El Támesis amaneció gris, como si la ciudad entera hubiera decidido vestirse de luto antes de tiempo.
El inspector Edmund Whitmore apoyó ambas manos en la barandilla de hierro del muelle y observó el cuerpo que los agentes estaban extrayendo del lodo. La marea baja había hecho su trabajo, dejando al descubierto lo que las profundidades habían ocultado durante tres días.
—¿Cuánto tiempo llevaba ahí? —preguntó sin volverse.
El agente Collins, a su derecha, consultó su libreta con el gesto mecánico de quien necesita las manos ocupadas para no mirar el cadáver.
—Los pescadores la vieron al amanecer, inspector. Las seis y veinte. El forense estima que el cuerpo lleva en el agua entre cuarenta y ocho y setenta y dos horas, pero la temperatura del río... bueno, dice que habrá que esperar a la mesa.
Whitmore asintió. Las palabras de Collins llegaban con ese ligero temblor que aparecía siempre en los casos con víctimas femeninas. El agente llevaba apenas ocho meses en la Metropolitana, y aún no había aprendido a separar el horror del trabajo.
—¿Identificación?
—Lady Eleanor Graves. Veintitrés años. Hija mayor del vizconde Graves de Sussex. Desapareció hace tres noches después de asistir a la ópera en Covent Garden.
Whitmore giró por fin la cabeza. El cuerpo yacía ahora sobre una lona impermeable, rodeado de agentes que mantenían a raya a los curiosos que ya comenzaban a congregarse en el extremo del muelle. La joven vestía aún el traje de noche —azul marino, con encaje en el cuello—, aunque la tela estaba pegada a su piel como una segunda membrana, negra de agua y barro.
El rostro, sorprendentemente intacto, miraba al cielo con una expresión que Whitmore había aprendido a reconocer en sus quince años de servicio: no era terror, ni dolor. Era sorpresa. Como si la muerte hubiera llegado sin anunciarse, interrumpiendo una conversación que la víctima aún no había terminado.
—¿Quién la encontró?
—Un chico de los muelles. Henry Cobb, catorce años. Vino corriendo a la comisaría de Wapping. Dice que la vio desde lejos, que pensó que era un saco de arpillera.
—Tráigamelo después. Quiero hablar con él.
Whitmore se acercó al cuerpo. El forense, un hombre de gafas redondas y manos cubiertas de manchas de nicotina llamado Pritchard, se arrodilló junto al cadáver y levantó la muñeca derecha de la joven con una delicadeza que contrastaba con su aspecto descuidado.
—Inspector —dijo sin levantar la vista—. Antes de que la muevan, necesita ver esto.
Whitmore se agachó. El brazo de Lady Eleanor estaba pálido, casi translúcido bajo la luz grisácea del amanecer, y en la cara interna del antebrazo, justo donde la piel es más fina, alguien había tallado un símbolo.
No era una herida cualquiera. Whitmore había visto cortes de cuchillo, marcas de defensa, mutilaciones post mortem hechas con furia o con prisa. Esto era diferente. El trazo era limpio, preciso, como si el autor hubiera utilizado un bisturí o una herramienta quirúrgica. La forma era geométrica: un círculo imperfecto atravesado por tres líneas rectas que se cruzaban en el centro, creando algo que recordaba a una estrella de seis puntas, pero rota, incompleta.
—¿Qué es? —preguntó Collins desde detrás.
Whitmore no respondió. Sacó un lápiz del bolsillo interior de su gabardina y dibujó el símbolo en la primera página de su libreta, con movimientos lentos y precisos. Luego guardó el lápiz y observó el dibujo.
—Pritchard, ¿esto se lo hicieron en vida o después?
El forense levantó la cabeza y se ajustó las gafas.
—Después, sin ninguna duda. No hay signos de inflamación, ni hemorragia activa. La herida está limpia, como si la hubieran hecho sobre una superficie inerte. Además —señaló el cuello de la joven con un dedo manchado de nicotina—, tiene marcas de estrangulamiento. La causa de la muerte será asfixia por compresión, pero ya se lo confirmaré en la mesa.
Whitmore se puso en pie y observó el cadáver desde arriba. El contraste era brutal: el vestido de gala, los pendientes de perlas que aún colgaban de sus orejas, el peinado elaborado que el agua había respetado milagrosamente... y esa marca en la piel, brutal e íntima a la vez.
—¿Alguna otra herida?
—No he hecho el examen completo, inspector, pero a simple vista no. Está intacta, salvo por la marca y las contusiones del cuello. Y el agua, claro. Pero la asfixia fue limpia. Rápida.
—¿Rápida?
Pritchard dudó.
—Las marcas indican presión sostenida, pero no forcejeo. No tiene uñas rotas, ni rasguños en las manos. O conocía a su agresor, o la sorprendieron por detrás.
Whitmore asintió y se separó del cuerpo. Dio unos pasos hacia el borde del muelle, donde el agua lamía los pilares de madera con un sonido pegajoso y constante. El olor del Támesis a esa hora era una mezcla de alquitrán, pescado podrido y carbón, el perfume inconfundible de una ciudad que nunca dormía pero que siempre estaba muriendo un poco.
—Collins.
—¿Inspector?
—Vaya a la comisaría y tire del expediente de Eleanor Graves. Quiero saber quién denunció su desaparición, cuándo, y qué hizo la policía al respecto.
El agente dudó.
—¿No deberíamos ir primero a la casa familiar? Lord Graves querrá saber...
—Lord Graves querrá saber muchas cosas, pero lo que necesita es que hagamos nuestro trabajo correctamente. Primero los papeles, después las personas. Ese es el orden.
Collins asintió y se alejó, dejando a Whitmore solo con el cadáver y los agentes que esperaban instrucciones. El inspector encendió un cigarrillo —el primero del día— y observó el humo mezclarse con la niebla matutina.
El caso de los asesinatos de Whitechapel le vino a la mente sin que pudiera evitarlo. No porque hubiera similitudes evidentes —aquellas víctimas eran mujeres de la calle, no aristócratas; los asesinatos habían sido brutales, no meticulosos—, sino porque el recuerdo de su compañero, el inspector Daniels, aparecía siempre en los momentos de silencio. Daniels había muerto en un callejón de Spitalfields, con la garganta abierta de lado a lado, mientras intentaba proteger a una testigo que al final no sobrevivió para contar nada.
Whitmore había estado a tres calles de distancia, siguiendo una pista falsa.
—Inspector.
La voz de Pritchard lo sacó de sus pensamientos.
—¿Sí?
—Cuando lo mueva a la morgue, ¿quiere que le avise antes de empezar?
—Sí. Estaré allí.
El forense asintió y comenzó a dar instrucciones a los agentes para el traslado. Whitmore apagó el cigarrillo contra la barandilla y guardó la colilla en el bolsillo —nunca dejaba rastros, por pequeños que fueran—, mientras observaba cómo levantaban el cuerpo con una lona improvisada.
El símbolo quedó oculto cuando doblaron la tela, pero Whitmore lo veía aún grabado en su memoria, tan nítido como si lo hubiera dibujado él mismo.
La morgue del hospital de St. Bart's olía a fenol y a hierro. Whitmore había estado allí cientos de veces, pero el olor nunca dejaba de recordarle que estaba en el lugar donde la muerte se convertía en burocracia.
Pritchard trabajaba con la eficiencia de quien ha visto demasiados cuerpos como para que uno más le quite el sueño. Sus manos, manchadas de nicotina y de sangre seca, se movían con precisión quirúrgica mientras examinaba el cadáver de Lady Eleanor.
—Como le dije, asfixia por compresión —dijo sin levantar la vista—. Las marcas del cuello son consistentes con manos grandes. El agresor era fuerte, o la víctima no opuso resistencia.
—¿Podría haber sido una mujer?
Pritchard levantó la cabeza y lo miró con una ceja arqueada.
—Posible, pero improbable. La fuerza necesaria para mantener la presión durante el tiempo suficiente sin dejar marcas de uñas... requiere manos grandes y mucha fuerza. O mucha práctica.
—¿Había alcohol en su sistema?
—Sí. Niveles moderados. Había bebido, pero no estaba ebria. También encontré restos de cloroformo en las vías respiratorias.
Whitmore se enderezó.
—¿Cloroformo?
—Cantidades muy pequeñas. No fue la causa de la muerte, pero sugiere que la incapacitaron antes de estrangularla. Tal vez para evitar el forcejeo.
—O para que no recordara nada.
Pritchard se encogió de hombros y volvió a su trabajo. Whitmore se acercó a la mesa y observó el brazo de la joven, que yacía extendido sobre una bandeja metálica. El símbolo seguía allí, nítido y preciso, como una firma.
—¿Puede decirme algo más sobre la marca?
—Ya se lo dije. Post mortem. Herida limpia, hecha con un instrumento afilado y muy estable. Bisturí, probablemente. O un cuchillo de afeitar bien afilado. La precisión del trazo sugiere que el autor sabía lo que hacía.
—¿Podría ser un médico?
Pritchard se quitó las gafas y las limpió con un paño que sacó del bolsillo.
—Podría ser cualquiera con pulso firme y un buen cuchillo. Pero si quiere mi opinión, el trazo tiene algo... artístico. No es un corte funcional. Es decorativo.
—¿Decorativo?
—Mire —Pritchard señaló el círculo—. Las líneas no son rectas perfectas, sino que tienen una ligera curvatura, como si el autor hubiera seguido un patrón mental, no una plantilla. Y la profundidad es uniforme en todo el recorrido. Eso requiere control.
Whitmore observó la marca en silencio durante un largo momento. Luego sacó su libreta y la abrió por la página donde había dibujado el símbolo.
—¿Ha visto algo parecido antes?
—No. Y he visto muchas cosas raras. Pero esto... —Pritchard negó con la cabeza—. Esto es nuevo para mí.
La residencia de los vizcondes Graves estaba en Belgravia, en una calle arbolada donde el silencio era un lujo que los residentes pagaban con esmero. Whitmore llamó a la puerta con los nudillos y esperó, sintiendo el peso de su gabardina húmeda sobre los hombros.
Un mayordomo de rostro impasible abrió la puerta y lo condujo a través de un vestíbulo decorado con retratos al óleo y jarrones de porcelana hasta un salón donde el fuego crepitaba en la chimenea. Lord Graves estaba de pie junto a la ventana, con las manos a la espalda, mirando la calle sin verla.
—Inspector Whitmore —dijo sin volverse—. Supongo que tiene noticias.
—Sí, milord.
—¿Es ella?
La voz del vizconde era plana, como si hubiera estado repitiendo esa pregunta en su cabeza durante horas y hubiera agotado toda la emoción que podía contener.
—Lo siento, milord. Hemos identificado el cuerpo de su hija esta mañana.
Lord Graves se volvió por fin. Era un hombre alto, de cabello cano y facciones angulosas, vestido con un traje negro que parecía haber sido hecho para otra ocasión. Sus ojos, de un azul pálido, miraban a Whitmore con una mezcla de dolor y algo más que el inspector no supo identificar.
—¿Dónde la encontraron?
—En el Támesis, cerca de los muelles de Wapping.
—Wapping —repitió el vizconde, como si saboreara la palabra—. ¿Qué demonios hacía ella en Wapping?
—Eso es lo que intentamos averiguar. ¿Tiene alguna idea de por qué su hija podría haber ido a esa zona?
Lord Graves negó con la cabeza y se acercó a la chimenea. Sus manos temblaban ligeramente cuando las extendió hacia el fuego.
—Ella era... Eleanor era una chica sensata. No era de las que se meten en problemas. Iba a la ópera, a las cenas, a las visitas. Llevaba una vida ordenada.
—¿Tenía algún pretendiente? ¿Alguien que pudiera haberla molestado?
—Había recibido algunas propuestas, pero ninguna había prosperado. Mi hija era... selectiva.
Whitmore asintió y sacó su libreta.
—¿Puede decirme qué hizo la noche de su desaparición?
—Fue a la ópera con su hermana Beatrice y conmigo. Vimos Don Giovanni. Salimos alrededor de las once y media. Eleanor dijo que quería caminar un poco para despejarse, que la acompañara Beatrice, pero Beatrice no se sentía bien y se fue a casa conmigo en el coche. Eleanor dijo que tomaría un coche de alquiler.
—¿Y no llegó a casa?
—No.
—¿Denunciaron su desaparición esa misma noche?
Lord Graves dudó. Fue un instante, apenas un parpadeo, pero Whitmore lo notó.
—No. Pensamos que se habría quedado en casa de alguna amiga. Eleanor era... a veces se olvidaba de avisar. No fue hasta la mañana siguiente, cuando vimos que no había vuelto, que llamamos a la policía.
Whitmore anotó algo en su libreta, aunque ya sabía lo que iba a escribir: El padre miente sobre algo.
—¿Puedo hablar con su otra hija? Con Beatrice.
Lord Graves frunció el ceño.
—¿Es necesario? Está muy afectada por la noticia.
—Lo sé, milord. Pero cualquier detalle, por pequeño que sea, puede ayudarnos a encontrar al responsable.
El vizconde lo miró durante un largo momento, como si estuviera evaluando algo. Luego asintió y llamó a un criado.
—Haga pasar a la señorita Beatrice.
Beatrice Graves era más joven que su hermana, quizá diecinueve o veinte años, y su rostro tenía esa palidez que solo el shock prolongado puede producir. Entró en el salón con pasos lentos, como si el suelo estuviera hecho de cristal, y se sentó en el borde de un sillón sin apartar la vista de sus manos.
—Señorita Graves —dijo Whitmore con suavidad—. Sé que esto es difícil, pero necesito hacerle algunas preguntas sobre su hermana.
Ella asintió sin levantar la cabeza.
—¿Recuerda la noche de su desaparición?
—Sí.
—¿Su hermana dijo algo fuera de lo común? ¿Parecía nerviosa, preocupada?
—No. Estaba contenta. Había disfrutado de la ópera.
—¿Y cuando dijo que quería caminar sola? ¿Le pareció extraño?
Beatrice levantó la cabeza por primera vez. Sus ojos eran del mismo azul pálido que los de su padre, pero en ellos había algo que Whitmore no había visto en el vizconde: miedo.
—No. Eleanor siempre hacía lo que quería. Siempre.
—¿Había algún motivo para que quisiera estar sola?
Beatrice dudó. Miró a su padre, que seguía de pie junto a la chimenea, y luego volvió a bajar la vista.
—No lo sé.
Whitmore sacó su libreta y la abrió por la página donde había dibujado el símbolo. Lo mostró a la joven, manteniendo el papel a una distancia respetuosa.
—¿Ha visto esto antes?
Beatrice miró el dibujo y su rostro perdió el poco color que le quedaba. Sus manos comenzaron a temblar.
—¿De... de dónde ha sacado eso?
—Estaba tallado en el brazo de su hermana. ¿Lo reconoce?
Ella negó con la cabeza, pero el movimiento era demasiado rápido, demasiado nervioso.
—No. No sé qué es.
—¿Está segura?
—He dicho que no lo sé —la voz de Beatrice se quebró—. Por favor, quiero irme.
Lord Graves dio un paso adelante.
—Creo que ya ha sido suficiente, inspector. Mi hija necesita descansar.
Whitmore guardó la libreta y asintió.
—Por supuesto. Les mantendré informados.
Mientras el mayordomo lo acompañaba a la puerta, Whitmore no podía quitarse de la cabeza la imagen del rostro de Beatrice al ver el símbolo. No era sorpresa lo que había visto en sus ojos.
Era reconocimiento.
De vuelta en la comisaría, Whitmore encontró a Collins esperándolo con una pila de papeles sobre el escritorio.
—El expediente de la desaparición, inspector. No hay mucho. La denuncia la puso Lord Graves a las nueve de la mañana del día siguiente. Dijo que su hija no había vuelto a casa después de la ópera.
—¿Y qué hizo la policía?
—Lo de siempre. Preguntaron en las estaciones de coches de alquiler, en los teatros, en las casas de las amigas. Nadie la había visto después de las once y media.
—Nadie la vio subir a un coche. Nadie la vio caminando. Nadie la vio nada.
—Eso parece.
Whitmore se sentó frente a su escritorio y encendió otro cigarrillo. La habitación estaba en penumbra, iluminada solo por la luz amarillenta de una lámpara de gas que parpadeaba con cada corriente de aire.
—Collins, ¿qué sabe de símbolos?
El agente parpadeó.
—¿Símbolos?
—Marcas. Signos. Cosas que la gente se tatúa en la piel.
—Poco, inspector. Hay un hombre en la universidad, un profesor de historia antigua, que da conferencias sobre simbología. Podría preguntarle.
—Hágalo. Y tráigame todo lo que encuentre sobre el símbolo que vimos esta mañana.
Collins asintió y se fue, dejando a Whitmore solo con sus pensamientos y el humo del cigarrillo.
El inspector sacó su libreta y observó el dibujo del símbolo. Las líneas se cruzaban en el centro formando un patrón que le resultaba vagamente familiar, como un sueño que no termina de recordarse al despertar.
En algún lugar de su memoria, en los recovecos donde guardaba los casos viejos y las obsesiones pasajeras, había algo que se parecía a esa marca. Pero no lograba alcanzarlo.
Apagó el cigarrillo y cerró la libreta.
Afuera, la noche comenzaba a caer sobre Londres, y la niebla se filtraba por las rendijas de las ventanas como un presagio silencioso. En algún lugar de la ciudad, alguien estaba tallando otro símbolo en otra piel.
Whitmore lo sabía con la certeza de quien ha visto demasiados cadáveres como para creer en las coincidencias.
El juego había comenzado.
Capítulo 2: El segundo círculo
El segundo cadáver llegó con la marea del atardecer, como si el río mismo quisiera devolver sus secretos en un orden meticuloso.
Eran las seis y cuarto de la tarde cuando el sargento Barnes irrumpió en la oficina de Scotland Yard sin llamar. Traía el sombrero en la mano y la respiración entrecortada, las mejillas enrojecidas por la carrera desde el puente de Blackfriars.
—Inspector —dijo, y su voz tembló lo suficiente para que Whitmore dejara la pluma a medio camino sobre el informe—. Otro. En el almacén de Phelps, junto al río.
El nombre resonó como un aldabonazo en la cámara vacía del recuerdo de Whitmore. Arthur Phelps. No lo conocía personalmente, pero conocía su reputación. Galerista, marchante de arte antiguo, especializado en piezas del Renacimiento italiano. Un hombre de dinero viejo y conexiones nuevas, de esas que se cultivan en las antesalas del poder con la misma paciencia que se cultivan orquídeas.
—¿El símbolo? —preguntó Whitmore, ya levantándose y alcanzando el abrigo.
—Tallado en el pecho. Igual que el de la señorita Graves. Los forenses lo confirman.
El trayecto hasta el almacén de Phelps fue un ejercicio de silencio y observación. Whitmore miraba las calles desde el coche de caballos, la manera en que el gas comenzaba a encenderse en los postes, la niebla que trepaba desde el río como un perro hambriento. Londres se preparaba para la noche con la indiferencia de quien ha visto demasiados crímenes como para sorprenderse de uno más.
El almacén ocupaba la planta baja de un edificio de tres pisos en Upper Thames Street, a tiro de piedra del mercado de Billingsgate. La fachada de ladrillo oscuro conservaba aún los carteles de una compañía naviera que había quebrado veinte años atrás, y la entrada lateral daba directamente a un callejón que olía a pescado podrido y humedad de muelle.
Whitmore tuvo que identificarse tres veces antes de que el agente de guardia le franqueara el paso. La escena del crimen ya estaba acordonada, y el doctor Mills, inclinado sobre el cuerpo con la parsimonia de quien diseca un espécimen en un museo de historia natural, levantó la vista cuando entró.
—Inspector. Parece que tenemos un admirador de su trabajo.
Whitmore no respondió. Se acercó al cadáver con paso mesurado, los ojos fijos en la forma yacente sobre las tablas del suelo, entre cajones de madera abiertos y lienzos envueltos en arpillera.
Arthur Phelps había sido un hombre de sesenta años, bien conservado, con el rostro de quien ha vivido bien y ha pagado por ello. Ahora yacía de espaldas, los brazos extendidos en una postura que no era natural, sino colocada. Alguien lo había dispuesto así, como una ofrenda sobre un altar improvisado de cajones y serrín.
El símbolo en su pecho era idéntico al de Lady Eleanor. Un círculo perfecto, atravesado por tres líneas rectas que se encontraban en un punto central, formando una estrella de seis puntas incompleta. Pero había una diferencia: alrededor del círculo, alguien había añadido una serie de marcas pequeñas, casi imperceptibles, que parecían letras de un alfabeto que Whitmore no reconoció.
—¿Qué es eso? —preguntó, señalando las marcas.
Mills se levantó con un crujido de rodillas y se acercó.
—No estoy seguro. Parecen caracteres. No son latinos, desde luego. Tal vez griego, o algo más antiguo. Tendrá que preguntarle a un experto en lenguas muertas.
—Causa de la muerte.
—Estrangulamiento. Igual que la señorita Graves. Pero esta vez hay algo más.
El forense levantó la mano derecha del cadáver, envuelta en una bolsa de papel para preservar posibles restos. La uña del índice estaba rota, y debajo de ella, incrustada, había una fibra oscura.
—Lana —dijo Mills—. De un abrigo, probablemente. Phelps forcejeó. Se defendió. Se llevó un recuerdo.
—¿Hora de la muerte?
—Entre las dos y las cuatro de la madrugada. El cuerpo lleva aquí al menos doce horas. Lo encontró su ayudante esta mañana, pero el muy idiota pensó que Phelps estaba borracho y lo dejó dormir hasta que el olor lo alertó.
Whitmore asintió, procesando la información con la precisión de un relojero. Dos víctimas. Mismo método. Misma firma. Pero el intervalo entre ambas era demasiado corto. Lady Eleanor había muerto hacía apenas cuarenta y ocho horas. Esto no era un asesino que actuaba con cautela, sino alguien que estaba apresurado. O que seguía un calendario que solo él conocía.
—Quiero un registro completo de todas las pertenencias de Phelps —dijo, dirigiéndose a Barnes, que había permanecido en la puerta, lápiz en mano—. Sus citas de la última semana, su correspondencia, sus socios comerciales. Y quiero saber si tenía conexión con Lady Eleanor Graves.
—Ya lo hemos comprobado, inspector —respondió Barnes—. No hay conexión directa. Phelps era marchante de arte. Ella coleccionaba. Pero no hay constancia de que hubieran hecho negocios juntos.
—La conexión no es comercial, sargento. Es personal. Ambos frecuentaban el mismo club.
Barnes frunció el ceño.
—¿Qué club?
—El Athenaeum. Lo sé porque Lord Graves lo mencionó en la entrevista. Dijo que su hija solía acudir a las veladas literarias de los jueves. Phelps era miembro desde hacía quince años. Ahora dígame que eso es coincidencia.
La expresión de Barnes confirmó lo que Whitmore ya sabía: no lo era.
El Club Athenaeum ocupaba un edificio de piedra caliza en Pall Mall, una de esas construcciones que parecen desafiar el paso del tiempo con la arrogancia de quien sabe que su existencia es un monumento a la permanencia de ciertas clases sociales. Whitmore había pasado frente a él cientos de veces, pero nunca había traspasado sus puertas. No era miembro. No tenía el linaje ni la fortuna ni, según sospechaba, la paciencia necesaria para las conversaciones vacías que ocurrían dentro.
Ahora, sin embargo, estaba en el umbral, y el portero, un hombre de rostro impasible y librea impecable, lo miraba con la expresión de quien ha visto a demasiados policías entrar por esa puerta y sabe que ninguno trae buenas noticias.
—El señor Whitmore —dijo el portero, como si saboreara cada sílaba—. Le esperan en la biblioteca. Por aquí, por favor.
El interior del club era exactamente lo que Whitmore había imaginado: madera oscura, lámparas de gas con pantallas de seda, retratos al óleo de hombres con barbas imponentes y miradas de conquistadores cansados. El olor a cuero viejo y papel envejecido se mezclaba con el aroma tenue del tabaco de pipa, creando una atmósfera de intimidad calculada.
La biblioteca ocupaba toda la planta noble. Estanterías de caoba se elevaban hasta el techo abovedado, y en el centro, alrededor de una mesa de roble, dos hombres esperaban sentados. El primero era el bibliotecario, un hombre menudo de unos cincuenta años, con gafas de media luna y una calvicie que parecía el resultado de años de inclinarse sobre manuscritos. El segundo era más joven, de pelo oscuro y facciones angulosas, y vestía con la elegancia discreta de quien no necesita demostrar nada.
—Inspector Whitmore —dijo el bibliotecario, levantándose—. Soy el señor Pemberton. Este es el señor Aldridge, miembro de la junta directiva. Hemos sido informados de su visita, aunque debo admitir que las circunstancias nos resultan... inquietantes.
—Dos miembros de este club han sido asesinados en los últimos tres días —dijo Whitmore, sin preámbulos—. Lady Eleanor Graves y Arthur Phelps. Necesito saber qué los conecta, aparte de su membresía aquí.
Pemberton y Aldridge intercambiaron una mirada rápida, como dos jugadores de cartas que evalúan una mano difícil.
—Lady Eleanor era miembro desde hacía cinco años —dijo Pemberton, ajustándose las gafas—. Asistía con regularidad a las veladas literarias y a las conferencias de historia del arte. El señor Phelps, como usted sabe, era marchante. Solía donar piezas para las exposiciones del club.
—¿Se conocían?
—Superficialmente, supongo. No tengo constancia de una relación más estrecha. Pero el club es grande, inspector. Hay miembros que apenas se cruzan en los pasillos.
Whitmore sacó un bloc de notas y comenzó a dibujar el símbolo con trazos rápidos. Cuando terminó, lo giró sobre la mesa para que ambos pudieran verlo.
—¿Reconocen esto?
El silencio que siguió fue elocuente. Pemberton palideció visiblemente, y Aldridge, que hasta entonces había permanecido impasible, dejó escapar un suspiro que sonó a rendición.
—¿Dónde ha visto eso? —preguntó Pemberton, la voz repentinamente quebrada.
—Tallado en la piel de ambas víctimas. ¿Qué es?
Pemberton miró a Aldridge, que asintió con un gesto casi imperceptible. El bibliotecario se levantó y caminó hacia una de las estanterías, donde extrajo un volumen encuadernado en cuero negro, tan viejo que el lomo se deshacía en polvo al tocarlo. Lo colocó sobre la mesa con la reverencia de quien maneja un objeto sagrado.
—Esto es un catálogo de símbolos herméticos —dijo—. Data de 1743. Perteneció a la biblioteca personal de sir James Mortimer, uno de los fundadores del club. Contiene referencias a diversas órdenes secretas que operaban en Londres durante el siglo pasado.
Abrió el libro por una página marcada con una cinta de seda descolorida. Allí, en tinta sepia, estaba el mismo símbolo que Whitmore había visto en dos cadáveres en menos de una semana.
—Los Custodios del Espejo —dijo Pemberton—. Una orden hermética fundada a finales del siglo XVII. Se cree que sus miembros eran alquimistas, astrónomos, filósofos naturales. Gente que buscaba el conocimiento oculto, los secretos que la Iglesia y la Corona preferían mantener enterrados.
—¿Qué clase de secretos?
—No lo sabemos con certeza. La orden desapareció a mediados del siglo XVIII. No hay registros de sus actividades después de 1760. Pero hay leyendas, inspector. Historias que circulan entre los coleccionistas de manuscritos antiguos. Se dice que los Custodios custodiaban un objeto. Un espejo. De ahí el nombre.
Whitmore sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura de la biblioteca.
—¿Y qué tiene que ver ese espejo con dos asesinatos en el Londres de hoy?
—Eso, inspector —dijo Aldridge, hablando por primera vez—, es algo que usted tendrá que averiguar. Pero le advierto: si está siguiendo el rastro de los Custodios, está siguiendo un rastro que muchos han intentado borrar.
La entrevista duró otra hora, pero Whitmore no obtuvo mucho más. Pemberton le proporcionó una lista de miembros del club que compartían intereses en historia hermética, así como los nombres de los últimos presidentes de la comisión de biblioteca. Nada que apuntara directamente a un asesino.
Cuando salió del Athenaeum, la noche ya había caído por completo y la niebla se había espesado hasta convertirse en una pared blanca que devoraba las farolas. Whitmore encendió un cigarrillo y caminó lentamente hacia el coche que lo esperaba, los pasos resonando en el adoquín mojado.
—¿A casa, inspector? —preguntó el cochero.
—No. A Bedford Square. Número cuarenta y dos.
El cochero asintió y chasqueó las riendas. Whitmore se recostó en el asiento, cerrando los ojos, pero no podía apartar de su mente la imagen del símbolo, ni las palabras de Pemberton. Los Custodios del Espejo. Una orden que había desaparecido hacía más de un siglo, pero cuyos ecos llegaban hasta el presente manchados de sangre.
El número cuarenta y dos de Bedford Square era una casa georgiana de tres plantas, con ventanas de guillotina y una puerta pintada de verde oscuro. Whitmore llamó al aldabón y esperó, escuchando el rumor de pasos en el interior.
La puerta se abrió y apareció Clara.
Su hermana era cinco años menor que él, pero tenía la misma frente despejada y los mismos ojos grises, esa mezcla de inteligencia y obstinación que había marcado a los Whitmore durante generaciones. Llevaba el pelo recogido en un moño sencillo y vestía una bata de seda color burdeos, señal de que se preparaba para la noche.
—Edmund —dijo, sorprendida—. No te esperaba. ¿Ocurre algo?
—Necesito hablar contigo —respondió él, entrando sin esperar invitación—. Es sobre el club.
Clara cerró la puerta y lo siguió al salón, donde un fuego crepitaba en la chimenea. Había libros abiertos sobre la mesa, y una taza de té humeante que indicaba que había estado leyendo hasta tarde.
—¿Qué club? —preguntó ella, con una cautela que Whitmore conocía bien.
—El Athenaeum. Sé que eres miembro.
—Eso no es ningún secreto. Fui propuesta por el profesor Morrison hace dos años. ¿Qué tiene que ver eso con tu visita?
Whitmore sacó el bloc de notas y le mostró el dibujo del símbolo. Clara lo miró un instante, y luego apartó la vista con una rapidez que no pasó desapercibida para su hermano.
—¿Sabes lo que es? —preguntó él.
—Es un símbolo hermético. Lo he visto en algunos manuscritos de la biblioteca del club.
—¿Y sabes a qué orden pertenece?
Clara dudó. Era una duda que duraba apenas un segundo, pero para Whitmore, que la conocía desde la infancia, fue como un grito.
—A los Custodios del Espejo —dijo ella finalmente—. Pero es historia antigua, Edmund. Esa orden desapareció hace siglos.
—Dos personas han sido asesinadas en los últimos tres días, Clara. Lady Eleanor Graves y Arthur Phelps. Ambos llevaban este símbolo tallado en la piel. Y ambos eran miembros del Athenaeum.
El color abandonó el rostro de Clara. Se dejó caer en el sillón junto al fuego, las manos temblorosas.
—Dios mío —murmuró—. Arthur Phelps. Lo conocía. Era... era amable. Solía prestarme libros de su colección privada.
—¿Sabes si tenía relación con los Custodios?
—No. Pero sé que investigaba sobre ellos. Hace unas semanas me mencionó que había encontrado algo en los archivos del club. Algo que no debería haber visto. Dijo que necesitaba hablar con alguien de confianza.
—¿Con quién?
—Conmigo. Quedamos en vernos el jueves pasado, pero nunca apareció. Pensé que se había olvidado.
Whitmore sintió un nudo en el estómago. El jueves pasado era el día antes de que apareciera el cadáver de Lady Eleanor.
—Clara, escúchame con atención —dijo, arrodillándose frente a ella—. Necesito que me digas todo lo que sepas sobre los Custodios del Espejo. Todo. Sin omitir nada.
Ella lo miró con los ojos brillantes de lágrimas contenidas.
—No sé mucho más de lo que ya te he dicho. Pero hay alguien que podría saber más. El profesor Morrison. Fue él quien me introdujo en el club, y sé que ha dedicado años a investigar órdenes herméticas. Vive en Hampstead. Podrías hablar con él mañana.
Whitmore asintió, pero su mente ya estaba en otra parte. En la conexión entre las víctimas, en el símbolo, en la sensación creciente de que algo se movía bajo la superficie de Londres, algo que llevaba siglos esperando.
—No le digas a nadie que he estado aquí —dijo, levantándose—. Y no vayas al club hasta que yo te diga que es seguro.
—Edmund, estás asustándome.
—Bien —respondió él, con una sonrisa que no llegó a sus ojos—. Eso significa que estás prestando atención.
Eran casi las once cuando Whitmore regresó a su casa, un pequeño piso en el segundo piso de un edificio en Bloomsbury. Subió las escaleras con pesadez, la fatiga acumulándose en sus huesos como plomo derretido. Pero sabía que no podría dormir. No hasta que entendiera lo que estaba pasando.
Se sirvió un whisky y se sentó en su escritorio, frente a la pila de informes que había traído de Scotland Yard. El símbolo estaba grabado en su memoria, y lo reprodujo una y otra vez en un papel, tratando de encontrar un patrón, un significado oculto en sus líneas.
A las doce menos cuarto, oyó un ruido en el pasillo.
Era un sonido leve, casi imperceptible: el roce de un sobre deslizándose bajo la puerta. Whitmore se levantó con sigilo, la mano instintivamente buscando la culata del revólver que llevaba en el cinturón.
Abrió la puerta de golpe.
El pasillo estaba vacío. La lámpara de gas parpadeaba al final de la escalera, proyectando sombras danzantes sobre las paredes. En el suelo, un sobre de papel marrón, sin remitente, y en el centro, escrito con una caligrafía precisa y elegante, su nombre:
Inspector Edmund Whitmore
Recogió el sobre con cuidado, usó un cuchillo de la mesa para abrirlo sin tocar el interior. Dentro había una sola hoja de papel, doblada en tres. Y sobre ella, escrita con la misma caligrafía impecable, una línea que hizo que la sangre se le helara en las venas:
"Usted también es miembro del club, inspector. Solo que aún no lo sabe. El espejo lo está esperando."
Whitmore levantó la vista hacia el pasillo vacío. El silencio de la noche londinense se cerraba a su alrededor como una trampa, y por primera vez en mucho tiempo, sintió el peso de una verdad que no estaba seguro de querer conocer.
Pero ya no había vuelta atrás. El rastro lo había llevado hasta allí, hasta el umbral de algo que no comprendía, y la única salida era seguir adelante.
Afuera, en la niebla, un carruaje pasó lentamente, y por un instante, Whitmore creyó ver el destello de unos ojos que lo observaban desde la oscuridad.
Pero cuando miró de nuevo, no había nada.
Solo el silencio.
Solo la espera.