Capítulo 1: El puerto de los condenados
El sol de Cartago Nova caía como un martillo sobre el yunque del foro. No era un sol benigno, de esos que acarician la piel y anuncian cosechas generosas; era un sol de plomo fundido, un sol que parecía haber sido forjado en las fraguas de Vulcano para castigar a los hombres por sus pecados. El polvo de caliza se levantaba en pequeñas nubes bajo cada paso de la escolta, mezclándose con el sudor que corría por los rostros curtidos de los marineros encadenados.
El capitán Ahab caminaba al frente de la procesión, su pierna de marfil golpeando rítmicamente contra las losas del foro. Tac, tac, tac. Un metrónomo implacable que marcaba el compás de su condena. A su alrededor, los legionarios romanos mantenían las lanzas en alto, sus cascos bruñidos reflejando la luz cegadora como espejos de guerra. Detrás de Ahab, la tripulación del Pequod avanzaba cabizbaja: veintitrés hombres, cubiertos de salitre y mugre, con las muñecas llagadas por los grilletes.
—Maldito puerto maldito —masculló Stubb entre dientes, el arpón de su oficio reducido a cenizas en algún almacén del puerto—. Debimos hacer escala en Gades, como yo dije.
—Cállate, Stubb —respondió Starbuck sin levantar la cabeza, su voz apenas un susurro rasposo—. Ya estamos aquí. Ahora calla y camina.
El foro de Cartago Nova se extendía ante ellos como un vientre de piedra. Las columnas corintias del templo de Melkart se alzaban al fondo, su mármol blanco manchado por siglos de incienso y sacrificios. A un costado, la basílica judicial bullía de actividad: escribas que corrían con tablillas enceradas, esclavos que transportaban ánforas de vino, libertos que discutían el precio del garum en las tabernas cercanas. Todo el bullicio del imperio concentrado en una plaza que olía a pescado seco, a orines de caballo y al metal amargo de las minas de plata que horadaban la montaña cercana.
Ahab no miraba nada de eso. Sus ojos, el izquierdo hundido en una cuenca sombría, el derecho abierto como un pozo sin fondo, escrutaban cada rostro, cada gesto, cada sombra que se movía entre las columnas. Buscaba algo. O alguien.
—Alto —ordenó el centurión al frente de la escolta.
La procesión se detuvo frente a la escalinata de la basílica. Un grupo de senadores locales, vestidos con togas de lino blanco que contrastaban con la suciedad de los marineros, observaba desde lo alto. En el centro, sentado en una silla curul de marfil y ébano, el prefecto de Cartago Nova los esperaba con la paciencia de una araña.
El prefecto Cayo Cornelio Rufo era un hombre de cincuenta años, el rostro surcado por arrugas que no eran de sabiduría sino de crueldad. Sus dedos, cargados de anillos de oro, tamborileaban sobre el reposabrazos de la silla mientras observaba a los prisioneros con una mezcla de desprecio y aburrimiento. A su lado, un escriba calvo sostenía un rollo de papiro donde seguramente ya estaban escritas las sentencias.
—Capitán Ahab —dijo el prefecto, su voz resonando en el foro con la autoridad de quien sabe que tiene el poder de vida o muerte—. Me han dicho que eres un hombre persistente. Que has cruzado el Mare Nostrum de punta a punta en busca de... ¿cómo lo llaman tus hombres? ¿La ballena blanca?
Ahab no respondió. Se limitó a sostener la mirada del prefecto, su ojo derecho fijo como un clavo en el rostro del romano.
—El silencio no te salvará —continuó Rufo, levantando una mano para que el escriba se acercara—. Tú y tu tripulación habéis sido capturados con contrabando de plata de las minas. Sabes lo que eso significa. La lex Cornelia de sicariis et veneficis no hace distinciones: contrabando de metal precioso es traición, y la traición se paga con la cruz.
Un murmullo recorrió la tripulación. Algunos hombres se santiguaron, otros maldijeron en voz baja. Tashtego, el arponero indígena, escupió al suelo con desprecio.
—Pero soy un hombre razonable —prosiguió el prefecto, y en ese momento sus dedos dejaron de tamborilear—. Un hombre de negocios. Y he oído decir que buscas algo más valioso que la plata. Algo que ha hecho que cruces medio mundo.
Ahab sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el calor. Su pierna de marfil golpeó el suelo una vez, dos veces, mientras daba un paso al frente.
—¿Qué es lo que quieres, romano? —preguntó, su voz grave como el rumor de una tormenta lejana.
El prefecto sonrió. Era una sonrisa que no llegaba a sus ojos, que se quedaba en los pliegues de su boca como una herida mal cerrada. Hizo un gesto con la mano, y el escriba calvo desapareció tras una columna. Cuando regresó, traía algo envuelto en un paño de lino.
—Acerquen al prisionero —ordenó Rufo.
Dos legionarios tomaron a Ahab por los brazos y lo condujeron escalinata arriba. La pierna de marfil resonaba en cada escalón como un martillo sobre un yunque. Cuando estuvo frente al prefecto, el romano retiró el paño con un movimiento teatral.
La tablilla de plomo brilló bajo el sol, su superficie cubierta de incisiones que el tiempo había oscurecido. Ahab contuvo el aliento. Reconocía aquellos trazos, aquellas líneas que serpenteaban como venas en un cuerpo enfermo. Era el mapa. El mapa que había buscado durante meses, que había seguido desde las columnas de Hércules hasta las costas de la Bética, que había llevado a su tripulación a este puerto maldito donde los habían capturado.
—Reconoces esto, ¿verdad? —dijo el prefecto, sosteniendo la tablilla con ambas manos—. Mis agentes la encontraron en tu barco, escondida entre las cuadernas. Un trabajo de artesanía fenicia, si no me equivoco. Muy antigua. Muy valiosa.
—Es mía —dijo Ahab, y en sus palabras había un hambre que trascendía el deseo—. La encontré en una cueva, al sur de Gades. Me pertenece.
—Nada te pertenece, capitán. Todo es del imperio. Tú, tus hombres, tu barco, esa tablilla... todo es propiedad de Roma.
El prefecto se levantó de la silla curul y caminó alrededor de Ahab, la tablilla en sus manos como un objeto sagrado.
—Pero como te decía, soy un hombre razonable. He investigado tu historia. He oído hablar de la ballena blanca, del monstruo que te arrancó la pierna, de tu obsesión por encontrarla. Curioso, ¿verdad? Un hombre que ha perdido tanto, que sigue buscando. Es casi poético.
—¿Qué es lo que quieres? —repitió Ahab, su voz ahora un gruñido contenido.
El prefecto se detuvo frente a él, tan cerca que Ahab podía oler el vino en su aliento y el perfume de rosas en su toga.
—Quiero hacer un trato. Te devuelvo la tablilla. Te devuelvo a tu tripulación. Te devuelvo tu barco, aunque tendrás que pagar una multa por el contrabando, claro está. A cambio, tú me darás algo.
—¿Qué?
—La ubicación de la ballena. Cuando la encuentres, quiero saber dónde está. Quiero que me envíes un mensajero con las coordenadas. Tengo intereses en la pesca de cetáceos, y un animal tan... especial, podría reportarme una fortuna.
Ahab sintió que la sangre hervía en sus venas. La idea de compartir su cacería, de convertir su venganza en un negocio para un romano corrupto, era casi más de lo que podía soportar. Pero la tablilla estaba allí, a solo un palmo de su mano, y en ella estaba la clave para encontrar a Moby Dick.
—Acepto —dijo, y las palabras le supieron a hiel.
El prefecto sonrió de nuevo, y esta vez la sonrisa llegó a sus ojos, iluminándolos con una luz codiciosa.
—Sabía que entenderías. Eres un hombre práctico, capitán. A pesar de tu fama de loco.
Hizo un gesto, y los legionarios soltaron a Ahab. La tablilla cambió de manos, y Ahab sintió el peso del plomo en sus dedos, la frialdad del metal contra su piel sudorosa. Era real. Estaba allí. El mapa que lo llevaría a su destino.
—Suelten a los prisioneros —ordenó el prefecto—. Que recojan su barco y se larguen de mi puerto antes de que cambie de opinión.
Los grilletes cayeron al suelo con un ruido metálico. Los hombres de la tripulación se frotaron las muñecas, mirándose unos a otros con incredulidad. Starbuck se acercó a Ahab, su rostro marcado por la preocupación.
—Capitán, ¿qué ha prometido usted? —preguntó en voz baja—. ¿Qué le ha dado a cambio?
Ahab no respondió. Sus ojos estaban fijos en la tablilla, en las líneas que se entrecruzaban como el destino mismo. El sol seguía cayendo a plomo sobre el foro, pero él ya no lo sentía. Solo existía el mapa, la promesa de la cacería, el rugido de la ballena blanca que lo llamaba desde el otro lado del mar.
—Preparad el barco —dijo por fin, su voz firme como el acero—. Zarparemos al amanecer.
—Pero capitán, los hombres están agotados. Necesitamos provisiones, reparar el casco...
—Al amanecer —repitió Ahab, y en sus palabras había un filo que no admitía réplica.
Starbuck calló. Había visto esa mirada antes, esa luz de obsesión que ardía en el ojo único de su capitán. Sabía que no había argumento que pudiera apagarla.
Mientras se alejaban del foro, Ahab se detuvo un momento para mirar hacia atrás. El prefecto seguía en la escalinata, observándolos con esa sonrisa de depredador. A su lado, el escriba calvo tomaba notas en su papiro.
—Romanos —murmuró Ahab, escupiendo al suelo—. Todos iguales. Creen que pueden comprar el mundo con sus denarios. Pero hay cosas que no tienen precio. Hay deudas que solo se pagan con sangre.
Guardó la tablilla bajo su túnica y continuó caminando, su pierna de marfil marcando el ritmo de su obsesión. Tac, tac, tac. El sonido se perdía entre el bullicio del puerto, entre el chirrido de las norias y el grito de los mercaderes, pero para Ahab era el único sonido que importaba. El latido de su corazón. El eco de su venganza.
Detrás de él, la tripulación lo seguía en silencio. Sabían que algo había cambiado. Que el trato con el prefecto había encendido una mecha que llevaría al Pequod a lugares de los que algunos no regresarían. Pero ninguno dijo nada. Porque en el mar, la lealtad a un capitán loco es a veces la única brújula que queda.
El sol comenzaba a descender hacia el horizonte, tiñendo el puerto de Cartago Nova de tonos anaranjados y púrpuras. Las sombras se alargaban entre las columnas del foro, y el viento del atardecer traía consigo el olor salobre del Mare Nostrum. En algún lugar, más allá de las columnas de Hércules, la ballena blanca esperaba.
Y Ahab, con la tablilla de plomo pegada al pecho como un segundo corazón, estaba más cerca que nunca de encontrarla.
Capítulo 2: La mina de los susurros
El sol de Cartago Nova se había vuelto un ojo acusador cuando Ahab, apoyado en su pierna de marfil, observó la boca de la mina. El monte se alzaba como una cicatriz en la tierra, sus entrañas abiertas a golpe de pico y sudor de esclavos. El polvo de plata flotaba en el aire, un brillo tóxico que se pegaba a los pulmones.
—Parece la entrada al Tártaro —murmuró Starbuck, ajustándose el cinturón donde colgaba su arpón.
—Peor —respondió Ahab, sin apartar la mirada del agujero negro—. El Tártaro al menos tiene leyes. Esto es obra de hombres.
Queequeg, tatuado de pies a cabeza, se limitó a oler el aire. Sus dedos tocaron el amuleto que colgaba de su cuello, un pequeño dios de madera de forma grotesca. Luego señaló la entrada con la cabeza.
—Espíritus malos —dijo, su voz grave y pausada—. Muchos muertos.
Ahab rió, un sonido seco que no llegó a sus ojos.
—Los muertos son los mejores compañeros, Queequeg. No traicionan.
El prefecto Rufo había sido claro: la tablilla estaba en la cámara del superintendente, al fondo de la galería principal. Pero la galería principal tenía tres ramales, y ninguno de los guardias que custodiaban la entrada parecía dispuesto a guiarlos. Ahab había resuelto el problema con un saco de denarios y la promesa de que no volverían a verlo. Los guardias, sobornados y aliviados, se habían retirado a una taberna cercana.
—Tenemos hasta el atardecer —dijo Starbuck, encendiendo una linterna de aceite—. Después, el cambio de guardia. Si no hemos salido...
—Saldremos —lo interrumpió Ahab, y se adentró en la oscuridad.
El interior de la mina era un laberinto de galerías húmedas, donde el agua se filtraba desde algún lugar invisible y caía en gotas rítmicas, como un latido de piedra. Las paredes estaban marcadas por los golpes de miles de picos, estrías que contaban historias de generaciones de esclavos. El aire era pesado, cargado de un olor a sudor rancio y a metal. Las antorchas que habían dejado los guardias ardían con una llama débil, amarillenta, que apenas arañaba las tinieblas.
—Por aquí —dijo Ahab, señalando el ramal izquierdo.
Starbuck dudó.
—El prefecto dijo que la cámara del superintendente está en el ramal central.
—El prefecto miente.
—¿Cómo lo sabes?
Ahab se volvió, su rostro iluminado a medias por la linterna. La sombra de su barba partida parecía una grieta en la piedra.
—Porque si hubiera querido que encontráramos la tablilla, no la habría escondido en sus propias minas. La ha puesto donde nadie iría a buscarla. Donde hay algo que teme.
Starbuck apretó la mandíbula pero no replicó. Ahab tenía razón, como siempre. Era una cualidad que Starbuck respetaba y temía a partes iguales.
Caminaron en silencio durante lo que pareció una hora. El túnel se estrechaba, las paredes se cerraban sobre ellos como las costillas de un animal gigante. Queequeg iba al frente, su piel tatuada brillando bajo la luz, sus ojos acostumbrados a la oscuridad. De repente, se detuvo.
—Hombres —dijo.
Ahab alzó la mano, haciendo señas a Starbuck para que apagara la linterna. La oscuridad fue absoluta, un peso que caía sobre ellos. Luego, desde las profundidades, llegó un murmullo. No era el viento ni el agua. Eran voces. Muchas voces, susurrando en una lengua que Ahab no reconoció.
—Fenicio —dijo Starbuck, su voz un hilo—. Es fenicio antiguo. Lo estudié en la academia de Tiro, cuando...
—Cállate —ordenó Ahab.
Los susurros crecieron, se volvieron un coro que parecía salir de las paredes mismas. Ahab encendió una yesca y la linterna volvió a la vida. Frente a ellos, el túnel se abría a una cámara más amplia, donde una docena de esclavos trabajaban arrodillados, golpeando la roca con picos y cuñas. Estaban encadenados los unos a los otros, sus cuerpos demacrados, sus ojos vacíos. Pero sus labios se movían, y de ellos salía aquel murmullo incesante.
—¿Qué dicen? —preguntó Ahab.
Starbuck escuchó, frunciendo el ceño.
—Hablan de una maldición. Dicen que la plata de esta montaña está maldita. Que Melkart, el dios fenicio, la puso aquí como trampa. Que quien la saque... traerá la ruina.
—Tonterías —dijo Ahab, pero su voz tembló ligeramente.
Uno de los esclavos levantó la cabeza. Era un hombre mayor, su rostro una máscara de arrugas y cicatrices. Sus ojos, sin embargo, estaban vivos, brillaban con una inteligencia que la esclavitud no había podido extinguir.
—No son tonterías —dijo en un latín roto—. Yo estaba aquí cuando encontraron la cámara. Rompimos la pared y vimos los símbolos. Melkart nos miraba desde la piedra. Esa noche, el superintendente murió. Al siguiente, su reemplazo. Ahora nadie quiere bajar. Solo nosotros, los condenados.
Ahab se acercó, su pierna de marfil golpeando el suelo con un sonido sordo.
—¿Qué cámara? ¿Dónde?
El esclavo señaló una pared al fondo, donde se veía una abertura recién hecha, cubierta con una lona.
—Allí. Pero no entres. Los símbolos... te roban el alma.
Ahab sonrió, una sonrisa sin alegría.
—Mi alma ya está robada, amigo. Hace mucho tiempo.
Avanzó hacia la abertura, seguido de Starbuck y Queequeg. La lona estaba manchada de algo que podría ser óxido o podría ser sangre. Ahab la apartó y se asomó al interior.
La cámara era pequeña, de unos pocos pasos de ancho. En el centro, sobre un pedestal de piedra, descansaba la tablilla de plomo. Pero no estaba sola. Las paredes estaban cubiertas de símbolos grabados, círculos concéntricos, figuras de peces y serpientes, una estrella de ocho puntas que parecía moverse bajo la luz. Y en el centro de todo, un rostro. El rostro de Melkart, con sus ojos huecos y su boca abierta en un grito silencioso.
—No toques nada —dijo Starbuck—. Podría haber trampas.
—Claro que las hay —respondió Ahab, y dio un paso adelante.
El suelo crujió bajo su peso. Por un instante, nada ocurrió. Luego, un sonido sordo, como un trueno lejano, recorrió la montaña. El polvo comenzó a caer del techo.
—¡Derrumbe! —gritó Queequeg.
La tierra tembló. Una grieta se abrió en el suelo, justo entre Ahab y la tablilla. La piedra se resquebrajó, y el techo comenzó a ceder. Bloques de roca cayeron, levantando una nube de polvo que cegó a todos.
Starbuck se lanzó hacia atrás, cubriéndose la cabeza. Queequeg, en cambio, saltó hacia adelante, su cuerpo ágil moviéndose entre las piedras que caían como si pudiera verlas antes de que cayeran. Agarró a Ahab por el brazo justo cuando una losa del tamaño de un hombre se estrellaba contra el lugar donde había estado.
—¡Capitán! —gritó Queequeg, arrastrándolo hacia la entrada.
Ahab forcejeó, tratando de liberarse.
—¡La tablilla!
—¡Después! —gruñó Queequeg, y su fuerza era tal que Ahab no pudo resistirse.
Salieron de la cámara justo cuando el techo se derrumbaba por completo, sepultando el pedestal y los símbolos bajo toneladas de roca. El polvo los envolvió, y tosieron, cegados, mientras el eco del derrumbe se perdía en las profundidades de la mina.
Cuando el silencio volvió, Ahab se puso en pie, temblando de ira.
—La has perdido —dijo, su voz un susurro ronco—. La tablilla está bajo la piedra.
—Estás vivo —respondió Queequeg, sin inmutarse—. La piedra puede moverse. La vida, no.
Starbuck se acercó, su rostro pálido.
—Capitán, tenemos que salir de aquí. El derrumbe habrá alertado a los guardias. Si nos encuentran...
—Cállate —dijo Ahab, pero su voz había perdido el filo.
Miró el montón de escombros que había sido la cámara. Luego miró a Queequeg, que lo observaba con sus ojos oscuros, impasibles. Por un instante, algo cruzó el rostro de Ahab. No era gratitud. Era algo más extraño, más incómodo. Reconocimiento.
—Bien —dijo al fin—. Salgamos.
Pero cuando se volvieron para regresar por el túnel, se encontraron con que el camino estaba bloqueado. El derrumbe no solo había sellado la cámara; había derribado parte del techo del pasillo principal, cortando su retirada.
—Estamos atrapados —dijo Starbuck.
Ahab rió, aquella risa seca y sin alegría.
—No, Starbuck. Estamos donde debemos estar.
Y comenzó a caminar hacia las profundidades, hacia donde los susurros de los esclavos se habían vuelto un coro que llamaba su nombre.
Los esclavos los miraron pasar sin decir palabra. Sus murmullos habían cesado, reemplazados por un silencio pesado, expectante. Ahab avanzó entre ellos, su pierna de marfil golpeando el suelo con un ritmo que parecía el latido de un corazón de piedra.
—Capitán —dijo Starbuck, su voz tensa—, no sabemos adónde va este túnel. Podría llevarnos a ninguna parte.
—O podría llevarnos a la tablilla.
—La tablilla está enterrada.
—Hay más de una tablilla, Starbuck. El prefecto no es tonto. No escondería algo tan valioso en un solo lugar. Hay copias. Planos. Algo.
—¿Cómo lo sabes?
Ahab se detuvo. Se volvió hacia Starbuck, y por un instante, Starbuck vio algo en sus ojos que nunca había visto antes. No era locura. Era certeza.
—Porque yo haría lo mismo.
Siguieron caminando. El túnel descendía, cada vez más profundo, el aire más denso, más caliente. Las paredes cambiaban: ya no eran roca gris, sino un basalto negro, liso, como pulido por manos desconocidas. Y en las paredes, los símbolos. Los mismos que habían visto en la cámara. Círculos, peces, serpientes, la estrella de ocho puntas. Y el rostro de Melkart, repitiéndose una y otra vez, mirándolos desde la piedra.
—Es un templo —dijo Starbuck, su voz temblorosa—. Esto no es una mina. Es un templo fenicio.
—O era una mina, y construyeron el templo encima —dijo Ahab—. Los fenicios siempre escondían sus tesoros en lugares que ya tenían dueño. Les daba seguridad.
Llegaron a una puerta. No era de madera ni de piedra, sino de bronce, cubierta de un verdín que brillaba bajo la luz de la linterna. En el centro, grabado en relieve, el rostro de Melkart, con sus ojos huecos y su boca abierta.
—¿Abro? —preguntó Queequeg.
Ahab asintió.
Queequeg puso las manos sobre la puerta y empujó. El bronce gimió, resistiéndose, pero poco a poco, la puerta cedió, abriéndose hacia el interior con un chirrido que pareció despertar algo en las profundidades.
Detrás de la puerta había una cámara circular, más grande que cualquier otra que hubieran visto. En el centro, un pozo negro, sin fondo aparente. Alrededor del pozo, doce columnas de basalto, cada una tallada con una figura diferente: un toro, un león, un águila, un pez, una serpiente, un hombre con cabeza de pájaro, una mujer con cuerpo de pez, y otras que no pudieron identificar. Y en el suelo, incrustadas en la piedra, letras fenicias que formaban un círculo alrededor del pozo.
—¿Qué dice? —preguntó Ahab.
Starbuck se arrodilló, pasando los dedos sobre las letras.
—Es una maldición. Dice: «Aquel que beba del pozo de Melkart verá lo que no debe ver. Aquel que vea lo que no debe ver, deseará lo que no puede tener. Aquel que desee lo que no puede tener, perderá lo que ama».
—Poético —dijo Ahab, y se acercó al borde del pozo.
—¡Capitán! —gritó Starbuck—. No se acerque.
Pero Ahab ya estaba mirando hacia abajo. El pozo era profundo, tan profundo que la luz de la linterna no alcanzaba el fondo. Pero algo brillaba allí abajo. Un reflejo plateado, como la luna en el agua.
—La tablilla —dijo Ahab, su voz un susurro—. Está ahí abajo.
—No podemos bajar —dijo Starbuck—. No tenemos cuerdas, no tenemos...
—Tengo manos —dijo Queequeg, y comenzó a quitarse la camisa.
—¿Estás loco? —preguntó Starbuck.
—No —respondió Queequeg, atando la camisa alrededor de su cintura—. Pero él sí. Y yo lo sigo.
Antes de que Starbuck pudiera protestar, Queequeg se asomó al pozo, encontró un agarre en las piedras irregulares de la pared, y comenzó a descender. Su cuerpo tatuado se deslizó en la oscuridad, desapareciendo de la vista.
Starbuck miró a Ahab.
—¿Y si no vuelve?
—Volverá —dijo Ahab, sin apartar la mirada del pozo—. Queequeg siempre vuelve.
Pasaron minutos. O quizás horas. En la oscuridad de la cámara, el tiempo perdía su significado. Starbuck contaba sus latidos, tratando de no pensar en los símbolos que los rodeaban, en el rostro de Melkart que parecía observarlos desde todas las columnas a la vez.
Luego, un ruido. Un golpe sordo, seguido de un jadeo. Queequeg emergió del pozo, su cuerpo cubierto de sudor y polvo. En su mano derecha, sostenía la tablilla de plomo.
—La encontré —dijo, y sonrió.
Ahab tomó la tablilla, sus dedos temblando. La superficie estaba fría, lisa, marcada con líneas que formaban un mapa. Un mapa que llevaba a la guarida de Moby Dick.
—Es ella —dijo, su voz apenas un susurro—. Es ella.
Pero cuando levantó la mirada, vio algo que lo heló. En las paredes de la cámara, los símbolos habían cambiado. Ya no eran círculos y peces. Eran palabras. Palabras en latín, en griego, en fenicio. Y todas decían lo mismo:
AHAB
—Capitán —dijo Starbuck, su voz quebrada—, tenemos que salir de aquí.
Ahab no respondió. Estaba mirando el pozo. Desde las profundidades, algo devolvía la mirada. Dos ojos. Dos ojos blancos, sin pupilas, que brillaban en la oscuridad.
—Moby Dick —dijo Ahab, y su voz era la de un hombre que ha visto a Dios.
—No —dijo Starbuck, tirando de él—. No es la ballena. Es otra cosa. Es...
—Es ella —insistió Ahab, y comenzó a caminar hacia el pozo.
Queequeg lo detuvo, poniéndole una mano en el hombro.
—Capitán —dijo, su voz grave, calmada—. La tablilla está aquí. El mapa está aquí. La ballena espera. Pero si entras en ese pozo, no volverás.
Ahab lo miró. Por un instante, los ojos del capitán se encontraron con los del arponero. Y en ese instante, algo pasó entre ellos. Algo que Starbuck no pudo entender.
—Tienes razón —dijo Ahab al fin, y su voz sonó casi humana—. La ballena espera.
Se volvió, la tablilla apretada contra su pecho, y comenzó a caminar de regreso por el túnel.
Starbuck y Queequeg lo siguieron, dejando atrás la cámara circular, el pozo sin fondo, y los ojos blancos que seguían mirando desde la oscuridad.
Mientras subían hacia la luz, los susurros de los esclavos volvieron a oírse, pero esta vez no eran lamentos. Eran risas.
Capítulo 3: El pacto del prefecto
El sol de Cartago Nova hería las losas de mármol del peristilo cuando el capitán Ahab, apoyado en su pierna de marfil, cruzó el umbral de la villa del prefecto. Los guardias romanos, dos legionarios con cascos bruñidos que despedían destellos cegadores, le franquearon el paso con una mezcla de desprecio y cautela. Un marino cojo, vestido con pieles de foca y un chaquetón grasiento de aceite de ballena, no era visita habitual en las residencias de la élite provincial.
La villa olía a incienso de mirra y a cera de abejas, un aroma dulzón que enmascaraba el hedor de la hipocresía. Bajo sus pies, un mosaico representaba a Neptuno emergiendo de las olas, rodeado de delfines y nereidas. Ahab pisó el rostro del dios sin miramientos.
—El prefecto te espera en el triclinium —dijo un esclavo nubio, vestido con una túnica blanca inmaculada.
Ahab no respondió. Siguió al esclavo a través de un corredor flanqueado por estatuas de mármol: emperadores, senadores, generales. Hombres que habían construido un imperio sobre espaldas ajenas. Hombres que, como él, navegaban hacia su propia destrucción, pero con más estilo.
El triclinium era una sala abovedada, fresca, con frescos en las paredes que representaban escenas de caza: jabalíes acosados por perros, ciervos atravesados por lanzas, leones abatiendo a gladiadores. En el centro, reclinado sobre un diván de marfil, el prefecto Rufo lo esperaba.
Rufo era un hombre de cincuenta años, obeso, de rostro rubicundo y dedos cubiertos de anillos de oro. Llevaba el cabello cano cortado al estilo militar, pero su mandíbula blanda y su papada delataban años de banquetes y vino sin diluir. A su lado, una mesa baja de cedro sostenía una bandeja de plata con higos, aceitunas y un ánfora de garum.
—Capitán Ahab —dijo Rufo sin levantarse, su voz untuosa como el aceite de oliva—. Me complace que hayas aceptado mi invitación. Temía que fueras hombre de modales rústicos.
—Soy hombre de palabra —respondió Ahab, deteniéndose frente al diván—. Tú tienes algo que me pertenece. Yo tengo algo que tú deseas. No veo necesidad de cortesías adicionales.
Rufo rió, una risa hueca que resonó como monedas cayendo en una bolsa vacía.
—Directo. Me gusta. Los marinos soléis ser así. Mi padre era armador en Ostia. Decía que un hombre de mar nunca miente sobre el viento, pero siempre miente sobre el cargamento.
—No he venido a hablar de tu padre.
La sonrisa de Rufo se desvaneció. Hizo un gesto con la mano, y el esclavo nubio se retiró, cerrando las puertas de bronce del triclinium.
—La tablilla —dijo Rufo, su tono ahora más grave—. La tengo. Pero antes de entregarla, necesito saber qué es exactamente lo que has encontrado.
Ahab sintió el peso de su propia paciencia, un lastre que llevaba años arrastrando. Se apoyó en su pierna de marfil, desplazando el peso de su cuerpo para aliviar el muñón.
—Es un mapa. Un mapa que conduce a la guarida de la ballena blanca. Moby Dick.
—¿Una ballena? —Rufo arqueó una ceja—. ¿Arriesgas la vida de tu tripulación, te adentras en minas prohibidas, negocias con el prefecto de la provincia... por una ballena?
—No es una ballena.
—¿No?
—No —repitió Ahab, y su voz adquirió un timbre más bajo, más profundo, como el rumor de una corriente submarina—. Es la encarnación de todo lo que hay de inescrutable en el universo. Es el blanco que ciega, la furia que no entiende de razones, el vacío que devora. Le arrancó mi pierna, pero no fue su carne la que hirió. Fue mi alma.
Rufo lo observó en silencio durante un largo momento. Luego, volvió a reír, pero esta vez la risa tenía un matiz diferente, un dejo de fascinación.
—Eres un hombre interesante, capitán. Casi poético. Lástima que tu poesía esté malgastada en el mar. Podrías haber sido senador.
—Los senadores no se vengan de los dioses.
—No. Se contentan con servirlos. O con fingir que lo hacen.
Rufo se incorporó, con esfuerzo, y caminó hacia una vitrina de ébano en la esquina de la sala. Abrió una puerta y extrajo un cofre de hierro. Introdujo una llave, giró el mecanismo, y levantó la tapa.
Dentro, sobre un lecho de terciopelo púrpura, yacía la tablilla de plomo.
Ahab contuvo el aliento. La luz del lucernario, filtrándose a través de una claraboya de alabastro, incidió sobre la superficie metálica, haciendo brillar los símbolos grabados: círculos concéntricos, peces entrelazados, la estrella de ocho puntas.
—Es auténtica —murmuró Ahab, más para sí mismo que para Rufo.
—Lo sé. Mis hombres la examinaron. Los símbolos son fenicios, de la época de los bárquidas. Pero hay algo más.
Rufo tomó la tablilla con ambas manos, como si pesara más de lo que aparentaba.
—Este mapa no solo conduce a tu ballena. Conduce a un templo submarino. Un santuario de Melkart, el dios fenicio del mar. Y en ese templo, según las leyendas locales, se encuentra una estatua del dios.
—¿Una estatua? —Ahab frunció el ceño.
—No cualquier estatua. Una estatua de oro macizo, con ojos de esmeralda y un cetro de marfil. Pero lo más importante: según los textos que he consultado, esa estatua tiene el poder de controlar las mareas. Quien la posea, controlará las rutas marítimas del Mare Nostrum. Podrá cerrar puertos, hundir flotas, abrir canales...
Rufo dejó caer las palabras como piedras en un estanque.
Ahab sintió que el suelo se movía bajo sus pies. No era el balanceo de un barco, sino el vértigo de una revelación que torcía sus planes.
—Tú no quieres la ballena —dijo Ahab, lentamente.
—No, capitán. Yo quiero el tesoro. La ballena es tu obsesión. La estatua es la mía.
—¿Y qué piensas hacer con ella?
Rufo sonrió, y su sonrisa era la de un hombre que ha visto demasiado poder y quiere más.
—Hay rumores de revueltas en las provincias. Germanos, britanos, judíos... y aquí, en Hispania, los cántabros aún recuerdan su independencia. Una estatua que controla las mareas sería un arma definitiva. Podría ahogar una rebelión antes de que comenzara. O, si las circunstancias lo exigieran, asfixiar el comercio de un rival.
—Eres un hombre peligroso —dijo Ahab.
—Todos lo somos, capitán. La diferencia es que yo tengo legiones. Tú tienes un barco y una obsesión.
Rufo colocó la tablilla sobre la mesa, entre los higos y las aceitunas.
—Así que te propongo un trato. Un trato mejor que el que te ofrecí en el puerto.
Ahab guardó silencio. Su mente trabajaba como un mecanismo de relojería, engranando posibilidades, calculando distancias.
—Tú me llevarás al templo. Tu barco, tu tripulación, tu conocimiento del mar. Yo te proporcionaré la tablilla, la libertad de tus hombres, y una parte del tesoro. Y cuando lleguemos al santuario, tú podrás enfrentarte a tu ballena. Yo tomaré la estatua.
—¿Y después?
—Después, cada uno seguirá su camino. Tú, a tu venganza. Yo, a mi imperio.
Ahab observó la tablilla. Los símbolos parecían moverse bajo la luz, peces danzando en un mar de plomo.
—¿Y si la ballena no está allí? —preguntó—. ¿Si el mapa conduce solo al templo?
—Entonces habremos perdido el tiempo los dos. Pero tú habrás recuperado la tablilla, y yo habré ganado una estatua. No es un mal intercambio.
Ahab negó con la cabeza.
—No. No es suficiente.
—¿Qué más quieres?
—Garantías. Mis hombres serán liberados ahora. No cuando lleguemos al templo. Ahora.
Rufo frunció el ceño.
—No puedo liberarlos sin asegurarme de que cumplirás tu parte.
—Entonces no hay trato.
El silencio se extendió entre ellos, denso como el aceite de ballena. Ahab sostuvo la mirada del prefecto, sin pestañear. Había negociado con armadores, con reyes caníbales, con balleneros de todos los puertos del mundo. Sabía cuándo presionar y cuándo ceder.
—Liberarás a la mitad —dijo Rufo al fin—. La otra mitad quedará como rehén en el puerto, bajo la custodia de mis hombres. Si cumples tu parte, serán liberados al regresar.
—Tres cuartos.
—Dos tercios. Y no negociaré más.
Ahab asintió lentamente.
—Acepto.
Rufo sonrió, satisfecho.
—Sabía que eras un hombre razonable.
—No soy razonable —respondió Ahab—. Soy paciente. Hay una diferencia.
Tomó la tablilla de la mesa, y el metal frío quemó sus dedos como un juramento.
En el puerto, el calor del mediodía se elevaba en ondas desde los adoquines. El Pequod estaba atracado en el muelle principal, rodeado de barcos mercantes y galeras romanas. La tripulación, bajo vigilancia, realizaba tareas de mantenimiento: calafatear juntas, reparar velas, engrasar arpones.
Stubb, el cocinero, removía un caldero de estofado de cabra en la cubierta de popa, silbando una canción de los muelles de Nantucket. Era un hombre bajo, rechoncho, de piel curtida y una sonrisa perpetua que ocultaba una inteligencia afilada como un cuchillo de desollar.
—Capitán a la vista —murmuró cuando vio a Ahab cruzar el muelle, seguido por dos legionarios.
La tripulación se puso en alerta. Starbuck, el primer oficial, dejó el arpón que estaba afilando y se acercó a la plancha.
—Capitán —dijo, en voz baja—. ¿Qué noticias?
—Buenas y malas —respondió Ahab, subiendo a bordo con dificultad—. Las buenas: tenemos la tablilla. Las malas: el prefecto quiere acompañarnos.
—¿Qué?
—Quiere el tesoro del templo. Una estatua de Melkart. A cambio, nos dejará ir tras la ballena.
Starbuck frunció el ceño.
—No me fío.
—Ni yo. Pero tenemos poco margen.
Ahab lo condujo al camarote, lejos de los oídos de los legionarios. Cerró la puerta y colocó la tablilla sobre la mesa de cartas náuticas.
—El prefecto cree que soy un negociante —dijo Ahab—. Cree que aceptaré su trato, lo llevaré al templo, y luego me conformaré con la ballena.
—¿Y no será así?
Ahab levantó la mirada. Sus ojos, hundidos en sus cuencas, brillaban con una luz que Starbuck conocía demasiado bien.
—No. Cuando lleguemos al templo, tomaré la estatua. Y luego, cuando el prefecto esté distraído, buscaré a la ballena.
—¿Y la tripulación?
—Saldrá de esta. Como siempre.
Starbuck suspiró. Había navegado con Ahab durante tres viajes. Sabía que su capitán era un hombre de palabra, pero también sabía que su palabra estaba al servicio de una obsesión que no reconocía límites.
—¿Qué quieres que haga?
—Prepara el barco. Zarparemos al amanecer. Y dile a Stubb que venga a verme. Tengo un encargo para él.
Stubb encontró al capitán en la proa, contemplando el horizonte. El sol se ponía tras las colinas de Cartago Nova, tiñendo el cielo de tonos naranjas y púrpuras. El olor a pescado y salitre se mezclaba con el humo de las hogueras del puerto.
—¿Me llamabas, capitán?
—Stubb. Eres un hombre ingenioso.
—Eso dicen. Sobre todo las mujeres.
Ahab no sonrió.
—Necesito una distracción. Algo que ocupe la atención del prefecto mientras preparamos la partida.
—¿Qué tipo de distracción?
—Algo ruidoso. Algo que haga que sus hombres corran de un lado a otro como hormigas.
Stubb se rascó la barbilla, pensativo.
—Podría provocar un incendio en el puerto. Los almacenes de madera, cerca del muelle militar. Arden bien.
—No quiero que nadie muera.
—No hace falta. Solo asustarlos un poco. Quemar algunas vigas, hacer humo. Suficiente para que los legionarios se pongan nerviosos.
Ahab asintió.
—Hazlo. Pero con cuidado.
—Siempre con cuidado, capitán. El fuego es como una mujer: si no la controlas, te quema.
Stubb se alejó, silbando de nuevo, y Ahab se quedó solo en la proa, contemplando el mar.
Dos horas después, cuando la luna se alzaba sobre el Mare Nostrum, un resplandor anaranjado iluminó el puerto. El almacén de madera del muelle militar estaba en llamas.
Las campanas de alarma sonaron. Los legionarios corrieron, formando cadenas de cubos, mientras los marineros del puerto se unían a las tareas de extinción. El humo se elevaba en columnas densas, ocultando las estrellas.
En medio del caos, Ahab observaba desde la cubierta del Pequod. A su lado, Starbuck sostenía un farol.
—Stubb sabe hacer su trabajo —dijo.
—Sí —respondió Ahab—. Pero esto solo nos da unas horas. Mañana, cuando el prefecto descubra que fue una distracción, querrá respuestas.
—¿Y qué le diremos?
—Le diremos la verdad. Que zarpamos al amanecer, como acordamos. Y que no tenemos tiempo para investigar incendios.
Starbuck guardó silencio. Luego, dijo:
—Capitán... ¿está seguro de que esto acabará bien?
Ahab se volvió hacia él. La luz del incendio danzaba en sus ojos, dándoles un brillo infernal.
—No, Starbuck. No estoy seguro. Pero ya no importa. He navegado demasiado lejos para dar media vuelta. La ballena me espera. Y yo iré a su encuentro, aunque tenga que arrastrar el Pequod con mis propias manos.
Starbuck bajó la mirada.
—Como usted ordene, capitán.
—No, Starbuck. No como yo ordene. Como el destino ordene.
El incendio rugió en la distancia, iluminando el puerto como un sol artificial. Y en la cubierta del Pequod, Ahab permaneció inmóvil, contemplando las llamas, mientras su mente tejía planes dentro de planes, traiciones dentro de alianzas, y la imagen de la ballena blanca flotaba en sus pensamientos como un fantasma de marfil.
Capítulo 4: La noche de las ánforas
La luna de Cartago Nova colgaba sobre el puerto como una moneda de plata oxidada, su luz filtrándose entre las nubes rasgadas que el viento del este empujaba hacia las montañas. El Pequod se mecía en su amarre con un gemido de maderas viejas, y en cubierta, la tripulación contenía la respiración.
Ahab apoyaba su peso sobre la pierna de marfil, mirando hacia el pretorio que se alzaba en la colina oriental. Las antorchas parpadeaban en sus puertas como ojos soñolientos de algún dios menor. A su lado, Starbuck sostenía un rollo de pergamino donde había trazado las guardias y los relevos de los legionarios.
—Dos cambios —murmuró el primer oficial—. La primera guardia se retira cuando la luna alcance el cenit. Quedan tres hombres de vigilancia en la entrada, y dos más en el patio interior donde Rufo guarda la tablilla bajo llave.
—Tres en la entrada, dos en el patio —repitió Ahab, y su voz sonó como gravilla molida—. ¿Y el prefecto?
—Cena con el procónsul en la villa de las termas. No regresará hasta el alba.
Ahab asintió, y sus dedos tamborilearon sobre la barandilla del alcázar. Desde las sombras del bauprés, Fedallah observaba en silencio. El adivino fenicio había aparecido esa tarde, surgiendo de entre los barriles de aceite como si hubiera sido parte del cargamento, y desde entonces no había pronunciado palabra. Su piel oscura brillaba bajo la luna, y sus ojos —negros como el betún del calafate— parecían mirar más allá de las cosas visibles.
—Dile al arponero que prepare los remos —ordenó Ahab—. Y dile a Stubb que mantenga el fuego listo. Si esto sale mal, necesitaremos humo para cubrir nuestra huida.
Starbuck dudó.
—Capitán... ¿está seguro de confiar en ese fenicio? No sabemos de dónde viene ni a quién sirve.
Ahab giró el rostro, y en la penumbra su mirada brilló con un fulgor blanco.
—¿Confiar? No confío en nadie, Starbuck. Ni en ti, ni en mí, ni en el dios que me arrancó la pierna. Pero Fedallah sabe cosas que tú no sabes. Cosas que están escritas en el plomo de esa tablilla. Y mientras me sea útil, navegará con nosotros.
El primer oficial bajó la cabeza y se retiró. En las sombras, Fedallah sonrió —una sonrisa que no era de dientes, sino de ausencia—, y sus dedos trazaron en el aire un signo que Ahab reconoció: la estrella de ocho puntas de Melkart.
Bajaron del Pequod en dos botes, deslizándose sobre las aguas negras del puerto como cuchillos sobre seda. Remaban en silencio, el chapoteo ahogado por el canto de las cigarras que brotaba de las colinas. Ahab iba en la proa del primer bote, su pierna de marfil envuelta en trapos para amortiguar el golpeteo. A su lado, Queequeg empuñaba un arpón cuya punta había sido envuelta en cuero.
El muelle apareció entre la niebla, una lengua de piedra que se adentraba en el mar. Atracaron junto a un carguero fenicio cargado de ánforas de garum, cuyo olor ácido se mezclaba con la brisa salobre. Saltaron a tierra sin ruido, deslizándose entre barriles y montones de redes.
Starbuck iba al frente, marcando el camino entre los almacenes. Las calles de Cartago Nova dormían bajo la luna, y el único movimiento era el de los perros que husmeaban entre las basuras. Pero al llegar a la plaza del foro, Ahab levantó el puño.
Todos se detuvieron.
—Allí —susurró, señalando la columnata del pretorio.
Los legionarios estaban en sus puestos, tres en la entrada, dos en el patio. Sus lanzas brillaban bajo la luz lunar, y el casco del centurión reflejaba destellos metálicos cuando giraba la cabeza. Ahab contó los pasos entre las columnas, midió la distancia, calculó el ángulo de las sombras.
—Queequeg —dijo—. Tú tomas al centurión. Starbuck, el de la izquierda. Yo me encargo del derecho. Los del patio son míos.
—Capitán —intervino Starbuck—. Hay cinco. Somos tres.
—Fedallah no cuenta —respondió Ahab—. Fedallah es un testigo, no un brazo.
Pero el fenicio se adelantó, y su voz —una voz que parecía venir de muy lejos, como el rumor de una caracola— se elevó en la noche.
—Yo no mato, capitán. Pero veo. Y lo que veo es sangre. Sangre en las ánforas, sangre en el mármol, sangre en el mar. La tablilla no se entrega sin tributo.
Ahab lo miró, y por un instante, el odio que guardaba para la ballena blanca se reflejó en sus ojos.
—Entonces que la sangre sea de ellos —dijo—. Y que el tributo lo pague Rufo.
Avanzaron.
El primer golpe fue de Queequeg. El arpón silbó en el aire y se clavó en la garganta del centurión, que cayó sin un grito, solo un borbotón de sangre que manchó la columna. Starbuck se movió como una sombra, su cuchillo abriendo el cuello del legionario de la izquierda antes de que pudiera empuñar la espada.
Ahab no usó arma. Su pierna de marfil golpeó el pecho del tercer guardia con la fuerza de un ariete, y el hombre voló hacia atrás, estrellándose contra una estatua de Augusto que se alzaba en el centro del atrio. El mármol se resquebrajó, y el legionario quedó inmóvil.
Los dos hombres del patio salieron corriendo al oír el estrépito. El primero encontró el puño de Ahab, que lo derribó de un solo golpe. El segundo alzó la lanza, pero Queequeg ya estaba sobre él, su brazo de bronce rodeando el cuello del legionario hasta que cesó de forcejear.
Silencio.
La luna se ocultó tras una nube, y la plaza quedó sumida en una penumbra densa. Ahab cojeó hacia la puerta del pretorio, y con una patada —más de su pierna de marfil que de la de carne— hizo saltar el cerrojo.
Dentro, el despacho del prefecto olía a papiro y a incienso barato. Una lámpara de aceite ardía sobre la mesa, iluminando un cofre de cedro con incrustaciones de marfil. Ahab lo abrió.
La tablilla de plomo estaba allí, enrollada como un papiro maldito. Sus símbolos —círculos, peces, serpientes, la estrella de ocho puntas— brillaron bajo la luz de la lámpara. Ahab la tomó con manos temblorosas, y por un instante, su rostro se suavizó.
—Por fin —susurró—. Por fin te tengo.
Pero entonces se oyó un grito. No desde fuera, sino desde las entrañas del pretorio. Un grito que heló la sangre de todos.
Fedallah apareció en el umbral, su rostro iluminado por la luna que volvía a asomarse entre las nubes.
—La sangre —dijo—. Ya está aquí.
Y señaló hacia el patio.
El legionario que Ahab había derribado contra la estatua se estaba incorporando lentamente. Tenía el brazo roto, colgando como un trapo mojado, pero en la otra mano empuñaba una espada. Y en sus ojos, la furia de un hombre que sabe que va a morir y decide llevarse a alguien con él.
—¡Alerta! —gritó, su voz rasgando la noche como una trompeta de guerra—. ¡Alerta! ¡Nos atacan!
El grito se propagó por las calles de Cartago Nova. Perros comenzaron a ladrar. Antorchas se encendieron en las torres de vigilancia. Y desde el cuartel de la legión, al otro lado del foro, se oyó el sonido de los cuernos.
—¡Maldición! —maldijo Ahab, guardando la tablilla en su pecho—. ¡Corred! ¡Corred hacia el puerto!
Salieron del pretorio como sombras pisoteadas por la luz. El legionario herido seguía gritando, y ahora otros se unían a él: voces de soldados, órdenes de centuriones, el ruido metálico de las armas al ser empuñadas.
Corrieron entre las columnas del foro, saltando sobre los cuerpos de los guardias caídos. Queequeg iba al frente, su arpón rojo de sangre apuntando hacia las calles que conducían al puerto. Starbuck cubría la retaguardia, su cuchillo brillando en la oscuridad.
Pero al llegar a la calle de las Ánforas, se detuvieron.
La calle estaba bloqueada.
Una torre de vigía se alzaba en la intersección, y desde su cima, un legionario hacía sonar un cuerno de guerra. A su alrededor, media docena de soldados formaban una barrera de lanzas y escudos. Detrás de ellos, más antorchas se acercaban desde el cuartel.
—Estamos atrapados —dijo Starbuck, y en su voz había un temblor que no logró ocultar.
Ahab miró a su alrededor. Las calles eran estrechas, flanqueadas por almacenes de ánforas que se apilaban hasta los tejados. El olor a vino y aceite impregnaba el aire. Y entonces, una idea cruzó su rostro.
—Queequeg —dijo—. Esa torre. ¿Puedes derribarla?
El arponero miró la estructura de madera y piedra, sus cimientos hundidos en la tierra apisonada. Asintió lentamente.
—Necesito espacio. Y tiempo.
—Tendrás el espacio. El tiempo, tómalo.
Ahab se volvió hacia los legionarios. Su pierna de marfil golpeó el suelo con un golpe seco, y su voz —la voz que había arengado a la tripulación del Pequod en las tormentas más feroces— se elevó por encima del ruido de la batalla.
—¡Escuchadme, perros de Roma! —gritó—. Yo soy Ahab, capitán del Pequod, y he venido a tomar lo que es mío. Vuestra tablilla, vuestro templo, vuestro dios de metal. Y si queréis detenerme, tendréis que matarme. Pero sabed esto: cuando caiga, caeré llevándoos conmigo.
Los legionarios dudaron. El centurión al frente levantó la mano, y sus hombres se detuvieron. En la torre, el vigía dejó de tocar el cuerno.
Fue el momento que Queequeg necesitaba.
El arpón silbó en el aire, y esta vez no buscó carne humana. Se clavó en la base de la torre, justo donde la madera se unía a la piedra. El impacto hizo temblar la estructura. Un segundo arpón de Queequeg golpeó el mismo punto, y la madera crujió.
—¡Ahora! —gritó Ahab.
Corrieron hacia el almacén más cercano, lanzándose entre las ánforas mientras la torre comenzaba a inclinarse. El vigía saltó, pero era demasiado tarde. La estructura se derrumbó con un estruendo que resonó en toda la ciudad, aplastando a los legionarios que bloqueaban la calle y levantando una nube de polvo y astillas.
La calle quedó despejada.
—¡Al puerto! —ordenó Ahab—. ¡Rápido!
Corrieron entre las ruinas, saltando sobre los cuerpos de los soldados caídos. Detrás de ellos, los cuernos de guerra sonaban con más insistencia, y las antorchas se multiplicaban en las calles laterales. Pero el puerto estaba cerca; podían oler el salitre, sentir la brisa del mar.
Llegaron al muelle justo cuando una docena de legionarios aparecía en la plaza del foro. El bote seguía allí, meciéndose entre las olas. Saltaron dentro, y Queequeg empujó la embarcación mar adentro mientras Starbuck y Ahab remaban con furia.
Las flechas comenzaron a silbar a su alrededor. Una se clavó en la borda, a escasos dedos de la cabeza de Ahab. Otra rasgó la vela del bote. Pero la distancia crecía, y pronto estuvieron fuera del alcance de los arqueros.
Ahab se recostó en la proa, la tablilla de plomo apretada contra su pecho. Su respiración era entrecortada, y en sus ojos brillaba una luz que no era de victoria, sino de obsesión.
—La tengo —murmuró—. La tengo.
A su lado, Fedallah observaba en silencio. Cuando habló, su voz era apenas un susurro.
—La sangre ha sido derramada, capitán. Pero no es suficiente. El tributo de Melkart exige más. Mucho más.
Ahab lo miró, y por un instante, el odio que guardaba para la ballena blanca se reflejó en sus ojos.
—Que exija lo que quiera —respondió—. Moby Dick pagará por todo.
El bote se deslizó hacia el Pequod, que esperaba en la oscuridad del puerto, sus velas negras recortadas contra la luna. Detrás de ellos, Cartago Nova ardía con el fuego de la persecución, y en el pretorio, el cuerpo del legionario caído yacía entre las ánforas rotas, su sangre mezclándose con el vino derramado.
La profecía de Fedallah se había cumplido.
Pero la noche apenas comenzaba.
Capítulo 5: El mapa de hueso y sal
El Pequod se mecía sobre un mar de aceite oscuro, como si navegáramos sobre el lomo de una bestia dormida. El sol del atardecer teñía el horizonte de un rojo cobrizo que parecía sangrar sobre las olas, y en la cubierta, el silencio era tan denso que podía oírse el crujido de las maderas y el latido del corazón de cada hombre.
Yo, Ismael, observaba desde el bauprés mientras Ahab permanecía inmóvil junto al palo mayor, la tablilla de plomo apretada contra su pecho como si fuera un hijo recién nacido. Sus dedos, nudosos y manchados de brea, recorrían los símbolos grabados en el metal con una suavidad que contradecía su naturaleza brutal. La pierna de marfil golpeaba la cubierta con un ritmo hipnótico, y sus ojos, esos dos abismos negros que parecían mirar más allá del mundo visible, no se apartaban del mapa.
—¡Luz! —bramó de repente, y su voz rasgó el silencio como un cuchillo—. Necesito luz, maldita sea. Traed antorchas, lámparas, todo lo que tengáis. ¡Esta noche desciframos el camino de la perdición!
Starbuck, que estaba en el alcázar ajustando las velas, se volvió hacia mí con una mirada que conocía demasiado bien. Era la misma que había visto en los ojos de los condenados cuando el verdugo afila su hacha. Miedo, sí, pero también una resignación que helaba la sangre.
—Señor Ismael —dijo en voz baja—, ¿ha visto usted alguna vez a un hombre que abraza su propia muerte con tanto fervor?
No tuve tiempo de responder. Stubb ya había ordenado encender las linternas, y pronto un círculo de luz amarillenta rodeaba a Ahab, que había extendido la tablilla sobre un barril de agua dulce. Fedallah emergió de las sombras como un espectro, su piel cetrina brillando bajo la luz vacilante, y se arrodilló junto al capitán.
—Los símbolos —murmuró el fenicio, su voz como el susurro de la arena—. Son antiguos. Más antiguos que Roma, más antiguos que Cartago. Melkart habla a través de ellos.
—No me interesan los dioses fenicios —gruñó Ahab—. Solo me interesa el camino hacia mi presa.
—Son el mismo camino, capitán. Melkart es el señor de las columnas, el guardián de los confines del mundo. Allí donde termina la tierra y comienza el abismo, allí habita. Y allí, según el mapa, también habita vuestra ballena.
Me acerqué, impulsado por una curiosidad que luchaba contra el instinto de conservación. Sobre la tablilla, los símbolos que Queequeg había recuperado del pozo formaban un patrón que ahora, bajo la luz adecuada, revelaba su verdadera naturaleza. No eran meras marcas decorativas, sino un mapa. Un mapa de corrientes y profundidades, trazado con líneas ondulantes que serpenteaban como serpientes marinas.
—Mirad —dije, señalando un punto donde varias líneas convergían—. Aquí. Las corrientes del Mare Nostrum se encuentran con las del Atlántico. Es un lugar de torbellinos y remolinos.
—Las Columnas de Hércules —susurró Starbuck, que se había acercado sin que lo notara—. El fin del mundo conocido.
Ahab levantó la cabeza y sus ojos se encontraron con los del primer oficial. Durante un instante, vi algo parecido a la duda cruzar el rostro del capitán, pero fue solo un destello, tan breve que casi pude creer que lo había imaginado.
—No el fin, Starbuck —dijo Ahab, y su voz tenía un timbre que no le había escuchado antes, como si hablara desde el fondo de un pozo—. El principio. El lugar donde todo comienza y todo termina. Allí, en una cueva submarina que ninguna luz ha tocado desde la creación del mundo, se esconde mi destino.
Fedallah trazó un círculo con su dedo alrededor de una estrella de ocho puntas grabada en el centro del mapa.
—El ritual —dijo—. Para entrar en la cueva, hay que realizar el ritual de Melkart. Hay que ofrecer sangre al mar, y pronunciar las palabras que abren las puertas del abismo.
—¿Sangre? —Starbuck dio un paso adelante, su rostro pálido bajo la luz de las antorchas—. ¿De qué sangre habláis? ¿De qué palabras?
El fenicio levantó la vista hacia el cielo, donde las primeras estrellas comenzaban a titilar. Sus ojos, negros como el azabache, parecían reflejar una luz que no provenía de este mundo.
—Sangre de hombre, primer oficial. Y palabras que ningún cristiano debería pronunciar jamás.
El silencio que siguió fue roto por la risa de Ahab. Una risa hueca, metálica, que resonó sobre las olas como el graznido de un cuervo.
—¿Creéis que me detendré por unos símbolos y unas palabras? He cruzado océanos, he desafiado tormentas, he perdido una pierna en las fauces de la bestia. ¿Qué es un ritual pagano comparado con eso? Dadme sangre, dadme palabras, dadme lo que sea necesario. ¡Lo pagaré con creces!
—Capitán —Starbuck alzó la voz, y por primera vez desde que lo conocía, vi en él un atisbo de la autoridad que debería haber tenido—. Esto es una locura. No solo vamos tras una ballena, sino que ahora hablamos de rituales y sacrificios. ¿Hasta dónde pensáis llegar?
Ahab se volvió hacia él con una lentitud deliberada. La luz de las antorchas proyectaba sombras danzantes sobre su rostro, acentuando las arrugas y las cicatrices que el mar había tallado en su piel.
—Hasta el final, Starbuck. Hasta el mismísimo final. Y si vos no tenéis estómago para ello, podéis quedaros en el puerto cuando lleguemos a Gades. Nadie os obliga a seguirme.
—¡Soy el primer oficial de este barco! —exclamó Starbuck, y su voz tembló, no de miedo, sino de rabia contenida—. Tengo la obligación de velar por la seguridad de la tripulación. Y esto... esto no es seguro. Esto es una locura.
—La locura es relativa, señor Starbuck —intervino Stubb, que había estado observando la escena desde la distancia, apoyado contra el palo de mesana—. Para un hombre, la cordura es seguir las reglas. Para otro, es romperlas. Y para nuestro querido capitán, la cordura es clavar un arpón en el lomo de una ballena blanca. Quién soy yo para juzgar.
—Cállese, Stubb —gruñó Starbuck.
—No, no —dijo Ahab, y una sonrisa torcida se dibujó en sus labios—. Dejad que hable. Al menos él tiene el valor de llamar a las cosas por su nombre. Yo soy un loco, sí. Un loco que sabe lo que quiere. Y lo que quiero está en esa cueva, esperándome.
Guardó la tablilla en su chaqueta y se volvió hacia Fedallah.
—Decidme más sobre el ritual. ¿Qué palabras hay que pronunciar? ¿Qué sangre hay que ofrecer?
El fenicio cerró los ojos y comenzó a recitar en una lengua que no reconocí. Era un sonido antiguo, áspero, como el rumor de las olas rompiendo contra los acantilados. Las sílabas se sucedían unas a otras, creando un ritmo hipnótico que parecía resonar en las mismas entrañas del barco.
—Melkart, señor de las columnas, guardián de los abismos —tradujo Fedallah—. Abre tus puertas. Recibe nuestra ofrenda. Permite el paso a aquellos que buscan el conocimiento prohibido.
—¿Eso es todo? —preguntó Ahab.
—No. Las palabras deben pronunciarse en el momento exacto, cuando la luna esté en su punto más alto y las corrientes cambien de dirección. Y la sangre... la sangre debe ser fresca, derramada voluntariamente por alguien que haya cruzado el umbral de la muerte.
—¿El umbral de la muerte? —Starbuck dio un paso atrás—. ¿Qué significa eso?
Fedallah abrió los ojos y miró directamente a Starbuck.
—Significa que quien ofrezca la sangre debe haber estado al borde de la muerte y haber regresado. Debe conocer el sabor del abismo. Debe haber mirado a los ojos de la oscuridad y haber sobrevivido.
Todos los ojos se volvieron hacia Ahab.
El capitán sonrió, una sonrisa que no llegaba a sus ojos.
—Parece que el destino ha preparado el camino para mí. He estado en el umbral de la muerte, sí. He sentido sus dedos helados rozar mi garganta. He visto lo que hay al otro lado. Y he regresado. ¿Quién mejor que yo para ofrecer la sangre?
—Capitán —dije, y mi voz sonó extraña incluso para mí—. No podéis ofrecer vuestra propia sangre. Si lo hacéis, moriréis.
—¿Y qué es la muerte, Ismael? —Ahab se volvió hacia mí, y sus ojos tenían un brillo que me heló la sangre—. ¿Qué es sino el precio que hay que pagar por el conocimiento? He vivido toda mi vida persiguiendo algo que no podía alcanzar. ¿Por qué iba a detenerme ahora?
—Porque hay cosas que el hombre no debe saber —dijo Starbuck—. Porque hay límites que no deben cruzarse.
—¡Malditos límites! —bramó Ahab, golpeando la cubierta con su pierna de marfil—. ¿Quién los puso? ¿Dios? ¿Los hombres? ¿Acaso no tengo derecho a saber qué hay más allá? ¿Acaso no tengo derecho a vengarme de la criatura que me mutiló?
—La venganza pertenece a Dios —dijo Starbuck.
—Entonces que Dios me detenga —respondió Ahab, y su voz era un susurro que helaba la sangre—. Que envíe un rayo del cielo para partir este barco en dos. Que mande una tormenta que nos engulla a todos. Si Dios no quiere que encuentre a mi ballena, que me lo impida.
El silencio que siguió fue roto por un grito desde la cofa.
—¡Ballena a la vista! ¡Ballena blanca a babor!
El barco entero se paralizó.
Ahab se volvió como un resorte, su mirada clavada en el horizonte. Todos seguimos su mirada, y allí, recortada contra el cielo crepuscular, vimos una forma que emergía de las aguas. Era blanca. Blanca como la leche, blanca como la espuma, blanca como la muerte.
—¡Moby Dick! —el grito de Ahab rasgó el aire como un trueno—. ¡Está ahí! ¡Miradla! ¡Miradla, maldita sea!
La ballena blanca se alzó sobre las olas, su lomo brillando bajo la luz del sol poniente. Era enorme, más grande que cualquier ballena que hubiera visto jamás. Su cabeza, cubierta de cicatrices y percebes, se elevó hacia el cielo como si saludara al barco. Y luego, con una lentitud que parecía deliberada, se sumergió de nuevo en las profundidades, dejando tras de sí un rastro de burbujas y espuma.
—¡Perseguidla! —gritó Ahab—. ¡Dad la vuelta al barco! ¡Tras ella!
—Capitán —Starbuck se interpuso en su camino—. Está anocheciendo. No podemos arriesgarnos a navegar en la oscuridad. Esperad al amanecer.
—¡Al amanecer se habrá ido! —Ahab empujó a Starbuck con violencia—. ¡No! ¡Ahora! ¡Obedecedme!
—No —dijo Starbuck, y su voz era firme—. No lo haré. No pondré en peligro a esta tripulación por un capricho.
—¿Un capricho? —Ahab se quedó inmóvil, su rostro contraído por la furia—. ¿Llamáis capricho a esto? He esperado años para ver esa ballena. He perdido una pierna, he perdido mi alma, he perdido todo lo que tenía. Y ahora que la tengo delante, ¿me decís que espere?
—Sí —dijo Starbuck—. Por el bien de todos.
Durante un instante, pensé que Ahab iba a atacar a Starbuck. Sus manos se cerraron en puños, sus ojos brillaron con una luz demencial. Pero entonces, algo cambió en su rostro. La furia se desvaneció, reemplazada por una calma que daba más miedo que cualquier grito.
—Muy bien —dijo, y su voz era plana, sin emoción—. Esperaremos al amanecer. Pero os advierto, Starbuck: si esa ballena escapa, os haré responsable. Y no seré clemente.
Se volvió y caminó hacia su camarote, seguido por Fedallah, que se movía como una sombra. La tripulación quedó en cubierta, atrapada entre el alivio y el miedo.
Starbuck se apoyó contra la borda, su rostro pálido bajo la luz de las estrellas.
—Dios nos ayude —murmuró—. Dios nos ayude a todos.
Me acerqué a él, sintiendo el peso de la noche que caía sobre nosotros.
—¿Creéis que la ballena estará allí mañana? —pregunté.
Starbuck me miró, y en sus ojos vi el cansancio de un hombre que ha luchado demasiado tiempo contra algo que no puede vencer.
—No lo sé, Ismael. Pero lo que sí sé es que, esté donde esté, el capitán la encontrará. Y cuando lo haga, ninguno de nosotros saldrá vivo de ese encuentro.
El viento sopló, trayendo consigo el olor a sal y a muerte. En la distancia, el mar se extendía, oscuro e infinito, y en alguna parte, bajo sus aguas, la ballena blanca nadaba hacia su destino.
O hacia el nuestro.
El Pequod se mecía sobre las olas, un barco fantasma en un mar de tinieblas, y en el camarote del capitán, Ahab contemplaba la tablilla de plomo, sus labios moviéndose en silencio mientras repetía las palabras del ritual.
—Melkart, señor de las columnas, guardián de los abismos —susurraba—. Abre tus puertas. Recibe mi ofrenda. Permite el paso.
La noche era larga, y el amanecer traería consigo no solo la luz, sino también el principio del fin.
Yo, Ismael, lo sabía. Todos lo sabíamos.
Pero ninguno de nosotros hizo nada para detenerlo.
Porque cuando un hombre como Ahab se ha fijado un objetivo, no hay fuerza en el mundo que pueda apartarlo de su camino.
Ni siquiera la muerte.
Capítulo 6: La boca del Leviatán
El Pequod navegaba hacia el oeste, hacia donde el sol se hundía en un horizonte de cobre fundido. La tablilla de plomo reposaba sobre el cuadrante de Ahab, sus símbolos grabados brillando con una lumbre propia que no provenía del astro moribundo.
—Tres leguas más —dijo Fedallah, su voz como el roce de seda sobre piedra—. Más allá del arrecife que los fenicios llamaban La Mandíbula.
Ahab no respondió. Permanecía inmóvil en la cubierta, su mirada fija en el punto donde el mar se encontraba con el cielo, como si pudiera ver a través de la distancia, a través del agua, hasta el mismo corazón de su obsesión.
El viento había cesado por completo. Las velas colgaban inertes, y el único sonido era el gemido de la madera y el chapoteo perezoso del agua contra el casco. La temperatura había descendido bruscamente, y el aliento de los hombres se condensaba en el aire salobre.
—Nunca he visto el mar tan quieto —murmuró Starbuck, acercándose al capitán—. Esto no es natural, señor.
—Nada de esto es natural —respondió Ahab sin volverse—. Desde que pusimos el pie en esa maldita ciudad, hemos estado caminando por el filo de un sueño. O de una pesadilla.
El primer oficial observó la tablilla. Los símbolos parecían moverse bajo la luz cambiante, las serpientes enroscándose alrededor de los peces, las estrellas girando en órbitas imposibles.
—¿Qué encontrará allí? —preguntó Starbuck, y había algo en su voz que no era miedo, sino una especie de tristeza resignada.
—No lo sé —dijo Ahab—. Pero lo sabré.
El sol se había puesto por completo cuando el Pequod alcanzó el arrecife. Las rocas emergían del agua como dientes negros, formando un círculo casi perfecto de unos cien pasos de diámetro. En el centro, el mar era más oscuro que el resto, un ojo negro abierto en la superficie del mundo.
—Ahí —dijo Fedallah, señalando—. La boca del Leviatán.
Ahab ordenó echar el ancla, pero el fondo era demasiado profundo. El barco flotaba sobre el abismo como una pluma sobre una tumba.
—Hombres a los botes —ordenó—. Queequeg, Starbuck, Fedallah, conmigo. Los demás, mantengan el barco listo para virar al primer signo.
—¿Qué clase de signo, señor? —preguntó Stubb, su pipa colgando de sus labios.
Ahab lo miró, y por un momento, el capitán pareció más viejo, más cansado, más humano que en todos los días anteriores.
—Lo sabrá cuando lo vea, señor Stubb. Como todos nosotros.
El bote se deslizó sobre el agua negra. Los remos cortaban la superficie sin hacer ruido, como si el mar mismo hubiera olvidado cómo sonar. El círculo de rocas se elevaba a su alrededor, y el cielo se reducía a un parche de estrellas cada vez más pequeño.
En el centro, el agua comenzó a girar.
No era un remolino violento, sino una rotación lenta, casi hipnótica, como si el mar estuviera despertando de un sueño profundo. El bote empezó a girar con él, y Ahab no ordenó remar contra la corriente.
—Déjenlo —dijo—. Que nos lleve.
El movimiento se aceleró. Las paredes de roca pasaron cada vez más rápido, y el parche de estrellas se convirtió en un círculo borroso. El viento, que había estado muerto, comenzó a aullar desde las profundidades, un sonido que no era del aire sino del agua, un gemido que parecía venir de la garganta de una bestia milenaria.
—¡Ahab! —gritó Starbuck—. ¡Nos hunde!
—¡Sujétense! —respondió el capitán, y en su voz había algo que no era miedo, sino una alegría terrible, la alegría de quien finalmente encuentra lo que ha estado buscando.
El remolino se cerró sobre ellos como una boca.
La oscuridad fue total, absoluta. No una oscuridad de noche cerrada, sino una que parecía tener peso, textura, una densidad que presionaba contra los ojos y los oídos. El bote giraba y caía, y el único sentido que funcionaba era el tacto: la madera astillada bajo los dedos, el agua helada que salpicaba el rostro, el tirón del arnés que los mantenía atados al bote.
Y entonces, la luz.
No era luz de sol ni de luna, sino una luminiscencia pálida, verdosa, que brotaba de las paredes de la caverna en la que habían caído. El remolino se había disipado, y el bote flotaba en un lago subterráneo, rodeado de estalactitas que colgaban como colmillos de piedra.
—Por todos los dioses —susurró Starbuck.
Ante ellos, emergiendo de la penumbra, se alzaba un templo.
No era una construcción humana, o al menos no de humanos que hubieran caminado sobre la tierra en milenios. Las columnas eran de obsidiana, talladas con formas que se retorcían entre lo vegetal y lo animal, serpientes con plumas, peces con garras, estrellas que eran ojos y ojos que eran estrellas. Los muros estaban cubiertos de frescos que brillaban con la misma lumbre pálida, y en ellos se representaba una historia que ningún hombre había contado.
La creación del mundo desde el vientre de un pez. El diluvio como vómito de una ballena. La fundación de Cartago sobre el esqueleto de un leviatán. Y en el centro de todo, una figura que era mitad hombre, mitad pez, con cuernos de toro y alas de águila.
Melkart.
—El dios de los fenicios —dijo Fedallah, su voz resonando en la caverna—. Pero también es Dagón, el dios pez de los filisteos. Y también es...
—Cállate —dijo Ahab, pero no era ira lo que había en su voz, sino algo más parecido al temor.
El capitán saltó del bote al agua, que le llegaba a la cintura. Comenzó a caminar hacia el templo, y los demás lo siguieron, porque no había otra opción, porque el lugar los llamaba con una fuerza que no era física sino espiritual, como si cada paso hacia las columnas de obsidiana fuera un paso hacia el interior de sí mismos.
Los frescos del templo contaban una historia más antigua que Roma, más antigua que Grecia, más antigua que Egipto. Mostraban a los primeros hombres construyendo una torre para alcanzar el cielo, y al cielo abriéndose para devorarlos. Mostraban a un dios que vivía en las profundidades, un dios que era el mar mismo, y que exigía sacrificios para mantener el mundo en equilibrio.
Y en el centro del templo, sobre un altar de coral negro, yacía la ballena.
No era una ballena como las que Ahab había cazado durante cuarenta años. Era una criatura de sombra y luz, su cuerpo hecho de oscuridad sólida y lumbre líquida, sus ojos dos pozos sin fondo que miraban más allá del tiempo. No se movía, pero el agua a su alrededor bullía con una vida propia, formas que se deslizaban en la penumbra, criaturas que no tenían nombre en ningún idioma humano.
—Moby Dick —susurró Ahab, y el nombre resonó en la caverna como un trueno.
La criatura abrió los ojos.
No eran ojos de animal, sino ventanas a algo más vasto, más antiguo, más terrible. Ahab vio en ellos su propio reflejo, pero también el reflejo de todos los hombres que habían navegado hacia la obsesión, que habían buscado el conocimiento prohibido, que habían desafiado a los dioses. Vio a Prometeo encadenado a la roca, a Ícaro cayendo del cielo, a Adán mordiendo la fruta. Vio la historia de la humanidad como un ciclo interminable de transgresión y castigo.
—No es una ballena —dijo Starbuck, y había lágrimas en sus ojos—. Nunca lo fue.
—Lo sé —respondió Ahab, y su voz era tranquila, casi serena—. Pero eso no cambia nada.
Levantó el arpón. El metal brilló con la luz verdosa, y por un momento, el capitán pareció un héroe de las viejas historias, un guerrero enfrentándose a un dios. Pero las historias siempre mentían, y los héroes siempre caían.
Ahab arrojó el arpón.
El arma voló hacia la criatura, cortando el aire como un rayo de plata. Pero cuando tocó la sombra, no encontró carne ni hueso. El arpón pasó a través de la ballena como si fuera humo, y se clavó en el altar de coral detrás de ella.
La criatura no se movió. Pero el templo sí.
Las columnas comenzaron a temblar, y los frescos se resquebrajaron, y el agua empezó a agitarse. El techo de la caverna se abrió, y por las grietas comenzó a caer agua de mar, toneladas de agua, el peso del océano entero descendiendo sobre ellos.
—¡Al bote! —gritó Starbuck—. ¡Todos al bote!
Los hombres corrieron, pero Ahab permaneció inmóvil, mirando a la criatura que no era una ballena. Los ojos de sombra lo miraban, y en ellos no había ira ni juicio, solo una tristeza infinita, la tristeza de un dios que ha visto a sus hijos repetir los mismos errores durante milenios.
—¿Qué eres? —preguntó Ahab, y su voz era apenas un susurro.
La criatura no respondió con palabras. Pero Ahab sintió la respuesta en su mente, no como un pensamiento sino como una sensación, una comprensión que trascendía el lenguaje.
Soy lo que buscas. Soy lo que siempre has buscado. Soy el vacío que llenas con tu odio. Soy el silencio que rompes con tu grito. Soy el final de todas las historias.
—Entonces he terminado —dijo Ahab—. He llegado al final.
No —respondió la criatura—. Solo has llegado al principio.
El bote emergió del remolino justo cuando la caverna se derrumbaba. El Pequod los recogió del agua, y desde la cubierta vieron cómo el arrecife se hundía, las rocas desapareciendo bajo las olas como si nunca hubieran existido.
El mar quedó en calma. Las estrellas brillaban en el cielo, indiferentes. Y en el horizonte, el sol comenzaba a elevarse, pintando el agua de rosa y oro.
Ahab permaneció en la cubierta, mirando el lugar donde había estado la cueva. La tablilla de plomo ya no estaba en su mano; la había dejado caer en el templo, junto con su arpón, junto con su obsesión, junto con una parte de sí mismo que nunca recuperaría.
—¿Qué ha visto allí? —preguntó Starbuck, acercándose.
Ahab tardó un largo rato en responder. Cuando lo hizo, su voz era diferente, más vieja, más cansada, más humana.
—He visto que el monstruo no está ahí fuera —dijo, señalando el mar—. Está aquí dentro —se tocó el pecho—. Y siempre lo ha estado.
Starbuck no supo qué responder. Se quedó junto al capitán, mirando el amanecer, y por un momento, los dos hombres compartieron un silencio que no era de enemistad sino de comprensión.
Pero entonces, desde la proa, llegó el grito del vigía.
—¡Ballena a babor! ¡Ballena blanca a babor!
Ahab se volvió. En la distancia, un surtidor de agua se elevaba hacia el cielo, blanco como la leche, blanco como la muerte, blanco como la obsesión.
—Nos sigue —dijo Fedallah, apareciendo a su lado—. Siempre nos ha seguido.
El capitán sonrió, y era una sonrisa amarga, rota, la sonrisa de un hombre que sabe que su historia no terminará bien pero que no puede dejar de contarla.
—Entonces sígala —ordenó—. Rumbo al oeste. Rumbo a la ballena.
El Pequod viró, sus velas hinchándose con un viento que había surgido de la nada. Y mientras el barco se alejaba hacia el horizonte, Ahab supo que la cueva no había sido el final, sino solo el principio de algo más terrible, más vasto, más oscuro que cualquier cosa que hubiera imaginado.
Porque el verdadero monstruo no vivía en las profundidades del mar.
Vivía en las profundidades del corazón humano.
Y nunca, nunca moría.
Capítulo 7: El precio de la venganza
El Pequod regresaba a Cartago Nova bajo un cielo de plomo líquido, como si el mismísimo dios Melkart hubiera extendido su manto sobre el puerto. El viento, que durante días había soplado con furia desde el este, amainó de repente, dejando una calma tensa, un silencio que pesaba más que cualquier tormenta.
Yo, Ismael, permanecía en la proa, observando cómo la costa se perfilaba entre la bruma. A mis espaldas, la tripulación se movía con una lentitud de condenados, como si cada paso hacia tierra firme fuera un paso hacia el juicio final. El olor a salitre se mezclaba con el humo lejano de los incendios que Stubb había provocado días atrás, un hedor a madera quemada y ceniza que flotaba sobre las aguas del puerto.
Stubb, precisamente, estaba a mi lado, su pipa apagada colgando de sus labios como un colmillo muerto.
—Ismael —dijo, sin mirarme—, nunca había visto al capitán tan silencioso. Ni siquiera cuando perdió la pierna, según cuentan.
—El silencio de Ahab es más peligroso que su voz —respondí, recordando los discursos que solía lanzar contra el viento, arengas que parecían desafiar a los dioses mismos.
Stubb escupió por la borda.
—Prefiero sus gritos. Al menos sabes por dónde viene el golpe.
El Pequod atracó en el muelle principal, donde los restos del pretorio aún humeaban entre las columnas caídas. Los legionarios de Cartago Nova nos esperaban en formación, sus lanzas brillando bajo la luz opaca del mediodía. Entre ellos, montado en un caballo negro de crines alborotadas, el prefecto Rufo observaba nuestra llegada con una sonrisa que no ocultaba su codicia.
Ahab bajó del barco con la tablilla de plomo en la mano. No cojeaba; su paso era firme, casi majestuoso, como si la pierna de marfil que lo sostenía fuera ahora parte de su esencia. Detrás de él, Queequeg, Starbuck y el resto de la tripulación formaban una escolta silenciosa, sus rostros marcados por la fatiga y la incertidumbre.
—Prefecto Rufo —dijo Ahab, alzando la tablilla—. He cumplido mi parte del trato. Aquí está el mapa que conduce a la guarida de la ballena blanca.
Rufo desmontó, sus sandalias resonando sobre las losas de piedra. Se acercó con una parsimonia calculada, como un hombre que saborea su victoria. Tomó la tablilla, la examinó, y sus ojos recorrieron los símbolos de Melkart grabados en el plomo.
—Excelente, capitán —dijo, su voz untuosa como aceite rancio—. Mis hombres han verificado que la tablilla es auténtica. Los símbolos coinciden con los de las minas. Parece que nuestro trato ha llegado a su fin.
—Así es —respondió Ahab, sin apartar la mirada de la tablilla—. Ahora, libere a mi tripulación. Somos libres de zarpar.
Rufo rió, un sonido seco que no alcanzaba sus ojos.
—Libres, sí. Pero el mar es vasto, capitán. Y las tormentas, impredecibles. Le deseo buen viaje.
Dio media vuelta y montó su caballo, la tablilla apretada contra su pecho como un amante. Los legionarios comenzaron a retirarse, abriendo paso entre la multitud de ciudadanos que se había congregado para presenciar el intercambio.
Pero algo en el aire cambió.
Un rumor, como un latido subterráneo, comenzó a vibrar bajo nuestros pies. Las losas del puerto temblaron, y el agua del mar, antes calma, empezó a agitarse en ondas concéntricas.
—¿Qué es esto? —preguntó Starbuck, su mano buscando instintivamente el arpón.
—La maldición —susurró Queequeg, sus ojos fijos en el horizonte, donde una línea oscura crecía con rapidez.
La marejada llegó sin advertencia. Una ola, más alta que el mástil del Pequod, se alzó desde el centro del puerto, su cresta coronada de espuma blanca que parecía huesos triturados. El rugido del agua era el de un dios enfurecido, un trueno líquido que ahogó los gritos de la multitud.
—¡A cubierto! —grité, pero mis palabras se perdieron en el estruendo.
La ola golpeó el muelle con una fuerza que astilló la piedra. Vi a Rufo, su caballo encabritándose, la tablilla de plomo volando de sus manos. El prefecto cayó al agua, su armadura pesándole como una condena, y la marejada lo arrastró hacia el fondo del puerto, donde los peces y las algas tejían su reino de silencio.
Los legionarios corrieron, pero la ola los alcanzó, derribándolos como fichas de un juego de niños. Las columnas del pretorio se derrumbaron, y el agua salada invadió las calles, arrastrando carros, puestos del mercado, cuerpos.
El Pequod, amarrado al muelle, se balanceó violentamente, pero sus cuerdas aguantaron. La tripulación se aferró a barandillas y cabrestantes, mientras la marejada pasaba sobre nosotros como un juicio divino.
Cuando el agua retrocedió, dejando un paisaje de destrucción y lodo, el puerto de Cartago Nova yacía en ruinas. Los edificios más cercanos al mar estaban derrumbados, y el foro, antes bullicioso, era ahora un lago de aguas turbias donde flotaban restos de madera y telas.
Ahab permanecía de pie, inmóvil, en el borde del muelle. La tablilla de plomo yacía a sus pies, brillando bajo el sol que comenzaba a abrirse paso entre las nubes. La marejada la había devuelto, como si Melkart mismo hubiera decidido que el pacto no se cumpliría.
—Capitán —dijo Starbuck, acercándose con cautela—. Debemos partir. Los legionarios se reagruparán, y nos culparán de esto.
Ahab no respondió. Sus ojos estaban fijos en el horizonte, donde el mar se extendía infinito, indiferente a la tragedia que acababa de ocurrir.
—No hay guarida, Starbuck —dijo al fin, su voz apenas un susurro—. No hay cueva submarina, ni templo, ni mapa que pueda llevarme a ella. Moby Dick no es una criatura que se pueda cazar. Es un pensamiento, una obsesión, un vacío que he llenado con odio durante años.
Starbuck guardó silencio. Queequeg se acercó, colocando una mano sobre el hombro de Ahab, un gesto que ningún otro miembro de la tripulación se habría atrevido a hacer.
—Capitán —dijo Queequeg—. La ballena blanca es el mar. No se puede matar el mar.
Ahab asintió, lentamente, como si las palabras del arponero hubieran resonado en algún lugar profundo de su ser.
—Sí, Queequeg. No se puede matar el mar. Pero uno puede ahogarse en él.
La tripulación del Pequod se reunió en la cubierta, mirando las ruinas humeantes de Cartago Nova. El barco, aunque dañado, seguía a flote. Las velas, rasgadas pero intactas, ondeaban con la brisa que comenzaba a soplar desde el oeste.
—Levad anclas —ordenó Ahab, su voz recuperando algo de su antigua autoridad—. Nos vamos.
—¿A dónde, capitán? —preguntó Stubb, su pipa aún apagada.
Ahab miró al horizonte, donde el sol comenzaba a teñir el cielo de tonos anaranjados y púrpuras.
—A ninguna parte, Stubb. A ninguna parte.
Zarpamos al atardecer. El Pequod, como un fantasma, se deslizó entre los restos del puerto, dejando atrás las columnas caídas y los cuerpos que flotaban entre las olas. La ciudad, herida de muerte, se desvanecía en la distancia.
Yo, Ismael, permanecía en la popa, observando cómo la costa se perdía en la penumbra. A mi lado, Ahab había tomado asiento sobre un barril vacío, su mirada perdida en el mar.
—Capitán —dije, sin saber bien por qué—. ¿Volveremos a cazar ballenas?
Ahab guardó silencio durante un largo momento. Luego, alzó la cabeza y me miró, y por primera vez vi en sus ojos no la furia de la obsesión, sino la tristeza de la lucidez.
—Sí, Ismael. Cazaremos ballenas. Pero no a la blanca. A ella la dejaremos libre, para que otros hombres pierdan sus piernas y sus almas en su persecución.
—¿Y usted, capitán? ¿Qué hará usted?
Ahab sonrió, una sonrisa amarga que no alcanzaba sus ojos.
—Yo seguiré navegando. Es lo único que sé hacer. Pero ahora sé que el verdadero monstruo no está en el mar. Está aquí —se tocó el pecho, justo sobre el corazón—. Y no hay arpón que pueda matarlo.
La noche cayó sobre el Pequod, y las estrellas comenzaron a brillar en el cielo, testigos silenciosos de nuestra derrota. La tripulación se movía con una lentitud de sonámbulos, como si la energía que los había sostenido durante la persecución se hubiera desvanecido con la marejada.
Starbuck se acercó a mí, su rostro marcado por la fatiga.
—Ismael —dijo—, nunca pensé que vería a Ahab rendirse.
—No se ha rendido —respondí—. Ha comprendido. Y la comprensión es más terrible que la derrota.
—¿Por qué?
—Porque la derrota deja espacio para la esperanza. La comprensión lo cierra todo.
Starbuck asintió, y se alejó hacia la proa, donde se sentó a mirar las estrellas.
A la medianoche, el viento cambió, trayendo consigo el olor a tierra y a sal. Ahab se levantó de su barril y caminó hacia la borda, donde permaneció durante horas, observando el mar.
Yo me acerqué sigilosamente, sin atreverme a interrumpir su meditación. Pero él sintió mi presencia.
—Ismael —dijo, sin volverse—. ¿Crees que los dioses nos perdonan?
—No lo sé, capitán. Pero creo que nosotros debemos perdonarnos a nosotros mismos.
Ahab guardó silencio. Luego, suspiró, un suspiro que parecía venir de las profundidades de su alma.
—Tal vez tengas razón. Pero perdonarse a uno mismo es más difícil que perdonar a los demás. Porque uno conoce todos sus pecados.
—Y también sus motivos —añadí.
—¿Motivos? —Ahab rió, una risa amarga—. La venganza no necesita motivos, Ismael. Es su propia justificación.
—Entonces, ¿por qué la abandonó?
Ahab se volvió hacia mí, y en la luz de la luna vi que sus ojos estaban húmedos.
—Porque me di cuenta de que la ballena blanca no me quitó nada que yo no hubiera perdido ya. Mi pierna, mi orgullo, mi humanidad... todo eso se fue desvaneciendo mucho antes de que Moby Dick cruzara mi camino. Ella solo fue el espejo en el que vi mi propia destrucción.
—Y ahora, ¿qué ve en ese espejo?
Ahab sonrió, una sonrisa triste.
—A un hombre cansado. Nada más.
El Pequod navegó durante días, sin rumbo fijo. La tripulación, liberada de la obsesión de Ahab, recuperó algo de su antigua vitalidad, pero una sombra persistía en sus miradas, como si todos hubieran comprendido que el verdadero tesoro que buscaban no era la ballena, sino un sentido que el mar no podía ofrecer.
Una mañana, al despertar, vi que Ahab no estaba en su camarote. Subí a cubierta y lo encontré en la proa, mirando el horizonte.
—Capitán —dije—. Hemos avistado tierra al este.
—¿Qué tierra?
—La costa de Hispania. Cartago Nova, de nuevo.
Ahab asintió, sin sorpresa.
—El mar siempre nos devuelve a donde empezamos.
—¿Quiere que atraquemos?
Ahab guardó silencio durante un largo momento. Luego, negó con la cabeza.
—No. Seguiremos navegando. Hay otras aguas, otros puertos. Y otras ballenas.
—¿Y Moby Dick?
Ahab sonrió, una sonrisa que por primera vez no era amarga.
—Moby Dick seguirá ahí, esperando. Pero no para mí. Para otros hombres, con otras obsesiones. Yo ya he pagado mi precio.
—¿Y cuál fue ese precio? —pregunté, aunque ya lo sabía.
Ahab me miró, y en sus ojos vi el vacío que había estado tratando de llenar durante años.
—Todo, Ismael. Todo.
El Pequod viró hacia el oeste, alejándose de la costa de Hispania. El sol se alzaba sobre el mar, tiñendo las olas de oro y plata. La tripulación se movía con una energía renovada, como si la decisión de Ahab hubiera levantado un peso de sus hombros.
Pero yo sabía que el peso no había desaparecido. Solo se había transferido al capitán.
Esa noche, mientras la luna iluminaba el mar, vi a Ahab sentado en la proa, solo, mirando las estrellas. Me acerqué y me senté a su lado, sin decir nada.
—Ismael —dijo al cabo de un rato—. ¿Crees que hay redención para hombres como yo?
—No lo sé, capitán. Pero creo que el mar es indulgente. Siempre da otra oportunidad.
Ahab asintió, lentamente.
—Tal vez. Pero yo ya no busco oportunidades. Solo busco paz.
—¿Y cree que la encontrará?
Ahab guardó silencio. Luego, señaló el horizonte, donde la línea entre el mar y el cielo se desvanecía en la oscuridad.
—Allí, Ismael. En algún lugar de esa inmensidad. O en ninguna parte.
El Pequod navegó durante semanas, meses. Cruzamos mares que no estaban en los mapas, visitamos puertos que olían a especias y a muerte. Cazamos ballenas, llenamos barriles de aceite, y la tripulación, poco a poco, olvidó la obsesión que los había llevado al borde del abismo.
Pero Ahab no olvidó. Cada noche, lo veía sentado en la proa, mirando el mar, sus ojos fijos en un punto que solo él podía ver. Y cada mañana, se levantaba con la misma determinación cansada, como un hombre que sabe que su destino no está en el horizonte, sino en el viaje mismo.
Un día, al atardecer, mientras el sol se hundía en el mar, vi a Ahab sonreír. Era una sonrisa tranquila, sin amargura, como si hubiera encontrado algo que había estado buscando durante mucho tiempo.
—Ismael —dijo—. Ven aquí.
Me acerqué. Él señaló el horizonte, donde las nubes se teñían de rojo y naranja.
—Mira. ¿No es hermoso?
—Sí, capitán. Lo es.
—Siempre lo fue —dijo—. Pero yo estaba demasiado ciego para verlo. Demasiado ocupado buscando una ballena blanca que solo existía en mi mente.
—Y ahora, ¿qué ve?
Ahab sonrió.
—Veo el mar. Nada más. Y nada menos.
El Pequod continuó navegando. Los años pasaron, y la tripulación envejeció. Algunos murieron, otros desertaron en puertos lejanos. Pero Ahab permaneció, siempre en la proa, siempre mirando el horizonte.
Yo también permanecí. Porque había aprendido que el mar no es un lugar al que se llega, sino un estado del alma. Y que la verdadera aventura no está en cazar ballenas blancas, sino en aceptar que algunas cosas nunca se alcanzarán.
Una noche, mientras la luna llena iluminaba el mar, Ahab me llamó.
—Ismael —dijo—. Ha llegado el momento.
—¿Qué momento, capitán?
Ahab señaló el horizonte, donde una luz brillaba en la distancia.
—Esa luz. Siempre la he visto. Siempre he sabido que me llevaría a algún lugar.
—¿A dónde?
Ahab sonrió, y por primera vez vi en sus ojos una paz que no había conocido antes.
—A casa, Ismael. A casa.
Y entonces, sin decir una palabra más, Ahab saltó por la borda.
La tripulación corrió a la borda, pero no había nada que hacer. El capitán se había hundido en las aguas oscuras, y la luz en el horizonte se desvaneció, como si hubiera cumplido su propósito.
Starbuck, que había sido el primero en llegar, se volvió hacia mí.
—Ismael —dijo—. ¿Qué hacemos ahora?
Miré el mar, donde las olas se cerraban sobre el lugar donde Ahab había desaparecido.
—Seguimos navegando —respondí—. Es lo que él hubiera querido.
Y así lo hicimos. El Pequod, con una tripulación menguada, continuó surcando los mares, llevando consigo la memoria de un capitán que había aprendido, al final, que la verdadera venganza no está en destruir al enemigo, sino en aceptar la propia derrota.
Yo, Ismael, escribo estas palabras años después, desde una taberna en un puerto lejano. El mar sigue ahí, vasto e indiferente, y la ballena blanca sigue nadando en sus profundidades, esperando a otros hombres con otras obsesiones.
Pero yo ya no busco ballenas. He aprendido que el verdadero tesoro no está en el horizonte, sino en el viaje mismo. Y que la venganza, como la felicidad, solo se encuentra cuando se deja de buscar.
Ahab descansa en el fondo del mar, junto a sus sueños rotos y su pierna de marfil. Y Moby Dick, la ballena blanca, sigue libre, un símbolo eterno de todo lo que no podemos alcanzar.
Pero tal vez, después de todo, esa sea la verdadera lección: que algunas cosas están destinadas a permanecer fuera de nuestro alcance, para recordarnos que somos humanos, y que el mar es infinito.
Y que, al final, lo único que realmente importa es haber navegado.