompetencia doméstica! Su valor es puramente negativo. Su ausencia será un beneficio.
—Solo digo —murmuró Jones, encogiéndose ligeramente— que es un ejemplar único. La página 43 faltaba ya de fábrica. Un error histórico. Quemarlo sería… borrar el error. Hacer que nunca hubiera existido.
—¡Exactamente! —rugió Ignatius, tomando el comentario como una validación—. ¡Borrar los errores! Ese es el núcleo del nuevo orden. No catalogarlos, Jones, no darles un número y archivarlos en la estantería del absurdo. ¡Extirparlos! Myrna, el fósforo. No repetiré mi petición una tercera vez. La luna está en su cenit. Las fuerzas telúricas están alineadas.
Myrna, con un suspiro que fue casi un gemido, sacó una caja de fósforos largos de su bolso de lona. La caja estaba decorada con la imagen de un club de jazz del Barrio Francés. La ironía era tan gruesa que hasta Ignatius la notó, y frunció el ceño con desdén.
—Un instrumento de la frivolidad, utilizado para un fin trascendente. La poesía de la contradicción, supongo —concedió con amargura—. Ahora, aléjense. El Hierofante debe actuar solo.
Se acercó a la pira, sosteniendo la caja de cerillas con una solemnidad que habría sido cómica si no estuviera teñida de una convicción tan patética y absoluta. Su respiración era pesada, sibilante. El sudor había oscurecido grandes círculos bajo sus axilas. Con un movimiento torpe, sacó un fósforo. El raspado al encenderlo fue obscenamente fuerte en el silencio, y la pequeña llama anaranjada brotó, iluminando su rostro desde abajo, acentuando las bolsas de sus ojos, la boca contraída en una mueca de concentración extrema.
—Escuchen —dijo, y su voz adoptó el tono de conferencia grandilocuente, pero ahora con un vibrato extraño, casi febril—. Lo que consumen estas llamas no es celulosa y tinta. Es la mentira de la facilidad. La herejía del progreso lineal. La tiranía de lo digestible. Ofrecemos este holocausto a las verdades eternas, a Boecio, a la geometría sagrada, a la… a la dignidad del fracaso bien entendido. Que arda, y que su humo ascienda como un incienso fétido para ahuyentar a los demonios de la mediocridad…
Inclinó la cerilla hacia un rincón de la pira, donde un ejemplar particularmente maltratado de Cómo ganar amigos e influir sobre las personas hacía de base. La punta de la llama besó la esquina del papel.
Y en ese preciso instante, el universo, en su infinita propensión al grotesco, intervino.
Desde las profundidades del edificio, procedente de la escalera que llevaba a la salida de emergencia, estalló una cacofonía de risas estridentes, trompetas desafinadas y el tamborileo ebrio de unos bongós. La puerta de metal, que Jones creía haber cerrado con llave (pero que, en su distracción, solo había empujado), se abrió de golpe con un chirrido que heló la sangre. Por ella irrumpió, como una marejada de colores y sonidos vomitados por el Carnaval, un grupo de cinco juerguistas. Llevaban disfraces extravagantes y deshilachados: un esqueleto de plástico brillante, una mariposa gigante con alas de tul rasgadas, un diablo con cuernos de goma espuma, un astronauta con el casco abollado, y alguien que parecía un pirata, pero con un parche en el ojo que se le caía. Olían a ron barato, a perfume sudado y a la dulzura agria del algodón de azúcar.
—¡Woah! ¡Mira esto, Cher! —gritó el esqueleto, señalando con una botella de cristal verde—. ¡Una fiesta privada! ¡Los cerebritos están haciendo su propio Mardi Gras!
La cerilla se apagó en los dedos de Ignatius, consumida por el aire que movió la irrupción. Él se quedó inmóvil, la mano extendida, el cuerpo paralizado por un shock tan profundo que ni siquiera su válvula se atrevió a emitir sonido. Su mente, un segundo antes inmersa en un soliloquio apocalíptico, se vio inundada por una realidad tan vulgar, tan estridente, tan física, que la dejó en blanco.
Myrna dio un grito ahogado y dio un paso atrás, tropezando con el taburete de Jones. Jones, por su parte, se había encogido aún más sobre sí mismo, como si esperara que su chaleco de tweed lo hiciera invisible.
—¡Oye, grandullón! —dijo el diablo, tambaleándose hacia Ignatius—. ¿Qué haces? ¿Quemando tus facturas? ¡Ja!
El astronauta, con movimientos torpes, se acercó a la pira de libros y cogió el manual de cocina criolla. —¡Mira, Squeaky! ¡Recetas! ¿Tienes hambre?
—¡Devolved eso! —rugió Ignatius, encontrando por fin su voz. Era un sonido gutural, cargado de una indignación tan pura que cortó momentáneamente la risa—. ¡Esa es una ofrenda sagrada! ¡Sois vándalos! ¡Bárbaros vestidos de poliéster! ¡Salid de mi templo!
Los juerguistas lo miraron, primero con sorpresa, luego con una hilaridad renovada. Su furia, su grandilocuencia, les pareció el número más divertido de la noche.
—¡Tu templo! —chilló la mariposa, doblándose de risa—. ¡Este tío está más pasado que nosotros, y mira que hemos bebido de la fuente de la calle Bourbon!
—Es Ignatius —susurró Myrna, aterrorizada, a Jones—. Lo han profanado todo.
Jones asintió lentamente, sus ojos no dejaban de moverse entre los intrusos, calculando el daño potencial, catalogando el desastre. «Esqueleto: plástico, fabricación taiwanesa, probablemente. Diablo: cuernos de goma espuma, pintura roja descascarillada. Nivel de ebriedad: alto. Probabilidad de violencia: baja, pero capacidad de daño colateral: extrema.»
Ignatius, viendo que sus palabras no hacían mella, intentó recuperar el control de la situación de la única manera que conocía: con más palabras. Se irguió, hinchó su pecho (lo que provocó un ligero «glup» de su interior) y alzó los brazos, como un profeta ante una multitud de sordos.
—¡Escuchadme, espectros de la decadencia! Sois los productos terminales de la civilización que hoy, en este lugar sagrado del saber, pretendía sacrificar simbólicamente. Sois la carne y la sangre de la farsa, la encarnación ambulante de todo lo que Boecio identificó como los bienes falsos de la Fortuna: la fama ridícula, el placer embrutecedor, la riqueza gastada en baratijas… ¡Sois la anti-geometría! ¡El caos hecho persona! Vuestros disfraces no ocultan vuestra nulidad; la subrayan. Sois…
—¡Aburres, hombre! —lo interrumpió el pirata, arrojando el parche del ojo al aire—. ¡Esto es una fiesta! ¡Pon algo de música!
El esqueleto, en un acto de inspiración etílica, sacó su trompeta y emitió un sonido largo, flatulento y desafinado que resonó en la bóveda del techo como el graznido de un pájaro metálico agonizante. El astronauta comenzó a hojear el libro de cocina, leyendo en voz alta fragmentos absurdos: «Para impresionar a una dama, añada una pizca de pimienta de cayena a su jambalaya…» El diablo y la mariposa, agarrados del brazo, empezaron a bailar una especie de vals tambaleante, arrastrando los pies por el polvo del suelo.
Ignatius permaneció con los brazos en alto, su discurso congelado en la garganta, convertido en una estatua de la derrota absoluta. Su rostro pasó del rojo furibundo a un pálido ceniza. La desconexión entre el drama trascendental que había imaginado y la farsa caótica que se desarrollaba ante él era un abismo tan profundo que su mente no podía cruzarlo. Solo su cuerpo reaccionó, con un sonido. Un largo, profundo, resonante pwaaaarp surgió de su interior, un lamento gaseoso de su válvula pilórica que se elevó por encima del sonido de la trompeta y las risas.
El sonido fue tan inesperado, tan perfectamente grotesco, que por un segundo detuvo a los juerguistas. El esqueleto bajó la trompeta. El astronauta dejó de leer. Todos miraron a Ignatius.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó la mariposa, con genuina curiosidad.
Fue Jones quien, desde su rincón, habló con una calma sepulcral que cortó el aire.
—La válvula pilórica —dijo, como si estuviera leyendo una ficha de catálogo—. Un esfínter muscular que regula el paso del contenido del estómago al duodeno. En este caso, manifestando una dispepsia aguda probablemente inducida por estrés psicosomático y una dieta rica en grasas saturadas.
El silencio que siguió fue aún más profundo que el anterior. Luego, los juerguistas estallaron en una carcajada tan monumental, tan descontrolada, que algunos cayeron de rodillas. El diablo rodaba por el suelo, agarrado a la barriga. El esqueleto apoyaba la frente en el cañón de su trompeta, sacudido por hipos de risa.
—¡La válvula pilo… pilo… qué! ¡Oh, Dios mío! —jadeaba la mariposa.
Ignatius bajó los brazos. Lentamente. Su mirada pasó de los juerguistas, a la pira de libros intacta, a Myrna, cuyo rostro era una máscara de horror y vergüenza ajena, y finalmente a Jones, que lo observaba con esa curiosidad clínica e impasible. En ese momento, algo se quebró dentro de él. No fue la rabia, que aún ardía como una brasa negra. Fue la ilusión. La fantasía de liderazgo, de sacrificio purificador, de un nuevo orden. Se desvaneció, disuelta por el ácido de la risa ajena y el sonido de su propia fisiología traicionera.
Sin decir una palabra, dio media vuelta. Su espalda, ancha y derrotada, se perdió entre las sombras de las estanterías. Se alejó cojeando ligeramente, no hacia la salida, sino hacia las profundidades aún mayores de la biblioteca, hacia su rincón original, donde sus cuadernos manchados de grasa y su manta esperaban.
—¡Oye! ¡No te vayas! —gritó el pirata, pero ya era tarde. Ignatius había desaparecido.
La energía de la intrusión se disipó casi tan rápido como había llegado. Los juerguistas, habiendo encontrado su momento cumbre de diversión, empezaron a aburrirse. El ambiente subterráneo, la oscuridad, el polvo, comenzó a pesar sobre su euforia alcohólica.
—Este sitio da grima —dijo el astronauta, dejando caer el libro de cocina al suelo, no en la pira, sino al lado, abierto y con la página rota.
—Vámonos —convino el esqueleto—. Aún queda bourbon en la calle.
Salieron tan abruptamente como habían entrado, dejando atrás un silencio cargado de eco, el olor a alcohol y sudor, y la pira de libros, monumento intacto a un sacrificio fallido.
Myrna se dejó caer en el taburete que Jones había abandonado. Se cubrió la cara con las manos. Sus hombros temblaban, pero no lloraba. Sentía una vergüenza tan profunda, tan personal, que el llanto le parecía una frivolidad. Había visto al profeta desnudo, reducido a un haz de nervios y gases, y había visto que el rey, efectivamente, no llevaba ropas.
Jones se acercó lentamente a la pira. Con movimientos precisos, casi cariñosos, comenzó a deshacerla. Cogía cada libro, le daba un golpecito para quitarle el polvo imaginario que los juerguistas habían dejado, y lo colocaba en una pila ordenada a un lado.
—El de autoayuda —murmuraba—, lomo desgastado, subrayado con lápiz azul en el capítulo sobre la «visualización del éxito». El de poesía beat, firma del anterior propietario en la portadilla: «Para Lulu, con esperanza. San Francisco, 1962». El de economía… índice de tablas estadísticas incorrecto. Error de imprenta en la página 87.
Myrna lo observó.
—¿Qué haces, Jones?
—Lo que siempre hago —respondió él, sin levantar la vista—. Catalogando. Salvando lo que se puede. El sacrificio no tuvo lugar. Ergo, los objetos regresan a su estado previo. Con una nueva anotación: «Sometido a intento de inmolación ritual, noche de Carnaval. Interrumpido por intrusos disfrazados. Daño psicológico al material: indeterminado.»
—Daño psicológico —repitió Myrna en un susurro. No hablaba de los libros.
Jones se detuvo, sosteniendo el ejemplar de Cómo ganar amigos…. Lo hojeó un momento.
—Él no es un líder —dijo de pronto, con una claridad que sorprendió a Myrna—. Es un fenómeno. Como un libro mal encuadernado. Las páginas están todas, algunas incluso son brillantes, pero el orden está mal. Y la cubierta… la cubierta no corresponde al contenido. Intentar seguir su índice te lleva a callejones sin salida.
Myrna asintió, tragando saliva. El fervor se había extinguido, y en su lugar quedaba un vacío frío y un sentimiento de estupidez.
—¿Y ahora qué? —preguntó.
Jones colocó el último libro en la pila ordenada. La pira sacrificial había desaparecido. Solo quedaba el espacio vacío en el suelo, y el olor a polvo removido.
—Ahora —dijo Jones, mirando hacia las sombras por donde había huido Ignatius—, ahora viene el silencio. Y después, probablemente, más quejas. Pero ya no sobre un nuevo orden. Solo sobre… esto.
Hizo un gesto vago que abarcaba la biblioteca, el eco lejano del Carnaval, el mundo.
En las profundidades, Ignatius J. Reilly había llegado a su fortaleza de cartón y papel. Se dejó caer pesadamente en su silla, que crujió en protesta. Delante de él, los cuadernos abiertos mostraban sus garabatos furiosos, sus diagramas de orden mundial, sus diatribas contra la Fortuna. Los miró sin verlos. En su oído interior aún resonaba la carcajada de los juerguistas, mezclada con el pwaaaarp de su propio cuerpo. La ceremonia había sido un fiasco. El sacrificio, una farsa. Sus discípulos… ahora lo sabía, lo habían visto caer. Lo habían visto reducido a un pedo trágico.
Alzó la vista. En la penumbra, las estanterías se alineaban como filas de tumbas. No de sabiduría, sino de cosas muertas. De errores catalogados. De intenciones fracasadas. Por primera vez en mucho tiempo, el torrente de palabras internas se detuvo. No había discurso que valiera. No había grandilocuencia que pudiera tapar el agujero negro que se abría en su centro. Solo un vacío silencioso, y el leve, persistente dolor de una válvula pilórica que, habiendo dicho su parte, ahora descansaba.
Capítulo 4: El Colapso de la Cúpula Ideológica
La rabia, al principio, fue un torrente silencioso que lo inundó por dentro, un líquido espeso y caliente que reemplazó la sangre en sus venas. Ignatius J. Reilly había vuelto a sentarse en el suelo de piedra, junto a los restos de su pira fallida. Un libro de autoayuda moderna, su lomo colorido manchado por la pisada de un borracho disfrazado de diablo, yacía abierto a sus pies, mostrando un diagrama de una pirámide de necesidades humanas que le pareció la más obscena de las blasfemias. Afuera, el Carnaval comenzaba a desinflarse. El rugido constante se había convertido en un murmullo agotado, salpicado por risas aisladas que sonaban huecas, como los últimos estertores de una bestia moribunda. El aire, antes cargado de sudor, alcohol y confeti, ahora olía a descomposición dulzona, a vómito seco y a promesas rotas.
Se levantó con un quejido que fue mitad dolor físico, mitad protesta metafísica. Su válvula pilórica, tras el espasmo histérico durante el discurso interrumpido, se había calmado en una molestia sorda y constante, un recordatorio corpóreo de la farsa. Caminó, no con su habitual pavoneo de filósofo ofendido, sino con la pesadez de un buey herido, de regreso a su rincón subterráneo. Su santuario. Su celda.
El manuscrito esperaba sobre la mesa de madera carcomida. La pila de cuadernos manchados de grasa de palomitas y té frío parecía, a la luz grisácea del amanecer que se filtraba por un tragaluz alto y sucio, no el fundamento de un nuevo orden mundial, sino los desechos de una mente perturbada. Ignatius se dejó caer en la silla, que crujió bajo su peso como un alma en pena. Durante un largo rato, no hizo nada. Solo respiró el aire viciado, escuchando el goteo distante de una tubería y los pasos vacilantes de algún bibliotecario madrugador en el piso de arriba.
Luego, con un movimiento brusco, abrió el cuaderno superior. Las palabras, sus palabras, le saltaron a la vista con una ferocidad nueva. «La geometría de la decadencia es esférica», había escrito con su letra apretada y furiosa. «La sociedad, como un globo de sebo, rueda cuesta abajo por el plano inclinado de la estulticia, acumulando la mugre de la modernidad en su superficie…» Ahora, esa prosa le pareció ampulosa, ridícula. La tinta parecía sangrar en la página, burlándose de él. ¿Qué sabía él de planos inclinados? ¿Qué había logrado, sino rodar cuesta abajo él mismo, hasta terminar en un sótano, conspirando con un anciano chiflado y una niña con complexión de revolucionaria?
«¡Oh, Fortuna, vil ramera!», murmuró, pero la frase carecía de su habitual convicción teatral. Sonó a guion aprendido, a disco rayado. La Fortuna, si existía, ni siquiera se había tomado la molestia de voltear su rueda para aplastarlo. Simplemente lo había ignorado.
El sonido de unos pasos, rápidos y decididos, hizo eco en el pasillo de estanterías. Ignatius alzó la vista, una esperanza absurda floreciendo por un instante en su pecho: ¿Jones, regresando, habiendo salvado algún texto crucial de la hoguera? ¿Myrna, lista para recibir nuevas órdenes?
Era Myrna, sí, pero su rostro no mostraba la devoción febril de antes. Sus mejillas estaban pálidas, sus ojos, detrás de las gafas de montura negra, tenían un brillo duro, como de cristal molido. Llevaba su bolso de lona cruzado sobre el pecho como una coraza.
—Ignatius —dijo. No era un saludo. Era una acusación.
—¿Qué? —gruñó él, volviendo la mirada a su manuscrito, fingiendo una concentración que había desertado de él horas antes—. ¿Has venido a buscar más instrucciones? La ceremonia, aunque profanada por la chusma, ha dejado un residuo simbólico potente. Debemos analizar…
—¿Analizar qué? —lo interrumpió Myrna. Su voz era más aguda de lo normal, un hilo de tensión a punto de romperse—. ¿El desastre? ¿El espectáculo? ¿Tu… tu válvula gritando delante de unos turistas borrachos?
Ignatius se puso rígido. Un calor vergonzante le subió por el cuello. «La reacción fisiológica fue un síntoma de la profunda conmoción espiritual ante la banalidad invasora. Una sístole de protesta del alma, manifestada a través del…»
—¡Deja de hablar! —Myrna dio un paso al frente, y su sombra cayó sobre el manuscrito—. Solo por una vez, deja de soltar esas… esas palabrotas intelectuales. ¿Qué fue eso, Ignatius? ¿De verdad pensaste que quemar unos libros de cocina y novelas románticas iba a cambiar algo?
—Era un símbolo —insistió él, pero su voz sonaba débil, incluso para sus propios oídos—. Un sacrificio necesario para purgar la podredumbre. Tú lo entendiste. Tú viste la necesidad de un acto radical.
—Yo vi a un hombre gordo y enojado jugando a ser Dios en un sótano —escupió Myrna. Las palabras salieron como cuchillas—. Yo te escuché, ¿sabes? Te escuché hablar de la «decadencia geométrica» y de la «miseria del hombre moderno». Y pensé… pensé que había algo detrás de todo ese ruido. Algo real. Algo que quemara de verdad, no libros, sino… no sé, estructuras. Pero no. Solo hay ruido. Y ego. Un ego tan grande que ni siquiera te deja ver lo patético que es todo esto.
Ignatius abrió la boca, pero ningún sonido salió. El torrente interno de justificaciones, de citas de Boecio, de diatribas contra la televisión a color, se había secado. En su lugar, solo había el eco de las palabras de ella: hombre gordo y enojado. Jugando a ser Dios. Patético.
—Tú… tú eres una discípula —balbuceó finalmente—. Fue tu fervor el que…
—¡No soy tu discípula! —gritó Myrna, y su voz resonó entre los estantes, haciendo que el polvo se agitara en los rayos de luz sucia—. Soy una asistente de biblioteca subpagada que se aburre. Y tú eres… un refugiado. Un refugiado de la vida. Te escondes aquí, entre estos libros muertos, y te inventas un enemigo grandioso («la modernidad», «la vulgaridad») porque es más fácil que enfrentar el hecho de que no sirves para nada. Que tu «nuevo orden mundial» cabe en unos cuadernos grasientos que nadie leerá jamás.
Cada palabra era un martillazo en la frágil cúpula de su identidad. Ignatius sintió que algo se resquebrajaba dentro de su pecho, algo más profundo que la válvula pilórica. Era la armadura de su arrogancia, agrietándose. La miró, y por un instante, no vio a la joven ingenua y con granos que había reclutado, sino a un juez implacable. Sus ojos, detrás de los cristales, no mostraban ira, sino lástima. Una lástima fría y devastadora.
—Has utilizado a Jones y a mí —continuó Myrna, bajando el tono pero no la intensidad—. Para sentirte menos solo. Para fingir que tenías un ejército. Pero es tu guerra, Ignatius. Solo tuya. Y es una guerra contra molinos de viento. Y lo peor es que lo sabes. En el fondo, lo sabes.
Se dio la vuelta para marcharse, su bolso golpeándole la cadera con un ritmo de derrota.
—¿Adónde vas? —logró preguntar Ignatius, y la voz le salió como un hilacho de algodón viejo.
Myrna se detuvo, sin volverse. «Hay una manifestación. En Jackson Square. Contra los recortes en las bibliotecas públicas. De verdad. Con gente de verdad. Que intenta cambiar algo de verdad.» Hizo una pausa. «Jones ya se fue. Dijo que tenía que “recatalogar los daños colaterales”. Creo que solo quería alejarse de ti.»
Y se fue. Sus pasos se alejaron por el pasillo, se mezclaron con otros sonidos distantes, y desaparecieron. Ignatius se quedó solo, con el fantasma de sus palabras flotando en el aire como humo de una hoguera que nunca llegó a arder.
La soledad que siguió no fue la soledad cómoda del erudito incomprendido. Era una soledad vasta y hueca, como la de una catedral abandonada. El silencio ya no estaba lleno de las musas de su propio discurso, sino de un vacío que parecía absorber todo significado. Afuera, el amanecer se consolidaba en un día gris y húmedo. El Carnaval había pasado, dejando la ciudad exhausta y mugrienta. Dentro, la biblioteca subterránea recuperaba su ritmo lúgubre: el chirrido de un carrito de libros, el susurro de una escoba sobre el linóleo, el murmullo bajo de dos bibliotecarias que comentaban, sin duda, el extraño incidente de la noche anterior.
Ignatius pasó horas inmóvil. No escribió. No leyó. Solo miró las páginas de su manuscrito hasta que las letras se desdibujaron en un enjambre de garabatos negros. El monólogo interior, por fin, se volvió hacia adentro, pero no con grandilocuencia, sino con una melancolía amarga y clara.
¿Tiene razón la criatura?, pensó, y la simple formulación de la pregunta fue una capitulación. ¿Soy solo un refugiado? ¿Un hombre obeso que juega a la filosofía en un sótano porque el mundo de arriba le da miedo?
Recordó el rostro de los juerguistas, sus risas despreocupadas, su invasión brutal y alegre de su ritual. No habían sido agentes conscientes de la vulgaridad. Solo eran… gente. Gente que buscaba un poco de alegría en un mundo que, probablemente, también les resultaba hostil a su manera. Él los había demonizado, los había convertido en la encarnación de todo lo que odiaba, porque era más fácil que reconocer que quizás, solo quizás, el problema no estaba del todo ahí afuera.
El sacrificio, pensó, y la palabra le quemó la mente. ¿Sacrificio de qué? ¿De unos libros que nadie leía? ¿O sacrificio de mi propia responsabilidad? ¿De tener que salir de aquí, de tener que… hacer algo?
Un escalofrío lo recorrió. El miedo. El gran miedo no articulado que alimentaba toda su mitología personal. El miedo al fracaso real, no al fracaso épico del profeta incomprendido, sino al fracaso pequeño y gris del hombre que no puede conservar un trabajo, que no puede conectar con otra persona, que no puede navegar las trivialidades abrumadoras de la existencia diaria. Su «nuevo orden mundial» no era un plan; era una fortaleza de palabras construida para mantener a raya ese miedo.
Myrna se ha ido a una protesta real, rumió, y el pensamiento tenía un sabor a ceniza. Con «gente de verdad». Y yo estoy aquí. Con mis cuadernos. Mis quejas. Mi válvula pilórica.
Alzó la vista y su mirada recorrió el laberinto de estanterías. Ya no eran el arsenal de un guerrero del intelecto. Eran un archivo de fracasos ajenos. Tratados olvidados, teorías desacreditadas, novelas que no vendieron, poemas que no conmovieron a nadie. Un vasto cementerio de intenciones que, como las suyas, habían creído tener algo importante que decir. La biblioteca no era un templo. Era una morgue.
Con un esfuerzo que le hizo doler todos los huesos, se levantó. Caminó sin rumbo por los pasillos, sus zapatos gastados arrastrándose sobre el suelo. Pasó por la sección de filosofía, donde una edición de Boecio lo miraba desde su lugar, indiferente. Pasó por la sección de cocina, donde los libros que había seleccionado para la hoguera seguían en sus estantes, intactos y banales. Llegó a un rincón particularmente oscuro, cerca de los archivos de periódicos locales. Y allí, arrodillado frente a una pila de volúmenes desencuadernados, estaba Jones.
El anciano bibliotecario lo oyó acercarse y alzó la vista. Sus ojos, habitualmente velados por una capa de escepticismo cansado, ahora mostraban algo parecido a la pena, pero una pena práctica, ocupada.
—Señor Reilly —dijo, sin entusiasmo.
—Jones —respondió Ignatius. La palabra sonó extraña en su boca, como si nombrara a un extraño—. ¿Qué… qué haces?
Jones acarició la cubierta desgastada de un libro. «Salvando lo que se pueda. Estos… los de la pila de ayer. Algunos tienen valor. Este, por ejemplo.» Lo alzó. Era una guía de la flora de los bayous de Luisiana, de 1923. «Información. Hechos. No ideas grandes. Solo… cosas que son.»
—¿Cosas que son? —repitió Ignatius, atónito.
—Sí. El mundo está lleno de cosas que son. Árboles. Aves. Barro. La gente le pone encima sus ideas, sus… sus cúpulas. —Jones hizo un gesto vago con la mano, como si dispersara humo—. Usted tenía una cúpula muy grande, señor Reilly. Muy ruidosa. Pero debajo… —Señaló los libros—. Debajo, solo están las cosas que son.
Ignatius miró el libro viejo, sus páginas amarillentas, sus dibujos de plantas acuáticas. No hablaba de decadencia geométrica. No ofrecía consuelo filosófico. Solo documentaba lo que existía. De pronto, le pareció el objeto más honesto que había visto en su vida.
—Me voy —dijo Jones, poniéndose de pie con un crujido de articulaciones. Tomó unos cuantos volúmenes de la pila—. La señorita Minkoff tiene razón, en parte. Hay trabajo real que hacer. Catalogar. Preservar. Es menos glamoroso que quemar cosas, pero al final, quizás sirva de más.
—¿También tú me abandonas, Jones? —preguntó Ignatius, y se sorprendió al oír el tono casi infantil de la pregunta.
Jones lo miró por un largo momento. No con dureza, sino con la mirada clínica de un entomólogo ante un espécimen particularmente complejo y desdichado.
—Usted no necesita discípulos, señor Reilly —dijo finalmente—. Necesita… no sé. Un médico. O un trabajo. Algo que lo ancle a las cosas que son. —Asintió para sí mismo, como si hubiera llegado al final de una ficha catalográfica—. Adiós.
Y se fue, cargando sus libros rescatados, dejando a Ignatius solo otra vez, en la penumbra, frente a la pila de lo que había querido destruir.
El colapso, entonces, fue total y silencioso. No hubo dramáticos alaridos, ni nuevas maldiciones a la Fortuna. Solo la lenta, inexorable aceptación de la verdad que Myrna y Jones, cada uno a su manera, le habían arrojado a la cara. Su rebelión era una fantasía. Su sacrificio, un autoengaño. Su grandilocuencia, el disfraz de un miedo profundo y vulgar.
Regresó a su mesa. Ya no podía mirar el manuscrito. En su lugar, apoyó la cabeza sobre los brazos cruzados, sobre la madera fría y pegajosa. El mundo subterráneo a su alrededor parecía encogerse, volverse más opresivo, más real. Olía a polvo, a papel viejo, a humedad de piedra. El sonido era el de su propia respiración, trabajosa, y el tic-tac lejano de un reloj de pared. La luz del tragaluz se había vuelto plana, mortecina, incapaz de iluminar nada con claridad.
¿Y ahora qué?, pensó, y la pregunta no tenía respuesta. No había un «ahora qué» en su guion. El profeta fracasado no tenía un tercer acto. Solo este interminable segundo acto de derrota y reconocimiento.
Durante lo que parecieron horas, permaneció así, en un estado de suspensión patética. La cúpula ideológica, esa magnífica y ruidosa estructura que había construido ladrillo a ladrillo con citas y quejas, se había desmoronado. Lo que quedaba era el paisaje desnudo de sí mismo: Ignatius J. Reilly, un hombre de treinta y tantos años, obeso, desaliñado, sin oficio ni beneficio, sentado en el sótano de una biblioteca pública, con una válvula pilórica disfuncional y nada que decirle al mundo que el mundo quisiera oír.
La aceptación no fue liberadora. Fue amarga como el poso del té frío. Fue el sabor de la propia mediocridad reconocida, sin el consuelo de poder culpar a un universo hostil. Él era el universo hostil. Él era la Fortuna funesta que había arruinado sus propias posibilidades.
Al final, cuando la luz comenzó a declinar de nuevo, anunciando otra noche, otro día perdido, se levantó. Su cuerpo protestó, cada músculo, cada tendón, cada capa de grasa, parecía un monumento a la inacción. Caminó, sin rumbo una vez más, pero esta vez con un propósito vago, animal: alejarse del lugar de su derrota.
Sus pasos lo llevaron, casi por inercia, a la sección de referencia, a un rincón apartado donde se guardaban los libros más viejos, los que ya no circulaban, los condenados al olvido perpetuo. Allí, en un estante bajo, su mirada se posó en un volumen. No era la Consolación de Boecio. Era algo más pequeño, más modesto. Un tratado de lógica medieval, mal encuadernado, con el lomo descosido. Alguien, probablemente Jones en un arranque de desesperación catalográfica, lo había colocado allí temporalmente, fuera de su lugar.
Ignatius lo tomó. Lo abrió. Las páginas olían a moho y a abandono. Alguien, en algún momento del pasado, había hecho anotaciones en los márgenes con una letra minúscula y furiosa, discutiendo con el autor, señalando falacias.
Y entonces, algo se movió dentro de él. No era la grandiosidad de antes. No era el impulso de fundar un nuevo orden. Era algo más pequeño, más terco, más desesperado. Era el último reducto de su singularidad, la única forma de rebelión que le quedaba.
Sacó del bolsillo de su pantalón, arrugada y grasienta, la pluma que usaba para su manuscrito. Sin pensarlo, sin planearlo, se inclinó sobre la página del libro ajeno. Y en el margen, junto a la anotación del fantasma anterior, comenzó a escribir. No un tratado. No una diatriba. Solo una corrección. Una observación pedante, furiosa, minúscula, sobre una definición de silogismo que consideraba insuficiente.
La pluma raspó el papel viejo. La tinta azul, tan vívida contra el amarillo del tiempo, trazó sus caracteres apretados. No salvaría al mundo. No purgaría la decadencia. No sería un sacrificio.
Pero era suyo. Era una transgresión callada contra el orden establecido, incluso contra el orden del olvido. Era, en su patetismo absoluto, un acto de preservación. La preservación de Ignatius J. Reilly, el hombre que, incluso derrotado, incluso desenmascarado, aún podía enojarse por una definición mal planteada en un libro que nadie leería jamás.
Escribió. Y por primera vez en todo el día, la válvula pilórica permaneció en silencio.
Capítulo 5: Los Ecos de la Válvula
El Carnaval había muerto. No con un estallido, sino con un gimoteo, con el suspiro colectivo de una ciudad que, tras vomitar su exceso durante días, se encontraba ahora vacía, dolorida y avergonzada. En las calles de Nueva Orleans, el viento arrastraba serpentinas rotas y máscaras pisoteadas, confeti que se pegaba a los charcos de algo que no era solo agua. El aire, antes cargado de jazmín, sudor y ron barato, olía ahora a lejía y a derrota.
En las profundidades de la Biblioteca Pública, el silencio era de otra índole. No era el silencio de la paz, sino el de una sala de autopsias después de que el forense se ha ido. El eco de los tambores y las risas estridentes se había disipado, dejando al descubierto el zumbido bajo de los fluorescentes, el crujido ocasional de una estantería que se acomodaba en su propia decrepitud, y el sonido, infinitamente más solitario, de una sola persona respirando con dificultad.
Ignatius J. Reilly era un fantasma que había olvidado su motivo para atormentar. Deambulaba por los pasillos subterráneos, su voluminosa silueta proyectando una sombra deforme y lenta que parecía arrastrarse más que seguirlo. Su atuendo de franela, ya de por sí una afrenta a la sastrería, estaba ahora irremediablemente manchado: grasa de sus propios y clandestinos festines, polvo de estantes raramente visitados, y una misteriosa sustancia amarillenta en un faldón que él atribuía, en sus monólogos internos, a la «secreción moral de un mundo podrido». Su válvula pilórica, aquella compañera fiel de sus tribulaciones digestivas y metafísicas, había entrado en un estado de tregua cansada. Solo emitía, de vez en cuando, un leve silbido de vapor, como el de una caldera a punto de apagarse.
Sus planes para un Nuevo Orden Mundial, aquella arquitectura grandiosa de resentimiento y pedantería, yacían reducidos a migajas en el suelo de su mente. Los cuadernos manchados, otrora sagrados receptáculos de su genio, estaban ahora apilados en un rincón de su refugio habitual, bajo una pila de números atrasados de una revista de mecánica que Jones había dejado allí. Ignatius los miraba de reojo, como se mira a un cadáver familiar. Había intentado, en la mañana posterior al desastre, reanudar su escritura. Había abierto un cuaderno, había empuñado su pluma estilográfica (una Parker 51 que consideraba la única herramienta digna de su intelecto), y había escrito: «La Fortuna, en su perversidad ciclópea, ha visto fit…» Se detuvo. La palabra «fit» le pareció vulgar, anglosajona, indigna. La tachó con una rabia que desgarró el papel. Intentó continuar: «…ha visto oportuno demostrar, una vez más, la inherente bestialidad de la chusma moderna, la cual…» Pero la frase se le atascó. No era que le faltaran palabras; a Ignatius nunca le faltaban palabras. Era que las palabras habían perdido su sabor, su peso retórico. Sonaban huecas, como monedas falsas. Por primera vez, la grandilocuencia le sabía a ceniza.
Así que deambulaba. Su actividad principal consistía en «realizar rondas de inspección», un ritual autoimpuesto que lo llevaba a pasar revista a las mismas estanterías, a fruncir el ceño ante los mismos errores de catalogación, a emitir los mismos gruñidos de desaprobación. Pero incluso estos gruñidos carecían de su habitual vehemencia. Eran quejas mudas, ecos amortiguados de su antigua voz.
Myrna Minkoff volvió a romper el silencio de la derrota. Lo encontró en la sección de Filosofía Medieval, donde él contemplaba, con una mezcla de nostalgia y desdén, un ejemplar de la Summa Theologica que alguien había colocado al lado de unos manuales de autoayuda.
—Ignatius.
Él no se volvió de inmediato. Dejó que su nombre, pronunciado con esa voz juvenil y cargada de una energía que ahora le resultaba insoportable, flotara en el aire viciado. Finalmente, giró su enorme cabeza. Myrna estaba de pie bajo la luz cruda de un fluorescente. Llevaba su habitual atuendo de protesta: una chaqueta militar desgastada, pantalones holgados y una camiseta con un eslogan desvaído. Pero había algo diferente. En sus ojos, ya no ardía la llama de la discípula fascinada. Había una claridad fría, la dureza de quien ha tomado una decisión.
—¿Qué deseas? —dijo Ignatius, su voz un bajo ronco—. He de advertirte que estoy inmerso en una contemplación de la decadencia epistemológica, simbolizada por esta yuxtaposición bibliográfica que es, en sí misma, un microcosmos de la insensatez contemporánea.
Myrna no mordió el anzuelo de la pedantería. Cruzó los brazos. «Jones se ha ido. De verdad, esta vez. Ha dicho que tiene que “recatalogar la sección de geografía” antes de que el mundo se deslice completamente hacia el abismo. Creo que es su manera de decir que ya terminó con esto.»
Ignatius palideció, aunque en su rostro cetrino el cambio fue apenas perceptible. «¿Se ha ido? ¿El anciano Jones? ¿El catalogador del caos?» Hizo una pausa, inflando el pecho. «Bueno, su pérdida es insignificante. Su metodología era, en el mejor de los casos, diletante. Carecía de la rigurosidad sistemática necesaria para…»
—¡Cállate, Ignatius! —La voz de Myrna cortó el aire como un cuchillo. Fue tan inesperado, tan violentamente directo, que él retrocedió un paso, su expresión de ofendida dignidad cristalizándose en un instante—. Cállate con tus palabrerías. ¿No lo ves? Se ha ido. Yo también me voy.
El silencio que siguió fue tan denso que pareció absorber hasta el zumbido de los fluorescentes. Ignatius parpadeó. Su boca, normalmente una fuente inagotable de discurso, se abrió y se cerró sin emitir sonido. Finalmente, logró articular: «¿Te… vas? ¿Abandonas el proyecto? ¿La purificación? ¿El sacrificio necesario para…»
—No había ningún proyecto, Ignatius —lo interrumpió Myrna, y su tono ahora era más cansado que enfadado—. Solo había tu… tu enorme ego disfrazado de filosofía. Quemar libros. ¿En serio? ¿Eso era tu gran sacrificio por la humanidad? Era una pataleta. La pataleta de un niño grande que tiene miedo de salir al mundo.
Ignatius sintió que algo se desgarraba en su interior. No era su válvula pilórica; era algo más profundo, más esencial. «Miedo… Yo… la integridad intelectual… la vulgaridad geométrica…» Las palabras salían a tropezones, desprovistas de su armazón retórica habitual.
—Tú a lo que tienes miedo es a la vida —dijo Myrna, clavándole la mirada—. A trabajar, a relacionarte, a que te rechacen. Por eso te inventaste todo esto. Tu «Nuevo Orden» era solo un cuarto de juegos donde tú eras el rey. Y Jones y yo… éramos tus juguetes. Tus discípulos. —Escupió la palabra—. Pero yo no quiero ser el juguete de nadie. Hay un mitin en Jackson Square. Una protesta real contra un desahucio. Gente de verdad, con problemas de verdad. Voy a ir allí. A hacer algo que importe, aunque sea un poco.
Ignatius recuperó algo de su compostura. Enderezó la espalda, lo que provocó un inquietante crujido de la tela de su camisa. «¿Y qué crees que encontrarás allí, oh ingenua Myrna? ¿Una congregación de almas elevadas? Encontrarás chusma. Chusma bienintencionada, quizás, pero chusma al fin. Gritarán consignas simplistas, portarán carteles mal escritos, y su sudor olerá a ilusiones baratas. Es el mismo pantano, solo que con un olor ligeramente diferente.»
Myrna lo miró por un largo momento, y en sus ojos Ignatius creyó ver, por primera vez, no ira, sino lástima. Era la peor de las heridas.
—Adiós, Ignatius —dijo simplemente. Dio media vuelta y comenzó a caminar por el pasillo. Sus pasos, firmes y decididos, resonaron en el silencio, alejándose.
—¡La Fortuna es una ramera! —le gritó él a su espalda, desesperado por tener la última palabra, por recuperar el control del guion—. ¡Y sus favores son efímeros! ¡Lo verás! ¡Lo verás cuando te ahogues en el fango de su falsa compasión!
Pero Myrna no se volvió. Sus pasos se desvanecieron, absorbidos por los laberintos de la biblioteca. Ignatius se quedó solo, temblando levemente, su gran discurso reducido a un insulto gritado a la nada. La claridad fría de Myrna había perforado la burbuja de su autoengaño, y el aire que entraba era gélido y devastador.
Los días que siguieron fueron una larga y gris deriva. Ignatius se convirtió en un mueble más de la biblioteca, una pieza de ambientación grotesca y melancólica. Los pocos bibliotecarios diurnos que lo veían pasaban de largo, sin hacer contacto visual, como se evita a un loco inofensivo pero maloliente. Él había intentado, una vez, retomar sus «lecciones» con un grupo de adolescentes que buscaban refugio de la lluvia. Había comenzado una perorata sobre la «degeneración del espíritu humano a través de la música popular», pero uno de ellos, sin levantar la vista de su cómic, había dicho «qué rollo», y todos se habían ido riendo.
Fue en una de estas derivas, en la tarde del tercer día después de la partida de Myrna, cuando tropezó —literalmente, pues su pie se enredó en un cable suelto— con la sección de Filosofía Antigua. Cayó de rodillas con un golpe sordo que hizo temblar los estantes más cercanos. Jadeando, maldiciendo en voz baja a la Fortuna y a los electricistas incompetentes, su mirada se posó en un volumen que había salido despedido de un estante bajo.
Era un ejemplar viejo, encuadernado en tela verde descolorida. El lomo, gastado, apenas dejaba leer el título: De Consolatione Philosophiae. Boecio. La Consolación de la Filosofía.
Ignatius contuvo la respiración. Un escalofrío que no era de frío recorrió su espina dorsal. Allí estaba. El libro que había citado, distorsionado y utilizado como arma arrojadiza en tantos de sus discursos. El fundamento ficticio de su pretendido estoicismo ante la rueda caprichosa de la Fortuna. Lo tomó con manos que, inusualmente, temblaban un poco.
Se arrastró hasta una silla cercana, una butaca de cuero agrietado que exhaló un quejido de protesta bajo su peso. Abrió el libro. El papel olía a humedad y a olvido, un olor a sótano y a tiempo detenido. Pasó las páginas con una reverencia que no era habitual en él. Hasta que llegó a la página de título. Y allí, en una etiqueta pegada en la esquina superior derecha, estaba la ofensa.
La etiqueta de catalogación decía: «BOETHIUS. Sobre el Consuelo de la Filosofía. Clasificación: 100 – FILOSOFÍA Y PSICOLOGÍA. Ubicación: ESTANTERÍA 12-B».
Ignatius leyó la etiqueta una vez. Dos veces. Un rojo caliente de indignación pura, no fingida, no teatral, sino profunda y visceral, le subió por el cuello y le tiñó las orejas.
—Sobre el consuelo… —murmuró, y su voz era un hilillo de vapor venenoso—. Sobre el consuelo. ¿Sobre? ¿Quién es el analfabeto, el bárbaro, el vándalo con título de bibliotecario que se atreve…?
No era solo el error. Era la trivialización. Reducir la Consolación, el diálogo entre un hombre condenado a muerte y la dama Filosofía, a un simple «consuelo», como si fuera un manual para superar un mal día. Era la misma fuerza que colocaba a Santo Tomás junto a los charlatanes de la autoayuda. Era el mundo, su mundo, entrando a manchar incluso esto, incluso el último refugio.
Pero entonces, algo se alzó dentro de él. No era la vieja megalomanía, ni el deseo de liderar una purificación con fuego. Era algo más pequeño, más terco, más personal. Una rabia fría y concentrada. Una determinación.
Se levantó, tambaleándose. Con el libro apretado contra su pecho, como si fuera un talismán o un rehén, se dirigió a su refugio. No a la silla de lectura, sino al rincón donde guardaba sus pertenencias. Allí, entre restos de envoltorios de comida y sus cuadernos abandonados, encontró lo que buscaba: su Parker 51. La sacó de su estuche, la examinó. La tinta, sabía, era permanente. De un azul intenso, indeleble.
Regresó a la butaca. Abrió el libro de Boecio por la página de título. La luz era tenue, pero suficiente. Respiró hondo, y por primera vez en días, su mente no era un torbellino de palabras grandiosas y vacías. Era un instrumento afilado, de una precisión quirúrgica.
Posó la punta de la pluma sobre la etiqueta ofensiva. Y escribió.
No fue una anotación al margen. Fue una corrección. Una furiosa, meticulosa, exhaustiva corrección. Tachó «Sobre el Consuelo de la Filosofía» con dos líneas azules y enérgicas. Y al lado, en letras mayúsculas compactas y cargadas de desprecio, escribió: «DE CONSOLATIONE PHILOSOPHIAE. Anicius Manlius Severinus Boethius.»
Pero no se detuvo allí. Era como si una compuerta se hubiera abierto. La rabia contenida, la humillación, la derrota, todo encontró un canal minúsculo pero perfecto. En el margen inferior de la página, escribió:
«Nota del corrector: El título vulgarizado “Sobre el Consuelo…” es una aberración que revela la profunda incomprensión del traductor (o del catalogador) ante la obra. “Consolatio” no denota un mero “consuelo” sentimental, sino un proceso dialéctico y racional frente a la adversidad fortuita. Esta trivialización es sintomática de la época, que reduce la sabiduría a terapia barata. Ignatius J. Reilly, ad hoc.»
Satisfecho, pasó la página. En la primera página del texto, encontró una nota a pie de página que le pareció «insufriblemente condescendiente». La tachó y escribió al lado: «Exégesis superficial. El comentarista evidentemente ha pasado por alto las implicaciones neoplatónicas del pasaje. I.J.R.»
Página tras página, el azul intenso de su pluma fue dejando su marca. Corrigió erratas («“virtud”, no “vertud”. ¿Es que nadie revisa estos textos?»). Cuestionó interpretaciones («Aquí la Dama Filosofía no está “consolando”, está demostrando lógicamente la irrelevancia de los bienes mundanos. La diferencia es crucial.»). Incluso, en un arranque de arrogancia reconfortante, añadió un asterisco y una nota al final de un párrafo particularmente denso: «Para una exposición más clara (aunque inevitablemente simplificada) de este concepto, véase mi propio tratado inédito “Geometría de la Decadencia”, Cuadernos 3-7. I.J.R.»
Trabajó durante horas. El mundo exterior, la biblioteca silenciosa, el crepúsculo que se filtraba por las claraboyas altas y sucias, todo se desvaneció. Solo existían él, el libro, y la rabia purificadora de la corrección. No estaba salvando al mundo. No estaba fundando un nuevo orden. Estaba haciendo una cosa, pequeña, minúscula, pero perfecta. Estaba poniendo las cosas en su sitio. O, al menos, en el sitio que él consideraba correcto.
Al final, cuando cerró el libro, la etiqueta original era irreconocible bajo la maraña de tinta azul. El volumen llevaba ahora, de manera indeleble, la marca de Ignatius J. Reilly. No era una marca de propiedad, sino de disputa. Un testimonio silencioso y furioso de que alguien, allí, en las profundidades, se había opuesto. Había dicho «no» a un error. Había preservado, en su mente torcida, la dignidad de una idea.
Se recostó en la butaca, que emitió su quejido final. La pluma reposaba en su mano, ya fría. La válvula pilórica, como si respetara la solemnidad del momento, no emitió sonido alguno. Ignatius miró el libro corregido sobre su regazo. Un cansancio inmenso, pero no desagradable, lo invadió. No era la fatiga de la derrota, sino la de un trabajo realizado.
Sabía que Myrna estaba en alguna parte, gritando consignas bajo la lluvia. Sabía que Jones estaba reordenando mapas de continentes que ya no existían. Sabía que el mundo seguía girando, vulgar, ruidoso, indiferente.
Pero él, Ignatius J. Reilly, había dejado su marca en un libro que probablemente nadie volvería a abrir en décadas. Había transgredido el orden establecido, el orden del descuido y la mediocridad, de la manera más pequeña y patética imaginable. Y en esa transgresión, en ese acto de rabia callada y minuciosa, había encontrado una forma de preservación. No la del mundo, sino la suya propia. La preservación de su singularidad, de su terquedad, de su derecho a estar furioso por una preposición mal usada, por un título mal traducido, por un universo que se negaba a ajustarse a sus esquemas.
Mañana, quizás, volvería a deambular. Quizás la válvula pilórica retomaría sus protestas. Quizás intentaría, una vez más, escribir una línea en sus cuadernos abandonados.
Pero por ahora, en el silencio cada vez más profundo de la biblioteca, con el libro corregido sobre su pecho, Ignatius J. Reilly se permitió un momento de quietud. No de paz, nunca de paz. Sino de una tregua armada con la realidad, sellada con tinta azul indeleble.
Afuera, en la noche de Nueva Orleans, un tranvía pasó chirriando por los rieles. Su sonido penetró débilmente las paredes de piedra, se coló por las rejillas de ventilación, y llegó hasta el subsuelo como un eco lejano, un rumor de un mundo que seguía su curso, indiferente a los grandes discursos y a las pequeñas correcciones, a los sacrificios fallidos y a las rebeliones silenciosas. Un mundo que, a su manera grotesca y conmovedora, seguía girando, llevando consigo, en sus profundidades olvidadas, los ecos de todas sus válvulas pilóricas rotas.