Capítulo 1: La Red del Silencio
La niebla era la primera en llegar cada mañana al puerto de Vigo. No una niebla romántica, de esas que envuelven páramos literarios, sino una bruma espesa, cargada de salitre y del olor dulzón y penetrante del pescado que empezaba a pudrirse en los muelles. Se colaba por las rendijas de las ventanas, empapaba los abrigos y dejaba un regusto amargo en la boca. Yo la observaba desde la ventana de nuestra modesta pensión en la calle de la Pescadería, preguntándome, no por primera vez, qué demonios nos había traído a aquel rincón húmedo y gris del noroeste de España.
La respuesta, como tantas otras veces, estaba sentada en un sillón de cuero agrietado, inmóvil como una estatua, con los dedos estirados y unidos frente a sus labios. Sherlock Holmes llevaba tres días en ese estado de letargo cataléptico. No había tocado su violín. No había abierto un libro. El frasco de cocaína al siete por ciento, que yo vigilaba con creciente desesperación, permanecía intacto en el estante. Era, si cabe, algo peor: una inactividad total, una ausencia tan profunda que el aire de la habitación parecía haberse solidificado a su alrededor. El aburrimiento, ese enemigo más temible para él que cualquier criminal, había extendido sus redes y lo tenía atrapado.
—Holmes —dije, rompiendo por fin el silencio que pesaba como plomo—. Este clima no le sienta bien a nadie. Un paseo, tal vez. El aire, aunque húmedo, podría…
—El aire, Watson —murmuró sin mover un músculo, con la voz ronca por el desuso—, está compuesto en este preciso lugar por una mezcla nauseabunda de dióxido de azufre de los astilleros, partículas en suspensión de harina de pescado y los efluvios de la descomposición orgánica de la dársena. Caminar por él no es un ejercicio de salud, sino de masoquismo. Además, ya he catalogado los siete tipos distintos de liquen que crecen en los adoquines entre aquí y la plaza de la Constitución. No hay nada nuevo bajo este sol gallego, que brilla por su ausencia.
Su tono era plano, desprovisto incluso de su habitual ironía teatral. Era la voz de la mente más brillante que he conocido, marchitándose por falta de estímulo. Yo me volví hacia la ventana, sintiendo la impotencia que siempre me producían estas crisis. Abajo, en la calle, la vida portuaria seguía su curso tosco y vigoroso. Hombres con chaquetas de peto y botas de goma descargaban cajas entre gritos. Una mujer vendía berberechos en un puesto. Era un mundo tangible, sucio y lleno de necesidades primarias, y a Holmes le resultaba tan ajeno como la superficie de la luna.
Fue entonces cuando llamaron a la puerta.
No fue un golpe decidido, sino un raspado dubitativo, como de alguien que se arrepiente en el mismo instante de haber alzado el puño. Intercambié una mirada con Holmes. Él no se había inmutado. Fui a abrir.
En el umbral, empapado por la niebla y con el rostro congestionado por una mezcla de agitación y vergüenza, estaba un hombre de complexión robusta, con un bigote gris recortado con precisión militar y un traje de tweed que le quedaba pequeño. Sus ojos, pequeños y vivaces, me escudriñaron con desconfianza antes de posarse, con una expresión de alivio y temor reverencial, en la figura inmóvil de Holmes.
—Doctor Watson, supongo —dijo con un acento gallego marcado, pero en un castellano correcto—. Soy el inspector jefe Benito Lago, del Cuerpo de Vigilancia. Disculpe la intrusión a esta hora.
—No se preocupe, inspector. Pase, por favor.
Entró con torpeza, quitándose una gorra de plato que goteaba sobre la alfombra. Holmes, por fin, giró lentamente la cabeza. No se levantó.
—Lago —dijo, y en esa sola palabra hubo un destello de interés, como una chispa en la oscuridad—. El cadete que confundió las huellas de un perro salchicha con las de un fugitivo en el caso de los diamantes de Southampton. 1879.
El inspector enrojeció hasta la raíz del cabello.
—Usted lo recuerda, señor Holmes. Yo… yo esperaba que no.
—La memoria es mi almacén, inspector. Y los errores, cuando son tan pictóricos, son difíciles de olvidar. Pero supongo que no ha subido cuatro pisos para rememorar viejos tropiezos. La policía local no suele solicitar mi ayuda a menos que la marea esté muy, pero que muy alta.
Lago tragó saliva. Se notaba que era un hombre acostumbrado a mandar, a que sus órdenes se cumplieran en el estrecho mundo del puerto. Pero ante Holmes, se encogía, volvía a ser aquel cadete torpe.
—Es la marea, precisamente —farfulló—. La trajo esta mañana. O más bien, la red del Bonxé, un pesquero de bajura. Encontraron… encontraron un cuerpo. O lo que queda de él.
Holmes no movió un músculo, pero sus ojos, de un gris pálido y penetrante, se fijaron en el inspector con la intensidad de un haz de luz.
—Continúe.
—Está mutilado, señor Holmes. De una forma… peculiar. Y tiene una cosa grabada en el pecho. Un dibujo, o un símbolo. Ninguno de mis hombres lo reconoce. Y las cosas aquí… —bajó la voz, aunque solo estábamos nosotros tres—. Aquí el puerto tiene sus propias leyes. Hay rumores, miedo. Si esto se sabe, puede haber pánico. O peor, interferencias. De arriba —hizo un gesto vago hacia el techo, significando sus superiores— me han dado veinticuatro horas para un informe preliminar antes de que manden a los de Madrid y esto se convierta en un circo. Yo… pensé en usted. Supe por un contacto en Scotland Yard que estaba por aquí, de… vacaciones.
La última palabra sonó ridícula al referirse a la parálisis de Holmes. Mi amigo, sin embargo, esbozó una sonrisa fina, casi imperceptible.
—Vacaciones. Sí. Un concepto sobrevalorado, inspector. Watson, mi gabardina y mi sombrero de fieltro. Y la lupa, por supuesto. Parece que la niebla, al fin, nos depara algo más interesante que líquenes.
El cambio fue instantáneo y electrizante. De la estatua melancólica surgió un torbellino de energía contenida. Al salir a la calle, su paso era elástico, rápido, y sus ojos ya barrían el entorno con avidez renovada, olfateando el rastro de lo anormal en lo cotidiano. El inspector Lago trotaba a su lado, intentando explicar los protocolos ya seguidos.
—Hemos acordonado el muelle número tres, donde atracó el Bonxé. El cuerpo está en el depósito municipal, pero hemos dejado la red y la zona tal cual, como marca el reglamento…
—El reglamento es una venda en los ojos, inspector —cortó Holmes, esquivando un charco de agua sucia—. Lléveme primero al barco. Quiero ver el contexto de la captura.
El muelle número tres era un espigón de hormigón más antiguo y deteriorado que los demás, alejado del bullicio principal. La niebla era aquí más espesa, y el olor a podrido, mezclado con el de aceite quemado y alquitrán caliente, era casi palpable. Un pequeño pesquero de madera, pintado de azul y blanco descolorido, se mecía suavemente junto al muelle. Sobre cubierta, un hombre con un jersey de lana gruesa fumaba un cigarrillo con manos que temblaban. Al vernos acercarnos, sus ojos, hundidos y asustados, se clavaron en el inspector.
—Este es Anselmo, el patrón del Bonxé —presentó Lago.
Holmes subió a bordo sin pedir permiso. Yo lo seguí, sintiendo la cubierta resbaladiza bajo mis botas.
—Cuéntemelo exactamente —ordenó Holmes, sin mirar al pescador, sino examinando los cabrestantes, las redes amontonadas en un rincón.
Anselmo habló con voz áspera, salpicada de galleguismos.
—Fue al amanecer. Íbamos a levantar las redes de la noche, las de enmalle, a unas tres millas, frente a las Islas Cíes. La traía pesada, muy pesada. Pensamos en un banco de merluza grande, o tal vez un pez luna, que a veces se enreda. Pero cuando subió… —se llevó la mano a la garganta—. Era un hombre. O lo que el mar había dejado de él. Enredado como un pulpo en la malla. Y el agua… el agua alrededor era rosa.
—¿La red está intacta? ¿La tocaron? —preguntó Holmes, ahora arrodillado junto al montón de red, que yacía en una lona negra.
—La cortamos para sacarlo, señor. No había otra manera. Está ahí, la parte donde estaba enredado.
Holmes asintió, extrajo su lupa del bolsillo y se inclinó sobre la red. El silencio era absoluto, solo roto por el golpeteo del agua contra el casco y los lejanos graznidos de las gaviotas. El inspector Lago y yo intercambiamos una mirada. Yo conocía esa postura: la total absorción, la fusión completa de Holmes con el objeto de su estudio.
Pasaron varios minutos. Luego, Holmes murmuró, más para sí mismo que para nosotros:
—Interesante. Muy interesante. Fíjese, Watson. Aquí, en estas fibras de cáñamo, no solo hay restos de tejido epidérmico y sangre, completamente esperables. Hay estas motas negras, brillantes. Alquitrán. Fresco. Y aquí, enganchada en un nudo, una fibra azul oscuro, de lana gruesa, no de ropa de marinero. Y esto… —acercó aún más la lupa—. Una marca de abrasión, un rasguño profundo en el cabo de esta boya. Con una geometría muy específica. No es una roca. Es metálica, y con un ángulo agudo.
Se levantó, y sus ojos brillaban con el frío fulgor del acero.
—Inspector, su cuerpo no fue arrojado al mar desde un barco en alta mar. O no solo. Fue arrastrado contra una estructura metálica sumergida, o quizás contra el casco de un barco, cerca de la orilla, donde hay contaminación de alquitrán. Y fue envuelto en algo azul antes, o después, de su muerte. Lléveme al cadáver. Ahora.
El depósito municipal era un cobertizo de ladrillo adosado al mercado de abastos, con un olor a desinfectante barato que no lograba enmascarar el dulzón hedor a muerte. Un agente joven, pálido, hacía guardia en la puerta. Al vernos llegar con el inspector, abrió sin decir palabra.
La luz era escasa, procedente de una bombilla desnuda que colgaba del techo. Sobre una mesa de zinc, bajo una sábana blanca, se adivinaba una forma humana. Un hombre de la policía científica, con bata, saludó al inspector.
Holmes se acercó sin la más mínima vacilación. Con un gesto seco, retiró la sábana.
Aún con mi experiencia en los campos de batalla de Afganistán y en los siniestros escenarios que había presenciado junto a Holmes, contuve una exhalación de asco. El cuerpo era el de un hombre de complexión fuerte, posiblemente entre cuarenta y cincuenta años. La acción del mar y, sin duda, la de algún depredador, habían causado estragos. Pero las mutilaciones no eran obra del azar ni de los peces. Alguien se había tomado el tiempo, y tenía la pericia, de amputar metódicamente la mano derecha desde la muñeca. El corte, aunque hinchado por el agua, mostraba una precisión escalofriante.
Y entonces, en el torso, justo sobre el esternón, estaba el símbolo.
No era un garabato. Estaba tallado con cuidado, con un instrumento afilado, después de la muerte, a juzgar por la falta de sangrado vital. Representaba un ojo dentro de un triángulo invertido, y del triángulo surgían lo que parecían llamas, o tal vez tentáculos. La línea era firme, segura.
—¿Lo reconoce, inspector? —preguntó Holmes, inclinándose hasta quedar a pocos centímetros de la marca.
—No, señor Holmes. He consultado con el archivo. Nada. Parece… de ritual.
—Toda violencia es un ritual, inspector. La pregunta es qué dios se venera con este. —Holmes examinó las uñas del cadáver, luego los pies—. No es un marinero. Las manos tienen callos, pero no de cuerdas. Son de herramienta. Un mecánico, tal vez. Un obrero de astillero. Y fíjese en esto.
Señaló con el dedo, sin tocar, el borde del corte de la muñeca.
—El hueso. Está astillado de una manera peculiar. No es un serrucho, ni una sierra de carpintero. Es algo que vibra, que corta a gran velocidad, pero con poca fineza. Una herramienta industrial.
—En el puerto hay docenas de talleres, de grúas, de… —empezó Lago.
—Precisamente —cortó Holmes—. Y ahora, la pregunta crucial. ¿Dónde está la mano?
El inspector se encogió de hombros, desvalido.
—En el mar, supongo.
—No lo suponga, inspector. Razónelo. Si usted quiere enviar un mensaje, y se toma la molestia de tallar un símbolo en la piel de su víctima, ¿desperdiciaría la parte del cuerpo que, por su naturaleza simbólica —la mano que actúa, que firma, que toca—, podría reforzar ese mensaje? No. La mano no está en el mar. O no toda ella. —Holmes se irguió, y su perfil afilado se recortó contra la luz cruda—. Alguien la ha guardado. Como trofeo. O como advertencia.
En ese momento, la puerta del depósito se abrió de golpe. Un hombre alto, con un traje caro que chirriaba en aquel entorno, entró con aire de autoridad. Llevaba el pelo engominado hacia atrás y una expresión de fastidio profundo.
—Inspector Lago. Me informan que ha traído a un consultor extranjero a una escena cerrada. Sin autorización de la comisaría central.
Lago se puso rígido.
—Comisario Riveiro. Este es el señor Sherlock Holmes, de Londres. Su experiencia…
—La conozco. Novelas y sensacionalismo —espetó Riveiro, mirando a Holmes de arriba abajo con desdén—. Aquí tenemos un protocolo, señor Holmes. Y un caso que, aunque desagradable, es probablemente un ajuste de cuentas entre gentuza del puerto. No necesitamos espectáculos.
Holmes lo observó con la misma curiosidad con la que estudiaría un insecto bajo el cristal.
—¿Un ajuste de cuentas, comisario? ¿Con mutilaciones rituales y símbolos ocultistas? Su gentuza, como usted la llama, se está sofisticando peligrosamente. Pero no se preocupe. No tengo interés en su protocolo, ni en su autorización. Solo en los hechos. Y los hechos me dicen que este hombre —señaló el cadáver— fue asesinado en tierra, probablemente en un lugar con maquinaria industrial, y que su cuerpo fue arrojado al mar desde un punto cercano a la costa, no lejos de una zona de obras o reparaciones navales. Y que quien lo hizo quiere que sepamos que esto no es un simple crimen. Es una declaración.
Riveiro palideció ligeramente, pero mantuvo su actitud arrogante.
—Especulaciones. Hasta que el forense de La Coruña emita su informe, esto es una investigación policial interna. Inspector Lago, quiero su informe sobre mi mesa en doce horas. Y quiero a este caballero fuera de mis instalaciones. Ahora.
Hubo un tenso silencio. Holmes no parecía ofendido; más bien, divertido. Recogió su lupa y se ajustó el sombrero.
—Como desee, comisario. Ven, Watson. El aire de la burocracia es aún más viciado que el del puerto.
Salimos al exterior, donde la niebla seguía agazapada. El inspector Lago nos siguió, apesadumbrado.
—Lo siento, señor Holmes. Riveiro es… un político con placa. Tiene miedo de que un caso complicado le manche su camino a Madrid.
—El miedo es un mal consejero, inspector, pero un excelente indicador —dijo Holmes, deteniéndose al borde del muelle. Sus ojos escudriñaban la línea de la costa, los perfiles oscuros de los astilleros, las grúas inmóviles contra el cielo plomizo—. Esa mano está en alguna parte. Y el símbolo… el símbolo es la clave. Alguien, en esta ciudad de pescadores y obreros, de niebla y secretos, está jugando a un juego muy oscuro. Y ha tenido la amabilidad de invitarnos a participar.
Miró hacia el mar, donde la bruma se fundía con el horizonte, tragándose todo.
—Doce horas, dice el comisario. Bien. Para entonces, inspector, necesito los planos de todas las obras navales y muelles de servicio en un radio de tres millas de donde se encontró el cuerpo. Y una lista de todos los desaparecidos reportados en la última semana, no solo en Vigo, sino en toda la ría. No busque a un delincuente común. Busque a un artista. O a un creyente.
Benito Lago asintió, una chispa de determinación reemplazando a la vergüenza en sus ojos.
—Lo tendrá, señor Holmes.
Holmes se volvió hacia mí, y en su rostro vi el resplandor familiar, el fuego de la caza reavivado.
—¿Ve, Watson? La niebla, al fin, empieza a aclararse. Solo que para ver con claridad, a veces hay que adentrarse en ella.
Y dando media vuelta, con su paso rápido y elástico, se adentró en las calles empedradas y húmedas, desapareciendo en la bruma como un espectro, dejándome con el olor a sal y muerte, y la certeza de que el aburrimiento había terminado. Algo mucho más peligroso había tomado su lugar.
Capítulo 2: Las Huellas del Muerto
La niebla de la mañana se aferraba a los muelles como un sudario húmedo. El depósito municipal, un cobertizo de ladrillo y hierro junto al muelle número tres, olía a desinfectante barato, salitre y, subyacente, a la dulzón y metálica promesa de la muerte. El inspector Benito Lago nos precedió, su figura robusta recortada contra la luz gris que se filtraba por los altos ventanales sucios.
Dentro, sobre una mesa de zinc, yacía la forma cubierta por una lona. Un hombrecillo nervioso, el médico forense municipal según supuse, se retorcía las manos junto a ella.
—Doctor Míguez —murmuró Lago—. Éstos son los consultores de los que le hablé.
Vilas asintió, sin dejar de mirar la lona como si esperara que cobrara vida. Holmes, que había estado en un silencio absoluto desde que abandonamos el muelle, se adelantó. Su languidez había desaparecido; cada movimiento era ahora preciso, económico, cargado de una energía contenida que hacía que el aire a su alrededor pareciera vibrar.
—Proceda, doctor —dijo, y no era una sugerencia.
Vilas descorrió la lona.
La visión era, incluso para mis ojos acostumbrados a los horrores de la guerra y de la práctica médica, profundamente perturbadora. El hombre era de complexión fuerte, brazos musculosos marcados por cicatrices y tatuajes toscos. La mutilación del torso, el símbolo tallado con saña pero no sin cierta perversa precisión, dominaba la escena. Pero fue el muñón de la mano derecha lo que atrajo de inmediato la mirada de Holmes. Se inclinó sobre él, su nariz aquilina a pocos centímetros de la carne lacerada.
—El corte es limpio, pero no quirúrgico —murmuró, más para sí que para nosotros—. Un instrumento pesado, de filo considerable, pero manejado con fuerza bruta, no con habilidad. Un hacha, quizás. O una herramienta industrial. Observe, Watson, los bordes: hay desgarros aquí y aquí, donde el hueso cedió de forma irregular. No hubo intento de desarticulación. Fue un golpe seco, contundente.
Su dedo índice, sin tocarlo, trazó una línea en el aire sobre el símbolo en el pecho.
—El patrón es profundo. El instrumento, diferente. Más afilado, más delgado. Un cuchillo de carnicero, o una navaja de marino muy aguzada. Las líneas son seguras, no titubeantes. Quien lo hizo conocía el diseño de antemano. No es un garabato improvisado.
Lago se aclaró la garganta. —¿Y el símbolo? ¿Le sugiere algo?
Holmes se irguió, y en sus ojos grises vi el destello frío del acero.
—Sugiere ignorancia, inspector. Una pretensión de ocultismo. El ojo, a menudo símbolo de vigilancia o de conocimiento prohibido. El triángulo invertido… inestabilidad, tal vez, o una perversión de lo divino. Las llamas, o tentáculos, como usted los describió, son un añadido dramático. Es teatro. Un mensaje para quienes sepan leerlo, pero el guión es de segunda categoría.
—¿Un mensaje? —pregunté.
—Por supuesto, Watson. ¿Para qué si no tomarse la molestia de tallar un emblema en un cadáver? Y la mano… la mano es la clave. Es el mensaje personal. El símbolo es para el grupo; la mano, para el individuo. O sobre el individuo.
Se volvió hacia Lago. —Necesito ver sus efectos personales.
El inspector hizo una seña a un agente joven, pálido, que esperaba junto a la puerta. El muchacho trajo una caja de cartón y la depositó sobre otra mesa. Contenía la ropa del hombre: unos pantalones de pana gruesa, una camisa de franela, un chaleco de lana, botas de trabajo pesadas y sucias de barro y algo que parecía alquitrán. Holmes los examinó con la intensidad de un entomólogo ante un espécimen raro.
—Las botas —dijo de pronto—. Obsérvenlas. El barro no es del muelle. El muelle tiene lodo, sí, pero mezclado con aceite, grasa, desperdicios de pescado. Este barro es más arcilloso, rojizo. Procede de una zona de obras, de excavación. Los astilleros, quizás, donde hay tierras removidas. O las obras del nuevo dique.
Tomó la camisa y la acercó a la luz. —Y aquí, en el cuello y los puños. ¿Ven estas minúsculas partículas? No son serrín. Es polvo de piedra. Granito molido. Un cantero, o alguien que trabaja junto a canteros.
Rebuscó en los bolsillos del pantalón. Vacíos. Pero en el del chaleco, sus dedos largos encontraron algo. Sacó un trozo de papel, enrollado y húmedo. Con sumo cuidado, lo desplegó sobre la mesa de zinc. Era un recibo, casi ilegible por la humedad, de una taberna del barrio de Berbés: «O’Rei do Peixe». La fecha era de tres días atrás. El importe, anotado a lápiz, era por varias raciones de pulpo y un número considerable de vasos de vino.
—Una reunión —murmuró Holmes—. No bebió solo. O si lo hizo, tenía la intención de ahogar algo más que la sed.
Lago se frotó la nuca, un gesto que parecía de frustración habitual. —Sin documentación. Sin nada. Es un fantasma.
—Los fantasmas no tienen músculos como éstos, inspector —replicó Holmes secamente—. Ni trabajan con granito y barro rojo. Este hombre tenía un oficio. Físico. En los astilleros o en la construcción portuaria. Y desapareció hace, calculo, cuarenta y ocho horas. El estado del cuerpo, la rigidez parcial y el inicio de la flotación indican que estuvo en el agua al menos un día. Fue atacado en tierra, mutilado, y luego arrojado al mar desde un punto no muy lejano, pues las corrientes en la bahía, aunque caprichosas, no lo habrían arrastrado mucho más allá de los muelles comerciales en ese tiempo.
Se volvió hacia el médico forense. —Doctor Míguez. En el estómago. ¿Restos de comida?
Vilas parpadeó, sorprendido por la pregunta directa. —Eh… sí. Una comida pesada. Pulpo, patatas, pimiento. Y mucho vino tinto. Coincide con el recibo.
—¿Y en sus uñas? —insistió Holmes, señalando la mano izquierda intacta.
—Sucias. Muy sucias. Barro bajo ellas, también. Y… algo fibroso. Como estopa. O cuerda de esparto muy desgastada.
Holmes asintió, satisfecho. Un destello casi sonriente iluminó sus facciones por un instante. —Excelente. Barro, granito, estopa. Nuestro fantasma era un estibador, o un obrero de muelle. Trabajaba con carga, probablemente sacos o fardos. El barro rojo lo sitúa en una zona específica. Y su última cena fue en «O’Rei do Peixe», donde, sin duda, alguien le esperaba o le vio.
Miró a Lago. —Inspector, necesito una lista de todos los hombres reportados como desaparecidos en los últimos tres días en el distrito portuario. Y un plano de los astilleros y muelles, con indicación de las obras en curso.
Lago pareció vacilar. Una sombra cruzó su rostro, más densa que la simple incomodidad burocrática. —Holmes, las cosas aquí no son como en Londres. Los astilleros… son territorio de la compañía. Y los hombres que desaparecen a veces prefieren seguir desaparecidos. No siempre se reporta.
—¿Por miedo? —pregunté.
—Por miedo, doctor Watson. O por conveniencia.
Holmes lo estudió. —Usted teme algo más, inspector. Es ese error del pasado, el de 1879, ¿verdad? Cree que este caso puede desenterrarlo.
Lago palideció ligeramente. No era un hombre acostumbrado a que le leyeran el pensamiento con tal facilidad. —No es miedo por mí —dijo, y su voz sonó ronca—. Es el cuerpo. La policía de Vigo… hay divisiones. Algunos ven el puerto como un mal necesario. Otros… tienen intereses más cercanos a quienes lo controlan. Si este hombre estaba metido en algo, y su muerte es un ajuste de cuentas, investigarlo abiertamente puede ser como remover un avispero. O peor, como dar un hacha al verdugo.
La metáfora, involuntariamente macabra, flotó en el aire frío del depósito.
—Entonces investiguemos sin hacer ruido —declaró Holmes, y su tono era el de quien anuncia un hecho simple—. Watson y yo somos forasteros. Turistas curiosos, si se prefiere. Llévenos a los astilleros. Y a esa taberna.
El barrio de Berbés era un laberinto de callejones empedrados que trepaban desde el puerto pesquero. El olor aquí era intenso, primordial: pescado fresco, pescado podrido, sal, vinagre y el humo leñoso de las cocinas. «O’Rei do Peixe» era un local bajo, con las ventanas empañadas y una puerta de madera desgastada por el tiempo y las manos ásperas.
Dentro, el aire era cálido y espeso, cargado con el aroma del caldo de marisco y el humo de cigarrillos. Un puñado de hombres, de rostros curtidos por el viento y la sal, alzaron la vista cuando entramos. Sus miradas se posaron en Holmes y en mí con una desconfianza instantánea. No éramos de allí. Lago, que nos seguía con el aire de quien cumple un desagradable deber, recibió algunas inclinaciones de cabeza, respetuosas pero frías.
El dueño, un hombre ancho como un tonel con un delantal manchado, se acercó limpiándose las manos en la tela.
—Inspector. No es hora de multas, espero.
—Tranquilo, Manolo. Preguntas nada más. —Lago sacó el recibo húmedo—. Tres días atrás. Un hombre, fuerte, con manos de obrero. Comió y bebió aquí una buena cantidad. ¿Le recuerda?
Manolo cogió el papel, lo miró sin mucha atención y se lo devolvió. —Aquí entra mucha gente, inspector.
—Este tenía un tatuaje —intervino Holmes, su voz clara y extrañamente educada cortando el murmullo del local—. En el antebrazo izquierdo. Un ancla, y un nombre: «Maruxa».
El tabernero parpadeó. Los hombres sentados en la barra bajaron la vista hacia sus vasos. El detalle, surgido de la observación de Holmes en el depósito, había dado en el blanco.
—Ah… ese —murmuró Manolo, bajando la voz—. Sí, estuvo. Estuvo con otros dos.
—¿Los conoce? —preguntó Lago.
—No por el nombre. Cara sí. Trabajadores del muelle, como él. Pero no de los habituales aquí. Venían de por la zona de los astilleros nuevos, de donde levantan el dique de Ríos.
—¿Y qué hablaban? —insistió Holmes.
Manolo se encogió de hombros, pero sus ojos evitaban los nuestros. —Pues… lo de siempre. El trabajo. Lo mal que pagan. Lo duro que está el invierno en el mar.
—No —dijo Holmes, suavemente pero con una firmeza que no admitía réplica—. No hablaban de eso. Hablaban de algo que les hacía bajar la voz cuando usted se acercaba. Bebían mucho, pero no por alegría. Por nervios. Y cuando se fueron, ¿lo hicieron juntos?
El tabernero tragó saliva. Miró a Lago, buscando algún tipo de guía, pero el inspector mantenía el rostro impasible. Finalmente, susurró: —No. Él, el del ancla, se quedó un poco más. Pagó la cuenta. Los otros dos salieron antes. Parecían… enfadados con él. Discutieron en la puerta, en voz baja pero feo. Uno le agarró de la chaqueta.
—¿Y qué dijo el hombre, el de Maruxa, cuando le agarraron?
—Dijo… —Manolo hizo una pausa, recordando—. Dijo: «No es cosa mía. Yo sólo vi lo que vi. No quiero problemas». El otro, el más grande, le soltó y le dijo algo como… «El problema ya lo tienes. Y la solución también». Luego se fueron. Y él, el del ancla, se terminó el vaso y salió, mirando para todos lados como un conejo asustado.
Holmes asintió, lentamente. Sacó una moneda y la deslizó sobre la barra de zinc. —Para el caldo. Es excelente, por el olor.
Salimos a la bruma de la calle. Lago respiraba con pesadez.
—«No es cosa mía. Yo sólo vi lo que vi» —repitió Holmes—. Nuestro fantasma fue testigo de algo. Algo que no debía ver. Y pretendía lavarse las manos, o al menos, pretendía que los demás creyeran que lo hacía. La mano amputada, inspector. Es un mensaje literal. «No es cosa mía»… pero sus manos, su capacidad para actuar o para callar, sí lo eran.
—¿Un testigo que eliminar? —pregunté.
—Un testigo que castigar ejemplarmente —corrigió Holmes—. El símbolo es para advertir a otros. La mano, para recordarle a él, en el improbable caso de que aún tuviera uso de razón en el momento de la mutilación, cuál fue su error: ver, y quizás amenazar con hablar.
—Los astilleros, entonces —dijo Lago, resignado.
—Los astilleros —confirmó Holmes.
La Compañía de Astilleros de Vigo se extendía como una ciudad de hierro enfermo junto al agua. Grúas esqueléticas se recortaban contra el cielo plomizo, y el sonido metálico de los martillos sobre el acero era un latido constante, monótono y agotador. El barro aquí era, efectivamente, de un rojo arcilloso, mezclado con virutas de hierro y manchas de aceite negro. Holmes caminaba con paso decidido, sus ojos escudriñando cada pila de vigas, cada montón de sacos apilados bajo lonas.
Lago se dirigió a la garita del vigilante, un hombre mayor con una gorra y una chaqueta azul descolorida. Tras un intercambio de palabras y la exhibición de la placa, el vigilante nos señaló un cobertizo más grande, la oficina del capataz.
Dentro, el aire olía a tabaco fuerte y a papel húmedo. El capataz, un hombre de unos cincuenta años con el rostro marcado por la intemperie y una mirada cansada pero astuta, nos recibió con una desconfianza abierta.
—Lago. ¿A qué debo el honor? Si es por el permiso de la grúa, ya se lo dije al de ayer…
—No es por la grúa, Rivas —cortó Lago—. Es por un hombre. Trabajador vuestro, probablemente. Fuerte, tatuaje de un ancla y el nombre «Maruxa» en el brazo.
La expresión de Rivas se cerró como un portón. —Conozco a muchos hombres. Los tatuajes son cosa suya.
—Desapareció hace tres días —continuó Holmes, adelantándose—. Trabajaba con carga, posiblemente sacos. Y estaba en una obra con barro rojo y polvo de granito. Como la ampliación del dique.
Rivas encendió un cigarrillo con movimientos lentos, deliberados. —En el dique trabajan decenas de hombres. Y los sacos… se cargan y descargan en media docena de sitios. Si desapareció, quizás se fue a pescar a otro lado. O le salió algo mejor.
—¿Le salió? —pregunté—. ¿Como qué?
El capataz me miró como si fuera un niño preguntando por las cigüeñas. —Como lo que sea, señor. Aquí el jornal es el jornal, pero a veces llegan ofertas… particulares. Descargas nocturnas. Transportes especiales. Algunos se apuntan. Ganan más en una noche que en una semana aquí.
—Contrabando —dijo Lago, la palabra cayendo como una losa en la pequeña oficina.
Rivas soltó una bocanada de humo. —Yo no he dicho eso, inspector. Yo he dicho «ofertas particulares». Lo que cada uno haga en su tiempo libre es asunto suyo, mientras no le falte a su turno aquí. A ése, al del ancla, si es el que pienso, le faltó. No vino ayer ni hoy. Ya está apuntado para el despido si no aparece.
—¿Su nombre? —exigió Holmes.
Rivas suspiró, hurgó en un registro mugriento. —Xosé Luís Varela. De Redondela. Buen trabajador, cuando quería. Últimamente… distraído. Asustadizo.
—¿Y sus amigos? —insistió Holmes—. Los que estaban con él en «O’Rei do Peixe» hace tres días.
El capataz palideció ligeramente. El cigarrillo tembló en sus dedos. —No sé de qué me habla.
—Sí lo sabe —afirmó Holmes, y su voz adquirió ese tono de fría autoridad que resultaba imposible de desafiar—. Y sabe que Xosé Luís Varela vio algo. Algo relacionado con esas «ofertas particulares». Algo que le costó la vida. Y si usted lo sabe, y calla, su nombre puede aparecer en el siguiente informe, no como testigo, sino como cómplice por omisión.
Fue un farol. Holmes no tenía autoridad alguna. Pero la certeza en su voz, la lógica implacable de su deducción, hicieron mella. Rivas miró a Lago, buscando refugio, pero el inspector mantenía los brazos cruzados, su rostro una máscara de piedra.
—Los Moreira —escupió finalmente el capataz, bajando la voz hasta casi un susurro—. Los hermanos Moreira. Toni y Charly. Trabajan aquí, en el almacén de materiales. Son… son de confianza para ciertos encargos.
—¿De confianza de quién? —preguntó Lago, y esta vez su voz tenía un filo peligroso.
—¡Eso no lo sé! —protestó Rivas—. Sólo sé que cuando hay una descarga fuera de horario, o un camión que no está en el registro, ellos suelen estar al cargo. Y Varela trabajaba con ellos a veces. Hasta hace poco. Hasta que… dejó de hacerlo.
Holmes asintió, como si acabaran de confirmarle una ecuación trivial. —Llévenos al almacén de materiales.
El almacén era una nave cavernosa, llena del eco lejano del puerto. Olía a madera húmeda, a cemento y a aceite. Pilas de sacos, algunos marcados con logotipos de cementeras, otros sin marca alguna, se alzaban hasta el techo. En un rincón, junto a una carretilla, dos hombres descargaban costales. Eran fuertes, con la misma complexión de Varela, pero sus movimientos eran más lentos, más cautelosos. Cuando nos vieron entrar con el capataz y Lago, dejaron caer los sacos.
Uno de ellos, el mayor, con una cicatriz que le cruzaba la ceja, fue el primero en hablar. —Jefe. Inspector. ¿Algún problema?
—Toni Moreira —dijo Lago, sin preámbulos—. Charly. Buscamos a Xosé Luís Varela.
Los hermanos se miraron. Una comunicación rápida, cargada de tensión. —No está aquí —dijo el más joven, Charly—. Hace días que no viene.
—Lo sabemos —dijo Holmes, avanzando un paso. Su mirada recorrió los sacos, el suelo, las manos de los hombres—. Estuvieron con él hace tres noches en «O’Rei do Peixe». Discutieron. Usted, Toni, le agarró de la chaqueta. Le dijo que el problema ya lo tenía.
Toni Moreira se puso rígido. Sus manos, grandes y callosas, se cerraron en puños. —¿Quién es éste, Lago? ¿Un chivato de Madrid?
—Es la persona que va a descubrir quién mató a Varela y le mutiló el cadáver —respondió Lago, y su tono era tan gélido como el de Holmes—. Y si ustedes saben algo, les conviene más hablarme a mí que esperar a que quien se lo hizo venga a por vosotros. Porque un mensaje, ya lo han visto, a veces necesita más de un destinatario para que quede claro.
La mención a la mutilación hizo efecto. Charly palideció. Toni tragó en seco.
—No sabemos nada de eso —murmuró el mayor—. Es cierto que discutimos. Varela… estaba asustado. Decía que había visto algo, en una de las descargas nocturnas. Algo que no le gustó.
—¿Qué descarga? —preguntó Holmes.
—Un barco, hace una semana. Un pesquero de altura, el «María del Carmen», pero… no traía pescado. Traía cajas. Cajas pequeñas, pesadas. Las descargamos en un camión particular. Varela era uno de los que las movió. Una se rompió. Y él vio lo que había dentro.
Holmes no apartaba la mirada de él. —¿Qué había dentro, Moreira?
Toni miró a su alrededor, como si las sombras del almacén pudieran escuchar. Bajó aún más la voz. —Piedras. Piedras pequeñas, envueltas en hule. Pero no eran piedras normales. Eran… brillantes. En crudo. Como diamantes, pero no lo sé. Y había paquetes, de polvo blanco. Mucho polvo.
—Diamantes en bruto y cocaína —tradujo Lago, y su rostro era una máscara de furia contenida—. El «María del Carmen». Lo tengo registrado. Entró con papeles de pesca de Marruecos.
—Varela se asustó —continuó Charly, hablando por primera vez con un hilo de voz—. Dijo que eso era demasiado. Que si lo pillaban, iban a la cárcel de por vida. Quería largarse, dejar el trabajo. Nosotros… nosotros le dijimos que era imposible. Que una vez que estás dentro, no sales. Que si hablaba, lo matarían. Y a nosotros también.
—¿Quién los contrató para esa descarga? —preguntó Holmes.
Toni negó con la cabeza, un gesto de genuino temor. —No lo sabemos. Llega el encargo por el capataz de turno, el de la noche. Se paga en efectivo, por adelantado. Nunca vemos caras. Sólo instrucciones.
—¿Y el símbolo? —insistió Holmes, su voz como un escalpelo—. Un ojo en un triángulo invertido, con llamas. ¿Lo han visto antes?
El miedo en los rostros de los hermanos se intensificó. Fue la confirmación.
—Es… es la marca —susurró Charly—. La ponen en las cajas que no se pueden tocar. Las más valiosas. O las más peligrosas. El que la lleva controla el puerto. Dicen que es un tipo importante. Un cerebro. Que no es de aquí, pero manda aquí.
Holmes se volvió hacia mí, y en sus ojos vi el destello del cazador que ha olido la presa. No era el brillo del triunfo, sino el de la concentración absoluta. El aburrimiento había quedado sepultado bajo capas de intriga, peligro y un rompecabezas criminal de una escala que no habíamos anticipado.
—Un cerebro —repitió—. Que no es de aquí, pero manda aquí. Inspector Lago, su corrupción policial tiene un nombre, o al menos, un símbolo. Y nuestro difunto señor Varela fue su última advertencia. La mano era para él. El símbolo, para todos los que, como estos dos desdichados, trabajan en la sombra. El mensaje es claro: «Ves, pero no actúes. Hablas, y pierdes lo que te permite actuar».
Lago parecía haber envejecido diez años en los últimos minutos. —Esto es más grande que un simple asesinato, Holmes.
—Siempre lo es, inspector —respondió Holmes, y su voz recuperó por un instante ese tono seco, casi irónico—. Pero comienza con uno. Un hombre mutilado en un muelle. Un símbolo teatral. Y una mano que aún no hemos encontrado, y que, me atrevo a predecir, aparecerá en el lugar más elocuente posible, para rematar el mensaje.
Miró a los hermanos Moreira, que parecían dos niños aterrados. —Ustedes dos son, por el momento, nuestros únicos hilos hacia esa sombra. Les sugiero que, a partir de ahora, sean extremadamente visibles, y extremadamente callados. Su vida depende de cuán convincentes sean como fantasmas que aún no han recibido su mensaje póstumo.
Salimos del almacén, de vuelta a la niebla y al latido metálico de los astilleros. El caso ya no era una curiosidad local. Había tomado la forma de una hidra, con cabezas de contrabando, narcotráfico, corrupción y un asesino ritualista que firmaba sus obras. Y en el centro de la telaraña, la silueta de un cerebro anónimo, cuyo símbolo, como un ojo ciego y amenazante, parecía observarnos desde cada sombra del puerto de Vigo.
Capítulo 3: El Eco en los Muelles
La niebla que había envuelto los astilleros al amanecer se había convertido, al caer la tarde, en una llovizna persistente y fría que empapaba las piedras del casco viejo de Vigo. Watson, con el cuello del abrigo subido, caminaba a paso rápido junto a Holmes, cuyo perfil afilado parecía cortar la bruma grisácea. Detrás de ellos, el inspector Lago respiraba con dificultad, su rostro cetrino marcado por una tensión que iba más allá de la fatiga física.
La llamada había llegado a la comisaría una hora antes. Un segundo cuerpo. Mismo símbolo. Un callejón a dos calles de la Rúa Pescadería.
—La velocidad es significativa, Lago —dijo Holmes sin volverse, su voz un susurro metálico que competía con el golpeteo de la lluvia—. Nuestro hombre no está en pausa. Está acelerando. O la presión sobre él ha aumentado, o la satisfacción de su obra le exige una frecuencia mayor.
—O quiere que sepamos que no nos hemos acercado ni un ápice —murmuró Watson, más para sí mismo.
Holmes lanzó una breve mirada de aprobación a su amigo. —Exactamente, Watson. Un recordatorio. Un guiño desafiante.
El callejón era una hendidura oscura entre dos edificios de piedra centenaria, tan estrecha que dos hombres no podrían caminar por él de frente. Un agente uniformado, joven y pálido, custodiaba la entrada con una linterna cuya luz temblaba ligeramente en su mano.
—Inspector —dijo el agente, haciendo un gesto de saludo torpe—. Está… está adentro. El doctor Míguez ya ha estado, pero dijo que no tocase nada hasta que usted llegara.
Lago asintió con gesto seco y se abrió paso. Holmes lo siguió de cerca, sus ojos escudriñando cada centímetro del suelo antes de siquiera entrar en el pasadizo. Watson observó cómo se detenía un instante, estudiando el umbral donde la piedra de la calle se encontraba con los adoquines más irregulares del callejón.
—Barro —murmuró Holmes—. Distinto al de los astilleros. Más arcilloso. Con fragmentos diminutos de concha triturada. —Se arrodilló, ignorando el agua que se filtraba por la tela de su pantalón, y extrajo su lupa del bolsillo—. Huellas. Superpuestas. Las de bota de suela gruesa, probablemente de nuestro agente. Otras… más interesantes. Suela de goma, con un desgaste peculiar en el talón exterior derecho. El hombre cojea ligeramente, o carga el peso de forma irregular.
Se incorporó y penetró en la oscuridad del callejón. El aire era denso, cargado con el olor a humedad de piedra vieja, a pescado rancio de un cubo de basura volcado más adelante, y por debajo, ese aroma metálico y dulzón que Watson conocía demasiado bien.
El cuerpo yacía recostado contra la pared, semisentado, como si se hubiera deslizado hasta allí. Un hombre de mediana edad, vestido con ropa de obrero: pantalón de pana gastado, jersey de lana gruesa con agujeros en los codos. Su rostro, iluminado ahora por la linterna que Lago tomó del agente, mostraba una expresión de sorpresa congelada, los ojos abiertos mirando hacia la bóveda estrecha de cielo gris que se veía arriba. Pero no era el rostro lo que captaba la atención.
La chaqueta y la camisa estaban abiertas, desgarradas con violencia. Y allí, en el centro del pecho pálido y velludo, el mismo símbolo había sido tallado con precisión escalofriante: el ojo dentro del triángulo invertido, las líneas que se curvaban como llamas o tentáculos. La sangre, ya oscura y coagulada, formaba un halo irregular alrededor de la herida.
Holmes se acercó, su silueta proyectando una sombra alargada y grotesca en la pared. No se inmutó por la mutilación; sus ojos eran lentes frías, impersonales.
—Observen la posición —dijo, su voz resonando ligeramente en el espacio cerrado—. No fue arrojado aquí. Fue colocado. Las piernas están estiradas, los brazos a los lados, con una cierta… formalidad. Un arreglo post mórtem. El asesino se tomó su tiempo después de infligir la herida mortal.
—¿La misma arma? —preguntó Lago, su voz ronca.
—Similar. Un cuchillo de hoja delgada y muy afilada, pero los cortes son… más profundos. Más seguros. Quien hizo esto tenía menos dudas que la primera vez. O más prisa, pero una prisa controlada. —Holmes se inclinó sobre el torso—. El símbolo es idéntico en su diseño, pero la ejecución es más rápida, los trazos menos ceremoniosos. Como si estuviera copiando de un modelo ya establecido en su mente.
Watson, forzándose a mantener la compostura profesional, examinó el resto del cuerpo. —No hay signos de lucha apreciables. Las manos… están limpias. Sin heridas defensivas. —Alzó una de las manos del muerto, rígida ya por el rigor mortis—. Uñas rotas, sucias de grasa y… ¿serrín? —Olfateó con delicadeza—. Sí. Madera. Trabajaba con madera.
—Un carpintero. O un ebanista. O un estibador que manipulaba cajas —dedujo Holmes. Su mirada bajó a los pies del hombre—. Botas de trabajo, desgastadas. Y aquí, en el dobladillo del pantalón… —Con unas pinzas que extrajo de otro bolsillo, sacó un pequeño fragmento, apenas una mota. Lo examinó a la luz de la linterna—. Lana roja. Muy fina. No de su ropa.
Guardó la muestra en un sobre de papel que llevaba consigo. Luego, su atención se desplazó al suelo alrededor del cuerpo. La llovizna había formado charcos pequeños entre los adoquines, pero directamente bajo el cadáver, el suelo estaba relativamente seco, protegido por el voladizo del edificio.
—Aquí —dijo, señalando con un dedo delgado—. Huellas de gotas. No de lluvia. Más espaciadas, más grandes. —Siguió el rastro visualmente. Llevaba desde el cuerpo hasta la pared opuesta, a unos dos metros—. Se paró aquí, mirando su obra. La sangre en el arma goteaba mientras contemplaba. O quizás… era suya. —Holmes se acercó a la pared indicada. La piedra estaba húmeda y sucia, pero en un punto, a la altura de un hombre, había un leve borrón, como si alguien hubiera apoyado una mano enguantada o una manga.
—Se apoyó. Respiró. Tal vez sintió… fatiga. O éxtasis. —Holmes se volvió hacia Lago, sus ojos brillando con esa luz fría que Watson conocía tan bien—. Necesito saber quién es este hombre, inspector. Y necesito saberlo hace una hora.
Lago asintió, pero su gesto era de impotencia. —En el casco viejo, medio Vigo podría vestir así. Tendré que hacer la ronda, preguntar en las tabernas…
—Hágalo. Pero discretamente. El miedo ya es palpable, y el miedo hace que la gente se calle o que hable demasiado, casi siempre mentiras. —Holmes sacó su reloj—. Watson, ¿la hora de la muerte?
Watson volvió a examinar el cuerpo, palpando la temperatura de la piel y la rigidez. —El doctor Míguez probablemente será más exacto, pero por el rigor y el enfriamiento, y dado el frío y la humedad ambiental… entre cuatro y seis horas. Alrededor del mediodía.
—En plena luz del día —musitó Holmes—. Audaz. O desesperado. Este callejón no es tan transitado, pero aun así… Alguien tuvo que ver u oír algo. —Su mirada se clavó en Lago—. Y necesito hablar con el hombre que encontró el primer cuerpo. El pescador. No mañana. Ahora.
Lago parpadeó. —Está siendo protegido. Temíamos que…
—Temían bien. Pero su protección es inútil si no le hacemos las preguntas correctas. Y yo tengo preguntas que a usted, inspector, no se le han ocurrido. —No era un reproche, era una afirmación fría, como un diagnóstico.
En ese momento, una voz áspera cortó la tensión del callejón desde la entrada.
—Lago. ¿Qué demonios está pasando aquí?
Un hombre alto, de anchas espaldas y bigote espeso y canoso, vestido con un abrigo de policía de mayor rango, se plantó bajo la luz tenue de la farola de la calle. Su rostro era cuadrado, autoritario, y sus ojos, pequeños y penetrantes, escrutaron la escena con una mezcla de irritación y desdén.
El inspector Lago se puso rígido. —Comisario Riveiro. Le informé de que…
—Me informó de que había traído a un consultor extranjero —dijo Riveiro, arrastrando la palabra con sorna. Su mirada recorrió a Holmes de arriba abajo, deteniéndose en su porte elegante y su rostro afilado, tan ajeno al entorno húmedo y miserable—. Y este debe de ser él. El famoso Sherlock Holmes. —Pronunció el nombre con un acento gallego marcado, casi burlón—. Esto es una investigación de la Policía de Vigo, señor Holmes. No un salón de té londinense.
Holmes no se inmutó. Se enderezó lentamente y enfrentó la mirada del comisario. —Comisario Riveiro. Su presencia acelera los trámites. Necesito acceso inmediato al testigo del primer hallazgo y a los registros de cualquier incidente relacionado con símbolos ocultistas o mutilaciones en la provincia en los últimos cinco años. También requiero una lista de trabajadores de los astilleros con conocimientos de carpintería o ebanistería que hayan faltado hoy a su puesto.
Riveiro esbozó una sonrisa fría. —Usted requiere. Qué interesante. Yo requiero que toda evidencia y toda información pase por este despacho. —Señaló con un dedo grueso su propio pecho—. Y le sugiero que recuerde su lugar aquí. Usted es un invitado. Un invitado cuya utilidad está por demostrar.
Watson sintió una oleada de indignación, pero Holmes lo detuvo con un leve gesto de la mano.
—La utilidad, comisario, se demuestra con resultados. Hasta ahora, tienen dos hombres muertos con un símbolo ritual tallado en el pecho, una mano amputada desaparecida, y un miedo que se extiende por los muelles más rápido que esta niebla. Lo que tienen es un caso que se les escapa de las manos. Yo ofrezco unas que, quizás, puedan sujetarlo.
El silencio que siguió fue tan espeso como la humedad del aire. Lago miraba al suelo, claramente incómodo. Riveiro palideció ligeramente bajo el bigote. Había sido un golpe directo, y lo sabía.
—Usted es muy audaz —dijo finalmente el comisario, su voz más baja, más peligrosa—. La audacia en un puerto como Vigo puede ser… contraproducente. Hay corrientes aquí que no entiende. Cosas que es mejor no remover.
—El lodo solo se remueve cuando algo podrido yace en el fondo —replicó Holmes, imperturbable—. Y por el olor, comisario, tenemos un cadáver muy grande en el fondo de su puerto.
Riveiro dio un paso al frente, invadiendo el espacio personal de Holmes. Watson se tensó, listo para intervenir. —Escúcheme bien, inglés —escupió la palabra—. Usted hace su investigación. Habla con quien le autorice el inspector Lago. Pero cada paso, cada deducción, cada sospecha que tenga, viene a mí primero. ¿Está claro? No voy a permitir que un forastero venga aquí a señalar con el dedo y a crear pánico con teorías extravagantes. El orden de esta ciudad es delicado.
—El orden —dijo Holmes con una calma glacial— ya ha sido quebrado. Por alguien que sí conoce muy bien las corrientes de este puerto. Y cada minuto que perdemos en disputas de protocolo es un minuto que él gana.
La mirada entre los dos hombres fue un duelo de voluntades. Finalmente, Riveiro resopló, un sonido ronco de desprecio. —Lago, usted se hace responsable. De él y de sus conclusiones. Y recuerde —añadió, clavando sus ojos en Holmes una vez más—, en Vigo, a veces las piedras tienen oídos. Y las lenguas, navajas.
Dio media vuelta y se marchó, su pesada figura desapareciendo en la cortina de llovizna.
Lago exhaló un largo suspiro. —Lo siento, Holmes. Riveiro es… un hombre de la vieja escuela. Cree que el prestigio de la comisaría está por encima de todo.
—Cree que hay algo que proteger que no es el prestigio —corrigió Holmes, su mirada perdida en la dirección que había tomado el comisario—. Esa advertencia no era genérica. Era específica. ‘Las piedras tienen oídos’. Alguien le ha hablado de nuestra visita a los astilleros. Y rápido.
Watson frunció el ceño. —¿Uno de sus hombres?
—O alguien a quien sus hombres le informan —dijo Holmes. Volvió su atención al cadáver—. La corrupción no es un monstruo de una sola cabeza, Watson. Es una hidra. Y en un puerto, sus raíces llegan a todas partes. —Se arrodilló de nuevo junto al cuerpo, pasando la yema de los dedos, con una delicadeza sorprendente, alrededor de los bordes del símbolo tallado—. Este hombre no fue elegido al azar. Tiene una conexión con la primera víctima. O con el lugar. O con lo que ambas vieron. —Se levantó, sacudiéndose la humedad de las manos—. Inspector, el pescador. Ahora.
La casa del pescador, un modesto edificio de planta baja cerca de la ensenada de O Berbés, olía a sal, a leña humeda y a miedo. El hombre, llamado Ramón, era de complexión fuerte pero ahora parecía encogido, como si quisiera desaparecer dentro de su jersey de lana. Sus ojos, enrojecidos por el viento y el insomnio, iban de Lago a Holmes y a Watson con desconfianza animal.
—Ya lo dije todo —masculló, sentado en una silla de madera junto a la chimenea donde unas astillas humeaban sin convicción—. Lo encontré en la red. Como un pez maldito.
Holmes, sentado frente a él en otra silla, adoptó una postura relajada, nada intimidante. Habló en un español pausado, cuidadoso. —Anselmo, no voy a preguntarle lo que ya dijo. Voy a pedirle que recuerde cosas que quizás ni siquiera sabe que vio.
El pescador lo miró, confundido.
—La red —continuó Holmes—. ¿En qué estado estaba? ¿Rota? ¿Enredada de forma peculiar?
Anselmo parpadeó. —Pues… sí. Más enredada de lo normal. Como si… como si el cuerpo se hubiera revolcado. O como si lo hubieran enredado a propósito. Había un cabo, uno de los gruesos, casi hecho un nudo alrededor de un pie.
Holmes asintió lentamente. —¿Y el barco? ¿Notó algo fuera de lo común esa noche? Un olor distinto. Un sonido. Una luz donde no debería haberla.
El hombre se quedó pensativo, sus manos callosas frotándose las rodillas. —Luces… siempre hay luces en el puerto. De los barcos mercantes, de los faroles… Pero esa noche… había una niebla espesa, ya le dije. Se veía poco. —Hizo una pausa—. Pero… el olor. Sí. Cuando me acerqué a la zona antes de lanzar la red, noté un olor dulzón. Como a… a medicamento. O a cloroformo. No es normal. Huele a pescado, a aceite, a algas… pero eso no.
Watson intercambió una mirada con Holmes. Anestésico. O algo para sedar.
—¿Y el sonido del agua? —insistió Holmes—. ¿Algún chapoteo que no fuera el de los peces? ¿El ruido de un remo, de un motor pequeño?
Anselmo negó con la cabeza. —Con la niebla, los sonidos vienen deformados. Pero… podría jurar que oí un golpe seco. Como de madera contra madera. Lejos. Como si alguien cerrara la escotilla de un bote.
Holmes se inclinó hacia adelante, su interés ahora palpable. —¿De qué dirección?
El pescador señaló vagamente hacia el noroeste, hacia la zona más oscura del puerto, donde los muelles más antiguos y los astilleros abandonados se confundían con la roca de la costa. —Por ahí. Donde ya no van ni los ratones.
—Los muelles viejos de la Aduana —murmuró Lago—. En desuso desde hace años. Llenos de chatarra y barcos hundidos a medio desguazar.
Holmes se levantó. —Eso es todo por ahora, Anselmo. Gracias. Su testimonio ha sido de gran ayuda. —Su tono era genuinamente cortés. Al salir, se dirigió a Lago en voz baja—. Necesita protección real, inspector. No solo un agente en la puerta. Llévelo a casa de un familiar fuera del puerto. El hombre que cerró una escotilla en la niebla puede ser el mismo que talla símbolos en la carne. Y los testigos que hablan son un estorbo.
De vuelta en la calle, la noche había caído por completo. La llovizna se había convertido en una lluvia fina pero constante. Las farolas proyectaban círculos de luz amarillenta y temblorosa sobre los adoquines brillantes.
—¿Los muelles viejos? —preguntó Watson, caminando junto a Holmes.
—Es un lugar perfecto —dijo Holmes, su voz animada por la perspectiva de la caza—. Aislado, lleno de escondites, con acceso directo al agua para deshacerse de… cosas. Y lo más importante: está en la dirección opuesta a donde todo el mundo miraría.
—¿Cree que el asesino opera desde allí?
—Lo creo. O al menos, lo usó como punto de transición. El golpe de madera contra madera… una escotilla. Un barco. Quizás uno de esos cascos abandonados. —Se detuvo, mirando a Lago—. Inspector, necesitamos un plano de esos muelles. Y necesitamos ir allí, pero no de día. De noche. Y no con una comitiva. Solo nosotros tres.
Lago tragó saliva. —Holmes, es territorio de contrabandistas. Y de cosas peores. Ni la policía se adentra allí de noche sin una razón de peso y un pelotón.
—Tenemos una razón de peso —dijo Holmes, señalando con la cabeza en la dirección de donde venían, donde el segundo cadáver aún yacía en el callejón—. Y un pelotón haría tanto ruido como una manada de elefantes. Nuestro hombre, si está allí, tiene el oído fino. Y el instinto de una alimaña acorralada.
Watson sintió un escalofrío que no provenía de la lluvia. —Es sumamente peligroso, Holmes.
—Todo lo que vale la pena lo es, querido Watson —replicó Holmes, y en sus ojos, por un instante, Watson vio no temor, sino esa antigua y familiar chispa, la que aparecía cuando la monotonía se quebraba y el juego estaba en su punto más álgido—. Pero hay algo más. Algo que el buen comisario Riveiro nos ha confirmado sin querer.
—¿El qué?
—Que la obstrucción no viene solo de fuera. Viene de dentro. Su advertencia era para que no escarbáramos en ciertos lugares. Y eso —concluyó Holmes, empezando a caminar de nuevo con paso decidido hacia la comisaría— es exactamente donde debemos empezar a cavar.
Capítulo 4: La Sombra del Contrabandista
La niebla que había descendido sobre el callejón tras la partida del comisario Riveiro parecía haberse filtrado en el ánimo de todos nosotros. El inspector Lago, con el rostro aún pálido por la reprimenda, observaba cómo sus hombres procedían a retirar el cuerpo de la segunda víctima. La escena, antes un rompecabezas intelectual, ahora estaba contaminada por una amenaza más tangible y sórdida: la de la autoridad corrupta.
Holmes permaneció inmóvil durante varios minutos, sus ojos grises fijos en el punto exacto donde Riveiro había estado parado, como si pudiera leer en el aire las huellas de sus intenciones. Finalmente, se volvió hacia Lago con una brusquedad que hizo estremecer al inspector.
—Necesito un lugar donde pensar, Lago. Y necesito los archivos de su comisaría. Todo lo relacionado con incidentes en el puerto, desapariciones, contrabando… especialmente de 1879 en adelante.
—Holmes, usted ha oído al comisario… —comenzó Lago, con voz débil.
—He oído a un hombre asustado —cortó Holmes, su tono afilado como el filo de una navaja—. El miedo es un dato, inspector. Indica la presencia de algo lo suficientemente poderoso como para aterrorizar a un hombre con galones. Ese algo es lo que busco. ¿Tiene un despacho donde podamos trabajar sin ser interrumpidos por… fantasmas administrativos?
Lago tragó saliva. La lucha interna era visible en su rostro: el deber burocrático contra la curiosidad profesional, el miedo contra el deseo de resolver el caso que había manchado su carrera. Ganó lo último, ayudado, sin duda, por el desprecio que Riveiro había mostrado hacia él.
—Sí. Sí, lo tengo. Es pequeño y está lejos de la oficina del comisario. Seguidme.
El despacho del inspector Benito Lago era, efectivamente, una ratonera. Una habitación rectangular en el último piso de la comisaría, con una ventana que daba a un patio de luces cubierto de musgo y olvidado baldes oxidados. El aire olía a papel viejo, polvo y humedad persistente. Una mesa atestada de legajos, una silla de enea y dos taburetes de madera constituían todo el mobiliario. Para mí, evocaba el agobiante tedio de la burocracia; para Holmes, debía de parecer una mina de información sin explotar.
Sin quitarse el abrigo, Holmes se apropió de la silla y comenzó a pasar páginas de un registro de incidencias portuarias que Lago había sacado de una estantería tambaleante. Yo me acomodé en uno de los taburetes, observando cómo la luz grisácea de la tarde se desvanecía lentamente en la habitación. Lago encendió una lámpara de gas, cuya llama amarillenta proyectaba sombras danzantes sobre las paredes desconchadas.
—Inspector —dijo Holmes sin levantar la vista del libro—, hablemos de 1879. Usted mencionó un incidente. ¿Fue un error suyo, o un error del sistema?
Lago, apoyado contra el marco de la puerta como si temiera que alguien pudiera escuchar desde el pasillo, bajó la voz.
—Fue… una confusión. Una muerte en los muelles. Un estibador, un hombre llamado Orestes. Se dijo que fue un accidente, que cayó de una pila de cajas durante una descarga nocturna. El cuerpo apareció destrozado. Yo era joven, ambicioso. Las prisas por cerrar el caso, la presión de los armadores para no paralizar la actividad… firmé el informe de accidente laboral.
—¿Y no lo fue? —pregunté yo.
—Había discrepancias —susurró Lago—. El tipo de fracturas, la posición del cuerpo… pero las pruebas desaparecieron. El médico forense de entonces modificó su dictamen inicial. Los testigos cambiaron su declaración o se mudaron de la ciudad. Yo… miré para otro lado. Fue mi sombra, doctor Watson. La sombra que ha crecido todos estos años.
Holmes alzó por fin la mirada. No había reproche en sus ojos, sólo el frío interés del científico ante un espécimen raro.
—¿Y la conexión con nuestro caso? Dos hombres mutilados, con un símbolo ritual. ¿Qué tiene que ver con un estibador muerto hace una década?
—No lo sé con certeza —admitió Lago—. Pero desde entonces, el puerto… cambió. El contrabando, que siempre existió, se volvió más organizado, más violento, más silencioso. Y apareció un nombre, un apodo que se susurra en las tabernas de la Pescadería y en los muelles a altas horas de la noche: ‘El Fantasma’.
Holmes dejó escapar un sonido breve, casi un suspiro de satisfacción.
—Continúe.
—Nadie lo ha visto. O si lo han visto, no viven para contarlo. Controla el flujo de ciertas mercancías por el puerto. No sólo tabaco o alcohol. Hablan de opio, de cocaína… medicinas robadas, arte… Lo que sea valioso y pueda pasar desapercibido entre el bacalao y el hierro. Se dice que tiene a media policía portuaria y a buena parte de la aduana en nómina. Que sus barcos son fantasmas: entran, descargan en muelles privados o en calas apartadas, y se esfuman antes del amanecer.
—Un empresario del crimen —murmuré, recordando las palabras que Holmes había usado en el pasado para describir a ciertos cerebros del hampa londinense.
—Más que eso, Watson —dijo Holmes, y en su voz detecté un tono que me preocupó: una chispa de esa excitación malsana que precedía a sus periodos de intensa obsesión—. Un mito. Un espectro que se alimenta del miedo y la ambigüedad. Perfecto para ocultar algo más que contrabando. Perfecto para… enviar mensajes con cadáveres mutilados.
Se levantó y comenzó a pasear por el reducido espacio, sus largas piernas obligándole a dar vueltas como un felino enjaulado.
—Dos víctimas. La primera, un don nadie encontrado en una red, pero con las manos de un hombre que no trabajaba en el mar. La segunda, en un callejón, pero colocada allí. Un símbolo idéntico. Una mutilación precisa, casi quirúrgica. No es la obra de un mafioso común, inspector. Es demasiado… elaborado. Demasiado personal. A menos…
Se detuvo en seco.
—A menos que el mensaje no sea para la policía, ni para la ciudad. A menos que sea para ‘El Fantasma’. O desde ‘El Fantasma’. Una declaración de principios. Una advertencia a rivales. O una purga interna. La mano derecha amputada… ‘La mano que no debe tocar’. ‘La mano que vio algo’. ¿Qué vio nuestra primera víctima en los astilleros, Lago? ¿Algo relacionado con el negocio del Fantasma? ¿O algo relacionado con el ‘accidente’ de 1879?
Lago se frotó la cara. Parecía exhausto.
—No lo sé, Holmes. Lo juro. Pero hay un hombre… un informante. Un viejo marinero que bebe en ‘A Ferroada’, una taberna cerca del muelle de trasatlánticos. Él habla, si le pagan suficiente aguardiente y si cree que no lo van a delatar. Se hace llamar ‘Bocas’. Podría intentar hablar con él.
—Esta noche —dictaminó Holmes—. Watson y yo iremos. Usted, inspector, debe hacer algo igual de importante, y quizá más peligroso.
—¿Qué?
—Revisar los errores burocráticos. Los despistes. Los casos archivados demasiado rápido, las pruebas perdidas, los informes contradictorios de los últimos cinco años. No busque al asesino. Busque el patrón de la corrupción que lo permite. El Fantasma es una entidad, pero se mueve a través de papeles sellados, de miradas cómplices, de registros que nunca se hacen. Encuentre la grieta en el procedimiento. Esa es su especialidad, ¿no? La sombra de 1879 le ha enseñado a reconocerlas.
Era una tarea ingrata y monumental, pero Lago asintió con un atisbo de dignidad recuperada. Era algo concreto, algo dentro de las reglas, aunque destinado a subvertirlas. Era un hueso que Holmes le lanzaba para mantenerlo ocupado y útil.
‘A Ferroada’ era el antípoda exacto de cualquier club de caballeros de Londres. El olor era el primer muro: una espesa mezcla de humo de tabaco negro, sudor rancio, orina de pescado y el dulzón y penetrante aroma del aguardiente de orujo. El sonido era un rumor bajo y gutural de conversaciones en gallego, interrumpido por carcajadas broncas y el golpe seco de las cartas sobre madera sucia. La luz, escasa y rojiza, provenía de un par de faroles de aceite y del rescoldo de una chimenea donde hervía una olla de algo indefinible.
Holmes, con su aire de halcón extraviado en un gallinero, no pasó desapercibido. Las conversaciones se apagaron a nuestro paso. Docenas de ojos, duros y recelosos, nos siguieron. Yo me ajusté instintivamente el cuello de la chaqueta, sintiendo el peso de mi revólver en el bolsillo. No era la guerra de Afganistán, pero la hostilidad en el aire era igual de palpable.
En un rincón, junto a la barra de zinc rayada, un hombre viejo con la piel curtida como cuero viejo y una barba canosa y enmarañada sorbía lentamente de un porrón. Lago nos lo había descrito: ‘Bocas’. Por la forma en que sus ojos, pequeños y brillantes como cuentas de azabache, nos escudriñaron sin sorpresa, supimos que nos esperaba.
Holmes se sentó frente a él sin pedir permiso y colocó una moneda de plata sobre la mesa. Luego otra. El viejo no miró las monedas. Miró a Holmes.
—Vienen buscando fantasmas —dijo, con una voz rota por el ron y el salitre.
—Vengo buscando la verdad sobre dos hombres que ya no son fantasmas, sino cadáveres muy reales —replicó Holmes, su español formal contrastando con el dialecto del lugar—. Se dice que usted tiene oídos en los muelles.
—Tengo oídos, sí. Y también tengo ganas de seguir teniéndolos pegados a la cabeza.
—Las monedas son por la información. Mi discreción, por su cabeza.
‘Bocas’ tomó un trago largo. Finalmente, arrastró las monedas hacia sí con un dedo torcido.
—El primero. El de la red. No era de aquí. Portugués, de Póvoa de Varzim. Venía de vez en cuando. Pequeños encargos. Mensajero, a veces. Ojos muy abiertos.
—¿Qué vio? —pregunté yo, inclinándome.
El viejo me miró como si yo hubiera preguntado por el color del cielo.
—Vio la Sombra del Norte. Barco de carga. Noruego, dicen los papeles. Entra y sale cada luna nueva. Pero la noche que el portugués desapareció, la Sombra descargó en el Muelle de las Ánimas, a la hora del lobo. No contenedores de bacalao. Cajas pequeñas. Muy custodiadas. Hombres que no eran marineros. El portugués estaba escondido entre los bidones de combustible. Lo vieron. Se fue corriendo. Pero no corrió lo suficiente.
—¿Y el segundo? El del callejón —insistió Holmes.
—Ese… ese es distinto. Ese era Corbelo. Marino de los de antes. Buen hombre. O lo era. Hace unos meses empezó a tener… remordimientos. Hablaba de un accidente viejo. De un estibador llamado Orestes. Decía que no fue caída. Decía que lo empujaron. Y decía que sabía quién dio la orden.
El nombre ‘Orestes’ resonó en el aire viciado. La conexión se materializaba, tangible y siniestra.
—¿Quién? —la palabra de Holmes fue un susurro cortante.
‘Bocas’ miró a su alrededor, repentinamente pálido bajo su curtimiento.
—No dijo el nombre. Sólo dijo… ‘el que no tiene rostro’. ‘El que paga para que otros miren para otro lado’. Y empezó a pedir dinero. No mucho. Lo justo para callar. Le pagaron una vez, dos… La tercera vez, lo encontraron en el callejón.
Un chantajista. La segunda víctima no era un mensajero curioso, sino un extorsionador. El modus operandi cambiaba, pero el mensaje era el mismo: el silencio se compra, pero la amenaza se elimina. Y se elimina con una firma, con un símbolo que todo el que trabaja en el puerto debe aprender a temer.
—La Sombra del Norte —repitió Holmes—. ¿Dónde está ahora?
—Se fue al amanecer. Pero volverá. Siempre vuelve con la luna nueva. Dentro de tres noches.
Holmes asintió, se levantó y dejó caer otra moneda sobre la mesa.
—Para su silencio esta noche.
Salimos de ‘A Ferroada’ sintiendo el peso de esas miradas en nuestra espalda. La noche fría de Vigo nos recibió como un baño purificador. Holmes caminaba rápido, su mente claramente a toda velocidad, ensamblando piezas.
—Watson —dijo de pronto—, tenemos un barco fantasma que trae contrabando, un capo fantasma que lo controla, y dos muertes que huelen a ajuste de cuentas y a tapadera de un crimen antiguo. La elegancia de la mutilación sugiere un instrumento quirúrgico o una herramienta de precisión… quizá un gancho de estibador afilado como una cuchilla. El símbolo… un ojo que todo lo ve, en un triángulo invertido, el símbolo alquímico del agua, del caos… con llamas, o tentáculos. ¿Una advertencia sobre lo que se trae por mar? ¿Una marca del propio Fantasma? ¿O la firma de un asesino a sueldo con pretensiones artísticas?
Su voz sonaba vibrante, pero al llegar a la puerta de la modesta pensión donde nos alojábamos, cerca de la Puerta del Sol, noté un temblor en sus manos al buscar la llave. Una fina película de sudor perlaba su frente pálida.
—Holmes, está usted…
—Estoy perfectamente, Watson —interrumpió, pero su tono era demasiado abrupto—. El caso se complica. La niebla se espesa. Es cuando más se necesita claridad mental.
Entró en su habitación y cerró la puerta. Yo me quedé en el pasillo, con un nudo de aprensión en el estómago. Conocía demasiado bien esos signos. La melancolía, su demonio negro, lo acechaba cuando el estímulo intelectual se volvía demasiado intenso, demasiado caótico. Y la única forma en que sabía combatirla era con un estímulo químico más potente.
Pasé una noche inquieta. A la mañana siguiente, Holmes no apareció para desayunar. Cuando llamé a su puerta, una voz ronca me dijo que entrara. La habitación estaba en penumbra, las persianas cerradas. Holmes estaba sentado en una butaca, vestido, con la bata de casa sobre los hombros. Su rostro estaba demacrado, con ojeras profundas, pero sus ojos brillaban con una luz febril, antinatural. Sobre la mesilla, junto a una jeringuilla de cristal, había un pequeño frasco de morfina. Había perdido la batalla contra la niebla interior.
—Watson —dijo, y su voz sonaba extrañamente distante—, he estado pensando en la burocracia. Es la máquina perfecta para un fantasma. Se alimenta de papeles, no de personas. Borra huellas, no las crea. Lago debe estar revisando registros ahora. ¿Qué encontrará? Casos de contrabando cerrados por ‘falta de pruebas’. Denuncias de estibadores ‘retiradas’ por los propios denunciantes. Informes médicos de ‘accidentes’ con firmas ilegibles.
Se levantó y fue hacia la ventana, entreabrió una rendija. La luz gris del día lo hizo entrecerrar los ojos.
—El Fantasma no es un hombre, Watson. Es un sistema. Una red de complicidades que permite que la Sombra del Norte atraque y que hombres como Orestes o Corbelo desaparezcan. Nuestro asesino… es un componente de ese sistema. Un cirujano que amputa los tejidos infectados que podrían hacer colapsar todo el organismo. Es brillante. Terriblemente brillante.
Había admiración en su tono, una admiración que me heló la sangre.
—Holmes, ese ‘sistema’ ha matado a dos hombres. Y matará a más.
—¡Exactamente! —giró hacia mí, y por un momento vi el fuego del genio, no el del narcótico—. Por eso debemos atacar el sistema, no sólo al verdugo. Y para eso, necesitamos una reunión de equipo.
La reunión tuvo lugar en el despacho de Lago más tarde esa misma mañana. El aire era espeso, cargado de humo del cigarrillo de Holmes y de la tensión palpable. Además de Lago, estaba presente un joven agente de la policía portuaria, Serxio, a quien Lago parecía confiar. Era un hombre callado, de mirada inteligente, que tomaba notas en una libreta.
Lago tenía ante sí una pila de expedientes. Parecía haber envejecido diez años en una noche.
—Tiene razón, Holmes —comenzó, su voz cansada—. Los errores no son errores. Son un patrón. Aquí —señaló un dossier—, la denuncia de un guardacostas sobre un desembarco irregular en 1885. Archivada porque el oficial que la firmó fue transferido a La Coruña a la semana siguiente. Aquí, la desaparición de un aduanero en el 87. Cerrada como ‘probable accidente marítimo’ aunque el hombre no tenía barco. Y aquí… la joya de la corona.
Abrió una carpeta más gruesa.
—El informe original del médico forense sobre la muerte de Orestes, en el 79. El que desapareció. Lo encontré enterrado en un archivo de ‘casos resueltos pendientes de clasificación’. Nunca se clasificó, por supuesto. Y aquí está la página clave.
Holmes se abalanzó sobre el documento. Yo me acerqué para mirar por encima de su hombro. Era un informe técnico, con dibujos esquemáticos del cuerpo. Y en una nota al margen, escrita con una caligrafía temblorosa que luego fue tachada con enérgicas rayas negras, se leía: ‘Fracturas compatibles con impacto de herramienta contundente y pesada, no con caída. Presencia de residuos minerales negros, posiblemente grafito, en heridas.’
—Grafito —murmuró Holmes—. Como el de las minas de lápices. O como el lubricante usado en ciertos mecanismos de grúas y vagonetas de los astilleros.
—El informe final —continuó Lago—, el que yo firmé, decía simplemente ‘traumatismo múltiple por caída de altura’. Y lleva la firma del mismo forense, pero… es falsa. La comparé. Es una imitación burda.
—Un error burocrático facilitado —sentenció Holmes—. No, creado. Para proteger a alguien. Para proteger el negocio que ya entonces empezaba a florecer. El Fantasma no nació ayer. Lleva aquí, creciendo en las sombras del puerto, desde al menos 1879.
El agente Serxio alzó la mano tímidamente.
—Inspector, con permiso… hay otro ‘error’. De logística. Los turnos de vigilancia del Muelle de las Ánimas, donde ‘Bocas’ dice que descarga la Sombra del Norte. Los horarios se cambiaron hace seis meses. Por orden de la jefatura de la policía portuaria. Ahora, la ronda de la hora del lobo… pasa media hora antes de lo que solía. Deja una ventana.
—¿Quién firmó la orden del cambio? —pregunté.
Serxio palideció un poco.
—El comisario Riveiro. Como responsable último de la seguridad portuaria.
El nombre cayó en la habitación como una losa. Riveiro. El hombre que nos había advertido que nos fuéramos. El hombre cuyo miedo ahora adquiría un nuevo y repulsivo significado: no era miedo a un fantasma, sino miedo a que su complicidad, activa o pasiva, saliera a la luz.
Holmes no pareció sorprenderse. Asintió lentamente.
—La cadena de mando. La corrupción como protocolo. El Fantasma no necesita aparecer. Tiene un comisario que, por miedo, ambición o simplemente por estar atrapado en la red, mueve los hilos de la policía para él. Nuestro asesino es su brazo ejecutor. Un especialista. Y dentro de tres noches, la Sombra del Norte volverá.
Se puso en pie. La melancolía parecía haber sido barrida por un vendaval de fría determinación. Pero en sus ojos, detrás del acero, yo aún veía el brillo inquietante de la química y la obsesión.
—Inspector Lago, agente Serxio. Tienen una tarea. Documenten este patrón. Reúnan todas estas ‘anomalías’ burocráticas. No las confronten aún. Sólo recójanlas. Watson, usted conmigo. Tenemos que averiguar qué trae ese barco que vale tanto como para matar por ello. Y sobre todo, tenemos que dar un rostro a ese brazo ejecutor. Porque la próxima víctima puede no ser un chantajista o un mensajero. La próxima víctima —dijo, y su mirada se posó en cada uno de nosotros— podría ser cualquiera que se interponga en la ventana de media hora que un error de turnos ha creado en el Muelle de las Ánimas.
La reunión se disolvió en un silencio cargado. No había giro espectacular, ni revelación de un villano con monólogo. Sólo había el lento y metódico descubrimiento de cómo la maquinaria del crimen se había engranado con la maquinaria del Estado, y cómo un hombre, o un espectro, utilizaba ambas con una eficiencia aterradora. Holmes había personalizado al antagonista: ya no era un asesino, era ‘El Fantasma’, una entidad hecha de miedo, corrupción y oportunidad. Y al hacerlo, había mostrado la primera y peligrosa grieta en su propia armadura, recurriendo a la cocaína para mantener a raya las sombras que el caso estaba convocando, tanto fuera como dentro de sí mismo.
Capítulo 5: El Secuestro en la Niebla
La niebla, esa maldita niebla de Vigo, había dejado de ser un telón de fondo para convertirse en un personaje más, un cómplice silencioso que envolvía cada movimiento y ahogaba cada sonido. Regresábamos a la comisaría desde A Ferroada, el eco de las palabras de Bocas aún resonando en mis oídos como el rumor lejano del mar. Holmes caminaba a mi lado con una energía contenida, febril, sus ojos escudriñando la bruma gris como si pudiera desgarrarla con la fuerza de su voluntad.
—Dos víctimas, Watson —murmuró, más para sí mismo que para mí—. Un espía y un extorsionador. El hilo conductor no es el crimen, sino el castigo. Alguien está administrando justicia en el puerto, una justicia salvaje y simbólica. Y ese símbolo… ese ojo… es su firma, su sentencia.
El inspector Lago nos esperaba en su despacho, su rostro marcado por una fatiga que iba más allá de lo físico. Sobre su escritorio, una pila de legajos polvorientos esperaba.
—He estado revisando los archivos, como sugirió, señor Holmes —dijo, pasando una mano por su frente—. Casos cerrados como accidentes laborales en los astilleros entre 1878 y 1880. Hay… discrepancias. Más de las que recordaba. O de las que quise ver.
Holmes se abalanzó sobre los documentos con la avidez de un buitre. Yo me acomodé en una silla dura, observando el juego de luces y sombras que la lámpara de gas proyectaba sobre las paredes desconchadas. El olor a humedad, a papel viejo y a tabaco barato era casi tangible.
—Aquí —anunció Holmes al cabo de unos minutos, clavando un dedo en una página—. Orestes no fue el único. Tres muertes más en ese periodo, todas atribuidas a ‘caídas fortuitas’ o ‘manipulación incorrecta de maquinaria’. Todos hombres que, según notas marginales, habían presentado quejas sobre condiciones de trabajo o habían tenido ‘desavenencias’ con los capataces. Y todos los informes llevan la misma rúbrica de cierre.
—La del comisario de entonces —concluyó Lago, con amargura—. Mi predecesor. Un hombre con… conexiones.
—Corrupción institucionalizada —musitó Holmes, y en su voz había un tono de satisfacción macabra, como si el hallazgo confirmara una teoría particularmente desagradable—. El error de 1879 no fue un error, inspector. Fue un patrón. Y alguien, una década después, está sacando los trapos sucios a la luz, cosiéndolos con hilo de sangre.
La puerta se abrió entonces, bruscamente. Un agente joven, con el rostro pálido y el uniforme desaliñado, jadeaba en el umbral.
—Inspector… señores… ha llegado un aviso. De la calle de la Pescadería. La mujer del pescador Anselmo, el del Bonxé, está aquí. Dice que su marido no ha vuelto a casa. Y que… que antes de salir anoche, le dijo que tenía que hablar con la policía. Que había recordado algo de la noche en que encontró al muerto.
Una corriente de aire frío recorrió la estancia. Holmes se irguió, toda su atención concentrada en el agente.
—¿Cuándo salió?
—Anoche, después del toque de queda. Dijo que iría a echar un vistazo a su barca, por si olvidaba algo. No ha vuelto.
Lago maldijo entre dientes y se puso en pie. —Trae a la mujer. Ahora.
La señora Anselmo era una mujer menuda, encogida por el trabajo y la preocupación, con las manos enrojecidas y un pañuelo negro apretado entre los dedos. Su relato, entrecortado por sollozos, fue desgranando una nueva capa de horror.
—Él no quería hablar, señores —dijo, con la voz quebrada—. Desde que sacó… aquello… de la red, no era el mismo. Dormía poco, saltaba con cualquier ruido. Anoche, cenando, se puso pálido de repente. Dijo: ‘María, lo vi. Esa noche, antes de encontrar al pobre desgraciado, vi una lancha. Rápida, sin luces. Se acercó al Sombra del Norte y subieron un bulto grande, alargado… como un fardo, pero rígido’. Se le quedó mirando la cara al que dirigía la operación, desde lejos, con la luna entre nubes. Dijo que era un hombre alto, con un abrigo claro y… y que llevaba algo en la mano. Algo que brilló. Como una herramienta.
—¿Una herramienta? —preguntó Holmes, suavemente, inclinándose hacia ella sin invadir su espacio.
—No sé, señor. Un destello. Él dijo que tenía que decírselo al inspector Lago. Que igual era importante. Salió y… y ya no volvió.
Holmes se volvió hacia Lago, y en sus ojos grises ardía una luz gélida.
—Su testigo clave, inspector. El único que puede identificar, aunque sea a medias, al hombre que probablemente subió al barco con el cadáver. Y ahora ha desaparecido. No es una coincidencia. Lo han tomado.
—¿Quién? —pregunté, aunque temía la respuesta.
—El Fantasma —respondió Lago, con voz sombría—. O sus hombres. Anselmo habló de más. En el puerto, las paredes tienen oídos. Y la lengua suelta es un pasaporte al fondo de la ría.
La operación para encontrar a Anselmo se puso en marcha con una lentitud burocrática que a Holmes le hizo hervir la sangre. Lago, actuando con una determinación renovada que parecía brotar de la culpa por su pasado, intentó movilizar a sus hombres. Pero la maquinaria policial de Vigo era pesada, oxidada por la desconfianza y la jerarquía.
Necesitaba autorización del comisario Riveiro para una búsqueda a gran escala, especialmente si implicaba registrar muelles o barcos privados. Riveiro, como era previsible, puso pegas.
—Inspector Lago —dijo, desde detrás de su amplio escritorio de caoba, en un despacho que olía a cera y a poder—. Un pescador borracho que no vuelve a casa después de una noche de juerga no es motivo para alarmar a medio puerto. Los negocios aquí son delicados. No podemos andar asustando a los armadores con registros indiscriminados basados en… ¿en qué? ¿En el presentimiento de un detective inglés?
Holmes, que había insistido en acompañar a Lago, permaneció en silencio durante la mayor parte de la entrevista, observando a Riveiro con la intensidad de un entomólogo ante un espécimen peculiar. Pero en ese momento habló, y su voz, clara y cortante como el cristal, llenó la habitación.
—Señor comisario, no se trata de un borracho extraviado. Se trata de un testigo material de un asesinato, que ha expresado su intención de declarar y que ha desaparecido en circunstancias sospechosas menos de doce horas después. La estadística criminal, incluso la más básica, indica una probabilidad superior al ochenta por ciento de que sea víctima de un acto violento para impedir su testimonio. Cada minuto de dilación reduce sus posibilidades de supervivencia en un factor significativo.
Riveiro enrojeció levemente. —Señor Holmes, respeto su fama, pero esto es Vigo, no Londres. Aquí las cosas se hacen con orden. Presentaré la solicitud por los cauces pertinentes. Mañana, a primera hora, tendré una respuesta.
—Mañana —repitió Holmes, y en esa sola palabra hubo un mundo de desprecio—. Muy bien. Entonces, con su permiso, emplearé los métodos de Vigo.
Nos retiramos, la frustración era un nudo en el estómago. En el pasillo, Lago se golpeó el muslo con el puño cerrado.
—Es inútil. Lo tiene atado. Riveiro no quiere que este caso avance. O está asustado, o está comprado.
—Ambas cosas, probablemente —concluyó Holmes, ya encaminándose hacia la salida—. Pero la marea y los criminales no esperan a los formularios en triplicado, inspector. Watson, conmigo.
No regresamos a nuestra pensión. Holmes me condujo, a través de la niebla que ahora se teñía del anaranjado sucio del atardecer, hacia el muelle norte, lejos de los astilleros principales, donde se apiñaban barcazas de pesca más pequeñas y embarcaciones de aspecto dudoso. El aire olía a salitre, a aceite rancio y a pescado en descomposición. El sonido de las olas chocando contra los pilotes de madera podrida era un ritmo lúgubre y constante.
—¿Adónde vamos, Holmes? —pregunté, tratando de no resbalar en los adoquines húmedos y cubiertos de algas.
—A pensar, Watson. A aplicar la razón a un problema concreto. Tenemos un hombre secuestrado, presumiblemente por individuos conectados con el contrabando y, ahora lo vemos, con una red de encubrimiento de asesinatos que se remonta décadas. No lo matarán inmediatamente. Es un activo, un peón. Lo interrogarán para saber qué ha contado y a quién. Luego… —Hizo una pausa significativa—. Pero ese ‘luego’ nos da un margen. Un margen que se mide en horas, no en días.
Se detuvo frente a una caseta de herramientas abandonada, apoyó la espalda en su pared de madera carcomida y cerró los ojos. Yo conocía ese estado. Era como si se desprendiera del mundo sensorial para sumergirse en el océano de sus deducciones.
—Factores —murmuró—. El secuestro ocurrió anoche, después del toque de queda. La zona del puerto está relativamente desierta entonces, pero no vacía. Hay vigilancia, aunque sea corrupta. Ergo, necesitaban un lugar cercano, discreto, donde poder trasladar a un hombre sin llamar la atención. No lejos de la calle de la Pescadería, donde vive Anselmo. El sonido viaja mal en la niebla, pero un forcejeo, un grito… podría oírse. Así que lo abordaron con promesas o amenazas, y lo llevaron caminando, o lo subieron a un vehículo muy cerca.
Abrió los ojos y señaló hacia el este, donde la línea de muelles se curvaba siguiendo la orilla.
—Allí. Los antiguos almacenes de salazón. En desuso desde hace años, propiedad de una sociedad fantasma que, según el murmullo de Bocas, está vinculada al Sombra del Norte. Son estructuras de piedra, aisladas, con acceso directo al agua por compuertas traseras que se usaban para descargar la sal. El lugar perfecto para esconder un secreto… o a un hombre.
—Pero es una conjetura, Holmes —objeté—. Podría estar en cualquier sitio.
—No, Watson —replicó, con esa seguridad que tantas veces me había exasperado y maravillado—. Es una deducción basada en la psicología del criminal y la geografía del crimen. El Fantasma, quienquiera que sea, opera desde la sombra, pero su poder se ejerce desde puntos de control físicos. El barco es uno. Esos almacenes, abandonados pero estratégicos, son otro. Además —añadió, señalando el suelo fangoso—. Las ruedas de carro que pasaron por aquí anoche llevaban una carga pesada. Y mira estas huellas…
Me acerqué. Entre el barro y los detritos, apenas visibles, se distinguían las marcas profundas y rectas de unas ruedas de carro de mano. Y junto a ellas, la huella clara de una bota de trabajo, grande, junto a otras más pequeñas y desordenadas que parecían arrastradas.
—Alguien fue transportado, o algo muy pesado —dijo Holmes—. Y la dirección, Watson. Mira la dirección.
Las marcas se perdían, efectivamente, hacia la masa oscura y almenada de los antiguos almacenes de salazón.
La decisión estaba tomada. Holmes envió un mensaje urgente a Lago, pidiéndole que acudiera con hombres de su máxima confianza, si es que tenía alguno, y que lo hiciera con la mayor discreción. Mientras esperábamos, ocultos en la penumbra de un montón de redes viejas, la noche cayó sobre Vigo como un manto pesado. La niebla se espesó, tragándose los contornos de los faroles y convirtiendo el mundo en un limbo gris y húmedo. El sonido de nuestras propias respiraciones me parecía ensordecedor.
—Holmes —susurré al cabo de un tiempo—. Esto es una locura. Somos dos, contra no sabemos cuántos. Y la policía…
—La policía, Watson, es ahora mismo el enemigo. O al menos, una parte significativa de ella. Confiemos en que el inspector Lago haya redimido algo de su valor. Si no… —Dejó la frase en el aire, y en la oscuridad vi el brillo metálico del revólver que sacaba del bolsillo de su abrigo.
Lago llegó casi una hora después, acompañado únicamente por dos agentes jóvenes de rostros serios y determinados. Traían linternas de mano y sus porras, pero nada más.
—Es todo lo que pude conseguir sin levantar sospechas —explicó Lago, sin aliento—. Riveiro ha dado orden de que ningún agente se involucre en ‘aventuras nocturnas’ sin su autorización expresa. Estos dos… son de los míos. Sus padres fueron pescadores.
Holmes asintió, sin hacer comentarios sobre el exiguo refuerzo. —Bien. La discreción es nuestra única aliada. Los almacenes tienen una entrada principal, con candado oxidado pero posiblemente vigilada desde dentro, y las compuertas traseras que dan al agua. Nos dividiremos. Inspector, usted y uno de sus hombres toman la entrada principal. Hagan ruido, fingan una inspección rutinaria de edificios abandonados. Si hay alguien, los distraerán. Watson, el otro agente y yo intentaremos acceder por las compuertas. La marea está baja, debería haber un espacio para deslizarse.
El plan era temerario, pero no había tiempo para mejores. Con el corazón golpeándome las costillas, seguí a Holmes y al joven agente, llamado Rafael, por un estrecho sendero que bordeaba la orilla. El agua, negra y oleosa, lamía las piedras a nuestros pies. El olor a podredumbre era aquí aún más fuerte.
La parte trasera de los almacenes era una pared de piedra musgosa con tres grandes compuertas de madera, semiderruidas. Una de ellas, la central, estaba ligeramente desencajada. Holmes se acercó y, con un gesto para que nos quedáramos atrás, aplicó el oído a la rendija.
Durante un momento, solo hubo silencio. Luego, un sonido. Un gemido ahogado, seguido de una voz áspera y baja.
—…para que cantes todo lo que le dijiste al inspector. Y luego, amigo, un paseíto por la ría. Como el otro.
Holmes se volvió hacia nosotros, sus facciones eran una máscara de fría determinación en la penumbra. Asintió. Era allí.
Con un esfuerzo conjunto y en silencio, logramos hacer palanca en la madera podrida hasta abrir un espacio suficiente para colarnos. El interior era una caverna de oscuridad y olores: a sal vieja, a moho, a ratas. Un débil resplandor procedía de una habitación lateral, donde se filtraba la luz de una lámpara de aceite.
Nos deslizamos como sombras, apoyándonos en las pilas de barriles vacíos y vigas caídas. Desde la habitación iluminada, las voces se oían más claras.
—…nada más, se lo juro —era la voz temblorosa, aterrorizada, de un hombre que sin duda era Anselmo—. Solo les dije a mi mujer lo de la lancha y el hombre del abrigo. No dije nada del símbolo, no lo vi, se lo juro por mis hijos…
—El hombre del abrigo —repitió otra voz, más fría, educada, y que me hizo estremecer por su tono deliberadamente calmado—. ¿Lo reconocerías?
—No… no sé. Fue un momento. La luna… llevaba un sombrero.
—Una lástima. Porque él está muy interesado en que no lo reconozcas.
Holmes hizo un gesto rápido. Rafael y yo nos colocamos a cada lado de la entrada abierta. Él se acercó al borde y echó un vistazo rápido. Al retirarse, su expresión era grave. Me señaló a mí, luego hizo el gesto de sostener un arma y apuntar. Había al menos dos hombres armados dentro.
En ese preciso instante, desde el frente del edificio, llegó el sonido de unos golpes fuertes y la voz de Lago, pretendiendo autoridad: —¡Policía! ¡Abran en nombre de la ley!
Dentro de la habitación hubo un momento de caos. Una maldición, el ruido de una silla al caer. Holmes no esperó más. Con un movimiento felino, se lanzó al interior.
—¡Quietos! —gritó.
Yo lo seguí, con mi revólver en la mano. La escena que se presentó ante mis ojos quedaría grabada en mi memoria. En una silla, atado y con el rostro magullado, estaba Anselmo, el pescador. Frente a él, dos individuos de aspecto rudo, con chaquetas de marinero, habían echado mano a sus cuchillos. Y en un rincón, de pie, con una elegancia sombría que contrastaba grotescamente con el entorno, estaba un tercer hombre. Alto, delgado, con un abrigo color crema inmaculado y un sombrero de fieltro. En su mano, no una herramienta, sino un bastón de puño de plata que en ese momento brilló bajo la luz de la lámpara. Su rostro estaba en sombras, pero sentí su mirada fija en Holmes con una intensidad casi física.
—Sherlock Holmes —dijo el hombre del abrigo claro, y su voz era suave, meliflua, pero con un filo de acero—. Me halaga que haya venido en persona. Pero se ha equivocado de noche. Esta no es su función.
—El Fantasma, supongo —replicó Holmes, manteniendo su revólver apuntado al hombre, aunque los otros dos matones eran una amenaza más inmediata—. O su emisario. El juego ha terminado. Su red de contrabando y asesinato se desmorona.
El hombre sonrió, un gesto frío que no llegó a sus ojos. —Nada se desmorona, señor Holmes. Solo se transforma. Y usted es… una variable inesperada. Pero las variables se controlan. O se eliminan.
Uno de los matones, viendo a Rafael y a mí distraídos por la tensión del intercambio, se abalanzó hacia Anselmo con el cuchillo en alto, claramente con intención de silenciarlo para siempre. No lo pensé. Disparé.
El estampido fue atronador en el espacio cerrado. El hombre cayó con un grito, agarrado a su hombro. El otro matón se lanzó hacia mí, pero Rafael lo interceptó con su porra, trabándose en una lucha violenta y silenciosa.
El hombre del abrigo claro no se inmutó. Con una calma aterradora, alzó su bastón. No era un bastón ordinario. Con un chasquido seco, una hoja larga y delgada de acero brillante surgió de su punta.
—Una adaptación personal —dijo, avanzando hacia Holmes—. La elegancia y la eficacia no están reñidas.
Holmes, con un movimiento rápido, descargó el cargador de su revólver contra la lámpara de aceite, sumiendo la habitación en una oscuridad casi total, salvo por la tenue luz que entraba por la puerta. Oí el silbido del estoque al cortar el aire, el roce de unos pies sobre el suelo de tierra, un jadeo.
—¡Watson, los papeles! —gritó la voz de Holmes desde la oscuridad—. ¡En el abrigo!
Me abalancé hacia donde había estado el hombre del abrigo, tropezando con cuerpos. Mis manos encontraron la tela fina y rasgada de un abrigo claro, tirado en el suelo. Lo palpé frenéticamente. En un bolsillo interior, un fajo de documentos. Los agarré.
En ese momento, llegaron Lago y su otro agente por la entrada principal, con las linternas encendidas. Los haces de luz barrieron la escena caótica: el matón herido gimiendo, Rafael forcejeando con el otro, Anselmo atado y aterrorizado, y a Holmes, de pie en el centro, con un corte sangrante en el antebrazo, frente a la puerta trasera abierta que daba al muelle. Del hombre del estoque no había rastro. Solo su sombrero de fieltro, abandonado en el suelo.
Había escapado, tragado por la niebla.
La operación, a medias exitosa, a medias desastrosa, había concluido. Habíamos rescatado a Anselmo, vivo pero traumatizado. Habíamos herido a uno de los secuaces y capturado al otro. Y habíamos obtenido unos papeles que, según Holmes, eran la clave. Pero el Fantasma, o su brazo ejecutor, se había esfumado. Y había herido a Holmes.
De regreso a la comisaría, con Anselmo bajo custodia protectora y los prisioneros esposados, el ambiente era sombrío. La herida de Holmes era superficial, y yo la vendé en el despacho de Lago, pero el corte hecho por aquel estoque oculto era limpio y preciso, una marca de profesionalismo inquietante.
—No era un matón de puerto, Watson —murmuró Holmes, mientras yo terminaba el vendaje—. Su esgrima… es de salón. Culta. Este hombre tiene educación, recursos. Es la mano derecha, en el sentido más literal.
Lago examinaba los documentos que habíamos recuperado. Eran facturas de aduana falsificadas, registros de descargas no declaradas en el Sombra del Norte, y… una lista de nombres. Nombres de policías, funcionarios de aduanas, capataces de astilleros. Con cantidades anotadas junto a ellos. Y al final de la lista, una rúbrica, un garabato elegante e ilegible.
—La red de pagos —dijo Lago, pálido—. La lista de la corrupción. Y aquí… —Señaló un nombre, varias veces subrayado—. Riveiro. No solo está comprado. Está en el centro.
En ese momento, la puerta del despacho se abrió de par en par. El comisario Riveiro estaba allí, con el rostro congestionado de ira. Detrás de él, varios agentes de aspecto duro, leales a él.
—Inspector Lago —tronó—. ¿Qué demonios es esta farsa? ¿Asaltos ilegales a propiedad privada, tiroteos, detenciones sin mi autorización? ¡Está suspendido de servicio efectivo! Y ustedes —añadió, clavando sus ojos en Holmes y en mí—, extranjeros entrometidos, tienen doce horas para abandonar Vigo. Si no, serán detenidos por obstrucción a la justicia y agresión a agentes de la autoridad.
La amenaza flotaba en el aire, pesada y real. Holmes no se inmutó. Con calma, alzó los papeles que Lago aún sostenía.
—Creo, señor comisario, que la justicia a la que obstruimos es la suya. Y que estos documentos, que detallan sus… transacciones con ciertos intereses del puerto, serán de gran interés para las autoridades de Madrid, o incluso para la prensa de Oporto.
Por un instante, el rostro de Riveiro fue una máscara de puro odio y miedo. Luego, se recomponía, con un esfuerzo visible.
—Papeles robados, falsificaciones. No prueban nada. Pero mi orden sí es real. Salgan. Ahora.
Era un punto muerto. Un punto muerto peligroso. Nos retiramos, llevándonos a Anselmo y los papeles, bajo la mirada furibunda de Riveiro y sus hombres. La comisaría ya no era un refugio. Era otra ratonera.
En la calle, la niebla era más espesa que nunca. Holmes, con el brazo vendado, miraba hacia el puerto invisible.
—Lo que está en juego ha cambiado, Watson —dijo, y su voz tenía un tono que no le había oído antes, una mezcla de excitación y de profunda preocupación—. Ya no se trata de resolver un asesinato simbólico. Se trata de una guerra por el control de esta ciudad. Hemos herido a la bestia, y ahora enseñará los colmillos. Anselmo es un testigo, pero estos papeles… son la sentencia de muerte de media docena de hombres poderosos. Y Riveiro no se detendrá ante nada para recuperarlos.
—¿Qué hacemos? —pregunté, sintiendo el peso de la noche y de la hostilidad de la ciudad sobre los hombros.
—Nos atrincheramos —respondió Holmes, con decisión—. Y damos el siguiente paso lógico. Si el Fantasma controla el puerto desde la sombra, y su brazo ejecutor es un hombre culto con un estoque, entonces la respuesta no está en los muelles. Está en el lugar donde el poder de Vigo se viste de respetabilidad. Mañana, Watson, visitaremos el Club Marítimo. Y desentrañaremos, de una vez por todas, quién es el hombre detrás del símbolo del ojo.
Pero mientras caminábamos hacia nuestra pensión, acechados por la niebla y por ojos invisibles, supe que la noche aún no había terminado. Y que el precio por haber desafiado al Fantasma aún no se había pagado por completo.
Capítulo 6: El Enfrentamiento en los Astilleros
La niebla había descendido sobre los muelles como un sudario húmedo y frío, devorando los contornos de las grúas y transformando las luces de los faroles en manchas amarillentas y difusas. El aire olía a salitre, a óxido y a ese hedor dulzón y penetrante de la pescadería cerrada. Desde nuestra posición, agazapados detrás de una pila de viejos bidones de aceite frente a los almacenes de salazón abandonados, el edificio se alzaba como una mole de sombras, un rectángulo negro más denso que la noche.
Holmes, inmóvil a mi lado, era apenas un perfil esculpido en la penumbra. Su respiración era tan lenta y medida que parecía suspendida. A su otro flanco, el inspector Lago se ajustaba nerviosamente el cuello de la gabardina. Había logrado reunir a tres agentes de su confianza: dos jóvenes de mirada alerta y un veterano con el rostro surcado de arrugas y cicatrices, llamado Castro. Eran todo lo que quedaba de una autoridad erosionada por la desconfianza.
—El informe de vigilancia es claro —murmuró Holmes, sin apartar los ojos del edificio—. Entraron con él hace tres horas. Dos individuos. No han vuelto a salir. Las ventanas del piso superior están tapiadas con tablones, pero hay luz en la planta baja, filtrada por las rendijas de la puerta principal.
—¿Está seguro de que es Anselmo? —pregunté en un susurro.
—La descripción coincide: hombre de edad avanzada, complexión fuerte, cojeando ligeramente de la pierna izquierda. Lo arrastraron. No caminaba por voluntad propia.
Lago tragó saliva con un sonido audible.
—Riveiro tiene hombres patrullando el muelle norte. Si esto sale mal… si hay un tiroteo…
—Si esto sale mal, inspector —cortó Holmes, con esa frialdad de acero que adoptaba ante la acción inminente—, lo que quedará de su carrera será lo de menos. Lo que importa es el hombre que está dentro. Y la verdad que lleva en la cabeza.
Su tono no admitía réplica. Había en sus ojos ese brillo febril, esa intensidad casi sobrenatural que reemplazaba a la cocaína en momentos como este. La razón, pura y aplicada, era su estimulante definitivo.
Dividimos el asalto en dos grupos. Castro y uno de los jóvenes rodearían por la parte trasera, donde según los planos que Lago había conseguido a duras penas, había una puerta de carga medio desencajada. Holmes, Lago, el otro agente y yo tomaríamos la entrada principal. La señal sería un silbido agudo de Castro.
Los segundos se arrastraban, pesados como el plomo. El sonido lejano del agua chapoteando contra los pilotes, el crujido ocasional de la madera podrida, el susurro de la niebla moviéndose. Sentí el peso frío del revólver en mi bolsillo, pero la verdadera arma, lo sabía, estaba en la mente del hombre a mi lado.
El silbido llegó, breve y estridente, cortando la bruma.
Nos movimos.
Holmes fue el primero, cruzando el espacio abierto con la agilidad de un felino, sin hacer ruido. Le seguimos, una sombra tras otra. La puerta principal era de madera maciza, reforzada con bandas de hierro ya carcomidas por el óxido. Holmes examinó la cerradura un instante, luego hizo una seña al agente más corpulento. Un golpe seco y enérgico del hombro, y la madera, más podrida de lo que parecía, cedió con un quejido desgarrador.
Nos precipitamos dentro.
El interior era una caverna de olores agrios: a salmuera rancia, a madera húmeda, a ratón. La luz provenía de una única lámpara de petróleo colgada de una viga, que proyectaba círculos danzantes de claridad y sombra sobre montones de sacos vacíos y restos de maquinaria oxidada. Y allí, en el centro del claro, atado a una silla con cuerdas que le mordían la carne de los brazos, estaba Anselmo. Tenía un ojo hinchado y cerrado, y un reguero de sangre seca le bajaba desde la sien hasta la barba canosa. Pero estaba vivo. Sus ojos, el que podía abrir, se clavaron en nosotros con una mezcla de terror y esperanza desesperada.
No había nadie más a la vista.
—¡Cuidado! —gritó Holmes de pronto, y su voz resonó en el vacío del almacén.
El disparo sonó como un trueno en el espacio cerrado. La bala pasó silbando y se incrustó en la pared de madera a centímetros de la cabeza de Lago. El fogonazo había venido de arriba, de una especie de galería o pasillo elevado que recorría el perímetro del almacén.
—¡Planta alta! —ordenó Holmes—. Castro, por la escalera trasera. Los demás, cubran a Anselmo!
Se desató el caos. Otro disparo. El agente joven que estaba con nosotros gritó y se llevó la mano al brazo, cayendo de rodillas. Yo me arrastré hacia él, arrastrándolo detrás de una pila de sacos, mientras Lago respondía al fuego con su revólver, los disparos retumbando ensordecedoramente.
Arriba, se oyeron pasos apresurados, una maldición, y luego el sonido de una lucha cuerpo a cuerpo. Castro y su compañero habían llegado.
Holmes, en vez de buscar refugio, se había quedado de pie en el claro, inmóvil, escaneando la galería con la mirada de un halcón. De repente, señaló.
—¡Watson! ¡La escalera de la izquierda! ¡Baja!
Una figura emergió de las sombras de la galería y comenzó a descender a trompicones la escalera de caracol de hierro. No era un matón cualquiera. Vestía un abrigo largo y oscuro, y en la mano, en vez de un revólver, llevaba un objeto alargado y metálico que reflejó la luz de la lámpara: una llave inglesa grande, de las usadas en los talleres de los astilleros. La misma herramienta, sin duda, que Anselmo había visto brillar en la noche del asesinato.
Era un hombre de edad, quizás sesenta años, pero de complexión poderosa, ancha de espaldas. Su rostro, iluminado de soslayo, tenía una dureza tallada por el tiempo y la intemperie, pero también algo más: una inteligencia fría y calculadora en los ojos, que no reflejaba el pánico, sino una furia contenida.
—¡Alto! ¡Policía! —gritó Lago, apuntándole.
El hombre se detuvo a mitad de la escalera. Su mirada barrió la estancia, pasó por encima de Lago, de mí atendiendo al herido, y se clavó en Holmes. Y en ese instante, vi algo reconocerse. Una chispa de conocimiento mutuo, de adversarios que se miden por primera vez en el campo de batalla.
—Usted —dijo el hombre, y su voz era grave, ronca por el tabaco y la sal—. El inglés entrometido. El que hace preguntas.
—Y usted —replicó Holmes, con una calma que helaba la sangre— es el hombre que talla ojos en triángulos invertidos en el pecho de sus víctimas. El que mutila cadáveres para enviar mensajes. El que secuestra a pescadores ancianos. Un policía, en otro tiempo. O eso aparenta.
El hombre, a quien Holmes llamaba sin nombrarlo aún, esbozó una sonrisa torcida, sin humor.
—La ley es un traje que se pone y se quita, señor Holmes. A veces aprieta. A veces protege. Y a veces… es solo un disfraz para hacer el trabajo sucio que otros no se atreven a hacer.
—¿Qué trabajo? —preguntó Lago, avanzando un paso, su arma temblando ligeramente—. ¿Asesinar a hombres indefensos? ¿Aterrorizar al puerto?
—¡Cállate, Benito! —rugió el hombre, y la voz perdió su frialdad, cargándose de un desprecio visceral—. ¡Tú no tienes derecho a hablar de trabajo bien hecho! ¡Tú, que firmaste papeles para encubrir negligencias asesinas! ¡Tú, que dejaste que Orestes y otros como él fueran sólo números en un informe!
Lago palideció como si le hubieran golpeado. El nombre ‘Orestes’ resonó en el almacén como un lamento.
Holmes no se inmutó. Su mente, podía verlo, hilaba conexiones a una velocidad vertiginosa.
—Orestes. El accidente de 1879 en el astillero de Barreras. No fue accidente, ¿verdad? Fue un homicidio por negligencia criminal, encubierto por la empresa y por la policía de entonces. Usted lo sabía. Quizás incluso participó en el encubrimiento. Pero algo cambió.
El hombre bajó el último peldaño y se plantó en el suelo de tierra. Sostenía la llave inglesa como un garrote. Castro y el otro agente bajaban ahora por la escalera trasera, arrastrando a un segundo individuo, más joven y malherido.
—Algo cambió —asintió el ex policía, y su mirada perdió por un momento su dureza, volviéndose lejana, amarga—. Los muertos no descansan, inspector Lago. Sus fantasmas se pasean por los muelles. Y alguien tenía que hacerles justicia. Cuando la ley no es más que una puta vendida al mejor postor, la justicia… la justicia tiene que tomar otras formas.
—¿Justicia? —exclamé yo, incapaz de contenerme—. ¡Asesinando a un pobre diablo y tallándole un símbolo de loco en el pecho!
—¡Ese ‘pobre diablo’ no era inocente! —gritó él, volviéndose hacia mí con los ojos inyectados en sangre—. Era un chivato. Un traidor. Trabajaba para los nuevos dueños, para los que quieren blanquear el dinero de la droga con los astilleros. Él vio lo que no debía en los muelles, sí. ¡Vio cómo se seguían amañando las inspecciones, cómo se seguían mandando a hombres a la muerte por ahorrar unos maravedís! Y en vez de hablar, en vez de denunciar, fue a vendérselo a los otros lobos. Por eso el símbolo. El ojo que todo lo ve, en el triángulo invertido del orden corrupto, consumido por las llamas de la purificación. Él era el ojo. Y le corté la mano con la que firmaba sus informes de traición.
Un silencio pesante cayó sobre todos. La confesión, brutal y retorcida, colgaba en el aire viciado. Holmes asintió lentamente, como si acabaran de confirmarle una ecuación compleja.
—La víctima. El hombre del agua. Era un informante a sueldo de la nueva empresa que quiere comprar los astilleros. Usted lo descubrió. Y decidió ejecutarlo, pero no de cualquier manera. Como un ritual. Para enviar un mensaje a los demás. Para decirles que los ‘fantasmas’ del pasado, los muertos por negligencia, tenían un vengador. ¿Es así, inspector…? Perdón, ya no lo es. ¿Cómo debo llamarle?
El hombre respiró hondo. Parecía, por un instante, cansado hasta la médula.
—Me llamo Vilas —dijo—. Tomás Vilas. Y fui policía cuando eso significaba algo más que mirar para otro lado. El hombre al que maté se llamaba Roi Núñez. Y sí, era una rata. Como lo son todos los que se enriquecen con la sangre de los obreros. Como lo es Riveiro, que ahora trabaja para los mismos intereses. Él sabía lo que yo hacía. Me dejaba actuar. Hasta que el escándalo creció demasiado y usted apareció, señor Holmes.
—Entonces, el comisario Riveiro no solo obstruía la investigación para proteger a los empresarios —dijo Lago, con voz temblorosa de rabia—. ¡También le protegía a usted! ¡Le usaba como un perro rabioso para eliminar problemas!
Vilas soltó una risa corta, amarga.
—Yo no soy el perro de nadie, Benito. Yo elegí este camino. Riveiro solo abrió la jaula. Y ahora, como ves, la jaula se ha vuelto demasiado pequeña.
Sus ojos calcularon la distancia que le separaba de la puerta, aún abierta, que daba a la niebla. Castro y el otro agente bloqueaban el camino trasero. Lago y yo estábamos delante. Holmes, de pie en el centro, era la pieza inmóvil en el tablero.
—No puede escapar, Vilas —dijo Holmes, su voz clara como el cristal—. La justicia, la verdadera, no la suya, le alcanzará.
—La justicia —escupió Vilas—. Déjeme contarle algo sobre la justicia, señor Holmes. La justicia es lenta, es ciega y está maniatada por los mismos a los que debería ahorcar. Lo que yo hice… lo que yo hago… es eficaz.
Y entonces se movió. No hacia la puerta, sino hacia Anselmo, que seguía atado e indefenso en la silla. La llave inglesa se alzó, brillando con intención homicida. Era una distracción, una jugada desesperada, pero efectiva. Lago gritó y disparó, pero su tiro, precipitado, se fue a la madera. Castro avanzó.
Pero Holmes no se dejó distraer. No miró a Anselmo. Miró a los pies de Vilas, al suelo irregular de tierra y tablones sueltos. Y gritó:
—¡El tablón de la izquierda! ¡Está podrido!
Vilas, en su carga, pisó justo donde Holmes había indicado. La madera crujió y cedió bajo su peso. Su pierna se hundió hasta la rodilla en un agujero oculto, y con un grito de sorpresa y dolor, perdió el equilibrio. La llave inglesa salió volando de su mano y rodó por el suelo. Castro y el agente joven se abalanzaron sobre él, inmovilizándolo mientras él forcejeaba y maldecía.
Fue cuestión de segundos. Lo tenían.
Jadeante, Lago se acercó a Holmes.
—¿Cómo… cómo supo lo del tablón?
Holmes señaló con un leve gesto de la cabeza.
—Observación, inspector. El polvo se había asentado de manera uniforme en todo el suelo, excepto alrededor de ese tablón en particular, donde había sido alterado recientemente. Además, las huellas que vimos al entrar, las de los hombres que trajeron a Anselmo, daban un rodeo evidente alrededor de esa zona. Era una deducción elemental.
Mientras esposaban a Vilas, yo me acerqué a Anselmo y comencé a cortar sus ataduras con mi navaja. El viejo pescador me miraba con lágrimas de alivio surcando el barro y la sangre de su rostro.
—Gracias… gracias, señores —murmuró con voz ronca—. Él… él me preguntaba por la lancha. Por la noche del asesinato. Quería saber si había visto algo más… si podía identificar a alguien en la orilla.
—Descanse, Anselmo —le dije—. Ya está a salvo.
Pero al levantar la vista, vi que Holmes no compartía mi alivio. Se había acercado al lugar donde yacía la llave inglesa, y la observaba sin tocarla. Luego, su mirada se dirigió a Vilas, que ahora, sometido, parecía un animal viejo y derrotado.
—Hay una pieza que no encaja, Vilas —dijo Holmes, lentamente—. Usted es metódico. Ritualista. Su ‘justicia’ sigue un patrón. Pero el asesinato de Roi Núñez… fue desordenado. Apresurado. Casi improvisado. Para un hombre que planea sus ejecuciones como mensajes, es una anomalía.
Vilas guardó silencio, clavando la mirada en el suelo.
—Y luego está el detalle de la lana —continuó Holmes—. Un fragmento minúsculo de lana roja fina, de calidad superior, encontrado en la ropa de la víctima. No cuadra con su entorno, ni con usted. ¿De dónde salió?
El ex policía siguió callado, pero una tensión nueva recorrió su cuerpo.
Holmes se enderezó, y su mirada era ahora de pura y fría comprensión.
—Usted no actuó solo esa noche, ¿verdad? Hubo alguien más. Alguien que llevaba un abrigo o una prenda de lana fina. Alguien que estuvo allí, en el muelle, quizás supervisando, quizás… dando la orden. Usted es el brazo ejecutor, Vilas. Pero no es el cerebro de esta operación de ‘justicia’. Es solo un instrumento. Un instrumento útil, hasta que deja de serlo.
La implicación flotó en el aire, gélida y letal. Vilas había sido utilizado. Y si el verdadero poder detrás de estos asesinatos era aún más alto, más protegido que un comisario corrupto…
En ese momento, desde fuera, en la niebla, llegó el sonido de varias voces y pasos apresurados. Luces de linternas se acercaban.
—¡La policía! —gritó uno de los agentes jóvenes.
Pero no era el refuerzo que esperábamos. Por la puerta rota entró el comisario Riveiro, seguido de media docena de agentes con las armas desenfundadas. Su rostro, iluminado por la lámpara de petróleo, era una máscara de furia contenida y… ¿alivio?
—¡Inspector Lago! —tronó—. ¡Qué significa este despropósito! ¡Un tiroteo en los muelles! ¡Desobediencia flagrante!
Lago, pálido pero firme, se plantó frente a él.
—Hemos detenido al asesino, comisario. Tomás Vilas, expolicía. Confiesa el homicidio de Roi Núñez y el secuestro de Anselmo.
Riveiro miró a Vilas, esposado y ensangrentado. Su mirada fue rápida, impenetrable. Luego barrió la estancia, posándose en Holmes, en mí, en el agente herido que yo ya había vendado.
—Muy bien —dijo, con una calma repentina que era más aterradora que sus gritos—. Tomen al detenido. Trasládenselo a la comisaría. Y usted, inspector Lago, vendrá conmigo. Tenemos que redactar un informe. Un informe muy cuidadoso.
Sus hombres se hicieron cargo de Vilas, que no dijo una palabra, permitiendo que se lo llevaran. Solo al pasar junto a Riveiro, sus ojos se encontraron por una fracción de segundo. Y en ese intercambio mudo, creí ver algo: no complicidad, sino un mensaje. Una amenaza silenciosa.
Riveiro se volvió hacia Holmes.
—Señor Holmes. Su… intervención ha sido decisiva, según veo. La policía de Vigo le está agradecida. Pero el caso, a partir de ahora, es un asunto interno. Le ruego que, en lo sucesivo, deje el trabajo a las autoridades competentes.
Era una orden, disfrazada de ruego. Un despido elegante.
Holmes lo miró fijamente, con una sonrisa leve y fría que no llegaba a sus ojos.
—Por supuesto, comisario. Mi labor, como consultor, ha concluido. Al menos, la parte que concierne al brazo ejecutor.
Algo en su tono hizo que Riveiro parpadeara. Pero no dijo nada más. Con un gesto brusco, salió al exterior, seguido por sus hombres y por un Lago que me lanzó una última mirada cargada de inquietud antes de desaparecer en la niebla.
Quedamos solos en el almacén, Holmes, yo, Castro y el agente herido. El silencio volvió, ahora roto solo por el jadeo del herido y el goteo lejano de agua.
—Holmes —dije por fin—. ¿Crees que Riveiro…?
—No lo creo, Watson —interrumpió él, recogiendo con un pañuelo la llave inglesa del suelo, examinándola con atención—. Lo sé. Vilas no es más que el primer eslabón de una cadena que llega mucho más arriba. La lana roja, la orden apresurada, la obstrucción sistemática… Riveiro no solo protegía a Vilas. Lo dirigía. O al menos, era el canal a través del cual recibía sus órdenes de alguien más.
—¿De quién?
Holmes guardó la llave inglesa en el bolsillo de su abrigo, un trofeo macabro.
—De la persona o personas a las que Roi Núñez iba a delatar. Los nuevos intereses en los astilleros. El dinero que quiere lavarse aquí. Vilas era su justiciero privado, su perro de presa, útil para eliminar traidores y, de paso, sembrar el terror con su simbología de demente, desviando las sospechas hacia lo oculto, hacia lo irracional. Un plan inteligente, en su perversidad. Pero Vilas ha caído. Y ahora, el verdadero poder se sentirá expuesto. Y un animal acorralado…
No terminó la frase. No hacía falta.
—¿Qué haremos? —pregunté.
Holmes se volvió hacia la puerta, hacia la niebla impenetrable que ocultaba la ciudad y sus secretos. En sus ojos, el brillo febril no se había apagado. Se había transformado en algo más profundo, más peligroso.
—Lo que siempre hacemos, Watson. Seguir las pistas. La lana roja. Los movimientos de dinero en los astilleros. Las conexiones de Riveiro. Vilas ha sido el enfrentamiento, sí. Pero la guerra… la guerra apenas acaba de comenzar. Y el enemigo principal sigue ahí fuera, en la sombra, creyéndose a salvo.
Salimos del almacén. La niebla nos envolvió, fría y húmeda. A lo lejos, en el puerto, una sirena de barco lanzó un lamento largo y desolado, como el grito de un fantasma que, contra todo pronóstico, acababa de encontrar su voz.
Capítulo 7: El Orden en el Caos
La niebla de la madrugada en Vigo era una cortina de lino húmedo y gris, deshilachándose sobre los adoquines del muelle. El almacén abandonado, con su olor a salitre rancio y pescado seco, había quedado atrás, pero su sombra se aferraba a nosotros como un frío persistente. En el modesto despacho del inspector Benito Lago, en la comisaría del puerto, el aire era denso, cargado no solo con el humo del tabaco negro de Lago, sino con el peso de una confesión que aún resonaba en las paredes encaladas.
Tomás Vilas, el hombre que había sido ‘El Fantasma’, estaba ahora esposado en una celda del sótano. Su silencio era más elocuente que cualquier diatriba. Pero el caso, como bien sabía yo tras años junto a Holmes, rara vez terminaba con la captura de un solo hombre. Era una hidra; cortabas una cabeza y descubrías que el cuerpo estaba vivo, corrupto y envenenando todo a su alrededor.
Holmes, de pie junto a la ventana que daba a los muelles, observaba el ir y venir de las grúas como un maestro de ajedrez contemplando un tablero resuelto. Su perfil, afilado contra la luz plomiza, no mostraba la satisfacción del triunfo, sino la concentración abstracta del científico que ensambla la última pieza de un complejo mecanismo.
—Inspector —dijo sin volverse, su voz clara cortando la tensión de la habitación—. Le agradezco su rápida intervención esta noche. Ha salvado una vida. Pero la telaraña que hemos desenterrado no se limita a un justiciero trastornado.
Lago, sentado tras su escritorio abarrotado de papeles, frotaba sus ojos cansados. La revelación de su propio error en el caso de 1879 —aquella firma apresurada en un informe de accidente laboral que encubría una negligencia criminal— parecía haber encogido su corpulenta figura.
—Ya lo sé, señor Holmes. Lo de Vilas… es un cáncer que creció en nuestras propias entrañas. Un expolicía. Pero lo de Riveiro… —Su voz se quebró, no por miedo, sino por una rabia contenida y amarga—. El comisario. Esa es otra liga.
—Es la única liga que importa ahora —afirmó Holmes, girándose por fin. Sus ojos grises, límpidos y fríos, se posaron en Lago—. Vilas era el brazo ejecutor, un instrumento de una justicia torcida, pero su cruzada personal, aunque sangrienta, era limitada. Riveiro es el cerebro que permite que el verdadero veneno circule. El narcotráfico que Vilas creía combatir al matar a un informante como Roi Núñez es, en realidad, el negocio que Riveiro protege.
Yo, sentado en una dura silla junto a la estufa de hierro, anotaba en mi cuaderno. El calor era irregular, pero preferible al frío húmedo del exterior. —¿Las pruebas, Holmes? —pregunté—. Tenemos la confesión de Vilas, que implica vagamente a Riveiro por ‘mirar hacia otro lado’. Pero eso no bastará para un tribunal.
—Watson, siempre anclado en lo tangible —dijo Holmes con un destello de su antiguo humor seco—. Vilas nos ha dado la clave, aunque él mismo no la comprendiera del todo. El símbolo.
Se acercó al escritorio y, con un gesto imperioso, apartó unos informes. Tomó un lápiz y un papel en blanco. Con trazos seguros, dibujó de nuevo el emblema que había obsesionado la investigación: un ojo dentro de un triángulo invertido, del que surgían lo que habíamos interpretado como llamas o tentáculos.
—Todos, incluido yo en un primer momento, buscamos un significado ocultista, ritual. Un mensaje para iniciados. Error fundamental. —Su dedo índice golpeó el centro del ojo—. ¿Qué es un ojo? El órgano de la vigilancia. De la observación. Y un triángulo invertido… en la iconografía marítima más básica, Watson, ¿qué representa?
Lo pensé un momento. La niebla de la guerra y la medicina se disipaba ante la lógica clara de Holmes. —Una baliza de peligro. Un aviso.
—Exacto. Una advertencia de vigilancia. Pero no es una advertencia genérica. Es una marca de propiedad. Vilas talló este símbolo en Roi Núñez, el informante, para señalar que había sido descubierto por ‘el ojo que todo lo ve’ de su particular justicia. Pero tomó prestado el diseño de algo que había visto. Algo que, en su mente distorsionada, representaba la corrupción que quería erradicar.
Lago se inclinó hacia adelante, intrigado a pesar de su agotamiento. —¿Dónde lo vio?
—En el despacho del comisario Riveiro —declaró Holmes con tranquilidad absoluta—. Esta misma tarde, mientras usted, inspector, estaba ocupado con los informes del puerto y Watson y yo éramos recibidos con desdén por el comisario, observé un detalle. Sobre la repisa de la chimenea, entre medallas y fotografías protocolarias, había un pisapapeles de cristal tallado. Dentro, suspendido, había un diseño idéntico a este, en filigrana de plata. Fácil de pasar por alto como un simple adorno masónico o una curiosidad. Pero para un hombre como Vilas, que había servido bajo Riveiro y que luego, en su paranoia justiciera, empezó a verlo como el epicentro de la podredumbre, ese símbolo se convirtió en el emblema de todo lo que odiaba. Lo adoptó. Lo convirtió en su firma siniestra. Una ironía macabra: usó la marca del poder corrupto para intentar limpiar la corrupción.
El aire se hizo más pesado. La implicación era clara. El símbolo no era un mensaje de una secta o una banda; era una declaración personal y política, una acusación tallada en carne.
—Pero eso no prueba la implicación de Riveiro en el narcotráfico —objeté.
—No directamente —admitió Holmes—. Pero nos da un hilo. Y los hilos, cuando se tiran con la fuerza adecuada, suelen deshacer toda la trama. Inspector, necesito que reúna a sus hombres más leales, aquellos que no beban de la misma fuente que Riveiro. Y necesitamos actuar antes del amanecer.
El plan de Holmes era arriesgado, una jugada basada en la psicología y la presión más que en la fuerza bruta. Se basaba en un segundo detalle que había observado: la agenda del comisario Riveiro, abierta sobre su escritorio durante nuestra incómoda entrevista. Una anotación, aparentemente inocua, para esa misma madrugada: «Carga S. Poseidón. 04:30. Verificar.»
El Poseidón era un carguero de bandera griega, un visitante habitual de puertos de dudosa reputación. Según las pesquisas discretas de Lago entre los trabajadores portuarios que aún confiaban en él, estaba programado para zarpar con la marea de la mañana, justo después del amanecer.
—Riveiro no se molestaría en ‘verificar’ una carga de bacalao o de piezas de máquinas —razonó Holmes, mientras nos dirigíamos en silencio por los muelles, escoltados por tres agentes jóvenes y nerviosos que Lago había seleccionado personalmente—. Su verificación es un código. Es la recogida del tributo, del pago por la protección que ofrece. O quizás, la supervisión de un cargamento especial. Vilas mató a Núñez por hablar de los barcos que traían ‘la mercancía blanca’. El Poseidón es uno de esos barcos. Y Riveiro estará allí, creyéndose a salvo en la penumbra y la rutina corrupta.
La niebla era nuestra aliada ahora, envolviéndonos en un manto gris que ahogaba los sonidos y difuminaba las siluetas. Nos apostamos entre las sombras de una pila de contenedores oxidados, con vista a la rampa de acceso del Poseidón. El barco, un mastodonte de hierro sucio y oxidado, parecía dormir, pero en su cubierta se veían luces tenues y el movimiento furtivo de figuras.
El frío calaba los huesos. Junto a mí, Holmes estaba inmóvil como una estatua, sus sentidos proyectados hacia la noche. Lago, a mi otro lado, respiraba con pesadez contenida. Los minutos se arrastraban, cada uno cargado con el peso de la incertidumbre.
Entonces, apareció. La figura familiar y robusta del comisario Riveiro, enfundado no en su uniforme, sino en un abrigo oscuro y una gorra, emergió de la niebla acompañado por dos hombres de aspecto rudo. Subió por la pasarela sin prisa, con la autoridad de quien tiene un derecho adquirido.
—Ahora —susurró Holmes, y su voz era el filo de una navaja.
No hubo estrépito, ni persecución dramática. Fue un procedimiento lento, meticuloso y brutalmente efectivo. Los agentes de Lago, siguiendo instrucciones precisas, se desplegaron. Dos abordaron el barco por la popa, interceptando a los marineros que intentaban cortar amarras de forma prematura. Lago y los demás subimos por la pasarela principal.
La escena en la cubierta fue un cuadro de tensión congelada. Riveiro estaba en medio de un intercambio con el capitán del barco, un hombre cetrino con ojos de reptil. Entre ellos, sobre una lona, no había sacos de café o cajas de pescado. Eran varios fardos herméticos, del tamaño de ladrillos grandes, envueltos en hule negro.
Al vernos, la expresión de Riveiro pasó de la sorpresa a una furia glacial. —¿Lago? ¿Qué significa esta insubordinación? ¡Esto es una verificación de aduanas rutinaria!
—Rutinaria, sí, comisario —dijo Lago, y su voz ya no temblaba. Sonaba cansada, pero firme como la roca del monte del Castro—. Pero la voy a verificar yo. En nombre de la ley, no del contrabando.
El enfrentamiento fue breve y silencioso. Los matones de Riveiro calcularon las probabilidades frente a los agentes que, aunque jóvenes, tenían las pistolas desenfundadas y una determinación nueva en los ojos. El capitán escupió una maldición en un idioma eslavo y se rindió.
Fue Holmes quien se acercó a los fardos. Con un cortaplumas que extrajo de su bolsillo, hizo una incisión precisa en uno de ellos. Un polvo blanco y fino como la harina más pura asomó al mundo húmedo de Vigo. La prueba era irrefutable.
Riveiro lo miró con un desprecio que casi era físico. —Usted —escupió, dirigiendo su odio a Holmes—. Un extranjero entrometido. No tiene idea de cómo funciona el mundo real. Esto… esto es lo que mantiene el orden. Lo que evita que todo se desmorone en el caos.
Holmes se enderezó, limpiando la punta del cortaplumas con un pañuelo impecable. —Usted confunde orden con estancamiento, comisario —replicó, y su tono era didáctico, como si explicara un teorema a un alumno lento—. El orden que usted defiende es el de la descomposición controlada. El verdadero orden, el que surge de la ley y la razón, es dinámico. Y, como ha podido comprobar esta noche, imparable.
La detención del comisario Riveiro fue un terremoto que sacudió los cimientos de la ciudad portuaria. En los días siguientes, mientras el Poseidón era registrado al milímetro y se iniciaban las pesquisas para desentrañar toda la red, la atmósfera en Vigo cambió. No era una transformación luminosa; seguía siendo una ciudad gris y húmeda. Pero el aire parecía respirarse con menos opresión, como si un peso invisible hubiera comenzado a levantarse.
En nuestra última tarde, sentados en el modesto salón de la pensión donde nos habíamos alojado, Holmes y yo compartíamos una última taza de café antes de tomar el tren de regreso a Londres. La niebla, eterna compañera, acariciaba los cristales de la ventana.
—Un caso singular, Watson —murmuró Holmes, contemplando las volutas de vapor que ascendían de su taza—. Una farsa trágica en varios actos. Un justiciero que se convirtió en monstruo, imitando el símbolo del poder que odiaba. Un policía corrupto que creía ser el dique contra el caos, cuando en realidad era su principal canal. Y todo ello, sazonado con la melancolía de un error pasado que persigue a un hombre honesto.
—Lago presentará su dimisión —comenté, hojeando mi cuaderno donde la crónica del caso ya tomaba forma—. Lo dijo esta mañana. Cree que su error de 1879, por antiguo que sea, lo descalifica.
—Un gesto noble, pero innecesariamente dramático —dijo Holmes con un leve gesto de impaciencia—. Su error fue de juicio, no de carácter. Y ha tenido el valor, al final, de enmendarlo enfrentándose a un sistema podrido. La policía de Vigo necesita hombres como él ahora más que nunca. Se lo diré.
Me sorprendió. No era habitual que Holmes se involucrara en el futuro profesional de los demás. Era una señal, sutil pero clara, de que este caso había tocado algo en él más allá del puzle intelectual.
—Y usted, Holmes —me atreví a preguntar—. Este viaje, este caso… ha servido de distracción.
Una sombra de su antigua irritabilidad cruzó su rostro, pero se disipó rápidamente. Asintió, casi para sí mismo. —La melancolía, Watson, es un pantano para la mente. Requiere un estímulo externo, un problema de suficiente complejidad, para extraer a uno de sus ciénagas. Vigo, con su niebla y sus secretos envenenados, ha proporcionado ese estímulo. He visto, una vez más, que el caos, por profundo que sea, siempre tiene un patrón. Y ese patrón puede ser discernido, analizado y, en última instancia, desarmado. Eso es suficiente.
Al día siguiente, en el andén de la estación, el inspector Benito Lago nos esperaba. Parecía haber envejecido una década en una semana, pero su apretón de mano era firme.
—No sé cómo agradecérselo, señor Holmes. No solo por resolver el asesinato… sino por limpiar una suciedad que yo mismo había ayudado a ignorar.
—El agradecimiento es innecesario, inspector —respondió Holmes, subiendo al vagón—. Simplemente aplique la lección: la apariencia y la realidad son eternas antagonistas. Su deber es estar del lado de la segunda, por incómoda que sea.
El tren comenzó a moverse, sacudiéndose perezosamente. Desde la ventanilla, vi a Lago quedarse atrás, una figura sólida y solitaria en el andén brumoso, mirando hacia los muelles que ahora tenía la terrible tarea de vigilar con ojos nuevos.
Holmes se acomodó en su asiento, cerró los ojos y entrelazó los dedos sobre el regazo. No habló durante mucho tiempo. Yo saqué mi cuaderno y mi pluma, y empecé a escribir, tratando de capturar no solo los hechos, sino la atmósfera de niebla salina, de corrupción arraigada y de esa justicia fría y lógica que, como un bisturí, había diseccionado la podredumbre.
El caso de ‘El Fantasma de Vigo’ había terminado. Y, aunque sabía que la melancolía acecharía de nuevo a mi amigo en Baker Street, también sabía que, por un tiempo, el orden se había impuesto al caos. Y para Sherlock Holmes, eso era el único tipo de victoria que realmente importaba.