Capítulo 1: La Deuda del Juego
El aire del Gorodok era una sopa espesa de humo de cigarrillos baratos, sudor agrio y el aroma agridulce de cerveza derramada que se había secado en el suelo de madera. Lev Nikoláievich Myshkin se sentaba en un rincón, las manos sobre las rodillas, observando. No bebía. La cerveza, le parecía, tenía un sabor a desesperación fermentada, y el whisky quemaba con el fuego falso de los valientes. Él prefería el té, pero aquí no servían té. Aquí servían olvido, a veinte centavos el vaso.
El bar era un vientre bajo de Brooklyn, cerca de los muelles. No tenía ventanas, o las tenía tapiadas con tablones, de modo que el día y la noche se fundían en una penumbra perpetua, rota solo por las bombillas desnudas que colgaban como frutos envenenados. Los hombres —mayormente rusos, ucranianos, algunos italianos de caras cerradas— hablaban en voces roncas, un coro de derrotas y deudas. Lev los escuchaba. Escuchaba el crujido de las cartas en la mesa del fondo, el tintineo de las fichas, el suspiro profundo que seguía a una mano perdida. Escuchaba, sobre todo, a su hermano.
Alexei estaba en esa mesa. Alexei, con su pelo oscuro desordenado y sus ojos que brillaban con una fiebre que no era de salud, sino de hambre. Hambre de algo: de suerte, de redención, de un golpe de fortuna que borrara la grisura de sus días. Lev lo observaba desde la distancia, con una mezcla de ternura y un dolor sordo, premonitorio. Sabía que Alexei jugaba con dinero que no tenía. Lo sabía por la forma en que se pasaba la lengua por los labios secos, por el temblor casi imperceptible de sus dedos al coger las cartas, por la risa demasiado aguda que soltaba cuando ganaba una mano insignificante. Era una risa que no venía de la alegría, sino del alivio momentáneo de no haber caído, todavía, al abismo.
La puerta del bar se abrió, dejando entrar una cuchillada de luz grisácea de la calle, y con ella, un hombre. No hizo ruido al entrar, pero el silencio lo precedió. Las conversaciones se apagaron en secciones, como velas sopladas por un viento frío. Era Parfión Rogozhin.
Lev no lo conocía de nombre, pero su naturaleza lo reconoció al instante. Rogozhin no era alto, pero era ancho, compacto, como tallado en un bloque de roca oscura. Llevaba un abrigo negro, caro pero ajado en los bordes, y no se lo quitó. Su cara era pálida, de una palidez enfermiza que contrastaba con los ojos negros, dos pozos de carbón en los que ardía una llama quieta, fija. No miraba a derecha ni a izquierda; su mirada fue directa, imantada, hacia la mesa de juego donde Alexei, abstraído, contaba sus escasas fichas con avidez.
Rogozhin se acercó. Sus pasos no hacían ruido en el serrín del suelo. Se detuvo detrás de Alexei, y durante un largo minuto, solo lo observó. La partida continuó, tensa ahora. Los otros jugadores bajaban la vista, fingían concentración en sus naipes. Alexei, sintiendo el peso de esa mirada en su nuca, se volvió.
La sonrisa que intentó fue un espasmo triste en su rostro juvenil. «Parfión… Parfión Semiónovich. No sabía que…»
«La deuda, Alexei Nikoláievich», dijo Rogozhin. Su voz era baja, ronca, como si las palabras se arrastraran por grava. No había enfado en ella. Solo un hecho. Como anunciar la hora o el clima.
«Sí, sí, claro. La semana que viene, te lo juro. He tenido un pequeño revés, pero…»
«La deuda era para ayer.»
El aire se espesó aún más. Lev, en su rincón, sintió un frío que le subía por la columna. Sus manos se apretaron sobre sus rodillas. No digas nada, Alexei. Paga, o promete pagar con humildad. No desafíes a la oscuridad.
Pero Alexei, acorralado, eligió la bravuconería del débil. Enderezó la espalda, una sombra de su hermano mayor en su gesto. «¿Y qué vas a hacer? ¿Matarme? Aquí, delante de todos. No eres nadie, Rogozhin. Un cobrador de deudas con abrigo de segunda mano.»
Fue como si una cuerda, tensada hasta lo invisible, se rompiera. Rogozhin no cambió de expresión. Solo aquellos ojos negros parecieron absorber toda la luz de la habitación. Con un movimiento que no fue rápido, sino terriblemente eficaz, cogió a Alexei del cuello de la camisa y lo arrancó de la silla.
El resto fue un ballet brutal y silencioso. No hubo gritos, al principio. Solo el sonido sordo de los golpes. Rogozhin no usaba los puños cerrados; usaba la mano abierta, la palma, el borde, como si estuviera amasando una masa resistente. Cada impacto tenía un sonido húmedo, aterrador. Alexei, aturdido, intentó cubrirse, pero sus brazos eran ramas frágiles contra un tronco. Cayó de rodillas. Un golpe lateral lo tiró al suelo, sobre el serrín y la cerveza seca.
«Cincuenta dólares», decía Rogozhin, entre golpe y golpe, con la misma monotonía. «Cincuenta dólares y la palabra de un Myshkin. Una mierda. Tu palabra es una mierda, Alexei Nikoláievich.»
Lev se levantó. No lo pensó. Su cuerpo se movió antes que su mente. Y su mente, en ese instante, no era la de un hombre calculando riesgos, sino la de un principio en movimiento. El principio decía: No puedes ver sufrir a un hermano. No puedes permitir que la crueldad florezca sin oponerle algo. Aunque ese algo seas tú.
Caminó hacia ellos. Sus pasos, a diferencia de los de Rogozhin, sí hicieron ruido. Chirriaron en la madera. Todos los ojos en el bar —avergonzados, temerosos, ávidos— se volvieron hacia él. Era alto, delgado, con un rostro de una placidez casi infantil, pero ahora iluminado por una luz interior que parecía absurda en aquel lugar. Llevaba un traje modesto, limpio pero desgastado en los codos.
«Por favor», dijo Lev. Su voz sonó extraña en el silencio, no porque fuera fuerte, sino porque era clara, sin la costra de resentimiento o miedo de las demás. «Por favor, déjelo.»
Rogozhin detuvo el brazo en el aire. Se volvió lentamente, como si el movimiento requiriera un gran esfuerzo. Sus ojos negros encontraron los de Lev. No hubo sorpresa en ellos. Solo una evaluación fría, como quien examina un insecto raro.
«¿Tú quién eres?»
«Soy su hermano. Lev Nikoláievich.»
Un destello de algo —¿reconocimiento? ¿desprecio?— cruzó la cara pétrea de Rogozhin. «Ah. El otro Myshkin. El bueno. He oído hablar.» La palabra «bueno» la dijo como si nombrara una enfermedad. «¿Tienes cincuenta dólares?»
«No los tengo.»
«Entonces cállate y vete. O te acompaño a la puerta.»
Alexei, en el suelo, gimió. Un hilo de sangre le bajaba de la comisura de la boca. Sus ojos, nublados por el dolor, encontraron los de Lev. En ellos no había gratitud, sino un pánico suplicante. Sálvame, decían. Y después te odiaré por verme así.
Lev no miró el dinero. Miró a Rogozhin. Y habló, con esa sinceridad desarmante que era su don y su maldición. «No es el dinero. Es el acto. Golpearlo así… no resuelve nada. Solo siembra más dolor. Él te pagará. Te lo prometo.»
Rogozhin soltó una risa corta, seca, como el crujir de una rama muerta. «¿Tu promesa? ¿La promesa de un Myshkin? Ya tengo una. Vale menos que la mierda de perro de la calle.» Se inclinó, agarró a Alexei del pelo y tiró de su cabeza hacia atrás. «Mira a tu hermano, Lev Nikoláievich. Mira lo que es. Un mentiroso. Un jugador débil. Una rata. ¿Defiendes a las ratas?»
El corazón de Lev latía con una calma extraña, febril. Sentía la fiebre de la compasión, una fiebre que lo quemaba por dentro. «No defiendo sus errores. Defiendo su humanidad. Incluso una rata sufre. Y el sufrimiento, infligido así… es un pecado.»
La palabra «pecado» resonó en el aire viciado como un objeto de otro mundo. Algunos hombres bajaron la cabeza. Rogozhin, por primera vez, pareció genuinamente interesado. Soltó el pelo de Alexei, que cayó hacia delante con un quejido, y se enderezó para enfrentarse por completo a Lev.
«¿Pecado?», musitó. Se acercó un paso. Lev no retrocedió. Olía a tabaco fuerte, a alcohol barato, y a algo más: a hierro frío, a violencia contenida. «Aquí el único pecado es ser débil. Y tú eres débil, Myshkin. Se te nota en la cara. Tienes la cara de los que creen en cuentos de hadas.»
«Creo en la posibilidad de la bondad», dijo Lev, y su voz tembló ligeramente, no por miedo, sino por la intensidad de la convicción. «Incluso aquí. Incluso ahora.»
Rogozhin lo estudió. Su mirada recorrió el traje raído, las manos finas, los ojos claros y sinceros. Era como si viera a través de la carne, hasta el núcleo iluso y brillante que había dentro. Y algo en ese núcleo pareció irritarlo profundamente, como una luz que descubre la suciedad.
«Tu bondad», dijo, escupiendo la palabra, «me debe cincuenta dólares. Y como no los tienes… te voy a dar un adelanto. Un adelanto del mundo real.»
Lev vio el puño venir. No era como los golpes a Alexei; este venía con la fuerza total, cerrado, buscando borrar de un impacto esa luz que tanto le molestaba. Lev, por instinto, o quizá por una extraña aceptación, giró ligeramente el rostro. El puño le golpeó en la mejilla, cerca de la mandíbula.
El mundo estalló en una constelación de chispas blancas. El dolor fue agudo, eléctrico, seguido de un calor que se extendió como lava por su cara. Cayó de espaldas, aturdido. El sabor del cobre —su propia sangre— llenó su boca. El suelo, pegajoso y sucio, recibió su cuerpo.
Desde el suelo, vio las botas negras de Rogozhin acercarse. Oyó la voz, que ahora sonaba desde muy lejos, como a través de un túnel. «Mira, todos. El santo Myshkin. En el fango. Donde pertenece.»
Pero entonces, algo ocurrió. Algo en la visión de Lev, tumbado allí, con el sabor de la sangre y la humillación, se aclaró de repente. Vio a Alexei, arrastrándose lejos, aprovechando la distracción. Vio las caras de los hombres en el bar: algunas llenas de lástima, otras de un disfrute sórdido, la mayoría de un miedo vacío. Y vio a Rogozhin, de pie sobre él, no como un monstruo, sino como un hombre. Un hombre cuyos ojos negros, en el momento del golpe, no habían mostrado placer, sino algo parecido a una furia desesperada. Como si al golpear esa bondad, estuviera intentando matar algo en sí mismo.
Con un esfuerzo que le hizo crujir los dientes, Lev se apoyó en un codo. La sangre le goteaba de la boca al suelo. Miró a Rogozhin directamente.
«Gracias», dijo, con la voz pastosa por la hinchazón.
Rogozhin se quedó inmóvil. «¿Qué?»
«Gracias», repitió Lev, y un hilo escarlata dibujó un camino en su barbilla. «Por mostrarme… que el dolor… es real. Pero no me has convencido.»
«¿De qué no te he convencido, idiota?»
«De que la bondad sea débil.» Lev logró sentarse. Todo el bar contuvo el aliento. «Es fuerte, Parfión Semiónovich. Tan fuerte que duele cuando la golpeas. Como duele ahora en tu mano.»
Rogozhin miró su propio puño, como si lo viera por primera vez. Los nudillos estaban enrojecidos, la piel rozada. Un temblor, leve, casi imperceptible, recorrió su brazo. No era fatiga. Era algo más. Lev lo vio. Lo vio y lo comprendió, con esa comprensión que le venía a veces, como un rayo que ilumina un paisaje desolado: el hombre frente a él estaba tan hambriento, tan vacío, como Alexei. Solo que su hambre no era de suerte, sino de algo para creer que no fuera esta cadena interminable de deudas y violencia.
El momento se quebró. Rogozhin apartó la mirada, como si la claridad de los ojos de Lev le quemara. «Recoge a tu basura y lárgate», gruñó, volviéndose. «Tienes una semana. Los cincuenta dólares. O la próxima vez no será un solo golpe. Será una lección que no olvidaréis.»
Se alejó, su figura negra absorbiéndose en la penumbra del fondo del bar, hacia una puerta trasera que nadie usaba salvo él. La tensión se rompió en un murmullo de voces que volvían a la vida, avergonzadas, como si todos hubieran sido sorprendidos en un secreto vergonzante.
Lev se arrastró hasta donde Alexei estaba, apoyado contra la pared, respirando con dificultad. Le ayudó a ponerse de pie. Alexei evitaba su mirada.
«Vamos a casa», dijo Lev, su voz ahora un susurro ronco. Cada palabra le dolía en la cara hinchada.
En la calle, la luz gris de la tarde los golpeó como un reproche. Los sonidos de Brooklyn —el tranvía chirriante, los gritos de los vendedores, el llanto lejano de un niño— parecían pertenecer a un planeta diferente. Caminaron en silencio, el mayor sosteniendo al menor, ambos cojeando, ambos sangrando, cada uno por heridas distintas.
Fue Alexei quien habló primero, su voz cargada de un veneno que no era para Rogozhin, sino para el hombre que lo había salvado. «¿Por qué lo hiciste? ¿Por qué tenías que hablar? ¿Querías hacer el papel de mártir? ¿De santo?»
Lev no respondió de inmediato. Sentía el latido de su mejilla, un tambor sordo que marcaba el compás de su nueva realidad. Miró las fachadas de los edificios, los rostros apresurados y cansados de los transeúntes. Todos llevaban su propia deuda, su propio Rogozhin interno o externo.
«No lo hice por ser santo, Alyosha», dijo al fin, usando el diminutivo cariñoso que no usaba desde que eran niños. «Lo hice porque era lo único que podía hacer. Verte sufrir… y no hacer nada… eso habría sido peor que el golpe.»
«Pero ahora nos debe a los dos», escupió Alexei. «Y a él no le importan tus sermones. Solo le importa el dinero. O la sangre.»
Lev asintió lentamente. El movimiento le provocó un nuevo chorro de dolor. Por primera vez, una fisura, fina como el cristal, se abrió en su certeza interior. Había intervenido movido por un impulso que creía puro, universal. Había enfrentado la oscuridad con la única arma que poseía: su convicción. Y la oscuridad le había devuelto un golpe, no solo físico, sino una revelación: su bondad no había transformado a Rogozhin. Lo había enfurecido. No había redimido el momento; solo lo había complicado, arrastrándose él también al fango de la deuda y la amenaza.
¿Era la bondad, entonces, inútil? ¿O simplemente era insuficiente en un mundo donde las reglas las escribían hombres con puños de hierro y almas vacías?
«Lo pagaremos», murmuró Lev, más para sí mismo que para su hermano. Pero las palabras sonaron huecas, incluso para sus propios oídos. No tenía cincuenta dólares. Y aunque los tuviera, sabía, con una certeza que le heló la sangre a pesar del dolor punzante de su cara, que lo que Rogozhin quería ahora no era solo el dinero. Era algo más. Era romper aquella luz que había osado brillar frente a su oscuridad. Era demostrar que el fango era el destino final de todos, incluso de los que creían volar.
Al doblar la esquina hacia su edificio, una pensión triste con la pintura descascarillada, Lev miró el cielo. Estaba cubierto por un manto de nubes bajas, plomizas, que no prometían lluvia, solo una opresión perpetua. Respiró hondo, y el aire, cargado de hollín y miseria, le quemó los pulmones.
La primera fisura en su fe no era en la bondad de los demás. Era en la eficacia de la suya propia. Y esa fisura, minúscula pero profunda, empezó a sangrar en su interior, gota a gota, en un silencio aún más ensordecedor que los golpes en el bar.
Capítulo 2: La Sombra de Rogozhin
La semana que siguió a aquella noche en el bar Gorodok se desplegó como una lenta asfixia. No fue el estallido repentino que Alexei temía, ni el asalto frontal que la lógica del miedo anticipaba. Fue algo peor: una penetración silenciosa, una sombra que se adhería a los bordes de su vida cotidiana, corroyendo la frágil normalidad que los Myshkin habían construido a fuerza de sudor y silencio.
El negocio era una mercería en un local angosto de la calle Orchard, un hueco entre una carnicería kosher y una zapatería con el escaparate siempre polvoriento. Lo regentaba Sonia, la hermana menor, con una eficacia silenciosa que contrastaba con la nerviosa energía de Alexei y la quietud contemplativa de Lev. La tienda olía a tela nueva, a madera de los cajones y al tenue aroma a alcanfor que Sonia esparcía para ahuyentar la polilla. Era un olor a orden, a esfuerzo contenido, a un mundo pequeño pero propio.
La primera señal no pareció una señal. Fue un martes por la mañana, cuando Lev ayudaba a desembalar un cargamento de hilos importados de Inglaterra, un lujo modesto que Sonia se permitía para una clientela exigente. Los hilos, meticulosamente enrollados en sus carretes de madera, aparecieron todos cortados, destrozados como si unas tijeras furiosas hubieran danzado sobre ellos. No había fuerza en el corte, sino una meticulosidad vandálica. El embalaje exterior estaba intacto. El repartidor, un hombre de rostro curtido al que conocían de años, se encogió de hombros con una expresión vacía.
—A veces pasa en el almacén —murmuró, evitando la mirada de Lev, que no era acusadora, sino profundamente interrogadora.
—¿Quién los tocó? —preguntó Lev, sosteniendo uno de los carretes mutilados. El hilo color carmesí colgaba como una tripa seca.
—Quién va a ser, muchacho. Cosas que pasan.
Sonia no dijo nada. Recogió los restos con manos que apenas temblaban y los depositó en el cubo de la basura. Su silencio era más elocuente que cualquier queja. Era el silencio de quien reconoce el lenguaje de una amenaza antes de que esta se nombre.
La segunda señal llegó al día siguiente. Un cliente habitual, la señora Abramowitz, que compraba encajes para los manteles del sabbath, entró en la tienda con el rostro descompuesto.
—Sonia, hija, lo siento —farfulló, sin mirar a los ojos a la muchacha—. Mi sobrino… ha abierto una tienda en Brooklyn Heights. Más cerca de mi casa. Ya sabes.
Se fue sin comprar nada, dejando en el aire el olor a perfume barato y a miedo. A la tarde, otros dos clientes cancelaron pedidos pendientes con excusas vagas y avergonzadas. La noticia, como un reguero de pólvora húmeda, se extendía: la mercería de los Myshkin tenía problemas. Y en el Lower East Side, los problemas tenían un solo dueño posible.
Alexei no apareció en la tienda en tres días. Lev lo encontró en su buhardilla, una habitación bajo techo que olía a sudor rancio, a alcohol barato y a la dulzura ácida de algo que Lev no quiso identificar. Alexei estaba sentado en el borde de la cama deshecha, la camisa abierta, contemplando sus manos temblorosas como si no le pertenecieran.
—Han ido a la tienda —dijo Lev, sin preámbulos, dejándose caer en la única silla, que crujió bajo su peso.
—¿Quiénes? —La voz de Alexei era ronca, un susurro gastado.
—No hace falta nombre, Alyosha. Cortaron el cargamento de hilos. Asustan a los clientes.
Alexei soltó una risa corta, seca, que terminó en un acceso de tos.
—¿Y qué quieres que haga? ¿Que vaya y les pida perdón? Les debo dinero, Lyovushka. Dinero que no tengo. No es una discusión filosófica, es aritmética. Cincuenta dólares. O los doy, o…
—O ¿qué? —preguntó Lev, y en su tono no había reproche, sólo una curiosidad dolorosa, como si diseccionara una enfermedad.
—O toman algo de igual valor. La tienda. O a Sonia. —Alexei pronunció el nombre de su hermana y al instante se encogió, como si la palabra lo hubiera quemado. —No lo dirán así. Pero es eso. Rogozhin no es un prestamista, es un… un agujero. Se traga todo.
Lev observó a su hermano. El miedo en Alexei no era el miedo a un golpe, sino el miedo a un vacío, a la propia y dulce tentación de caer en él. Vio el brillo febril en sus ojos, la necesidad que lo consumía por dentro, más poderosa que cualquier amenaza externa.
—Tú también tienes hambre, Alyosha —murmuró Lev, casi para sí mismo—. Pero es otra hambre. Rogozhin… él tiene la suya. Es un hombre desesperado.
—¡Por el amor de Dios, deja de analizarlo! —estalló Alexei, levantándose de un salto. Su cuerpo delgado vibraba de ira impotente—. ¡No es un caso clínico, es un matón! Un animal con un abrigo caro. ¿No lo viste? ¿No sentiste su puño? Tu compasión… es un lujo que no podemos permitirnos. Nos va a matar.
—No —dijo Lev con una calma que sonó surrealista en la habitación miserable—. No me matará. Hay algo… en él me miraba y no veía a un acreedor viendo a un deudor. Veía a un hombre que… reconocía algo. Algo que le daba miedo.
Alexei lo miró con una mezcla de lástima y horror.
—Estás loco. Tan loco como dicen. Él te dio miedo, Lyovushka. Miedo físico, sano. Y es lo único que entenderá.
La tercera señal fue la más clara. Fue el viernes, al caer la tarde. Sonia cerraba las persianas de la mercería cuando un muchacho, un newsie de rostro sucio y ojos ancianos, se acercó corriendo y le deslizó un sobre grueso en la mano antes de escabullirse entre la multitud. No hubo palabras. El sobre no tenía remite. Dentro, no había una nota. Había una pluma estilográfica, de oro macizo, con un capuchón enjoyado con un pequeño rubí. Era un objeto de una belleza obscena, de un lujo fuera de lugar en aquel entorno. Y estaba rota. La punta de iridio, delicada y precisa, estaba doblada contra el cuerpo de la pluma, inútil. Junto a ella, tres billetes de diez dólares, arrugados, sucios. Treinta dólares. No eran cincuenta. Era un pago a cuenta, un recordatorio de que la deuda seguía viva, y un símbolo: algo bello, útil, valioso, destrozado deliberadamente.
Sonia sostuvo la pluma rota en su palma, bajo la tenue luz de la bombilla del local. No lloró. Su rostro, normalmente sereno, se había transformado en una máscara de fría y absoluta comprensión. Cuando Lev llegó, atraído por el silencio anormal, la encontró así, inmóvil.
—Mira —dijo ella, y su voz era plana, metálica—. Nos envía un regalo.
Lev tomó la pluma. El oro estaba frío. El rubí centelleaba con una luz sanguínea.
—Es una firma —murmuró Lev.
—¿Una qué?
—Una firma. No es sólo una amenaza. Es… una confesión. Él también se siente roto. Y nos muestra su rotura, para que veamos que puede romper la nuestra.
Sonia por fin alzó la vista hacia su hermano. En sus ojos grises, tan parecidos a los de Lev pero sin ese velo de lejanía, ardía una furia helada.
—Lev, por favor. Deja de buscar almas perdidas donde sólo hay criminales. Esto no es una confesión. Es una muestra de poder. Dice: ‘Mira lo que puedo destrozar. Mira lo caro que es lo que destrozaré. Y mira que te doy parte del dinero, para que sepas que el juego continúa, que no es un fin, es un proceso’. Es un hombre que disfruta del sabor de nuestro miedo. Nada más.
—¿Y si es ambas cosas, Sonetchka? —preguntó Lev, con esa terquedad suya que parecía blandura pero era de una dureza diamantina—. ¿Si el poder que ejerce es la única forma que conoce de… existir? De tocar a otra persona.
Sonia cerró los ojos un instante. Cuando los abrió, la furia se había apagado, dejando paso a una fatiga infinita.
—No importa. Lo que importa es que tenemos veinte dólares más que reunir en tres días. Y que Alexei no va a conseguirlos. Y que yo no voy a permitir que esta tienda, que es lo único que tenemos, sea el pago.
—No lo será —dijo Lev, pero su voz carecía de la fuerza convincente de la certeza. Sonaba a declaración de principios, no a un plan.
La sombra se materializó por fin la noche del sábado.
Lev había salido a comprar pan para la cena. El aire estaba frío, cargado del olor a fritanga de los puestos callejeros y el hollín de las fábricas. Al doblar la esquina hacia la panadería de los Rabinovich, lo vio.
Estaba apoyado contra la farola, bajo el cono de luz amarillenta que atraía a un enjambre de mosquitos nocturnos. Llevaba el mismo abrigo oscuro, las manos hundidas en los bolsillos. No fumaba. No miraba a su alrededor. Miraba directamente a Lev, como si lo hubiera estado esperando, como si el encuentro fuera una cita pactada.
Rogozhin.
Lev no se detuvo. No aceleró el paso. Caminó hacia él con esa misma andadura un poco desgarbada, sincera, que tenía. Se detuvo a un metro de distancia. El olor a colonia barata y a lana impregnada de humo de tabaco era más fuerte que el de la calle.
—Buenas noches —dijo Lev.
Rogozhin no respondió al saludo. Sus ojos oscuros, hundidos, recorrían el rostro de Lev, buscando algo. No era la mirada de un bravucón. Era la mirada de un hombre que hurga en una herida propia.
—La pluma —dijo al fin, su voz un rumor áspero—. ¿La recibieron?
—Sí.
—¿Le gustó a su hermana?
—La rompiste —dijo Lev, no como una acusación, sino como la constatación de un hecho clínico.
Un espasmo, rápido como el relámpago, cruzó el rostro de Rogozhin.
—Las cosas se rompen, príncipe. Es lo que hacen. —El ‘príncipe’ lo pronunció con una mueca, no exactamente burlona, sino amarga. —Tu hermano no tiene el dinero.
—No.
—Tú tampoco.
—No.
Rogozhin asintió, lentamente, como si confirmara una teoría largamente sostenida.
—Entonces viene el pago en especie. La mercería es un buen local. La calle Orchard está subiendo.
—No es tuya —dijo Lev, y por primera vez hubo un filo en su voz, no de ira, sino de una tristeza profunda—. Es el trabajo de toda una vida. De mi padre. De Sonia.
—¿Y? —Rogozhin se encogió de hombros, un gesto enorme y pesado—. Mi padre también trabajó toda la vida. En los muelles. Se reventó la espalda. Murió tosiendo polvo de carbón. ¿Y sabes qué me dejó? Nada. Menos que nada. Un apellido y unos puños. El mundo se lleva lo que quiere, príncipe. Yo sólo cobro lo que me debe.
El diálogo no era un duelo. Era algo más extraño: una confesión a dos voces, en la que uno confesaba su cinismo y el otro su fe, y ambas sonaban igual de desesperadas.
—Podemos encontrar otra forma —insistió Lev—. Alexei puede trabajar. Puede pagarte con tiempo.
—El tiempo —escupió Rogozhin— es lo único que no tiene. El tiempo se acaba. Para todos. —Hizo una pausa. Su respiración era audible, un leve silbido entre los dientes—. Hay otra forma.
Lev guardó silencio, esperando. Sabía, con esa intuición que lo asaltaba en los momentos más inoportunos, que lo que vendría sería una proposición monstruosa, pero también una puerta entreabierta.
—Tú —dijo Rogozhin, clavando sus ojos en los de Lev—. Vienes a trabajar para mí. Un mes. No en el puerto, no cargando cajas. A mi lado. Haces los recados. Ves cómo se hace el negocio.
—¿Por qué? —La pregunta de Lev era genuinamente perpleja.
—Porque quiero ver —rugió Rogozhin, y de pronto la furia volvió a asomar, caliente y cercana—. Quiero ver cómo esa… esa mirada tuya… se apaga. Quiero ver si la compasión aguanta cuando veas de qué está hecho el mundo de verdad. Un mes. Y la deuda de tu hermano se borra. Todos limpios.
El aire entre ellos parecía vibrar. La proposición era, en efecto, monstruosa. Era una trampa, una humillación, una curiosidad malsana. Pero también era, Lev lo sintió en el tuétano, un grito. Rogozhin no quería un esclavo; quería un testigo. O quizás un verdugo para su propia y débil esperanza.
—Y si no se apaga —dijo Lev, en voz tan baja que casi se la llevó el viento—. ¿Qué pasa entonces?
Rogozhin lo miró fijamente. Durante un instante, en la profundidad de sus ojos oscuros, pareció asomarse no el matón, sino el hijo del estibador, el hombre que había aprendido que toda belleza termina rota.
—Entonces —susurró—, será peor para ti. Mucho peor.
Giró sobre sus talones y se fundió en la oscuridad del callejón contiguo, dejando a Lev solo bajo la farola, con el olor a pan recién horneado llegando desde la panadería y el peso de una elección imposible anclada en el pecho.
La sombra ya no acechaba desde fuera. Había cruzado el umbral. Y ahora le ofrecía a Lev la oportunidad de entrar voluntariamente en sus fauces. La seguridad familiar, aquella ilusión tenue, se había esfumado. La huida era imposible. Sólo quedaban dos caminos: la destrucción desde fuera, o la corrupción desde dentro. Y Lev, parado en la isla de luz amarilla, comprendió que su verdadera prueba no era salvar la mercería, ni siquiera salvar a Alexei. Era salvar su propia alma en el vientre de la bestia. Y la mirada hambrienta de Rogozhin le decía que ése era precisamente el banquete que esperaba.
Capítulo 3: El Encuentro con Nastasia
La invitación llegó en un sobre de papel grueso, color marfil, con el nombre grabado en letras azules y finas. No era para él, por supuesto. Era para Sonia. La había enviado una antigua compañera del conservatorio, una muchacha que ahora se llamaba a sí misma socialite y estaba casada con un hombre que importaba seda. Sonia la había leído en voz alta, sentada en el taburete de la mercería, con los dedos manchados de tinta azul de coser etiquetas. «Una velada. En el piso alto del edificio Sherry-Netherland. Se ruega etiqueta.» Había hecho una pausa y luego había dicho, sin mirarlo: «Debes venir, Lev. No puedo ir sola. Y… quizás sea bueno. Para distraernos.»
Él había asentido, sin comprender del todo qué significaba «etiqueta» en ese contexto, pero sintiendo el peso de la preocupación de su hermana como una losa sobre sus hombros. Desde la noche del encuentro con Rogozhin, la casa había respirado con el ritmo lento y sofocante de una fiebre. Alexei no salía de su habitación, oía sus pasos inquietos a través del delgado tabique, el raspar de una cerilla, el suspiro que era casi un gemido. La mercería funcionaba, pero el aire estaba enrarecido; los clientes habituales entraban con prisas falsas, evitando mirar a los ojos. La pluma rota seguía sobre el mostrador, cerca de la caja registradora, como un memento mori en miniatura. Nadie la había movido.
Sonia le prestó un traje. Era de su difunto padre, un traje de lana oscura, un poco holgado en los hombros de Lev, pero bien cortado. El olor a naftalina se le pegó a la piel, un aroma a tiempo detenido, a recuerdos que no le pertenecían. Mientras se anudaba torpemente la corbata frente al espejo empañado del baño, Lev se observó. Su rostro le pareció extraño, como si la formalidad de la ropa le hubiera robado algo esencial, dejando al descubierto sólo una expresión de perplejidad expectante. «No pertenezco a esto», pensó, pero la idea no le producía angustia, sólo una tristeza clara, como la de un niño que observa una función de teatro desde detrás del telón.
El automóvil que los llevó —un taxi alquilado con los últimos dólares de la reserva de Sonia— avanzó por calles que se transformaban. Brooklyn, con sus fachadas de ladrillo y sus ropas tendidas, se desvaneció tras el puente. Manhattan se alzó como una iluminación enfermiza: rascacielos cuyas cimas se perdían en una bruma sucia, iluminados por miles de ventanas que parecían ojos vigilantes. El aire, incluso dentro del coche, olía a gasolina caliente y a la promesa metálica de la lluvia.
El vestíbulo del Sherry-Netherland era un templo de mármol y silencio amortiguado. Alfombras gruesas ahogaban los pasos. Lev sintió la lana áspera de su traje rozarle el cuello, un recordatorio constante de su impostura. Los ascensistas, con libreas impecables, los observaron con una neutralidad que era más condenatoria que el desprecio abierto. Sonia, con un vestido sencillo de seda color ciruela, caminaba erguida, pero su mano, enguantada, se aferraba al brazo de Lev con una fuerza que delataba su pánico.
La fiesta era un rumor que crecía a medida que ascendían, un zumbido de voces, cristal y una música de cuerda que se colaba por las paredes. Al abrirse las puertas del ascensor, el sonido los envolvió como una ola cálida y perfumada. El aire olía a tabaco caro, a perfume de gardenias y a un leve tufo a sudor enmascarado. La habitación era vasta, con altos techos con molduras doradas y ventanales que mostraban un Nueva York reducido a un tapiz de luces titilantes. La gente formaba grupos que parecían esculturas móviles: hombres con el pelo engominado y sonrisas anchas y vacías; mujeres con vestidos que brillaban como escamas, sus risas un cascabeleo artificial.
«Sonia, querida.» Una mujer joven, rubia y delgada como un junco, se abalanzó sobre ellos. Su sonrisa era brillante y tensa. «¡Qué alegría que hayas venido! Y este debe ser tu hermano… el príncipe, ¿verdad?» La palabra «príncipe» sonó en su boca como una curiosidad exótica, un adorno.
«Lev,» dijo él, inclinando la cabeza. «Mucho gusto.»
La mujer —Lillian— los arrastró hacia el interior, presentándolos a ráfagas. Nombres y rostros se fundían: un banquero, un editor, la esposa de un senador. Las manos que estrechaba Lev eran suaves o huesudas, pero todas transmitían la misma temperatura controlada. Las conversaciones giraban en torno a temas que flotaban en la superficie: la última obra de teatro, las molestias con el servicio doméstico, las perspectivas del mercado. Nadie mencionaba las colas del pan, los shantytowns junto al río, el miedo que se respiraba en las calles de Brooklyn. Aquí, la Depresión era un mal gusto del que no se hablaba, como una mancha en la alfombra que todos evitaban pisar.
Lev intentaba escuchar, realmente escuchar. Pero lo que captaba no eran las palabras, sino lo que latía debajo: la ansiedad en la risa demasiado alta del banquero, el aburrimiento resignado en los ojos de la esposa del senador, la envidia ácida que destilaba un comentario sobre un vestido. Era como si toda la habitación estuviera cubierta por una fina capa de barniz, y bajo ella la madera estuviera agrietada, a punto de pudrirse. Se sentía abrumado por una tristeza profunda, no por sí mismo, sino por ellos. Por la enorme energía que gastaban en sostener la ficción.
Fue entonces cuando la vio.
Estaba junto a la chimenea de mármol negro, aunque no había fuego encendido. No formaba parte de ningún grupo, ni parecía intentarlo. Llevaba un vestido de un rojo oscuro, casi sangriento, que contrastaba violentamente con los pasteles y los plateados de la sala. No era un vestido de fiesta al uso; era sencillo en su corte, pero la tela caía sobre su cuerpo con una insolencia que era un desafío. Su cabello, negro azabache, estaba recogido con aparente descuido, dejando mechones sueltos que enmarcaban un rostro de una belleza cortante, pálida, con ojos grandes y oscuros que parecían absorber la luz de la habitación en lugar de reflejarla. Tenía una copa de champán en la mano, pero no bebía. Sólo observaba, con una expresión que mezclaba un desdén infinito y una herida abierta.
«Ah, ella,» murmuró Lillian, siguiendo la mirada de Lev. Su voz adoptó un tono de confidencia envenenada. «Anastasia Filíppovna. Pero todos la llaman Nastasia. Una historia… bastante triste, en realidad. Vino de Rusia hace años, con no se sabe quién. Tiene un… protector. Un hombre de negocios. Muy brusco, se dice. Ella viene a estas cosas y las envenena con su sola presencia. Es como un recordatorio de algo que todos quieren olvidar.»
«¿Un recordatorio de qué?» preguntó Lev, sin poder apartar los ojos de ella.
Lillian se rió, un sonido seco. «De que el mundo no es sólo champán y molduras doradas, querido príncipe. De que hay cosas rotas que no se pueden pegar.»
Sonia le apretó el brazo, una advertencia silenciosa. Pero Lev ya se estaba moviendo, impulsado por una fuerza que no era curiosidad, sino un reconocimiento instantáneo y doloroso. En ella vio el mismo destello de desesperación autodestructiva que había vislumbrado, por un instante, en los ojos de Rogozhin. Pero mientras en él estaba cubierta por una capa de violencia bruta, en ella se exhibía con la elegancia cruel de un sacrificio.
Se acercó, sintiendo cómo el murmullo a su alrededor parecía amortiguarse aún más. El aire cerca de la chimenea era más frío. Ella no giró la cabeza, pero sus ojos, aquellos ojos negros y profundos como pozos de invierno, se desplazaron hacia él. Lo escrutaron de arriba abajo, deteniéndose en la corbata mal anudada, en los hombros ligeramente caídos del traje prestado.
«Usted es nuevo,» dijo. Su voz era baja, ronca, con un acento que envolvía las palabras en un halo de nostalgia y amargura. No era una pregunta.
«Sí. Me llamo Lev. Lev Myshkin.»
«Myshkin.» Repitió el nombre, saboreándolo, como si probara una fruta extraña. «Un nombre ruso. Pero usted no parece… un ruso de por aquí.»
«No soy de ningún ‘por aquí’,» dijo él, simplemente.
Por primera vez, una chispa de interés genuino, no sólo de curiosidad desdeñosa, cruzó su rostro. Lo estudió de nuevo, más despacio. «¿No? ¿Y qué es lo que es usted, entonces, Lev Myshkin?»
«Estoy… de paso,» respondió él, y sintió que era la verdad más profunda que podía ofrecer en ese momento.
Ella soltó una risa breve, sin alegría. Un sonido como el crujido de hielo fino. «De paso. Todos estamos de paso. Algunos hacia arriba,» su mirada barrió la sala con desprecio, «y otros hacia abajo. ¿Y usted? ¿Hacia dónde va?»
Lev no apartó la mirada. «No lo sé. Intento… no hacer daño. E intento entender.»
«¡Qué ambición tan modesta!» exclamó ella, y su tono se volvió repentinamente incisivo, afilado. «No hacer daño. En un mundo que es una máquina de hacer daño. ¿Y entender? ¿Entender qué? ¿A esta gente?» Hizo un gesto vago con la copa. «No hay nada que entender. Son muñecos de cera que se mueven por miedo y por hambre. Hambre de dinero, de posición, de olvidar.»
«Usted no es un muñeco de cera,» dijo Lev.
Ella se quedó quieta. La mueca de sarcasmo se congeló en sus labios. Por un segundo, su máscara se resquebrajó y Lev vio algo que le detuvo el aliento: un dolor tan absoluto, tan arraigado, que era como mirar a un animal acorralado que ha dejado de luchar. Luego, la máscara volvió a bajar, más dura, más brillante.
«¿No? ¿Y qué soy, entonces, según su profunda comprensión?» El desafío en su voz era ahora abierto, un duelo.
«Alguien que sufre,» dijo Lev, con una suavidad que no era condescendencia, sino un simple hecho, como nombrar el color del cielo. «Y que quizás disfruta haciendo sufrir a los demás con su sufrimiento. Es una carga muy pesada.»
El silencio que siguió fue tan denso que pareció absorber todo el sonido de la fiesta. Nastasia Filíppovna lo miraba fijamente, y en sus ojos había una guerra: rabia, sorpresa, y algo parecido a un anhelo terrible.
«Usted es un tonto,» dijo al fin, pero la palabra no tenía la fuerza del insulto. Sonaba cansada. «Un tonto peligroso. La gente como usted… la gente que dice esas cosas con esa cara de… de sinceridad beatífica… es la más dañina de todas. Ofrecen una esperanza que no existe. Es una crueldad mayor que el desprecio.»
«No ofrezco esperanza,» rectificó Lev. «Sólo veo lo que hay. Y en usted hay mucho dolor y mucho orgullo. Se golpean el uno contra el otro, y le destrozan por dentro.»
Ella dio un paso hacia él. Ahora estaban muy cerca. Podía oler su perfume, algo pesado y exótico, a jazmín y a algo más amargo, como almendras. «¿Y usted cree que puede arreglarlo? ¿Con sus palabras de niño bueno? ¿Viene a redimirme, príncipe Myshkin?» Escupió el título como si fuera un veneno.
«No puedo redimir a nadie,» dijo Lev, y su voz tembló ligeramente, no por miedo, sino por la intensidad de la verdad que expresaba. «Sólo puedo… estar presente. Ver. El dolor de los demás me duele. El suyo también.»
Ella retrocedió, como si sus palabras fueran físicamente calientes. Su risa, esta vez, fue más larga, más estridente, y atrajo miradas de los grupos cercanos. «¡Maravilloso! ¡Un santo! ¡En medio del Sherry-Netherland! ¿Lo oyen?» No alzó la voz lo suficiente para que todos la oyeran, pero el gesto era claro. Luego, bajó el tono, arrastrando las palabras hacia él en un susurro cargado de odio y de una intimidad obscena. «Déjeme contarle algo, santo Lev. Conozco a su… amigo. Al hombre de negocios brusco. A Rogozhin.»
El nombre cayó entre ellos como un cuchillo. Lev no se inmutó, pero sintió un frío que le recorrió la espina dorsal.
«Sí,» continuó ella, disfrutando del efecto. «Lo conozco muy bien. Demasiado bien. Él también quería… estar presente. Ver. Poseer, más bien. Cree que el amor es lo mismo que la propiedad. Y el odio, también. Es un hombre simple, en el fondo. Un volcán de pasiones simples. Usted, en cambio…» Le recorrió con la mirada, desde los zapatos modestos hasta los ojos claros. «Usted es complicado. Una complicación peligrosa. Él lo ha olido. Yo también. Huele a… a pureza. Y la pureza en este mundo es como una mancha blanca en un traje negro. Todos quieren ensuciarla, o arrancarla.»
«¿Por qué me dice esto?» preguntó Lev.
«Porque me divierte,» dijo ella, con una sonrisa torturada. «Porque ver cómo alguien como usted se acerca al fuego de alguien como Rogozhin… y al mío… tiene el morboso interés de un accidente a cámara lenta. Y porque…» Hizo una pausa, y por un instante la máscara cayó de nuevo, mostrando la fatiga infinita, la desesperación de quien ha probado todo y nada ha saciado el vacío. «Porque una parte de mí, una parte estúpida y muerta hace tiempo, quiere ver si es verdad. Si alguien puede mirar este… este desastre,» señaló brevemente su propio pecho, «y no sentir asco. O peor, lástima. Si alguien puede mirar y no querer poseer, ni salvar, ni condenar. Sólo… ver. Como usted dice.»
Se dio la vuelta y tomó un sorbo largo de su champán, como si fuera agua. Cuando volvió a mirarlo, sus ojos estaban vidriosos, no por la emoción, sino por una especie de fiebre interna. «Pero se equivoca, príncipe. Usted no puede sólo ‘estar’. Nadie puede. Terminará arrastrado. Rogozhin lo romperá, o usted lo transformará a él, lo cual sería aún más divertido. O…» Una sonrisa lenta, terrible, se dibujó en sus labios. «O terminará aquí, conmigo, intentando descifrar un acertijo que no tiene solución. Y eso lo destruirá de la manera más lenta y exquisita.»
«Usted no es un acertijo,» dijo Lev, y su voz recuperó una firmeza tranquila. «Es una persona que ha sido herida muchas veces y que ha decidido que su herida es su única corona. Es comprensible. Pero es muy solitario.»
Nastasia Filíppovna dejó escapar un sonido entrecortado, casi un sollozo ahogado por la risa. «¡Dios mío! ¡Es insufrible! ¿Lo oye, Sonia?» Lev giró la cabeza y vio a su hermana, pálida como la cera, observando la escena desde unos metros de distancia, con Lillian a su lado, boquiabierta. «¡Su hermano es un psiquiatra aficionado! ¡Un confesor sin iglesia!» Luego, bajó la voz de nuevo, sólo para él. «Váyase. Váyase de esta fiesta. Váyase de Nueva York si es listo. Rogozhin no juega. Y yo… yo ya no juego a nada. Sólo observo cómo se desmorona todo. Es el único espectáculo que me entretiene.»
Lev no se movió. «Gracias por la advertencia,» dijo. «Pero no puedo irme. Mi familia está aquí.»
«¡Ah, la familia!» exclamó ella, con un patetismo teatral que no lograba ocultar su amargura real. «El último refugio de los tontos. Muy bien. Entonces lo veré caer. Será… instructivo.»
Alzó su copa en un brindis mudo hacia él, y luego se volvió, dejándolo plantado frente a la chimenea fría. Su figura roja se alejó entre la multitud, y la gente pareció apartarse a su paso instintivamente, como si llevara consigo una atmósfera enrarecida y peligrosa.
Sonia se acercó a él, tomándolo del brazo con fuerza. «Lev, por favor. Tenemos que irnos. Esto ha sido… inapropiado.»
Él la miró, y en sus ojos ella no vio arrepentimiento, sino una tristeza más profunda, una comprensión que la asustó. «Tienes razón,» dijo. «Vámonos.»
Mientras salían, bajo la mirada curiosa y reprobatoria de los demás invitados, Lev sintió que el mundo conocido, el mundo de la mercería, de las deudas, de la lucha simple por la supervivencia, se había desdibujado irrevocablemente. Había cruzado un umbral invisible. No el de la alta sociedad, sino el de un reino moral mucho más intricado y peligroso. Había visto el abismo en los ojos de Rogozhin y ahora lo había visto, pulido y hermoso, en los de Nastasia Filíppovna. Y una parte de él, contra toda razón, se sentía atraída hacia ese torbellino. No por morbo, sino por esa misma compasión que era su fuerza y su maldición. Porque en medio de toda esa destrucción autoinfligida, en medio de la crueldad y el orgullo, él había visto, claramente, el destello de un alma que sufría. Y para Lev Myshkin, eso era una llamada a la que no sabía cómo no responder.
El taxi de vuelta a Brooklyn fue silencioso. Sonia miraba por la ventana, las lágrimas secándose en sus mejillas. Lev observaba las luces que se deslizaban, pensando en una corona de heridas, en un fuego frío, y en la sombra larga y brutal de Rogozhin, que ahora conectaba su humilde vida con el corazón envenenado de aquella mujer en rojo. El mundo se había vuelto más pequeño y más terrible. Y él, sin haber hecho más que hablar con sinceridad, estaba ahora irrevocablemente dentro de él.
Capítulo 4: La Propuesta Imposible
La lluvia había cesado, pero la ciudad seguía goteando, chorreando de los alféizares de piedra, de los toldos de lona, de las cornisas de los rascacielos que se alzaban como tumbas húmedas hacia un cielo de plomo. Lev caminaba por la Quinta Avenida sin ver los escaparates, sin oír el claxon de los automóviles. Llevaba consigo el eco de la voz de Nastasia Filíppovna, aquel tono de amargura revestida de seda, y el peso de la advertencia que había dejado suspendida en el aire perfumado del Sherry-Netherland: su pureza es lo más peligroso que hay aquí.
¿Era pureza? A él le parecía más bien una enfermedad, una torpeza de los sentidos que le impedía navegar las corrientes subterráneas de los hombres. Había visto en los ojos de Rogozhin, en aquel instante de silencio cargado junto al ventanal, no solo furia, sino un hambre tan vasta y desesperada que le recordó los paisajes yermos de Suiza, aquellos valles donde la nieve lo cubría todo, incluso el deseo de vivir. Y ahora, de regreso a la casa de huéspedes de Brooklyn, sentía ese vacío dentro de sí, no como hambre, sino como un presentimiento. Alexei no estaba. La habitación que compartían olía a tabaco frío y a la humedad de la ropa tendida. En la mesilla, un papel doblado, su nombre escrito con una letra angulosa y violenta.
Príncipe. El almacén de la calle Water, muelle 19. Esta noche. Venga solo. Si no viene, iré a buscar a su hermano. Y esta vez no habrá palabras.
No había firma. No hacía falta.
El almacén de la calle Water era una mole de ladrillo oscuro, comido por el salitre, que se hundía en las aguas negras del East River como un animal herido bebiendo. El olor a pescado podrido, aceite de máquinas y madera húmeda se mezclaba en una niebla palpable. Lev empujó una puerta de hierro que crujió con un sonido de queja antigua. Dentro, la penumbra era rota por un solo foco desnudo que colgaba de un cable, iluminando un círculo de suelo de cemento sucio. Alrededor, las sombras eran profundas, pobladas por las formas fantasmales de maquinaria oxidada y fardos apilados.
Rogozhin estaba sentado en un cajón de madera, inclinado hacia delante, los codos sobre las rodillas. No llevaba el traje caro de la fiesta, sino una chaqueta de cuero gastada y un jersey oscuro. Parecía más real aquí, más denso, como si la opulencia del hotel hubiera sido un disfraz que ahora se desprendía. A su lado, de pie, inmóviles como pilotes, estaban dos hombres de semblante cetrino y manos grandes. No miraban a Lev; miraban al vacío, esperando.
—Has venido —dijo Rogozhin. Su voz era ronca, sin énfasis, como si constatara un hecho inevitable.
—Usted dijo que vendría por Alexei de otro modo —respondió Lev. Se quedó en el borde del círculo de luz, sintiendo el frío húmedo que subía del suelo.
—Sí. Y habría ido. Pero no es de él de quien quiero hablar ahora. —Rogozhin se levantó, lentamente. Su silueta se recortaba contra la oscuridad, ancha, compacta. Se acercó, no con la furia animal de su primer encuentro, sino con una lentitud calculada que era mucho más inquietante. —Has estado con ella. En el Sherry-Netherland.
Lev no preguntó cómo lo sabía. Asintió.
—¿Y? ¿Qué te pareció la dama Nastasia Filíppovna? —preguntó Rogozhin, y en su voz había un tono extraño, entre la curiosidad y la amenaza.
—Es una persona que sufre mucho —dijo Lev, con la sencillez que le era natural.
Rogozhin soltó una carcajada seca, un sonido que rebotó en las paredes de metal y madera. —¡Sufre! ¡Claro que sufre! Sufre de ser la mujer más hermosa y maldita que ha pisado esta ciudad. Sufre de tener un corazón lleno de vinagre y orgullo. ¿Te contó su historia? ¿Te habló de su protector, ese viejo general que la guarda como a un jarrón chino y la muestra en sus fiestas?
—No. Solo dijo… que conocía a gente como usted.
—Como yo —repitió Rogozhin, y ahora su voz se volvió un susurro áspero. Se acercó tanto que Lev podía ver las venas rojas en el blanco de sus ojos, el temblor casi imperceptible en su labio inferior. —Ella no conoce a nadie como yo, príncipe. Nadie la ha deseado como yo la deseo. Es una obsesión. Es… —Buscó la palabra, frustrado, y golpeó su propio pecho con el puño cerrado. —Es como un fuego aquí dentro. Me quema el sueño, la comida, la razón. La quiero. La tendré.
Lev sintió un escalofrío que no provenía del frío del almacén. Había oído pasiones así descritas en novelas, en dramas, pero nunca las había sentido respirar tan cerca, en la carne viva de un hombre. Era una pasión que no tenía nada de noble; era pura posesión, un hambre caníbal.
—¿Por qué me dice esto a mí? —preguntó Lev, aunque en el fondo de su alma, una parte perversamente lúcida ya empezaba a vislumbrar la respuesta.
Rogozhin dio un paso atrás, como si necesitara espacio para desplegar su pensamiento. —Porque tú eres distinto. Porque ella te miró. En esa fiesta de muñecos de porcelana, ella te miró a ti, al raro, al que lleva un traje prestado y habla como si acabara de bajar de la cruz. Y a mí me miró a través de ti. —Su voz se quebró ligeramente. —Siempre me mira a través de alguien o de algo. A través del dinero del viejo, a través del desprecio de los demás… Nunca directamente. Nunca… a mí.
El dolor en esa confesión era tan auténtico, tan desnudo, que por un momento Lev olvidó el miedo. Vio al hombre detrás del matón, al alma rota detrás de los puños. Y compadeció. La compasión brotó en él, instantánea, involuntaria, como un flujo de sangre caliente.
—Eso debe de ser muy doloroso —murmuró Lev.
Rogozhin lo miró fijamente, como si no pudiera creer lo que oía. Luego, una sonrisa torcida, amarga, se dibujó en su rostro. —Ahí está. Ahí está la cosa. Esa… esa maldita compasión tuya. Es como un espejo que me devuelve lo que soy, y lo odio. Pero también… también quiero romperlo. Quiero ver si es real. Si puede aguantar.
Se volvió y caminó de un lado a otro dentro del círculo de luz, sus pasos resonando en el silencio. —Tu hermano me debe cincuenta dólares. Una miseria. Para mí es nada. Para él es la vida. Tú me ofreciste trabajar para mí. Un gesto bonito. Pero yo tengo una propuesta mejor. Una propuesta que limpia la deuda de una vez, para siempre.
Se detuvo y clavó sus ojos en los de Lev.
—Tú vas a conseguir que Nastasia Filíppovna venga a mí. Que acepte ser mía.
El aire pareció solidificarse. Lev sintió que el suelo se inclinaba.
—¿Yo? —logró articular. —¿Cómo? ¿Por qué habría de hacerlo ella?
—Porque tú le interesas. Eres nuevo. Eres… puro, como ella dice. Eres la antítesis de todo lo que la rodea. Si tú se lo pides, si tú le dices que es lo mejor, que yo… que yo la cuidaré, que la quiero de un modo que ese viejo no la quiere… quizá escuche. —La voz de Rogozhin perdió por un momento su seguridad, traicionando una esperanza infantil, patética. —Y si no escucha… entonces tú me la traes. La convences. Usa esa bondad tuya como un gancho. Como un cebo.
Lev sintió una náusea repentina. No era solo la vileza de la propuesta; era la perversión de todo lo que él era, o intentaba ser. Su compasión, convertida en moneda de cambio. Su sinceridad, usada como trampa.
—No —dijo, y su voz sonó clara, extrañamente serena en la inmensidad sórdida del almacén. —No puedo hacer eso. No la conozco. No soy nadie para decidir por ella. Y usted… usted no la quiere, la desea como se desea un objeto. Eso la destruiría. A usted también.
Rogozhin enrojeció. Un temblor recorrió sus hombros. —¿Me das lecciones, ahora? ¿Tú, que no has tenido nada, que no has deseado nada en tu vida?
—He deseado no sufrir —respondió Lev sencillamente. —Y he deseado que los demás sufran menos. Lo que usted propone es hacerla sufrir más, por un capricho de su orgullo herido.
—¡No es un capricho! —rugió Rogozhin, y el grito fue tan desgarrador que los dos hombres de las sombras se estremecieron. —¡Es la única cosa que quiero! ¡La única! Y tú, con tu santurronería barata, te interpones. Muy bien. Entonces pagamos de otra manera. La deuda de tu hermano se duplica. Cien dólares. En una semana. Y si no los tiene, no solo le rompo los huesos. Lo entrego a gente que tiene menos… escrúpulos que yo. Gente para la que un joven apuesto como Alexei es una mercancía con muchos usos. ¿Entiendes?
El horror se apoderó de Lev, frío y metálico. Vio la imagen: Alexei, asustado, vanidoso, débil Alexei, en manos de esas sombras. No podía permitirlo. Pero lo que Rogozhin pedía era una traición a todo principio, a la débil luz que intentaba mantener encendida dentro de sí.
—No puedo —repitió, pero esta vez su voz tembló.
—Puedes —dijo una voz desde la entrada.
Todos se volvieron. Bajo el marco de la puerta de hierro, recortada contra el gris plomizo del cielo nocturno, estaba Nastasia Filíppovna. Llevaba un abrigo oscuro de corte impecable, pero sin sombrero. Su cabello negro, liso, caía como una cascada de tinta sobre los hombros. Su rostro estaba pálido, de una palidez marmórea, y sus ojos, enormes, brillaban con una luz febril, irónica, terrible.
Rogozhin contuvo la respiración. Pareció encogerse y expandirse al mismo tiempo, como si una corriente eléctrica lo atravesara. —Nastasia… ¿Cómo…?
—Tu perro me siguió desde el hotel —dijo ella con desdén, señalando con un leve gesto de cabeza a uno de los hombres de las sombras. —Y yo lo seguí a él. Soy curiosa. Y esta noche… me aburría mortalmente. —Entró, caminando con lentitud deliberada, como si pisara el suelo de un salón. Su mirada pasó por encima de los hombres mudos, rozó a Rogozhin, que temblaba visiblemente, y se posó en Lev. —Y tú, príncipe. Siempre en el lugar más sucio, con la compañía más baja. Es tu costumbre, ¿verdad?
—Señorita Filíppovna, no debería estar aquí —dijo Lev, sintiendo un impulso de protegerla, aunque todo en ella gritaba que no necesitaba protección, que era ella el peligro.
—¿Por qué? ¿Porque este almacén apesta a pescado muerto y a sueños brutales? Prefiero este olor al perfume rancio del Sherry-Netherland. Al menos aquí la podredumbre es honesta. —Se acercó a Rogozhin. Lo miró de arriba abajo, con una expresión de curiosidad científica, como si estudiara un insecto raro. —Así que este es tu reino, Parfión Semiónovich. Ladrillo, humedad y miedo. Y tu deseo es llevarme aquí, ¿es eso? Hacer de mí la reina de este pantano.
Rogozhin intentó hablar, pero solo emitió un sonido gutural. Extendió una mano, pero no se atrevió a tocarla.
—He oído tu propuesta —continuó ella, volviéndose hacia Lev. —Al príncipe de la bondad, le pides que me venda. Como una pieza de ganado. Y él, naturalmente, se niega. Por principios. Por compasión. —Pronunció la última palabra como si fuera un veneno dulce. —Es conmovedor, realmente. Tanto honor por una mujer como yo.
—Nastasia… —logró decir Rogozhin. —No es una venta… Te lo juro. Te daría todo. Todo lo que tengo. Mi vida.
—Tu vida no vale nada, Parfión —dijo ella con suavidad letal. —Y lo que tienes es dinero sucio, acumulado apretando cuellos en callejones. ¿Crees que me impresiona? Lo único que me impresiona… —su mirada volvió a Lev, y se fijó en él con una intensidad abrasadora, —es el espectáculo de la inocencia frente a la imposibilidad. Es como ver a un niño intentando contener la marea con las manos.
Hizo una pausa. El silencio en el almacén era absoluto, roto solo por el lejano gemido de una sirena en el río.
—Muy bien —dijo Nastasia Filíppovna, y su voz cambió, se volvió clara, decidida, como el filo de un cuchillo. —Acepto.
Lev sintió que el mundo se desprendía de sus goznes. —¿Qué?
Rogozhin palideció. —¿Qué dices?
—Digo que acepto —repitió ella, articulando cada sílaba. —No porque tú me lo pidas, Parfión. No porque el príncipe hereje aquí vaya a ser tu alcahuete. Sino porque yo quiero. Porque me place. Porque estoy harta de ser el jarrón chino del general, de sonreír a idiotas en fiestas, de sentir que cada día que pasa es una mancha más en un vestido que ya está irremediablemente sucio. —Se acercó a Lev hasta quedar a un palmo de su rostro. Podía sentir el calor de su aliento, oler un perfume tenue y amargo, como de flores marchitas. —Tú, príncipe, me miras y ves una alma que sufre. Y tienes razón. Sufro. Pero mi sufrimiento no es el tuyo. El mío es activo. Es un cuchillo que giro contra mí misma y contra todos los que se acercan. Tú quieres redimirme. Él —señaló a Rogozhin sin mirarlo— quiere poseerme. ¿Sabes cuál es la diferencia? Ninguna. Los dos quieren arrebatarme lo único que me queda: mi libertad para destruirme a mi manera.
Lev intentó hablar, pero las palabras se ahogaban en su garganta. Veía en sus ojos un abismo de dolor tan profundo que su propia compasión parecía una limosna insignificante.
—Así que acepto —continuó ella, y una sonrisa cruel, triunfante, se dibujó en sus labios. —Iré contigo, Parfión Semiónovich. Seré tuya. Pero no por tu dinero. No por tus juramentos de salvaje. Lo haré para clavarle un puñal en el corazón a este príncipe. Para demostrarle que su compasión no sirve para nada. Que el mundo es un lugar donde los gestos bonitos se pisotean, y donde una mujer como yo solo puede elegir el fango en el que se hunde. —Se volvió hacia Rogozhin. Su sonrisa se desvaneció. —Perdonas la deuda del hermano. Ahora mismo. Le das un papel que lo certifique. Y me llevas lejos de aquí. Esta noche.
Rogozhin la miraba con una mezcla de triunfo y terror. Había obtenido lo que quería, pero de una manera que lo envenenaba. Era como si le hubieran entregado un tesoro envuelto en alambre de púas.
—Sí —jadeó. —Sí, lo que digas. —Se volvió hacia uno de sus hombres y murmuró unas órdenes. El hombre desapareció en las sombras.
—No —gimió Lev. La palabra le salió débil, desesperada. —No lo haga. Esto no es… esto no es libertad. Es otra prisión. Es vengarse de la vida lastimándose a sí misma. ¡Por favor!
Nastasia lo miró, y por un instante, en la profundidad de sus ojos, pareció titubear, como si una parte de ella, la parte que no estaba completamente muerta, respondiera a ese grito angustiado. Pero luego la máscara de hielo volvió a asentarse.
—Tu «por favor» es la cosa más inútil que he oído en mi vida, príncipe. Guárdatelo para alguien que crea en él. —Se dirigió a la puerta. —Vamos, Parfión. Que este lugar me asfixia.
Rogozhin la siguió, pero se detuvo un momento frente a Lev. En sus ojos ya no había odio, sino algo más complejo: una especie de respeto envenenado, y una piedad despreciativa.
—Ahí lo tienes —murmuró. —Tu bondad. Lo que hace. —Y salió tras ella.
El hombre regresó con un papel arrugado y se lo puso en la mano a Lev, sin mirarlo a los ojos. Luego, los tres se desvanecieron en la noche, dejando a Lev solo en el círculo de luz amarillenta, con el papel que absuelva a Alexei arrugado en su puño, y el sonido de unos tacones alejándose sobre el pavimento mojado, un ritmo frío y decidido que se fundía con el rumor del río.
Lev se desplomó sobre un cajón. El monólogo interior, caótico, febril, estalló en su cabeza, una cacofonía de voces que se acusaban, se lamentaban, se interrogaban.
¿Qué he hecho? ¿Qué he hecho? No he hecho nada. Ella lo ha hecho todo. Ella ha elegido. ¿Elegido? ¿Eso es elegir? Es un suicidio con testigos. Es querer probar que todo está podrido, y para probarlo, se pudre a sí misma. Y yo he sido el instrumento. Mi presencia, mi… mi maldita naturaleza, ha sido el detonante. Rogozhin tenía razón. Mi compasión es un espejo. Y ella se ha visto en él, y ha visto algo tan horrible que ha preferido arrojarse a los brazos de la bestia. ¿Es eso la redención? ¿Es eso el sufrimiento que purifica? No. Esto es pura destrucción. Y yo la he contemplado, y he dicho «por favor», y mis palabras han sido como plumas al viento.
A Alexei lo he salvado. Tengo el papel. La deuda está perdonada. He cumplido. He protegido a mi hermano. ¿A qué precio? ¿A cambio de un alma? ¿Pero es que acaso yo puedo poner precio a un alma? ¿Quién soy yo para pensar que podía salvarla? Soy un pobre diablo, un enfermo, un extranjero en mi propia piel. Ella lo dijo: mi pureza es peligrosa. Porque es falsa. Porque es impotente. Porque ilumina la miseria pero no la alivia, y esa iluminación es más cruel que la oscuridad.
Rogozhin la tendrá. La tendrá y no sabrá qué hacer con ella, salvo romperla un poco más, porque es lo único que sabe hacer. Y ella lo permitirá, porque en cada golpe verá confirmado su desprecio por el mundo. Y yo… yo tendré que vivir sabiendo que estuve allí, que pude hacer algo y no hice nada. ¿Qué podría haber hecho? ¿Forzarla? ¿Secuestrarla? ¿Suplicar de rodillas? Ella se habría reído. Se ha reído. Me ha usado como el martillo para clavarse su propio ataúd.
El papel en su mano crujió. Lo desdobló. A la luz temblorosa del foco, leyó unas pocas líneas garabateadas, una declaración de que la deuda de Alexei Myshkin con Parfión Rogozhin estaba saldada. No había condiciones. No había amenazas veladas. Era limpio. Era eficaz. Era la transacción perfecta.
Y Lev, por primera vez en su vida, sintió asco por algo que tenía en las manos. No era asco físico. Era moral. Era la sensación de haber tocado el mecanismo íntimo de la corrupción, y de que algo de esa grasa negra se le había pegado a los dedos, a la conciencia.
Se levantó. Las piernas le temblaban. Caminó hacia la puerta, salió a la noche húmeda. El aire frío le golpeó el rostro, pero no lo limpió. A lo lejos, en el muelle, vio las luces rojas de un coche que arrancaba y se perdía en la maraña de calles hacia Manhattan, hacia no sabía qué antro, qué lujosa jaula, qué infierno pactado.
Había cruzado un umbral. No el de la acción, sino el del conocimiento. Sabía ahora que la bondad, tal como él la entendía, no solo era ineficaz en este mundo de hierro y deseo; podía ser el catalizador de la peor maldad. Que la compasión podía ser el cebo para una trampa. Que a veces, intentar salvar a alguien era la forma más segura de empujarlo al abismo.
Caminó lentamente de regreso a Brooklyn, con el papel salvador y maldito arrugado en el bolsillo. La ciudad a su alrededor seguía su ritmo indiferente: luces, ruidos, vida. Pero para Lev, todo sonaba distante, amortiguado, como si una gruesa capa de cristal sucio se hubiera interpuesto entre él y el mundo. Había entrado en el juego de Rogozhin, no como jugador, sino como ficha. Y la partida, intuía, apenas comenzaba. Y la próxima jugada, temía, no sería de Nastasia ni de Rogozhin, sino suya. Y no tenía idea de qué mover, o si quedaría alguna pieza intacta para cuando terminara.
Capítulo 5: El Barrio en Llamas
El olor llegó primero. Un olor agrio, a madera vieja y pintura descascarillada quemándose, mezclado con algo más dulzón y nauseabundo: basura acumulada en los callejones, telas baratas, sueños convertidos en combustible. Lev se despertó con ese olor metido en la garganta, antes de que el sonido de las campanas de los bomberos, lejanas y desesperadas, rasgara la noche sobre Brooklyn.
Se incorporó en la cama, el corazón golpeándole las costillas. La ventana de su pequeña habitación, en el tercer piso de la casa de huéspedes de la señora Ivanovna, mostraba un resplandor anaranjado y pulsante en el cielo, hacia el sur. No era el amanecer. El amanecer no chisporroteaba ni lanzaba sombras danzantes contra los edificios de enfrente. Alexei dormía en la cama de al lado, un bulto inmóvil y agotado, pero Lev supo al instante que el fuego estaba relacionado con ellos. Con la deuda. Con Rogozhin.
Bajó las escaleras a toda prisa, encontrando en el vestíbulo a la señora Ivanovna envuelta en una bata, su rostro ancho y bondadoso contraído por el miedo.
—¡Lev Nikoláievich! ¡Dios mío, es la carpintería de los Abramovich! ¡Y dicen que también la lechería de la esquina!
La carpintería del viejo Abramovich, donde a veces Lev ayudaba a lijar tablas por unas monedas. La lechería donde Sonia compraba, cuando podía, un poco de leche para el té. No eran negocios de Rogozhin. Eran piedras en el tablero, advertencias escritas en llamas.
—¿Dónde está Alexei? —preguntó la señora Ivanovna, sus ojos buscando detrás de él.
—Duerme —mintió Lev, porque la verdad —que Alexei había llegado de madrugada, tambaleándose y con los ojos vidriosos, y se había desplomado en la cama sin decir una palabra— era una confesión que no podía hacer. Salió a la calle.
El aire de la madrugada era frío y cortante, pero la calle Water, hacia el muelle, estaba tibia, casi caliente. Una multitud se apiñaba, silueteada contra el infierno de dos edificios en llamas. Las bombas de los bomberos escupían chorros de agua que se convertían en vapor al contacto con las fachadas devoradas, con un siseo que sonaba a derrota. Las llamas lamían el cielo bajo, reflejándose en los charros de aceite y agua de la calle, creando un mundo invertido y agonizante. El sonido era un monstruo de mil voces: el crujido de las vigas, el estallido de cristales, los gritos de los bomberos, el llanto ahogado de la señora Abramovich, a quien dos vecinas sostenían mientras ella miraba, con la boca abierta en un grito silencioso, cómo cuarenta años de trabajo se convertían en humo negro que manchaba el alba.
Lev se abrió paso entre la gente. No buscaba a los bomberos. Buscaba rostros. Y los encontró. En la penumbra de un portal, lejos del calor de las llamas, estaban ellos. Tres hombres con abrigos largos y sombreros calados hasta los ojos. No miraban el fuego con horror o curiosidad. Observaban, con la calma de jardineros que contemplan el resultado de su poda. Uno de ellos, un tipo alto y huesudo con una cicatriz que le serpenteaba desde la sien hasta la comisura de los labios, fumaba un cigarrillo. Sus ojos se encontraron con los de Lev. Y sonrió. Una sonrisa lenta, deliberada, que no llegaba a los ojos. Luego, hizo un gesto casi imperceptible con la cabeza hacia las llamas, como diciendo: Esto es sólo el principio. Después, los tres se dieron la vuelta y se fundieron en el callejón lateral.
La compasión de Lev, esa fuerza que siempre había brotado en él de manera involuntaria, como la sangre de una herida, se mezcló ahora con una rabia fría y desconocida. No era la rabia de Rogozhin, caliente y devoradora. Era un hielo que le recorría las venas. Pero al mismo tiempo, sintió una punzada de algo aún más terrible: entendimiento. Vio en esas llamas no sólo maldad, sino una lógica perversa. Rogozhin no quemaba por sadismo. Quemaba para demostrar un teorema: que en este mundo, la bondad es un lujo que nadie puede permitirse, y que quien intente pagar esa deuda —la deuda de la compasión— será el responsable de la ruina de todos los que lo rodean.
—¡Myshkin!
La voz áspera lo sacó de su trance. Era el viejo Abramovich, liberado por fin del abrazo de las vecinas. Se acercó a Lev, no con lágrimas, sino con una furia desesperada. Su rostro, normalmente amable y surcado de arrugas de sonrisa, era una máscara de hollín y odio.
—¡Tú! —escupió, señalando a Lev con un dedo tembloroso—. ¡Esto es por ti! ¡Por tu hermano y sus deudas de borracho! ¡Todos lo saben! Rogozhin ha estado preguntando, marcando casas… ¡La mía estaba marcada! ¡Y la de Kaplan! ¡Por vuestra culpa!
La multitud, atraída por el altercado, empezó a murmurar. Decenas de miradas se posaron en Lev: algunas compasivas, la mayoría recelosas, otras abiertamente hostiles. Vieron a un joven pálido, demasiado delgado, con un traje pasado de moda y una expresión de dolor que parecía más propia de un sermón que de una calle en llamas. No vieron a un líder. Vieron a un chivo expiatorio.
—Abramovich, lo siento… Lo siento con toda mi alma —comenzó Lev, y su voz, esa voz que a veces titubeaba, ahora sonaba clara, cargada de una angustia tan genuina que por un momento silenció al viejo carpintero—. Pero el fuego lo puso Rogozhin. La maldad es suya. No podemos…
—¿«No podemos»? —lo interrumpió una mujer joven, la hija de Kaplan, la dueña de la lechería. Tenía los ojos enrojecidos, pero secos—. ¿Qué propones, príncipe? ¿Rezar? ¿Perdonarle? Mi madre tiene sesenta años. Ahora no tiene nada. Nada. ¿Y es por tu culpa? Dicen que Rogozhin te ofreció un trato. Que no lo aceptaste. Que por tu… tu principio, ahora ardemos nosotros.
La palabra «principio» la dijo con un desprecio que la hacía sonar a enfermedad. Lev sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Era la acusación que más temía: que su moral, su terquedad en no doblegarse, fuera una forma de egoísmo disfrazado, un lujo que otros pagaban con sus pertenencias, su seguridad, su paz.
—No fue un principio —dijo, y su voz bajó a un susurro áspero—. Fue… no pude venderme a él. No pude convertirme en su instrumento. Si lo hubiera hecho, habría sido peor. Habría extendido su veneno.
—¡Ya está extendido! —gritó Abramovich—. ¡Mira a tu alrededor! ¡Respira! ¡Eso es su veneno!
Un bombero, con el rostro ennegrecido y la ropa empapada, se acercó.
—¡Aparten! ¡El viento puede cambiar, hay que desalojar las casas de al lado! ¡Necesitamos hombres para formar cadena con cubos!
Por un momento, la urgencia práctica unió a la multitud. Algunos hombres, avergonzados o simplemente prácticos, siguieron al bombero. Pero las miradas hacia Lev no cambiaron. Se había trazado una línea invisible. Él estaba de un lado, con su culpa y sus ideas. Ellos, del otro, con sus pérdidas reales y su miedo tangible.
Lev pasó el resto del amanecer ayudando. Acarreó cubos de agua hasta que los brazos le ardieron, ayudó a sacar los escasos muebles que se salvaron de la casa contigua a la carpintería, consoló a un niño que lloraba por su gato perdido. Trabajó en silencio, absorbido por el esfuerzo físico, buscando en el dolor muscular un alivio al dolor del alma. Pero cada vez que alzaba la vista, veía la cicatriz en la memoria: la sonrisa del hombre huesudo. La advertencia.
Al mediodía, con los fuegos reducidos a montañas humeantes de ceniza y vigas retorcidas, fue a buscar a Sonia. La encontró en la fábrica de costura, durante su breve descanso. Estaba sentada en un escalón de la salida trasera, comiendo un pedazo de pan duro. Al ver a Lev, su rostro fino y cansado se iluminó por un instante, pero luego se ensombreció al notar su expresión y el olor a humo que lo envolvía.
—¿Lo de la calle Water? —preguntó, directa como siempre.
Lev asintió, desplomándose a su lado. Le contó todo: las llamas, la acusación de Abramovich, la sonrisa del matón. No mencionó a Nastasia Filíppovna ni la escena del almacén. Ese era un nudo demasiado enredado y peligroso para exponerlo ante Sonia.
Ella lo escuchó, masticando su pan lentamente. Cuando terminó, no dijo nada durante un buen rato. Luego, suspiró, un suspiro que parecía salir de lo más profundo de sus huesos cansados.
—Tenías razón, Lev. No podías trabajar para ese hombre. Habría sido vender tu alma. Pero ellos… —hizo un gesto vago hacia la calle, hacia el barrio—. Ellos no tienen el lujo de pensar en almas. Tienen cuerpos que alimentar, techos que no deben arder. Para ellos, un principio es como… como un diamante en el desierto. Bonito, pero no se puede comer. Y atrae a los buitres.
—¿Qué debo hacer entonces? —preguntó Lev, y en su voz había una desesperación que no había mostrado ante la multitud—. ¿Doblegarme? ¿Ir a Rogozhin y aceptar lo que sea?
Sonia lo miró, y en sus ojos grises vio no una respuesta, sino un espejo de su propio conflicto.
—No. Si te doblegas, él habrá ganado del todo. Habrá demostrado que todo tiene un precio, hasta tú. Pero… —apretó el trozo de pan entre sus manos, como si fuera arcilla—. Pero no puedes seguir siendo sólo el príncipe que llora con ellos. Tienes que ser… algo más. Algo que ellos entiendan. Algo que Rogozhin entienda.
—¿La fuerza? —preguntó Lev, con amargura—. No la tengo.
—No la fuerza de los puños —dijo Sonia, y por primera vez su voz tuvo un atisbo de algo parecido a la astucia—. La fuerza de los números. Rogozhin es uno, con sus matones. El barrio… somos cientos. Desesperados, asustados, pero cientos. Si él quema a uno, que se enfrente a todos.
La idea, tan simple y tan monumental, resonó en Lev como un campanazo. Organizar la resistencia. No una resistencia violenta, sino una muralla humana. Vigilancia. Negarse a pagar «protección». Protegerse unos a otros. Era el sueño de su compasión hecho acción colectiva. Pero inmediatamente, vio los obstáculos: el miedo, la desconfianza, la acusación de Abramovich aún fresca en el aire.
—Ellos no confían en mí —dijo, con tristeza.
—Entonces tendrás que ganarte esa confianza. No con palabras. Con hechos. Y… —Sonia bajó la voz—. Y tendrás que hacer algo con Alexei. Es el agujero por donde se filtra el agua que hunde el barco. Rogozhin lo usará una y otra vez.
En ese momento, el capataz de la fábrica gritó desde la puerta, y Sonia se levantó, guardando el resto del pan. Antes de entrar, se volvió hacia Lev.
—Ten cuidado, hermano. Si Rogozhin ve que empiezas a unir a la gente… no quemará otro almacén. Irá a por lo que más duele.
Esa noche, en la casa de huéspedes, Lev intentó hablar con Alexei. Su hermano estaba sentado en la cama, la espalda contra la pared, mirando al vacío. El olor a alcohol barato y sudor agrio emanaba de él.
—Alexei, lo de esta madrugada… la carpintería, la lechería…
—¿Qué quieres? —la voz de Alexei era un hilacho áspero—. ¿Que me disculpe? Lo siento. ¿Contento? Ahora déjame en paz.
—No se trata de disculpas. Se trata de que esto no pare. Rogozhin te usará para llegar a mí, y usará lo que me importa —a ti, quiso decir, pero no se atrevió— para romper al barrio. Tenemos que…
—«Tenemos» —Alexei soltó una risa seca, que terminó en un acceso de tos—. No hay «tenemos», Lev. Sólo estás tú, el santo, y yo, el borracho que le arruina la obra. Yo ya estoy roto. Rogozhin lo sabe. Por eso me eligió a mí. Eres tú el que aún cree que se puede pegar los pedazos. Déjalo. Huye. Llévate a Sonia y largaos de esta ciudad podrida.
—No puedo.
—Claro que no puedes —dijo Alexei, y por primera vez lo miró directamente. En sus ojos inyectados en sangre había una lucidez terrible, un conocimiento sucio—. Porque entonces tendrías que admitir que tu compasión no sirve para nada. Que sólo ha traído fuego y dolor. Serías como yo. Y tú prefieres que arda el barrio entero a convertirte en eso.
Las palabras fueron un puñal. Lev no pudo responder. Se dio la vuelta y salió de la habitación, sintiendo la mirada de su hermano, cargada de un odio que era, en el fondo, odio hacia sí mismo, clavada en su espalda.
Los días siguientes fueron una extraña mezcla de actividad febril y estancamiento profundo. Lev visitó a los Abramovich, ofreciéndoles el poco dinero que tenía ahorrado (fue rechazado con un gruñido). Habló con Kaplan, la dueña de la lechería, una mujer de mirada dura como la piedra, que lo escuchó en silencio mientras contaba monedas sobre el mostrador de un establecimiento prestado.
—Usted habla de unirse, príncipe —dijo al final, sin levantar la vista de las monedas—. Pero para unirse, hay que confiar. Y para confiar, hay que creer que el otro no va a traer más desgracia. Usted tiene una desgracia pegada a la solapa, y se llama hermano. Hasta que no se la quite, sus palabras son… aire.
Por las noches, Lev recorría las calles, hablando con los vecinos en las escalinatas, en las tiendas. Algunos lo escuchaban con esperanza temerosa. Otros cerraban las puertas en su cara. Sentía la desesperación colectiva como una niebla espesa. La Gran Depresión había dejado a todos al borde del abismo, y Rogozhin sólo tenía que dar un pequeño empujón. Ofrecía «protección» por unas monedas, o «trabajo» de dudosa naturaleza a los más desesperados. Y muchos, demasiados, empezaban a mirar hacia ese abismo y a ver en Rogozhin no un monstruo, sino el único hombre que ofrecía una cuerda, aunque supieran que estaba envenenada.
La fe de Lev en la redención humana, esa fe que era el núcleo de su ser, comenzó a desvanecerse, no en un estallido, sino en un lento y agonizante goteo. Veía cómo el miedo convertía a hombres honestos en chivatos, cómo la necesidad hacía que madres miraran para otro lado cuando los matones de Rogozhin reclutaban a sus hijos para menesteres sucios. Su inocencia, que antes era una lámpara, ahora era percibida como una candela temblorosa e inútil en un huracán.
Hasta que llegó la noche del jueves.
Lev estaba regresando a la casa de huéspedes después de otra reunión infructuosa en un sótano, donde tres familias habían discutido acaloradamente sobre si era mejor pagar a Rogozhin o arriesgarse. El aire olía a lluvia próxima y a fritura barata. Al doblar la esquina hacia su calle, vio una figura familiar sentada en los escalones de la entrada de la señora Ivanovna. Era Sonia. Pero no estaba sola.
A su lado, de pie, con una postura desgarbada y amenazante, estaba el hombre huesudo, el de la cicatriz. No la tocaba. No hacía falta. Su mera presencia, el modo en que bloqueaba el camino de Sonia hacia la puerta, era una jaula invisible. Sonia tenía la cabeza baja, las manos apretadas sobre el regazo, pero Lev vio la línea tensa de sus hombros, el miedo que se contenían a duras penas.
El hombre hablaba, su voz un rumor grave que Lev no alcanzaba a distinguir. Luego, hizo un gesto. Sacó algo del bolsillo de su abrigo. No era un arma. Era un pequeño paquete envuelto en papel marrón. Se lo ofreció a Sonia. Ella negó con la cabeza, con un movimiento brusco. El hombre insistió, acercándolo más. Finalmente, con una lentitud que era más aterradora que un forcejeo, tomó la mano inerte de Sonia y le colocó el paquete en la palma. Luego, se inclinó y le dijo algo al oído.
En ese momento, Lev ya estaba corriendo.
—¡Aléjate de ella!
El hombre huesudo se enderezó lentamente, como si le molestara la interrupción. Al ver a Lev, la sonrisa lenta, la misma de la noche del incendio, volvió a dibujarse en su rostro.
—Ah, el príncipe —dijo, con una voz ronca, como de cadena oxidada—. Justo a tiempo. Sólo le estaba dando un recado a tu hermana. De parte de Parfión Semiónovich.
—Lárgate —dijo Lev, colocándose entre él y Sonia. Sentía un temblor en las piernas, pero su voz no vaciló.
—Claro, claro —el hombre dio un paso atrás, con una falsa deferencia—. El recado ya está entregado. —Sus ojos, pequeños y brillantes como cuentas de vidrio, se posaron en el paquete que Sonia, pálida como la cera, aún sostenía como si fuera una araña—. Él pensó que a una costurera tan fina… le haría falta. Para protegerse del frío que viene.
Y entonces, sin prisas, se dio la vuelta y se marchó calle abajo, silbando una cancioncilla desafinada.
Lev se arrodilló frente a Sonia.
—¿Estás bien? ¿Qué te ha dicho? ¿Qué es eso?
Sonia no respondió. Con dedos que temblaban, desató la cuerda que sujetaba el paquete. El papel marrón cayó, revelando el contenido. No era dinero. No era una amenaza escrita.
Era un trozo de tela. Seda de alta calidad, de un rojo intenso, casi escarlata. Hermosa y obscena en ese contexto. Y cuidadosamente doblada encima, como una serpiente dormida, había una pluma. Una pluma de ave, larga y elegante, teñida del mismo rojo violento. La pluma rota. El símbolo que Rogozhin había aplastado bajo su bota en el almacén. Ahora, se lo enviaba a Sonia.
No había nota. No hacía falta. El mensaje era claro como el cristal roto: Yo destruyo lo bello. Y puedo llegar a lo que tú más quieres. Tu hermana es ahora mía. Un trofeo. Una amenaza. Un recordatorio de que tu mundo es de papel y se quema con una chispa.
Sonia dejó caer la seda y la pluma al escalón de piedra, como si le hubieran quemado las manos. Lev volvió a mirar a su hermano, y en sus ojos ya no había sólo miedo. Había una comprensión devastadora. La guerra ya no era por una deuda, ni por un barrio. Era por el alma de su familia. Y Rogozhin acababa de cruzar una línea que hacía que el fuego de los almacenes pareciera un juego de niños.
Lev recogió la seda roja, sintiendo su textura suave y traicionera. La pluma se quebró un poco más entre sus dedos. El olor a lluvia se intensificó, y las primeras gotas, grandes y pesadas, comenzaron a caer, a limpiar simbólicamente una suciedad que ya no estaba en la calle, sino incrustada en el corazón de las cosas. El fracaso no era una posibilidad futura. Lo respiraban. Y en el silencio cargado entre hermanos, bajo la lluvia que empezaba a tamborilear, la fe de Lev en la redención humana pareció apagarse del todo, dejando sólo un vacío frío y un interrogante aterrador: ¿cómo luchar contra un hombre que no quiere tu dinero, ni tu sumisión, sino demostrar, ante tus ojos y los de Dios, que toda luz es una mentira y que el fango es la única verdad?
Capítulo 6: La Confesión de Alexei
La lluvia había cesado, pero el aire de la calle Water seguía pesado, impregnado del olor a ceniza húmeda y madera quemada que venía de la esquina. Un olor a funeral de cosas. Lev subió los escalones de la casa de huéspedes con los zapatos embarrados, sintiendo el lodo seco en los bajos de sus pantalones como una segunda piel sucia. En el vestíbulo, la luz de la única bombilla colgante parpadeaba, proyectando sombras convulsivas sobre el papel pintado despegado. No había sonido, solo el goteo lejano de una cañería y el eco de sus propios pasos, que le parecieron los de un extraño.
La puerta de la habitación de Alexei estaba entreabierta. Un resquicio de oscuridad. Lev se detuvo, la mano en el pomo frío de latón. No había luz dentro, pero podía sentir la respiración contenida, el silencio elástico y tenso de alguien que espera ser descubierto. Empujó.
Alexei estaba sentado en el borde de la cama deshecha, la espalda encorvada, la cabeza entre las manos. No se movió al entrar Lev. La habitación era un caos de ropa sucia, periódicos arrugados y un cenicero desbordado de colillas. El aire olía a sudor, a tabaco rancio y a algo agrio, como el miedo digerido.
—Alexei —dijo Lev, y su propia voz le sonó extraña, como si la hubiera prestado—. Tenemos que hablar.
Una risa seca, un espasmo, salió de la figura encorvada.
—¿Hablar? ¿De qué, hermano? ¿De la bondad? ¿Del perdón? —Alexei levantó la cabeza. Su rostro era una máscara de cansancio sucio. Los ojos, inyectados en sangre, parecían dos pozos negros donde se había evaporado cualquier chispa de la insolencia juvenil que Lev recordaba—. Ya has hablado bastante por los dos. Por todo el barrio.
Lev cerró la puerta a sus espaldas. El clic del pestillo sonó como un disparo amortiguado. Se apoyó contra la pared, sintiendo la humedad que rezumaba del yeso a través de la tela de su chaqueta.
—Rogozhin quemó la sastrería de Goldstein. Y la lechería. No fue un accidente.
—Lo sé —murmuró Alexei, mirando al suelo—. Lo he olido todo el día. Huele a lo que soy.
—No eres el fuego, Alexei.
—¿No? —Esta vez la risa fue más larga, un sonido roto que terminó en un acceso de tos. Alexei se secó la boca con el dorso de la mano—. Yo puse la mecha, Lev. Yo. No Rogozhin. Él solo… aplicó la cerilla.
El silencio que siguió fue tan denso que Lev podía oír el latido de su propia sangre en los oídos. Un zumbido sordo, insistente. Las palabras de Alexei no entraban en el orden del mundo que Lev intentaba comprender. Flotaban, grotescas, como fragmentos de un sueño febril.
—¿Qué quieres decir? —preguntó, y notó que su voz temblaba, no de miedo, sino de esa rabia fría que había aprendido a reconocer en sí mismo, una rabia que era hermana gemela de la desesperación.
Alexei se levantó de un salto, como impulsado por un resorte. Comenzó a pasear por la habitación, un tigre en una jaula de tres por cuatro. Sus movimientos eran bruscos, nerviosos, las manos se abrían y cerraban en puños inútiles.
—Los cincuenta dólares, Lev. Los cien. Esas son las migajas. Las monedas que se caen de la mesa. ¿Crees que Rogozhin movería un dedo por cien dólares? ¿Que quemaría medio bloque por eso? —Se detuvo frente a su hermano, y su aliento, cargado de alcohol barato y descomposición, golpeó el rostro de Lev—. Yo le debía mucho más. Mucho más. Y no era dinero.
Lev no retrocedió. Miró fijamente a los ojos inyectados en sangre de su hermano, buscando en ellos al niño que cargaba en sus hombros por los pasillos de la casa de Pskov, al adolescente que le robaba libros de filosofía para impresionar a las muchachas. No encontró nada. Solo un vacío aterrador.
—Dímelo todo —dijo, y fue una orden, no una súplica.
Alexei dejó escapar un suspiro que era casi un gemido. Se desplomó de nuevo en la cama, la espalda contra la pared, como si ya no tuviera huesos.
—Empezó con los dados, sí. En el sótano de O’Malley. Pero perdí… perdí más de lo que tenía. Más de lo que podía imaginar. Rogozhin me cubrió. Dijo que un hombre de familia, un hermano de un príncipe ruso, aunque sea un príncipe de pacotilla… —Una mueca torcida le retorció los labios—. Dijo que era un buen riesgo. Un riesgo interesante.
Hizo una pausa, tragando saliva. Sus dedos jugueteaban con un hilo suelto de la colcha.
—Pero no era un préstamo, Lev. Era una entrada. Una compra. Me compró. Primero fueron recados. Llevar paquetes a ciertas direcciones. Paquetes pequeños, pesados. Después, vigilar puertas. Anotar caras. Y luego… luego las chicas.
La palabra cayó en la habitación como un ladrillo en un charco de agua sucia.
—¿Las chicas? —repitió Lev, y una náusea fría comenzó a ascender desde su estómago.
—Las que vienen en los barcos, Lev. Las que no tienen papeles, ni inglés, ni nadie. Las que creen que van a trabajar en fábricas o como sirvientas. Rogozhin… tiene un sistema. En los muelles. Yo… yo ayudaba. A calmarlas. A decirles que todo estaría bien, que yo era un compatriota, que las ayudaría. —Alexei escondió el rostro en las manos de nuevo, pero su voz, apagada y monótona, seguía saliendo, como si la confesión fuera una enfermedad que debía expulsar a toda costa—. Las llevaba a las casas. A los burdeles disfrazados de pensiones. Recibía una comisión. Por cada una.
Lev sintió que el suelo se inclinaba bajo sus pies. Se apoyó con más fuerza contra la pared, buscando algo sólido. La habitación, el olor, la figura encorvada de su hermano… todo se desdibujaba, se convertía en una pesadilla de contornos grotescos. Las chicas. Pensó en Nastasia, en sus ojos llenos de un orgullo herido y una desesperación feroz. ¿Era una de ellas? ¿Había pasado por las manos de Alexei?
—¿Cuántas? —logró articular. Su voz era un hilo.
—No lo sé. No contaba. Doce. Quince. Quizás más. —Alexei levantó la cabeza. Tenía las mejillas húmedas, pero no había lágrimas en sus ojos, solo un brillo seco de locura o de remordimiento—. La deuda se pagaba con eso, ¿entiendes? Cada chica era un descuento. Pero nunca era suficiente. La deuda crecía, como un animal vivo. Y yo… yo también crecía. Dentro de eso. Me acostumbré al olor de esos lugares. Al sonido. Al dinero fácil. Hasta que… hasta que una se escapó.
Hizo otra pausa, más larga. Su respiración era un silbido entrecortado.
—Era una lituana. Joven. Muy joven. Tenía los ojos verdes, como los de mamá. Me suplicó, Lev. En nuestro idioma. Me llamó hermano. Y yo… yo la miré. Y pensé en ti. En tu maldita cara de santo, en tus sermones de bondad. Y le dije que no. Que no podía ayudarla. Que Rogozhin la encontraría de todos modos. Se lanzó por una ventana del segundo piso. No murió. Se rompió las dos piernas. Rogozhin… se rió. Dijo que ahora valía menos, pero que aún podía trabajar. Y a mí me dio una bonificación. Por la lección.
Lev no pudo contenerse más. Se abalanzó sobre Alexei, lo agarró por las solapas de la chaqueta mugrienta y lo levantó contra la pared. La fuerza que brotó de él no era suya; era primitiva, ciega, una erupción de todo el fango moral que había intentado negar que existiera en el mundo, y que ahora descubría, con horror, que también anidaba en él. Alexei no resistió. Se dejó sostener, su cuerpo flojo, su mirada vacía fija en algún punto por encima del hombro de Lev.
—¿Eres un monstruo? —gritó Lev, y su voz retumbó en la pequeña habitación—. ¿En qué te convertiste? ¿En qué te ayudé a convertirte?
Alexei parpadeó lentamente.
—En tu sombra, hermano —susurró—. En lo que sobra cuando hay demasiada luz. Tú con tu pureza, tu compasión… es una losa. ¿Sabes lo que se siente? Vivir a la sombra de un santo en un mundo de mierda. Todo lo que tocas se convierte en oro moral, y todo lo que yo toco… se convierte en esto. —Hizo un gesto vago con la mano, abarcando la habitación, el barrio, su propia vida—. Rogozhin lo entendió al instante. Dijo que tú eras el verdadero negocio. Que un hombre como tú, que cree en el bien, es el más fácil de corromper. Porque cuando caiga, caerá más bajo que nadie. Y yo… yo era el cebo. La puerta de entrada a tu alma.
Lev lo soltó. Alexei se deslizó por la pared hasta quedar sentado en el suelo, una masa informe de derrota. Lev retrocedió, jadeando, las manos temblorosas. Miró sus propias palmas, como si esperara verlas manchadas de la confesión de Alexei.
—Así que todo esto… el incendio, la presión sobre el barrio… no es por la deuda —dijo, reconstruyendo el rompecabezas con una lucidez dolorosa—. Es por mí. Es una prueba. Una… tentación.
—Quiere que trabajes para él —asintió Alexei, sin mirarlo—. Dice que un hombre que puede organizar a un barrio para resistir, que tiene esa… esa autoridad sin buscarla, es más valioso que diez matones. Y quiere romperte. Quiere que elijas. Salvar a tu hermano monstruo, y a todo este barrio que empieza a creer en ti, vendiéndote a él. O mantenerte puro, y ver cómo nos quema a todos, uno a uno, empezando por mí. Es su juego. Y a mí me hizo apostar en él.
Lev se dejó caer en la única silla de la habitación, una cosa de madera desvencijada. El peso de la revelación era físico, un yugo de plomo sobre sus hombros. No era solo la culpa de Alexei. Era su propia culpa, la culpa de la bondad, de la luz que, según parecía, solo servía para proyectar sombras más negras. ¿Era cierto? ¿Era su compasión una forma de egoísmo, una torre desde la que juzgaba a los demás, condenándolos a sentirse miserables en comparación?
—¿Por qué me lo cuentas ahora? —preguntó, exhausto.
—Porque hoy, cuando olí el humo… olí a la lituana de los ojos verdes. Y supe que si no te lo decía, la próxima vez que Rogozhin pida un sacrificio para probarte, será yo quien empuje a alguien por la ventana. O será Sonia. O será esa mujer tuya, la de la mirada de hielo y fuego. —Alexei por fin lo miró directamente. En sus ojos había un destello de la antigua inteligencia, ahora envenenada—. Y porque, a pesar de todo, hermano, aún espero que me absuelvas. Es lo único que me queda por perder: la esperanza de tu perdón. Así que aquí está. Mi confesión. Mi miseria. Haz con ella lo que haría tu Cristo. Perdóname o condename. Pero decide. Porque yo ya no puedo.
La noche se había adueñado por completo de la habitación. La bombilla del vestíbulo parpadeó una última vez y se apagó, sumiéndolos en una oscuridad casi absoluta. Solo la tenue claridad que filtraba por la ventana sucia desde la farola de la calle los bañaba en un tono azul enfermizo.
Lev permaneció sentado en la oscuridad, escuchando la respiración entrecortada de su hermano en el suelo. Las palabras resonaban en su interior, cada una un cuchillo que reconfiguraba el mapa de su mundo. Redimir a su familia ya no significaba solo pagar una deuda o enfrentar a un matón. Significaba adentrarse en el pantano del alma de Alexei, en esa zona gris donde el victimario era también una víctima, donde el pecado era una enfermedad contagiosa que él, con su mera presencia, había exacerbado.
¿Podía perdonar? El perdón cristiano, automático, reflexivo, le pareció de pronto una burla. Un formalismo vacío. Perdonar eso… era como perdonar una epidemia. No se perdonaba al cólera; se combatía. Pero ¿y si el cólera era tu propia sangre?
—No puedo perdonarte —dijo al fin, y su voz sonó clara y fría en la oscuridad—. No ahora. No así.
Alexei emitió un sonido, un quejido ahogado.
—Pero puedo intentar entender —continuó Lev, hablando más para sí mismo que para su hermano—. Y puedo luchar. No contra Rogozhin. O no solo. Contra lo que te hizo. Contra lo que te permitiste convertirte. Y contra la parte de mí que te empujó, aunque fuera sin querer, hacia la sombra.
Se levantó. Sus articulaciones crujieron. Se sentía viejo, milenario.
—Levántate, Alexei.
—¿Para qué? —murmuró el otro, desde el suelo.
—Para empezar a pagar. De verdad. No con dinero. Con actos. Con riesgo. Con la posibilidad de que esa chica de los ojos verdes, o alguna como ella, pueda volver a ver la luz sin miedo. —Extendió una mano en la penumbra, no para ayudar a levantarse, sino como una oferta, un pacto—. Es mucho más difícil que el perdón. Y puede que no sirva de nada. Puede que ambos acabemos en el East River con los pies de cemento. ¿Aceptas?
Alexei miró la mano extendida, un contorno pálido en la oscuridad. Durante un largo momento, no se movió. Luego, lentamente, como si cada hueso le doliera, arrastrándose por el suelo sucio, extendió su propia mano y la tomó. No fue un apretón. Fue un agarre, el de un hombre que se ahoga.
—Acepto —susurró.
Al salir de la habitación, el olor a ceniza era más fuerte. Lev bajó las escaleras, con Alexei tambaleándose detrás de él. En el vestíbulo, la señora O’Hara, la casera, los miró desde detrás de su mostrador con ojos redondos de curiosidad y recelo. No dijo nada. Ellos tampoco.
En la calle, la noche era fría. La brisa traía el eco lejano de una sirena y el murmullo del río. Lev miró hacia el sur, hacia donde estaría la guarida de Rogozhin, en algún almacén junto a los muelles. No era solo un matón al que enfrentar. Era un espejo oscuro, una tentación organizada, un sistema. Y Alexei no era solo un hermano caído. Era la grieta por la que ese sistema intentaba colarse en su alma.
La redención, comprendió con una amarga claridad, no sería un acto de gracia. Sería una guerra sucia, librada calle por calle, alma por alma, empezando por la suya propia y por la del hombre destrozado que caminaba a su lado, respirando con dificultad, como si el aire limpio de la noche ya le resultara extraño y doloroso.
Capítulo 7: El Baile de los Monstruos
El aire en el sótano olía a cerveza rancia, sudor barato y el dulzón perfume de las gardenias marchitas que Nastasia Filíppovna llevaba prendidas en el pelo. Un olor a fiesta enferma. Lev, de pie junto a la barra de zinc rayada, sentía el traje prestado de Mr. Thompson como una segunda piel ajena y hostil; la lana áspera le rozaba el cuello, una picazón constante que era un recordatorio físico de su impostura. A su alrededor, el humo de los cigarrillos formaba nubes azules bajo las bombillas desnudas que colgaban del techo bajo, iluminando caras sudorosas, sonrisas forzadas, ojos que brillaban con una avidez feroz y vacía. Era el club de Rogozhin, un antro bajo una lavandería china en el Lower East Side, y aquella noche era su soirée particular. El baile de los monstruos.
—Míralo —dijo una voz a su lado, áspera y cargada de ironía—. El príncipe entre la chusma. ¿Vienes a bendecirnos o a condenarnos?
Era Lébedev, con su chaleco manchado de vino y una sonrisa que mostraba dientes amarillos. Su respiración olía a ginebra.
—No vengo a nada, Stepán Trofímovich —respondió Lev, sin apartar la vista del centro de la sala—. Me invitaron.
—¡Ah, una invitación! Eso lo cambia todo. Conviértete en espectador, entonces. El espectáculo es… instructivo.
El espectáculo era Rogozhin. Parfión Semiónovich estaba sentado en un sillón de terciopelo desgastado, como un zar en un trono de pacotilla. No bebía. No fumaba. Solo miraba, con esa mirada fija, pesada, que parecía absorber la luz de la habitación. A su lado, en un taburete más bajo, como una ofrenda o un trofeo, estaba Nastasia Filíppovna. Llevaba un vestido de seda negra, demasiado elegante para el lugar, que resbalaba sobre sus hombros pálidos. Su belleza era una herida abierta en aquella fealdad; una provocación calculada. Jugueteaba con un abanico roto, abriéndolo y cerrándolo con un chasquido seco, repetitivo, que se clavaba en los tímpanos de Lev. Chas, chas, chas. Una repetición obsesiva, el tic de un mecanismo a punto de romperse.
Rogozhin había mandado llamar a Lev. El mensajero, un muchacho con los nudillos cicatrizados, solo había dicho: «El jefe quiere verte. Esta noche. Trae al hermano si vive aún.» Alexei no estaba. Alexei, después de la confesión en la habitación, había desaparecido en la niebla del miedo y la morfina. Lev había venido solo. Había cruzado el umbral sabiendo que era una trampa, pero una trampa que él necesitaba pisar. ¿Para probar qué? ¿Su bondad? ¿Su coraje? ¿O simplemente para ver de cerca el abismo del que le hablaba una voz interior, cada vez más fuerte, que decía: «Aquí es donde perteneces, entre los desechos»?
—¡Myshkin! —rugió Rogozhin de pronto, sin alzar la voz, pero su tono cortó la música de fonógrafo y el murmullo de conversaciones como un cuchillo—. Acércate. No te quedes ahí plantado como un poste.
Lev obedeció. Sentía las miradas clavadas en su espalda, una mezcla de curiosidad y desprecio. Al llegar frente a ellos, el olor a gardenias se intensificó, mezclado con otro olor, agrio, el de la angustia que emanaba de Nastasia como un vapor.
—Me alegro de que vinieras —dijo Rogozhin. Sus ojos, de un azul casi negro, no reflejaban alegría alguna—. Quería que vieras cómo celebramos. Una pequeña fiesta privada. ¿No es privada, Nastasia Filíppovna?
Ella no miró a Rogozhin. Miró a Lev. Y en sus ojos grises, enormes, habitaba una tempestad de crueldad y un sufrimiento tan profundo que Lev sintió un vértigo físico.
—Privadísima —respondió ella, y su voz era un hilo de seda rasgado—. Solo para íntimos. Para monstruos y para… santos de pacotilla. ¿Eres un santo, príncipe Lev Nikoláievich?
—No —dijo Lev, y su voz sonó extrañamente serena en sus propios oídos—. Soy un hombre. Como todos aquí.
Rogozhin soltó una carcajada seca, un ladrido.
—¡Escuchadlo! ‘Como todos aquí’. ¿Lo oyes, Nastasia? Nos incluye. Nos hace el honor de rebajarse a nuestra condición. Qué… compasivo.
La palabra ‘compasivo’ la escupió como un insulto. Lev notó que la mano de Rogozhin, descansando sobre el brazo del sillón, se cerraba y abría, se cerraba y abría, al ritmo del abanico de ella. Chas, chas, chas. Apriete, suelte. Una sincronía enfermiza.
—No vine a discutir, Parfión Semiónovich —dijo Lev—. Dijiste que querías verme.
—¡Y te veo! —exclamó Rogozhin, incorporándose de golpe. Su sombra, proyectada por la luz brutal, se alargó monstruosa por la pared—. Te veo y no entiendo qué mirar. ¿A un hombre? No. A un fantasma. A una idea. A un sermón con patas. Tú caminas por mi barrio, hablas con mi gente, miras con esos ojos de cordero degollado… y envenenas todo. ¿Sabes lo que le dijo ayer el carnicero de la esquina? Que ‘el príncipe tiene razón, hay que ayudarse’. ¡Ayudarse! Con lo que les queda en los bolsillos, agujereados como coladores. Tú les das esperanza, Myshkin. Y la esperanza es lo más cruel que se le puede dar a un hambriento. Es salivar por un banquete que nunca llegará.
El discurso fue saliendo a borbotones, torrencial, visceral. Rogozhin no estaba borracho; estaba intoxicado de otra cosa, de una rabia metafísica que lo consumía por dentro. Se acercó a Lev, hasta que Lev pudo ver las venas finas, como grietas, en sus párpados, y el temblor casi imperceptible en su labio inferior.
—Tú no sufres —susurró Rogozhin, y su aliento olía a café negro y a bilis—. Tú juegas a sufrir. Te pones el disfraz de la bondad y crees que es una armadura. Pero yo sé lo que hay debajo. Nada. Un vacío. Un eco. Porque si de verdad sintieras, si de verdad comprendieras el dolor de este mundo… te habrías arrojado al East River hace tiempo, con una piedra atada al cuello.
El silencio que siguió fue absoluto. El fonógrafo había terminado su disco. Nadie se atrevía a respirar. Lev sentía las palabras no como un golpe, sino como un frío que se le colaba por los poros. Porque en su interior, en la parte más oscura y secreta que él apenas reconocía, una voz asentía. ¿Tiene razón? ¿Es todo esto una farsa, un autoengaño de un idiota que se cree mejor porque no es capaz de ser malo?
Fue entonces cuando Nastasia se rió. Una risa clara, cristalina, que sonó como vidrios rotos cayendo sobre el cemento.
—¡Oh, París, qué torpe eres! —dijo, levantándose. Se balanceó levemente, y el vestido negro brilló bajo la luz—. Le estás hablando de sufrimiento a un hombre que lleva el sufrimiento ajeno como una medalla. No lo insultes con verdades a medias. Si quieres herirlo, hiérelo de verdad.
Se acercó a Lev. Tan cerca que el perfume de las gardenias se volvió opresivo, una nube dulzona que tapaba el aire. Lev podía ver las diminutas pecas en su escote, el temblor de sus pestañas. Su belleza, de cerca, era aterradora.
—Él —dijo Nastasia, señalando a Rogozhin con el abanico roto— cree que te odia porque eres bueno. Pero no es eso. Te odia porque tu bondad es un espejo. Y en ese espejo, él se ve a sí mismo… y ve un monstruo. Y yo te odio, príncipe, por una razón peor.
Hizo una pausa, buscando las palabras en el aire envenenado. Todos esperaban.
—Te odio porque cuando me miras, no ves a una puta. Ves a un alma. Y un alma… puede ser redimida. Puede ser perdonada. Y eso es una mentira. La mentira más cruel de todas. Porque si un alma como la mía pudiera ser redimida, entonces todo este sufrimiento, toda esta inmundicia… no tendría sentido. Sería un accidente absurdo. Y yo necesito que tenga sentido, Lev Nikoláievich. Necesito que cada golpe, cada humillación, cada hombre que ha pasado por esta cama… tenga un sentido. ¡Tiene que ser mi culpa! ¡Tiene que ser mi castigo! ¡Porque si no lo es, entonces Dios es un sádico o no existe, y yo no puedo vivir en un mundo donde eso sea cierto!
Gritó las últimas palabras. Las lágrimas le corrían por las mejillas, pero su expresión no era de dolor, sino de furia. Una furia desesperada, dirigida contra la posibilidad misma de la gracia. Lev quiso hablar, quiso decir algo, cualquier cosa, pero la lengua se le había vuelto de plomo. Comprendía, con una claridad que le quemaba las entrañas, que Nastasia tenía razón. Su compasión, para ella, era otro tipo de violencia. Le robaba la coartada de su propia destrucción.
Rogozhin observaba la escena con una fascinación horrible. Sus ojos iban de uno a otro, como siguiendo el vuelo de una mosca en una telaraña. Se relamía los labios.
—Así que ahí lo tienes, príncipe —dijo, y su voz ahora era casi suave, íntima—. Tu medicina es su veneno. Tu salvación, su condena. ¿Qué haces ahora? ¿Insistes? ¿La abrazas y le dices que Dios la ama? ¿O admites que, a veces, lo más compasivo es dejar que alguien se pudra en su propio infierno?
Lev sintió que el suelo cedía bajo sus pies. No era una metáfora. Un mareo repentino, una oleada de calor seguida de frío. Reconoció el aura, el presagio familiar que ascendía por su columna como una serpiente de electricidad sucia. No, no aquí. No ahora. Se aferró al borde de una mesa cercana, los nudillos blancos. El mundo comenzó a distorsionarse: los rostros se alargaban, los sonidos se volvían metálicos y lejanos. Vio la mirada de Rogozhin cambiar, de la burla a un interés agudo, bestial. Vio el horror en los ojos de Nastasia, un horror que por un instante barrió toda su afectación.
—Mira —murmuró Rogozhin, extasiado—. Mira. Se desmorona. La santidad se desmorona. Es solo un enfermo. Un pobre epiléptico.
La palabra, dicha en voz alta en aquel lugar, fue el golpe de gracia. La humillación última. No era el príncipe, ni el santo, ni siquiera el idiota. Era el enfermo. El defectuoso. El último escalón en la jerarquía de la miseria.
Lev quiso defenderse, quiso decir que no, que era más que eso, que el éxtasis que precedía a la tormenta era también una visión, una claridad… pero solo logró emitir un sonido gutural. Su cuerpo se tensó como un arco. El aura estalló en una luz cegadora y silenciosa que lo envolvió todo, y por un instante infinito y atroz, lo comprendió todo: la desesperación de Rogozhin era hambre de amor, el odio de Nastasia era amor vuelto contra sí mismo, su propia bondad era miedo, puro miedo a la nada que había al otro lado de la compasión… y entonces, la luz se apagó de golpe, y cayó.
El golpe contra el suelo de madera sucia fue sordo. Un sonido a cuerpo presente.
Cuando la conciencia regresó, a trozos, lo primero que sintió fue el sabor a sangre y polvo en la boca. Lo segundo, las manos ásperas que lo zarandeaban. Abrió los ojos. La cara de Rogozhin estaba a centímetros de la suya, iluminada por una curiosidad feroz, casi amorosa.
—¿Ves? —le susurraba Rogozhin, y su aliento olía a triunfo—. ¿Ves? Al final, todos somos animales. Tú también. Tu cielo se apaga y caes como un saco de patatas. ¿Dónde está tu Dios ahora, príncipe? ¿Dónde está tu bondad?
Lev intentó incorporarse, pero no tenía fuerzas. Su cuerpo era un trapo mojado, dolorido. Vio, por encima del hombro de Rogozhin, a Nastasia. Estaba de pie, inmóvil, con el abanico roto apretado contra el pecho. Ya no lloraba. Su rostro era una máscara de porcelana fría. Pero en sus ojos… en sus ojos había algo nuevo. No era piedad. Era algo más terrible: reconocimiento. El reconocimiento de un igual en el fango.
—Levántalo —ordenó Rogozhin a dos de sus matones—. Sientenlo en una silla. Que vea el final de la función.
Lo arrastraron y lo depositaron en una silla de madera, junto a la pared. Lev se dejaba hacer, la cabeza le pesaba como un yunque. Desde allí, vio cómo Rogozhin se volvía hacia Nastasia. La dinámica había cambiado. La humillación de Lev había sido el aperitivo. Ahora venía el plato principal.
—Y tú, Nastasia Filíppovna —dijo Rogozhin, y su voz tenía una cadencia cantarina, horrible—. Tú que tanto hablas de culpa y castigo. Te ofrecí ser mía. Aceptaste. Pero no eres mía. Eres de todos y de nadie. Eres un fantasma que se pasea por mis salones. Esta noche, vamos a hacerlo oficial.
Sacó del bolsillo de su chaleco un fajo de billetes. Billetes de cien dólares, nuevos, crujientes. Los sostuvo en alto.
—¡Oíd todos! ¡Esta es la subasta! El artículo: Nastasia Filíppovna Baránkova. Una belleza, una dama, un alma atormentada. ¿Quién ofrece más por pasar la noche con ella? Yo, su actual… dueño, ofrezco cero. La regalo. Pero para que sea divertido, hay que pujar. ¡Vamos! ¿Quién empieza?
Un silencio de muerte. Luego, una risa nerviosa. Otra. Un hombre grueso, con un anillo de oro en el meñique, alzó la voz.
—Veinte dólares.
—¡Veinte! —gritó Rogozhin, como un pregonero—. ¡Tenemos veinte! ¿Quién da más?
—Treinta —dijo otro, un tipo con cara de rata y gafas.
—¡Treinta!
La escena adquirió un ritmo grotesco, febril. Los hombres, primero tímidos, luego envalentonados por el alcohol y la vileza colectiva, pujaban. Cuarenta. Cincuenta. Setenta. Nastasia no se movía. Miraba al frente, por encima de las cabezas, hacia un punto en la pared sucia donde se descascarillaba la pintura. Su rostro no expresaba nada. Era la perfecta inmovilidad de quien ha muerto en vida.
Lev, desde su silla, sentía la náusea subiéndole por la garganta. Esto era el infierno. No un infierno de fuego, sino de indiferencia y complicidad. Y él estaba sentado en él, paralizado, testigo inútil. Su bondad no había servido para nada. Solo había sido el prólogo de esta obscenidad. ¿Para qué sirve?, resonaba en su cabeza la voz de Rogozhin. ¿Para qué sirve tu bondad?
—¡Cien dólares! —gritó alguien.
—¡Cien! —rugió Rogozhin, y su mirada ardía con un placer maligno—. ¿Alguien da más?
Fue entonces cuando Lev habló. No sabía que iba a hacerlo. Las palabras salieron de su boca antes de que su mente las formara, una voz ronca, quebrada, pero que cortó el barullo como un grito.
—Yo.
El silencio cayó de nuevo. Todas las cabezas giraron hacia él. Rogozhin lo miró, lentamente, con una sonrisa que se extendía como una grieta en su rostro.
—¿Tú, príncipe? —preguntó, incrédulo y encantado—. ¿Tú quieres pujar por ella? ¿Con qué? No tienes un centavo.
—No pujo con dinero —dijo Lev. Hablaba con dificultad, cada palabra le costaba un esfuerzo sobrehumano—. Pujo con mi vida.
Un murmullo recorrió la sala. Rogozhin parpadeó, como si no hubiera oído bien.
—¿Tu… vida?
—Sí —asintió Lev, y al decirlo, sintió una paz extraña, helada—. Dejas ir a Nastasia Filíppovna. La dejas ir, libre, sin condiciones. Y yo… yo me quedo contigo. Hago lo que quieras. Soy tuyo. Mi vida por la suya.
Fue el movimiento más desesperado, más ilógico, más myshkiniano posible. No era bondad. Era capitulación. Era arrojar su propio ser, ya hecho trizas, a la boca del lobo, a cambio de un gesto, de un símbolo. Un trueque de almas en el mercado de los monstruos.
Rogozhin se quedó inmóvil. Su sonrisa se desvaneció. En sus ojos se libraba una batalla titánica. El deseo de poseer a Nastasia, de verla sufrir, de probar su poder sobre ella… contra la tentación, infinitamente más profunda, de poseer a Lev. De tener a ese fantasma de bondad, a ese espejo doloroso, a su entera disposición. De probar, día tras día, que podía quebrarlo del todo.
Nastasia, por primera vez, bajó la mirada. La miró a Lev. Y en sus ojos, la máscara de porcelana se resquebrajó. No había gratitud. Había terror. Un terror absoluto.
—No —susurró ella, pero su voz no llegó a nadie.
Rogozhin respiró hondo. Un brillo de comprensión absoluta, casi gozosa, iluminó su rostro.
—Acepto —dijo, y su voz era clara y firme—. La vida del príncipe por la libertad de Nastasia Filíppovna. Trato hecho.
Y, acto seguido, se volvió hacia ella, y con un gesto teatral, cruel, hizo una reverencia burlona.
—Eres libre, mi pájaro. Vuela. El príncipe ha pagado el precio.
Nastasia no se movió. Parecía anclada al suelo. Miraba a Lev, y luego a Rogozhin, y luego otra vez a Lev. Su respiración era un jadeo rápido, superficial. Luego, de pronto, se rió. Una risa histérica, descontrolada, que sacudió todo su cuerpo.
—¡Libre! —gritó entre carcajadas—. ¡Me habéis hecho libre! ¡El santo y el demonio, de acuerdo para salvarme el alma! ¡Qué comedia! ¡Qué farsa repugnante!
Se acercó a Lev tambaleándose. Se inclinó sobre él, y le susurró al oído, con un aliento caliente y venenoso:
—¿Sabes qué es lo peor, Lev Nikoláievich? Que ahora te odiaré por siempre. Porque me has hecho tu mártir. Y yo no quiero ser la mártir de nadie. Prefiero ser la puta de Rogozhin.
Se enderezó, se arregló el vestido con un gesto mecánico, y sin mirar atrás, caminó hacia la puerta. Los hombres se apartaron para dejarla pasar, como ante un espectro. La puerta del sótano se abrió y se cerró tras ella. Se había ido.
Rogozhin se frotó las manos. Se acercó a Lev, que seguía sentado, vacío, habiendo tocado un fondo del que no veía salida.
—Bueno —dijo Rogozhin, y su voz era casi amable—. Ahora eres mío, príncipe. Empezaremos mañana. Tienes mucho que aprender. Pero primero… duerme. Te has ganado un descanso.
Hizo una seña. Los dos matones volvieron a agarrar a Lev por los brazos y lo levantaron. Esta vez no lo arrastraron; casi lo llevaron en volandas, como a un inválido, hacia una puerta trasera que conducía a las habitaciones interiores del club.
Lev no resistió. En su mente, solo resonaba, obsesiva, la pregunta que había nacido en el aura y que ahora crecía como una hierba venenosa en las ruinas de su fe: ¿Era todo idiotez? ¿Era su bondad solo la cobardía de un enfermo, la farsa de un impostor en un mundo donde solo la fuerza, o la astucia, o la crueldad, tenían peso real?
Lo arrojaron a un cuarto pequeño, sin ventanas, que olía a humedad y a desinfectante. La puerta se cerró de golpe. La cerradura giró.
En la oscuridad absoluta, tendido en el suelo de cemento, el príncipe Lev Nikoláievich Myshkin, el hombre que había creído en la redención a través de la compasión, escuchó el eco de las risas que aún venían del salón, y por primera vez en su vida, no rezó. Solo contempló, con los ojos muy abiertos, la nada que lo rodeaba, y se preguntó si, después de todo, Rogozhin tenía razón, y Dios era solo el silencio entre dos convulsiones.
Capítulo 8: La Herencia del Sufrimiento
La lluvia había cesado, dejando las calles del Lower East Side como un espejo negro y roto que reflejaba los letreros de neón apagados. El aire olía a humedad, a basura húmeda y a la promesa agria de otro día gris. Lev caminaba, o más bien, su cuerpo se arrastraba, llevado por una inercia que no era suya. La humillación del club, el espasmo público de su cuerpo traicionero, la mirada de Nastasia—no de lástima, sino de un reconocimiento terrible—, todo se había fundido en una sola sustancia densa y plomiza dentro de su pecho.
No fue a casa. El apartamento, con Alexei escondido en su pánico y su hermana Sonia moviéndose como un fantasma entre los muebles escasos, le parecía ahora otra celda. En cambio, sus pies, entumecidos por el frío que se filtraba a través de los agujeros de sus zapatos, lo llevaron a la única habitación que sentía como un refugio: la trastienda de la pequeña librería donde Sonia trabajaba limpiando.
La encontró allí, a la luz mortecina de una bombilla desnuda, rodeada de pilas de libros polvorientos que olían a papel viejo y moho. No estaba limpiando. Estaba sentada en el suelo, con las piernas cruzadas, sosteniendo un cuaderno de tapas desgastadas de cuero marrón. No lo leía. Lo acariciaba con los dedos, una y otra vez, como si intentara borrar algo de su superficie.
—Sonia —dijo Lev, y su voz sonó ronca, extraña incluso para él.
Ella no se sobresaltó. Alzó la vista lentamente. Sus ojos, del mismo gris apagado que el cielo de la mañana, lo examinaron. Vio el traje, ahora arrugado y manchado, la corbata torcida, la palidez cadavérica de su rostro.
—Te vistieron de príncipe —murmuró, sin ironía. Era una simple constatación—. Y te desvistieron.
Lev se dejó caer pesadamente en un cajón de madera vacío, que crujió bajo su peso. El silencio que siguió no era vacío. Estaba cargado del zumbido de la bombilla, del roce del pulgar de Sonia sobre el cuero, del eco de las risas burlonas del club.
—Rogozhin —comenzó Lev, pero las palabras se atascaron. ¿Qué podía decir? ¿Que un hombre rico y violento había subastado a una mujer como a un cuadro? ¿Que él había temblado y caído como un saco roto ante todos? ¿Que en los ojos de ese hombre había visto no solo crueldad, sino un abismo idéntico al suyo, aunque reflejado en un espejo oscuro?—. Alexei… la deuda…
—Cien dólares —completó Sonia, y por primera vez, una chispa de algo caliente, de rabia o de dolor, brilló en su mirada—. Lo sé. Vino anoche, después de que tú te fuiste. Temblando. Diciendo que eras un tonto por enfrentarte a ese hombre. Diciendo que ahora todo sería peor.
—Intenté… hay una reunión. Con los vecinos. Para resistir juntos…
Sonia soltó una risa breve, seca, que no tenía nada de alegre. Sonó como el crujido de una rama muerta.
—¿Resistir? ¿A Rogozhin? —Dejó el cuaderno a un lado, se levantó con un movimiento fluido. Se acercó a una pila de libros y sacó uno al azar. Era una novela barata, de cowboys—. Mira esto, Lev. Papá lo leía. Le encantaban estas historias. Hombres solos, con un código, enfrentándose al mal en un paisaje vacío. —Abrió el libro por la mitad. Entre sus páginas, usado como marcador, había un trozo de papel doblado muchas veces. Lo desplegó con cuidado. Era una factura—. Esto no es el Lejano Oeste. Esto es un callejón sin salida. Y nosotros ya estamos en él desde hace mucho tiempo.
Lev miró la factura. No entendía los números, pero vio el membrete: «Empresas de Transporte del Este, S. Rogozhin, Prop.» Y una fecha: 1925.
—¿S. Rogozhin? —preguntó, una sensación fría reptando por su espina dorsal.
—Serguéi —dijo Sonia, y la palabra cayó en la habitación como una losa—. El padre. El viejo Rogozhin.
Se acercó a Lev y le puso el papel en la mano. No era solo una factura. Al dorso, con una letra temblorosa y apresurada, había unas líneas escritas a lápiz: «Serguéi, el último pago. Ya está. La deuda queda saldada. Por favor, que esto acabe. – Piotr.»
—Piotr —repitió Lev, el nombre resonando en algún lugar profundo y olvidado de su memoria—. ¿El tío Piotr? El que se fue a Chicago…
—El que se tiró bajo un tren de carga en Chicago —corrigió Sonia, su voz plana, monótona, como si recitara un hecho meteorológico—. En 1926. Un año después de escribir esto.
Lev sintió que el suelo bajo el cajón cedía. No físicamente, pero sí de una manera más real. El aire de la trastienda, cargado de polvo de siglos, se volvió espeso, difícil de respirar.
—No entiendo.
—Papá —dijo Sonia, y ahora su voz adquirió un tono áspero, como si las palabras le rasparan la garganta—. Nuestro querido, borracho, soñador papá. No solo soñaba con cowboys. En 1921, cuando la fábrica cerró y mamá estaba enferma… necesitaba dinero. Mucho dinero. El tío Piotr tenía contactos. Le presentó al viejo Rogozhin. Serguéi.
Se puso a caminar de un lado a otro, sus pasos silenciosos sobre las tablas del suelo. La luz de la bombilla proyectaba su sombra, larga y distorsionada, sobre las pilas de libros, como un espectro entre las ideas muertas.
—No era una deuda de juego, Lev. Era un préstamo. Para poner un negocio, decía papá. Una tienda de comestibles. Rogozhin le prestó. Con intereses que no estaban escritos en ningún papel. Cuando el negocio fracasó—y tenía que fracasar, papá no era un comerciante, era un lector de novelas—, los intereses siguieron creciendo. Como un cáncer.
Se detuvo, mirando la pared como si pudiera ver a través de ella, hacia el pasado.
—Piotr intentó ayudar. Intercedió. Hizo pequeños trabajos para Rogozhin, cosas de las que nunca hablaba. Y finalmente, consiguió esto. —Señaló el papel en la mano de Lev—. Un documento que decía que la deuda estaba saldada. Pagada con el sudor y, al final, con la vida de nuestro tío. Porque Rogozhin no perdonaba. Solo transfería la deuda. De una persona a otra. De una generación a la siguiente.
Lev miraba el trozo de papel. La letra temblorosa de Piotr. La firma ilegible de Serguéi Rogozhin. No era solo un recibo. Era un título de propiedad. Una escritura de su propia historia, escrita en tinta de miedo y sangre.
—¿Y papá? —preguntó, aunque ya sabía la respuesta.
—¿Qué crees? —La voz de Sonia se quebró por primera vez—. Se bebió la culpa. Litro a litro. Cada vez que se emborrachaba y lloraba, no lloraba por mamá, o por nosotros. Lloraba por Piotr. Por la deuda que él había contraído y que otro había pagado. Rogozhin nunca volvió a llamar a la puerta. No hacía falta. Papá se encargaba de cobrarse a sí mismo, todos los días, hasta que el hígado dijo basta.
El silencio que siguió fue absoluto. Lev podía oír el latido de su propia sangre en los oídos, un tambor sordo y fúnebre. Alexei y su deuda de juego… no era un accidente. No era una mala racha. Era la herencia. La misma sed de olvido, la misma huida hacia el abismo. El mismo apellido Rogozhin esperando al final del camino.
—Parfión —murmuró Lev—. El hijo. Debe saberlo.
—¡Claro que lo sabe! —estalló Sonia, y su grito fue tan repentino y agudo que Lev retrocedió—. ¿Crees que es una coincidencia que Alexei acabe debiéndole dinero justo a él? ¿A Parfión Rogozhin? ¡Lo ha olido! Como un sabueso huele el miedo en la sangre. Nuestra familia le debe una deuda. Una deuda que su padre consideró saldada, pero que un hombre como Parfión… para él las deudas nunca se saldan. Se heredan. Se cultivan. Se cobran con intereses compuestos de sufrimiento.
Se acercó a Lev, sus ojos ahora brillantes con una lucidez dolorosa.
—Tú llegaste, Lev. Con tu bondad, con tus palabras de compasión y de unión. Y él lo vio. Vio otra forma de cobrarse la deuda. No con los puños, no con amenazas baratas. Viéndote caer. Viéndote intentar salvar y fracasar. Humillando esa… esa luz que tienes. Eso es lo que vale para él. Eso es el pago final.
Lev sintió que algo se desgarraba dentro de él. No era su inocencia—esa había muerto hacía tiempo, en algún sanatorio suizo—. Era la última ilusión de que su sufrimiento era personal, íntimo, su cruz privada. No lo era. Era un eslabón en una cadena. Su epilepsia, sus temblores, su inadaptación… eran solo la manifestación física de un veneno que corría por las venas de su familia desde hacía una década. Él había vuelto a casa pensando en redimir, en sanar, y solo había puesto el dedo en la herida supurante.
—¿Por qué no me lo dijiste? —preguntó, y su voz era apenas un susurro.
—¿Para qué? —Sonia recogió el cuaderno del suelo. Lo abrió por una página marcada. No era un diario íntimo. Era un libro de contabilidad. Columnas de números, meticulosamente anotados, con fechas y descripciones escuetas: «Medicinas para Anna», «Reparación del tejado», «Libros de escuela para los niños». Y, en una columna separada, con tinta roja, una sola cifra recurrente, cada mes: «Interés».— Papá lo anotaba todo. Hasta el último céntimo que le sacaba la botella. Hasta el último gramo de culpa. Este es nuestro árbol genealógico, Lev. No nombres y fechas. Números en rojo. Y silencio.
Le tendió el cuaderno. Lev lo tomó. El cuero estaba frío. Las páginas, amarillentas y quebradizas, susurraban bajo sus dedos. Allí estaba. La vida reducida a una economía de la desesperación. La herencia no era un reloj de pared o un anillo. Era esta columna de números rojos, este peso de silencio que había curvado la espalda de su padre, envenenado la mente de su tío, y ahora atraía a Alexei y a él hacia el remolino de Parfión Rogozhin.
—Él, esta noche… —tartamudeó Lev—. Dijo que yo era un farsante. Que mi compasión era un traje prestado.
—Y tal vez tenga razón —dijo Sonia, sin piedad—. ¿De qué te sirve tu compasión ahora? ¿Va a borrar estas cifras? ¿Va a resucitar a Piotr? ¿Va a sacar a Alexei del agujero en el que se ha metido, el mismo agujero que cavó papá?
Cada pregunta era un clavo. Lev no tenía respuesta. Solo tenía el peso del cuaderno en sus manos y el sabor a ceniza en la boca. La compasión… era un sentimiento. Una intención. Pero frente a la maquinaria implacable de una deuda heredada, frente a la memoria que corroe y se transmite en la sangre, la compasión era tan útil como un suspiro contra un muro de granito.
Sonia vio el derrumbe en su rostro. Su propia dureza se agrietó, dejando al descubierto una fatiga infinita, más antigua que ella misma.
—Lo siento, Lev. No quería… pero tienes que entender. Esto no es una pelea de barrio. Es un ciclo. Y nosotros estamos dentro. Tú, con tus buenas intenciones, solo estás girando más rápido en la rueda.
Lev cerró el cuaderno. El chasquido del cuero al juntarse fue un sonido final, definitivo.
—Entonces —dijo, y su voz había cambiado. Ya no titubeaba. Tenía una cualidad plana, metálica—. ¿Qué acción no es solo girar en la rueda? ¿Qué rompe el ciclo?
Sonia lo miró, largamente. En sus ojos, Lev ya no vio a su hermana menor, la niña callada que escondía libros bajo la almohada. Vio a una mujer que había cargado con un secreto más pesado que cualquier fardo, y que ahora, al compartirlo, no se había aliviado, sino que había duplicado el peso.
—No lo sé —confesó, y era la verdad más aterradora de todas—. Papá pensó que pagando con su vida, con su lenta destrucción, lo rompería. Piotr pensó que con su muerte lo haría. Y mira dónde estamos. Quizás… quizás el ciclo no se rompe pagando la deuda que te impusieron.
Hizo una pausa, buscando las palabras en el aire polvoriento.
—Quizás se rompe cobrando una distinta.
Afuera, en la calle, un camión arrancó con un rugido que hizo temblar los cristales de la ventana sucia. La vibración pasó por el suelo, subió por las piernas de Lev, y resonó en el hueco vacío de su pecho. Cobrar una deuda distinta. No era un acto de compasión. Sonaba a justicia. O a venganza. Y en la boca de Sonia, en este contexto, ambas cosas se parecían demasiado.
Lev se puso de pie. Las piernas le sostuvieron, con una firmeza nueva, prestada de la desesperación.
—Tengo que irme —dijo.
—¿Adónde?
—A ver a un hombre —respondió Lev, y no hubo más explicación.
Sonia no intentó detenerlo. Asintió, una vez, y volvió a sentarse en el suelo, rodeada de libros. Tomó el cuaderno de contabilidad y lo apretó contra su pecho, como si fuera un niño, o un arma.
Lev salió a la calle. El amanecer era solo una claridad lúgubre en el este, una rendija de luz pálida entre los bloques de edificios. La ciudad empezaba a despertar con sus sonidos habituales: el chirrido de los tranvías, los gritos de los vendedores de periódicos, el rumor lejano de una metrópoli que, a pesar de todo, seguía funcionando.
Caminó sin rumbo fijo al principio, pero sus pies, una vez más, parecían saber adónde ir. Lo llevaron a través de callejones que olían a orina y a pan recién hecho, pasando por fachadas donde la pintura se descascarillaba como piel enferma. No pensaba en Parfión Rogozhin. Pensaba en Serguéi. En el viejo Rogozhin. En la firma ilegible en un papel que había condenado a dos familias, a dos generaciones, a un baile de muerte y culpa.
Finalmente, se detuvo frente a un edificio. No era el club clandestino. Era un almacén junto al río, un monstruo de ladrillo y hierro con las ventanas tapiadas con tablones. En la puerta, desgastada por el viento salino, un letrero casi borrado decía: «Almacenes Rogozhin. Import/Export.»
No había actividad. Era demasiado temprano. O quizás el negocio ya no requería de la fachada del almacén. Lev se quedó allí, inmóvil, mirando el edificio como si pudiera ver a través de sus muros la sombra del padre, la figura del hijo, y el hilo negro que los unía a él, a Alexei, a Sonia, a Piotr en su tren de carga.
La compasión era insuficiente. Lo había sido siempre. Era un sentimiento para aliviar la propia conciencia, no para cambiar los engranajes del mundo. Parfión lo había entendido antes que él. Por eso había reído. Por eso había subastado a Nastasia. Por eso había esperado a que Lev tuviera su ataque, para ver cómo se desmoronaba la farsa.
Pero lo que Parfión no había entendido, lo que quizás nadie en esta ciudad de hierro y hambre entendía, era que un hombre que ha perdido hasta la última ilusión—incluso la ilusión de su propia bondad— es el hombre más peligroso de todos. Porque ya no tiene nada que proteger. Solo tiene algo que cobrar.
Lev no entró en el almacén. Dio media vuelta y empezó a caminar de vuelta hacia el barrio. No con la cabeza baja, sino con la mirada fija en algún punto delante de él, en un horizonte que solo él podía ver. La herencia del sufrimiento pesaba sobre sus hombros, sí. Pero ahora sabía su nombre, su origen, su sabor. Y en ese conocimiento, amargo como el hiel, había nacido una determinación fría y clara, como un cristal afilado.
La acción transgresora no sería un acto de bondad. Sería un acto de ruptura. Y Lev, el príncipe fracasado, el epiléptico, el farsante, era quizás el único que, habiendo tocado el fondo de su propia impostura, podía llevarla a cabo.
El ciclo exigía su repetición. Él se preparaba para negarle el paso.
Capítulo 9: El Príncipe en la Sombra
La trastienda de la librería olía a polvo viejo, a papel desintegrándose lentamente, a la humedad que ascendía de los cimientos de piedra. Era un olor a tiempo detenido, a cosas que ya no se leían. Lev, sentado en un taburete desvencijado, no veía los montones de libros apilados contra las paredes. Veía el rostro de Sonia, la palidez de su revelación, y detrás de ella, la sombra alargada de su padre, de Alexei, de sí mismo. Un ciclo. Una rueda que aplastaba generación tras generación, y a la que él, sin saberlo, había puesto el hombro.
No era solo una deuda de cincuenta, luego cien dólares. Era una herencia. La misma que llevaba a un hombre a vender su dignidad, a una mujer a venderse a sí misma, a otro a creer que la posesión violenta era una forma de amor. Él había creído que su compasión era un bálsamo, una fuerza externa que podía sanar. Ahora comprendía, con una claridad que le quemaba las entrañas, que era parte del mecanismo. Su bondad había sido el cebo que Rogozhin necesitaba para morder con más fuerza, para probar su teoría podrida de que todo, al final, se rompía.
Se levantó. Las piernas le temblaban, pero no de debilidad. Era la vibración de una decisión tomada en lo más profundo, donde ya no caben las dudas titubeantes. No podía romper el ciclo desde fuera, ofreciendo monedas o sermones. Tenía que meterse dentro de los engranajes. Tenía que ofrecerse a sí mismo.
La calle era un golpe de realidad gris. El cielo, un plomo sucio sobre los tejados. Los tranvías chirriaban con un sonido de protesta metálica. Lev caminó sin rumbo fijo al principio, pero sus pies, como si obedecieran a una brújula interna, lo llevaron hacia el distrito donde las fachadas empezaban a descascararse y los letreros estaban escritos en idiomas que él no entendía. Buscaba a un hombre. No al protector brusco de Nastasia, no a otro eslabón de la cadena. Buscaba a Lébedev.
Lo encontró, como sabía que lo encontraría, en una taberna de mala muerte cerca de los muelles. El lugar apestaba a cerveza agria, a sudor de estibador y a pescado podrido. Lébedev estaba en un rincón, ante un vaso medio lleno de un líquido turbio, hablando solo o quizás a un interlocutor invisible. Al ver a Lev, sus ojos pequeños y hundidos brillaron con una mezcla de temor y deleite teatral.
—¡El príncipe! —exclamó, alzando las manos como si lo hubieran sorprendido en un acto sagrado—. ¿Viene a buscar sabiduría entre los desechos? ¿O quizás a perderse definitivamente? ¡Siéntese, siéntese! El aire que trae consigo es demasiado puro para este lugar, me da vértigo.
Lev se sentó, ignorando la pegajosidad de la mesa. No titubeó.
—Necesito que me hable de Rogozhin. De verdad. No de lo que se murmura, sino de lo que usted sabe.
Lébedev se inclinó hacia adelante, y su aliento, cargado de alcohol barato, llegó a la nariz de Lev.
—¿Para qué? ¿Para comprenderlo? ¡La comprensión es un lujo, príncipe! Un lujo que los condenados no podemos permitirnos. Rogozhin no es un hombre para comprender, es un hecho. Como un incendio, como una inundación. Usted no dialoga con la inundación, huye o construye un dique. Y usted… —hizo una pausa dramática, examinando a Lev con una mirada que pretendía ser penetrante— usted quiere ofrecerse como dique. Lo veo en sus ojos. Tiene esa luz… esa luz terrible de los que van al sacrificio. Es peor que la oscuridad, ¿sabe?
—¿Qué quiere él, realmente? —insistió Lev, sin desviarse—. No mi dinero. No mi humillación. Eso ya lo tuvo.
Lébedev soltó una risa corta, amarga.
—¡Quiere probar que tiene razón! ¡Es lo más peligroso! Un hombre con un hambre física, usted le da un pan y se calla. Pero un hombre con un hambre del alma, que cree que el mundo es un fango y todos estamos podridos por dentro… ese hombre necesita ver la podredumbre. Necesita sacarla. Usted, con su… su integridad lamentable, es la prueba viviente de que él está equivocado. Y no puede tolerarlo. Por eso juega con usted. Por eso arrastra a la mujer, a su hermano… es un experimento. Quiere ver cuánto puede ensuciar algo limpio antes de que se rompa. Y cuando se rompa, él respirará aliviado. «Vean —dirá—, todos son iguales».
Lev asintió lentamente. Eso resonaba en lo más hondo de la revelación de Sonia. No era una venganza personal. Era una cruzada nihilista.
—Entonces debo darle lo que quiere —dijo Lev, y su voz sonó extrañamente serena.
Lébedev palideció, su teatralidad se desvaneció por un instante, dejando al descubierto un miedo auténtico.
—¿Está loco? ¿Ofrecerse a ser ensuciado? ¡Él no se detendrá! No es un juego de ajedrez, es una carnicería. Usted cree que puede ofrecer su… su pureza moral como moneda de cambio. ¡Pero esa moneda, una vez en sus manos, la fundirá! La convertirá en algo grotesco. Y usted dejará de ser usted. Será solo otra prueba de la teoría de Rogozhin.
—No —negó Lev, y por primera vez, una chispa de algo frío, casi calculador, brilló en sus ojos azules—. No ofrezco mi pureza. Ofrezco mi presencia. Mi atención completa. Le ofrezco que me tenga delante, que haga lo que quiera conmigo, con la condición de que suelte a los demás. A Alexei. A Nastasia Filíppovna.
—¡Es una locura mayor! —chilló Lébedev, casi levantándose—. ¡Él no hace tratos! Él devora. Y usted se está ofreciendo como primer plato. ¿Cree que ella, esa mujer, lo agradecerá? Ella está envenenada, príncipe. El veneno es su orgullo, y es dulce. No quiere ser salvada, quiere arrastrar a otros a su infierno. Es su venganza contra el mundo.
—Lo sé —dijo Lev, y en esas dos palabras había un océano de tristeza—. Pero no se trata de agradecimiento. Se trata de romper la rueda. Si la deuda es con mi familia, con mi padre… que la pague el hijo. Hasta el último centavo.
Lébedev lo miró fijamente, y poco a poco, su expresión de pánico fue cubierta por una máscara de lúgubre fascinación. Se hundió en su silla.
—Es usted más interesante de lo que pensaba —murmuró—. Creí que era un simple iluminado, un tonto de Dios. Pero no… hay una obstinación en usted. Una terquedad de mártir. Muy rusa, por cierto. —Bebió un trago largo—. Rogozhin no estará en su guarida habitual. La policía ha estado haciendo preguntas, desde lo del club. Se esconde en un almacén, cerca del puente. Un lugar frío, lleno de sombras y ecos. Allí guarda… cosas. Y allí recibe.
—¿Me llevará? —preguntó Lev.
—¿Yo? ¡No, no, no! —Lébedev agitó las manos en negación—. Mi papel es el del coro griego, príncipe. Anuncio la desgracia, no me meto en ella. Pero… —bajó la voz— le daré la dirección. Porque tengo la sensación de que, de todas formas, usted irá. Y prefiero que su sangre no me salpique por haberme callado.
Garabateó algo en un trozo de papel sucio y lo deslizó por la mesa. Lev lo cogió. Las letras parecían temblar.
—Una última cosa, príncipe —dijo Lébedev, y su tono perdió toda afectación, volviéndose grave, casi paternal—. No le hable de Dios. No le hable de redención. A un hombre que está convencido de estar en el infierno, las palabras sobre el cielo suenan a burla. Y la burla… la burla es lo único que puede hacer que lo mate por placer, no por negocio.
Lev se levantó. Asintió. No dio las gracias. Salir de aquel lugar era como emerger de una fosa séptica. Tomó aire, pero el aire de la calle también estaba viciado, cargado de hollín y desesperanza.
No fue a casa. Caminó durante horas, mientras la tarde se convertía en un crepúsculo sucio. Pasó por el parque donde los hombres sin trabajo se apelotonaban en los bancos, con miradas vacías. Pasó por las lujosas vitrinas de la Quinta Avenida, donde maniquíes perfectos vestían sonrisas de terciopelo. Él era un fantasma entre ambos mundos, un impostor en los dos. Su traje, ahora arrugado y ligeramente manchado, era la prueba.
Finalmente, sus pies lo llevaron a un edificio de apartamentos modesto pero decente. Subió las escaleras. Llamó a una puerta.
Sonia abrió. Su rostro, siempre pálido, se iluminó por un instante al verlo, pero la luz se apagó inmediatamente cuando leyó su expresión.
—Lev… ¿qué ha pasado?
—Necesito ver a Alexei.
Ella lo hizo pasar. El pequeño apartamento era pulcro, pobre pero lleno de una dignidad tenaz. Alexei estaba sentado a la mesa de la cocina, con la cabeza entre las manos. Al ver a su hermano, se puso en pie de un salto, una mezcla de esperanza y miedo en los ojos.
—¿Lo has conseguido? ¿El dinero? ¿Has hablado con alguien?
Lev lo miró. Vio al niño que había sido, asustado por las borracheras de su padre. Vio al joven débil que buscaba en el juego un atajo a una hombría que nunca llegaba. Y no sintió ira. Sintió una pena infinita, un amor desgarrado.
—No, Alexei. No es cuestión de dinero.
—¡Entonces es mi muerte! —gritó Alexei, y su voz se quebró—. ¡Él me matará! ¡O me hará algo peor! Tú no entiendes, Lev, tú con tu… tu bondad de otro planeta, no entiendes cómo son las cosas aquí abajo.
—Sí que lo entiendo —dijo Lev con suavidad—. Ahora lo entiendo. La deuda no es tuya. Es de nuestro padre. Y ahora es mía.
Alexei lo miró, desconcertado.
—¿Qué quieres decir?
—Que voy a pagarla. De la única manera que se puede pagar una deuda así. Tú te irás de la ciudad. Sonia te acompañará. Irán a casa de los tíos, en Connecticut. Y no volverán hasta que yo les diga.
—¿Y tú? —preguntó Sonia, acercándose. Su voz era un hilo.
—Yo me quedo a terminar el asunto.
—¡No! —gritó Alexei, pero era un grito de pánico, no de negativa—. Él te destrozará. Él…
—Él quiere destrozar algo —cortó Lev—. Le daré esa oportunidad. Pero a cambio, tú quedarás libre. Los dos.
Hubo un silencio pesado. Alexei bajó la cabeza, avergonzado, aliviado, destrozado. Sonia tenía los ojos llenos de lágrimas, pero no lloraba. Miraba a Lev como si estuviera viendo una pintura de un santo antes del martirio.
—¿Y la mujer? —preguntó Sonia, con perspicacia dolorosa—. ¿Nastasia Filíppovna?
—Ella también —dijo Lev, y su voz apenas tembló—. Es parte de la misma deuda.
Sonia asintió lentamente. Comprendía. Comprendía los ciclos, las herencias. Era la única que podía comprender.
—¿Cuándo? —preguntó Alexei, sin levantar la vista.
—Esta noche.
La noche cayó como una losa. Lev salió del apartamento de Sonia con una sensación de extraña liviandad. Había dejado atrás las dudas, los titubeos. Ahora era solo un cuerpo en movimiento hacia un punto fijo en el mapa de la oscuridad.
El almacén estaba donde Lébedev había dicho. Una mole de ladrillo negro junto al río, donde el silbido del viento se mezclaba con el golpear de las amarras de los barcos. Una luz tenue, amarillenta, se filtraba por una ventana rota en el piso superior.
La puerta principal estaba entreabierta. No había guardias. Era una invitación, o una trampa demasiado obvia. Lev la empujó y entró.
El interior era una caverna de sombras y ecos. Olía a sal, a aceite rancio, a madera podrida. Pilas de cajas y fardos se alzaban como extrañas arquitecturas en la penumbra. Al fondo, bajo la única lámpara de gas que colgaba del techo, estaba Rogozhin.
No estaba solo. Sentado en un barril, con las piernas cruzadas, parecía haber estado esperando. No mostraba sorpresa. Al lado, apoyada contra una pila de sacos, como un objeto más del almacén, estaba Nastasia Filíppovna. Llevaba el mismo vestido negro de la fiesta, pero ahora parecía una mortaja. Su rostro era una máscara de porcelana pálida, los ojos enormes y vacíos, fijos en la nada. No miró a Lev cuando entró.
—Te estaba esperando, príncipe —dijo Rogozhin. Su voz resonó en el vacío del almacén, plana, sin énfasis—. Lébedev tiene la lengua muy larga. Pero sabía que vendrías. Esa es tu maldición. Siempre vienes.
Lev avanzó hasta quedar a unos metros de ellos. La luz de la lámpara le daba de lleno, mientras Rogozhin permanecía semi-sumergido en la sombra.
—He venido a hacer una oferta —dijo Lev. Su voz no titubeó.
—Las ofertas las hago yo —replicó Rogozhin—. Tú solo recibes.
—Esta es diferente. Quieres probar algo. Quieres ver hasta dónde puede llegar mi… mi compasión. Hasta dónde puede ser corrompida. Te ofrezco un campo de experimento ilimitado. A mí. Haz conmigo lo que quieras. Humíllame, úsame, rómpeme si puedes. Pero a cambio, sueltas a Alexei. Anulas su deuda. Y dejas ir a Nastasia Filíppovna. Libre, sin condiciones.
Un silencio. Solo se oía el goteo lejano de una tubería y la respiración sosegada, casi inaudible, de Rogozhin. Nastasia, por fin, movió la cabeza. Sus ojos, lentamente, se posaron en Lev. No había gratitud en ellos. Había algo peor: un interés clínico, como si él fuera un espécimen raro que acababa de hacer un movimiento inesperado en el laboratorio.
Rogozhin se rió. Una risa baja, gutural, que no contenía alegría.
—¿Lo ves, Nastasia? ¿Lo ves? Te lo dije. No viene a salvarte con un caballo blanco. Viene a negociar. Ofrece su carne a cambio de la tuya. Es un comerciante, como todos. Solo que su moneda es más… pintoresca.
—No es una negociación —dijo Lev, manteniendo la mirada en Rogozhin—. Es un trueque. Tú obtienes lo que anhelas: la prueba. Yo obtengo lo que deseo: su libertad.
—¿Y qué me hace pensar —preguntó Rogozhin, levantándose lentamente del barril— que no puedo tener las dos cosas? ¿Tu destrucción y su esclavitud? ¿Qué poder tienes para imponer condiciones?
—Ninguno —admitió Lev—. Solo el poder de que, si no aceptas, me iré. Y te quedarás sin tu prueba. Te quedarás con la duda, para siempre, de si había algo real en mí o no. Y esa duda te roerá, Parfión Semiónovich. Más que cualquier violencia que puedas ejercer.
Rogozhin se detuvo. Sus ojos, oscuros y profundos como pozos sin fondo, escrutaron a Lev. Avanzó un paso, saliendo a la luz. Su rostro estaba demacrado, con ojeras moradas. Parecía no haber dormido en días.
—¿Crees que me importa tu alma, príncipe? —dijo, y su voz era ahora un susurro áspero—. ¿Crees que juego a los filósofos? Yo solo veo fuerzas. Hambre y poder. Tú tienes una fuerza… rara. Una debilidad que se hace fuerte. Es desconcertante. Y lo desconcertante… molesta.
—Entonces acepta —insistió Lev—. Satisface tu molestia. A fondo.
Rogozhin miró a Nastasia. Ella sostenía su mirada, impasible.
—¿Y tú? —le espetó—. ¿Quieres que te suelte? ¿Que te deje ir con tu príncipe de pacotilla a vivir una vida de virtud y pobreza?
Nastasia esbozó una sonrisa. Era una cosa amarga, torcida.
—No hay vida para mí, Parfión. Fuera de aquí solo hay otro tipo de almacén. Pero… —su mirada volvió a Lev, y por un instante, algo se quebró en su dureza— me interesa ver el experimento. Me interesa ver cuánto dura.
Fue como si esas palabras dieran a Rogozhin la justificación que necesitaba. Asintió, bruscamente.
—De acuerdo. Un trueque. —Se acercó más a Lev, hasta que Lev podía sentir el calor de su cuerpo y oler el tabaco fuerte y el sudor agrio—. Pero mis condiciones. Alexei se va. Su deuda queda cancelada. Ella… —hizo un gesto vago hacia Nastasia— puede irse cuando quiera. Pero tú. Tú te quedas conmigo. No por un día. No por una humillación. Hasta que yo diga que basta. Hasta que el experimento… termine.
—¿Y qué significa «quedarse contigo»? —preguntó Lev, sin retroceder un milímetro.
—Significa que harás lo que te diga. Irás donde te lleve. Verás lo que yo veo. Vivirás en mi mundo. Y tratarás, con toda tu bondad de mierda, de no romperte. —Una chispa de algo casi febril encendió sus ojos—. ¿Aceptas?
Lev contuvo la respiración. No era solo su integridad lo que ofrecía. Era su libertad, su identidad, su futuro. Se ofrecía a ser absorbido por la oscuridad de Rogozhin, a vivir en sus entrañas, para que los demás pudieran escapar.
Miró a Nastasia. Ella lo observaba, expectante, como si al fin hubiera llegado el momento de verdad de la función.
—Acepto —dijo Lev.
La palabra cayó en el silencio del almacén con el peso de una losa funeraria. Rogozhin sonrió. No era una sonrisa de triunfo, sino de algo más íntimo y terrible: la curiosidad de un niño que está a punto de desgarrar las alas de una mariposa.
—Bien —murmuró—. Entonces empieza ahora. La primera orden. Arrodíllate.
Lev no vaciló. Se arrodilló en el suelo sucio del almacén, entre el serrín y las manchas de aceite. La piedra era fría y dura a través de la tela de sus pantalones.
Nastasia contuvo la respiración. Rogozhin lo miró desde arriba, y por un segundo, su rostro mostró no satisfacción, sino una perplejidad casi dolorosa. Como si la facilidad de la humillación le hubiera robado algo del placer esperado.
—¿Lo ves? —dijo Lev, desde abajo, y su voz era clara, sin rastro de vergüenza—. Esto no me rompe, Parfión Semiónovich. Porque mi dignidad no está en mis rodillas. Está en por qué me arrodillo.
Rogozhin palideció. Un músculo le tembló en la mandíbula. El experimento había comenzado. Y la primera ronda, Lev la sentía, inexplicablemente, ganada. Pero era solo el principio. La noche era larga, y la sombra del almacén, infinita.
Afuera, el río Hudson fluía negro e indiferente hacia el mar, arrastrando los desechos de la ciudad. Y en su interior, Lev Nikoláievich Myshkin, el príncipe, comenzaba su verdadero viaje al corazón de las tinieblas, llevando consigo, como única arma, una fe a punto de convertirse en algo completamente distinto, algo tan peligroso como la propia oscuridad que lo rodeaba.
Capítulo 10: Brooklyn al Amanecer
El almacén olía a salitre, a madera podrida y a la grasa densa de las máquinas. La luz de una única bombilla colgante, sucia de moscas muertas, cortaba la penumbra en un cono amarillento que iluminaba el rostro de Rogozhin. Lev estaba de pie en el borde de esa luz, sintiendo el frío húmedo del suelo de cemento a través de las suelas finas de sus zapatos. Había dicho las palabras. Se había ofrecido.
Rogozhin no se rió. No hizo ningún gesto violento. Se quedó quieto, los brazos caídos a los lados de su cuerpo macizo, envuelto en un abrigo oscuro que parecía absorber la poca luz que había. Su respiración era un sonido ronco, regular, como el de un animal herido que evalúa a su presa.
«¿A ti?» dijo por fin, y su voz no era un rugido, sino algo más bajo, más íntimo y por ello más terrible. «¿Te ofreces a ti, príncipe? ¿Para qué? ¿Para que yo te rompa, para que te pruebe que esa bondad tuya es papel mojado? Ya lo sé. No necesito probarlo.»
«No es para que usted lo pruebe,» dijo Lev, y su voz, en contraste, sonó clara y frágil en la vastedad del almacén. El eco devolvía sus sílabas desde las sombras donde se apilaban cajas y maquinaria oxidada. «Es para pagar la deuda. Es para que usted deje en paz a mi hermano. Y a Nastasia Filíppovna.»
El nombre de ella hizo que algo se moviera en la oscuridad de los ojos de Rogozhin. Un destello, rápido y feroz.
«Ella no es tuya para que la deje en paz,» masculló. «Ella se vino sola. Tú la viste. Vino a mí como se viene al abismo. Porque sabe lo que hay abajo. Y tú… tú solo miras desde arriba y dices ‘pobrecita’. Eso la envenena más que yo.»
Lev sintió un dolor agudo, una comprensión que era como un clavo en el costado. Era cierto. Su compasión, su oferta de salvación, había sido para Nastasia otro tipo de humillación, una que olía a caridad y a superioridad moral. Él solo había visto el sufrimiento; ella veía el condescendiente salvador.
«Lo sé,» admitió Lev, y la sinceridad de su confesión pareció desconcertar a Rogozhin por un instante. «He cometido un error. He querido salvar sin entender que la salvación, si no se pide, es otra prisión. Pero a Alexei… a mi hermano, sí puedo ofrecerme. Él no pidió caer. Fue empujado. Por el miedo, por la desesperación… por la herencia de un padre que solo nos dejó deudas.» Lev hizo una pausa, tragando saliva. El aire frío le quemaba los pulmones. «Tome mi trabajo. Mi libertad. Lo que quiera. Pero déjelo a él irse. Déjelo respirar.»
Rogozhin dio un paso hacia adelante, entrando en el círculo de luz. Su rostro estaba marcado por una fatiga profunda, por una rabia que se había consumido a sí misma y solo dejaba cenizas. No era el monstruo que Lev había imaginado en sus noches de insomnio. Era un hombre roto, un espejo oscuro de su propia fractura.
«¿Sabes lo que mi padre me dejó a mí, príncipe?» dijo, y era la primera vez que usaba esa palabra sin sarcasmo, solo como un dato, un título vacío. «Un cuchillo. Y la certeza de que el mundo es un matadero y los hombres, bestias. Tu padre te dejó deudas de dinero. El mío me dejó una deuda de sangre. Y se paga con sangre.» Se acercó más, hasta que Lev podía sentir el calor de su cuerpo y oler el tabaco barato y el sudor agrio. «Tú me ofreces tu trabajo. Tu bondad. Eso no paga deudas de sangre. Eso no es nada.»
Lev no retrocedió. Miró fijamente los ojos inyectados de Rogozhin, buscando en ellos no al enemigo, sino al hombre.
«Entonces no es a usted a quien debo pagar,» dijo suavemente. «Es a la deuda. A la idea. Y a una idea… solo se le puede perdonar.»
El silencio que siguió fue absoluto. Pareció que hasta las ratas en las paredes dejaban de moverse. Rogozhin parpadeó, como si las palabras hubieran sido un golpe físico, pero uno que no entendía.
«¿Perdonar?» repitió, y la palabra sonó grotesca en su boca, como un objeto extraño. «¿Perdonar qué?»
«El dolor,» dijo Lev. Su voz temblaba ligeramente ahora, no por miedo, sino por el esfuerzo de dar forma a algo que solo sentía como una verdad desgarradora en su pecho. «El dolor que su padre le dejó. El dolor que usted ahora quiere pasar a Alexei, a Nastasia, a mí. Es una cadena. Alguien tiene que romperla. Yo… yo perdono la deuda. La de Alexei. Y la suya.»
Por un momento, Lev creyó que Rogozhin iba a matarlo allí mismo. Vio los músculos de su mandíbula contraerse, los puños apretarse hasta que los nudillos palidecieron. Vio en sus ojos un relámpago de odio puro, el odio que nace del pánico ante lo incomprensible.
Pero el golpe no llegó.
En su lugar, Rogozhin emitió un sonido, un jadeo ronco que era mitad risa, mitad sollozo. Dio media vuelta, alejándose de la luz, frotándose la cara con una mano áspera.
«Estás loco,» murmuró hacia las sombras. «Loco de remate. Crees que con palabras… con sentimientos… se arregla algo.» Se volvió de nuevo, y su expresión era ahora de un desprecio infinito, pero un desprecio dirigido hacia sí mismo, hacia Lev, hacia el mundo entero. «Muy bien, príncipe. Has ‘perdonado’. ¿Y qué cambia? Alexei seguirá siendo un cobarde que apuesta lo que no tiene. Nastasia seguirá buscando hombres que la destruyan para probarse algo. Y yo… yo seguiré aquí, en este almacén, con mi cuchillo y mi deuda de sangre. Tus palabras no alimentan a nadie. No calientan a nadie. Son aire.»
Era la verdad más devastadora, la que Lev siempre había temido en lo más profundo de su noche del alma. Que su fe fuera inútil. Que su compasión no construyera nada, solo fuera un espectáculo patético para su propia conciencia.
«Tal vez solo sean aire,» admitió Lev, y sintió que las lágrimas le calentaban los ojos, pero no bajó la mirada. «Pero es el aire que yo elijo respirar. Aunque no alimente, aunque no caliente… limpia. Y aunque solo me limpie a mí, ya es algo. Es mi elección. Usted tiene la suya.»
Rogozhin lo observó durante un largo minuto. La tensión se fue desvaneciendo, no en reconciliación, sino en un agotamiento mutuo, en el reconocimiento de un empate metafísico.
«Vete,» dijo finalmente Rogozhin, con una voz apagada. «Vete de aquí. Llévate tu aire limpio. Y a tu hermano el cobarde. No los quiero ver más por Brooklyn. La deuda…» Hizo un gesto brusco con la mano, como ahuyentando una mosca. «La deuda está donde tú la has puesto. En el aire.»
No era una victoria. No había derrota del mal, ni conversión, ni siquiera un entendimiento. Había un retroceso, un alto el fuego nacido del cansancio y de la perplejidad. Lev asintió lentamente. No dijo «gracias». Habría sido otra humillación. Solo inclinó ligeramente la cabeza y dio media vuelta.
Al salir del almacén, el aire frío de la madrugada brooklyniana lo golpeó como una bofetada. El cielo empezaba a aclararse por el este, sobre los muelles, con un gris sucio que prometía otro día duro. Caminó sin rumbo fijo durante un rato, sintiendo el vacío enorme que dejaba la adrenalina, el temblor fino en sus manos.
No fue a Connecticut de inmediato. Fue a la pensión de la señora Ostrom. Subió las escaleras que crujían y llamó suavemente a la puerta de Nastasia.
Ella abrió al cabo de un momento. No estaba vestida para salir. Llevaba una bata de seda deslucida, y su rostro, sin maquillaje, parecía más joven y a la vez más devastado. Lo miró sin sorpresa, como si lo hubiera estado esperando toda la noche.
«¿Ya está?» preguntó, su voz ronca por el desvelo o por el llanto.
«Sí,» dijo Lev. «Alexei está a salvo. Rogozhin… ha dado un paso atrás.»
Ella esbozó una sonrisa torcida, amarga. «¿Le ha perdonado? ¿Le ha dado un sermón sobre el amor al prójimo?»
«Le he dicho que yo perdonaba la deuda,» corrigió Lev suavemente. «No a él. A la deuda.»
Nastasia lo estudió. En sus ojos había algo que no era gratitud, ni amor, ni siquiera lástima. Era un reconocimiento lúcido y despiadado.
«Eres el hombre más terrible que he conocido, Lev Nikoláievich,» susurró. «Porque me muestras lo que podría haber sido, y al mismo tiempo me demuestras que ya es demasiado tarde para mí. Tu perdón… es la condena más absoluta.»
«No es una condena,» dijo él, pero su voz carecía de fuerza. Sabía que, para ella, lo era.
«Para mí, sí,» afirmó con una calma aterradora. «Me quedaré aquí, sabiendo que existe un hombre que perdonó lo imperdonable por nada. Y que yo no puedo aceptar ese perdón, porque aceptarlo sería reconocer que necesitaba que me perdonaran. Y yo… yo no quiero ser perdonada. Quiero ser recordada como lo que soy: una ruina.» Se acercó y, con un gesto inesperadamente tierno, le colocó una mano en la mejilla. Su tacto estaba frío. «Vete a tu hermano. Él, tal vez, con el tiempo, pueda aprender a respirar tu aire limpio. Yo me ahogaría en él.»
Lev quiso protestar, quiso decirle todas las palabras de esperanza que bullían en su pecho, pero se las tragó. Eran, como le había dicho Rogozhin, solo aire. Y ella había elegido su elemento. Asintió, cubriendo su mano con la suya por un segundo, y luego la soltó.
Cuando bajó las escaleras, no miró atrás. Sabía que no la volvería a ver.
El tren a Connecticut era un mundo diferente. El gris de la ciudad dio paso a los marrones y verdes apagados del invierno en el campo, a casas de madera con humo saliendo de las chimeneas. Encontró la pequeña cabaña que había alquilado cerca de Stamford. Alexei estaba sentado en el porche, envuelto en una manta, mirando el bosque sin verlo. Al ver a Lev, se puso de pie de un salto. El miedo aún no había abandonado sus ojos.
«¿Y? ¿Qué pasó?» preguntó, su voz quebrada.
«Se acabó, Alyosha,» dijo Lev, subiendo los peldaños de madera. «La deuda está saldada.»
«¿Cómo? ¿Pagaste? ¿Con qué?»
«No con dinero.»
Alexei lo escudriñó, buscando señales de violencia, de tortura. Al no encontrar más que una paz profunda y triste, su expresión se descompuso en una mezcla de alivio y de una vergüenza aún más profunda.
«Él… ¿te hizo algo?»
«No,» dijo Lev. Se sentó a su lado en el escalón. El frío de la madera traspasó su pantalón. «Hablamos. Y al final, él decidió que ya no quería tu deuda.»
Alexei sacudió la cabeza, incrédulo. «Rogozhin no ‘decide’ esas cosas. Lo obligaste. ¿Cómo?»
Lev miró el bosque desnudo, las ramas negras recortadas contra el cielo plomizo. «Le ofrecí lo único que tengo que ofrecer, Alyosha. Y él lo rechazó. Pero al rechazarlo… la deuda perdió su sentido. Se esfumó.»
No era una explicación, y Alexei no la entendió. Pero en el tono de su hermano, en la fatiga serena de su rostro, intuyó que había ocurrido algo que estaba más allá de su comprensión, algo que pertenecía al territorio de Lev, ese territorio extraño y lejano de la fe y la compasión que a él siempre le había dado miedo.
«Yo… yo no sé qué decir,» murmuró Alexei, mirando sus propias manos.
«No hace falta que digas nada,» respondió Lev. «Solo respira. El aire aquí es más limpio.»
Pasaron los días, luego las semanas, en una calma monótona y reparadora. Alexei, alejado de los bares, de las caras conocidas, de la tentación constante de la ruleta y la desesperación, empezó a parecerse de nuevo al muchacho que había sido antes de que la sombra del padre y la Depresión lo aplastaran. No era una redención dramática. Era lenta, titubeante. A veces, por las noches, Lev lo oía dar vueltas en su cama, atormentado por la necesidad del juego, por el recuerdo de la humillación. Pero no huía. Se quedaba. Y por las mañanas, salía a cortar leña con una furia casi salvaje, hasta que el cansancio físico ahogaba a los demonios internos.
Lev escribió a algunos de los vecinos de Brooklyn, a los que había intentado organizar. No les habló de victorias. Les contó que Rogozhin había retirado sus pretensiones sobre las deudas de juego del barrio, que era un respiro, no un triunfo. Que la unión que habían empezado a forjar, ese frágil entendimiento entre panaderos, costureras y estibadores, era lo que importaba, no la derrota de un hombre. La respuesta fue lenta, cautelosa. Pero no hubo más visitas de los matones. El barrio, herido y desconfiado, empezó a respirar un poco más hondo.
Una tarde de marzo, cuando un sol pálido empezaba a derretir los últimos parches de nieve sucia, Lev recibió una visita. Era Lébedev, el hombre de la risa nerviosa y los ojos que todo lo calculaban. Venía con un traje menos brillante, y su rostro mostraba una preocupación genuina.
«Príncipe,» dijo, quitándose el sombrero y retorciéndolo entre sus manos. «He venido… a darle una noticia. Y a pedirle disculpas.»
Lo hizo pasar a la cabaña. Alexei, receloso, se quedó en el porche.
«Rogozhin se ha ido,» anunció Lébedev, sin preámbulos. «De Brooklyn. Dicen que se fue al Medio Oeste. A Chicago, quizás. Se llevó sus… negocios. Y a la señorita Nastasia Filíppovna.»
Lev no dijo nada. Sintió un vacío en el estómago, pero no una sorpresa.
«Antes de irse,» continuó Lébedev, bajando la voz, «me mandó llamar. Me dio un sobre. Para usted.» Sacó un sobre marrugoso del bolsillo interior de su chaqueta y lo deslizó por la mesa.
Lev lo tomó. No estaba sellado. Dentro no había dinero, ni una amenaza. Solo un trozo de periódico, arrancado de alguna página de anuncios clasificados. Y sujeto con un clip, una pluma. No la pluma rota que Rogozhin había destrozado meses atrás en el bar, sino una pluma nueva, de ave, de un negro azabache intenso, perfecta.
No había nota. No hacía falta. El mensaje era claro: Aquí está tu pluma. La quebré. Esta no. Es tuya. Yo me voy con lo mío.
Lev dejó la pluma sobre la mesa. Brillaba suavemente a la luz del fuego de la chimenea.
«¿Disculpas, dijo?» preguntó Lev, mirando a Lébedev.
El hombre asintió, agitado. «Sí. Por… por haber sido un instrumento. Por haber disfrutado viendo el experimento. Él quería probar que su nihilismo… que su visión del mundo era la correcta. Que usted, con su bondad, era un farsante o un loco. Y al final…» Lébedev se encogió de hombros, incómodo. «Al final, no probó nada. Solo que usted era usted. Y eso… eso lo desarmó más que cualquier puñetazo. Me pidió que se lo dijera. Que lo desarmó.»
Lev asintió lentamente. No había triunfo en esa revelación, solo una tristeza compartida. «Gracias por traer el mensaje, Stepán Trofímovich.»
Lébedev se fue poco después, con la sensación de haber cumplido una misión extraña y de haber visto algo que no acababa de comprender.
La primavera llegó, tímida, a Connecticut. Un día, Alexei se acercó a Lev mientras este leía en el porche.
«Lev,» dijo, usando su nombre sin el apelativo cariñoso por primera vez en mucho tiempo. «Tengo que volver.»
Lev bajó el libro. «¿A Brooklyn?»
«Sí. No para… para lo de antes. Para trabajar. He hablado con el dueño de la imprenta de la calle Dean. Necesita un ayudante. Es un trabajo honesto. De día.» Hizo una pausa. «No puedo vivir escondido aquí para siempre, respirando tu aire. Tengo que respirar el mío. Y pagar mis propias deudas. Las de verdad.»
Lev lo miró a los ojos y vio, por primera vez desde aquella noche en el bar, un destello de la dignidad que el miedo y la vergüenza habían oscurecido. No era el príncipe redentor llevando de la mano al pecador arrepentido. Era un hombre que le decía a otro que era hora de caminar solo.
«Claro, Alyosha,» dijo Lev, y una sonrisa verdadera, cansada pero cálida, le iluminó el rostro. «Es lo correcto.»
Acompañó a Alexei a la estación unos días después. No hubo abrazos dramáticos, ni promesas grandilocuentes. Un apretón de manos firme, una mirada que decía más que las palabras.
«Cuídate, hermano,» dijo Alexei.
«Tú también. Escribe.»
Y Alexei subió al tren. Lev lo vio alejarse, la máquina escupiendo vapor negro contra el cielo ya más azul de la primavera.
Se quedó en Connecticut unas semanas más. Luego, una mañana, empacó sus pocas pertenencias. Tomó la pluma negra que Rogozhin le había dejado, la contempló un momento, y luego la guardó con cuidado en el bolsillo interior de su chaqueta. No era un trofeo. Era un recordatorio. De la belleza que puede haber incluso en el gesto de un hombre roto, y de la fragilidad de todas las cosas.
Tomó el tren de vuelta a Nueva York, pero no se dirigió a Brooklyn. Bajó en Manhattan, en la Grand Central Terminal, y se perdió entre la multitud que siempre fluye bajo la bóveda celeste pintada en el techo. El estruendo de la ciudad, el olor a pretzels y a gasolina, la prisa de miles de destinos chocando entre sí, lo envolvieron.
No tenía un plan. No tenía dinero, apenas unos dólares. No tenía ya la misión de salvar a su hermano. Lo había hecho, de la única manera en que podía hacerse: dejándolo salvarse a sí mismo.
Caminó sin rumbo, como había hecho la mañana después del almacén. Pasó frente a las lujosas vitrinas de la Quinta Avenida, donde maniquíes impertérritos vestían trajes que costaban más de lo que un estibador ganaba en un año. Vio las colas de hombres demacrados frente a los comedores de beneficencia. Vio a un niño vendiendo manzanas en una esquina, con una mirada demasiado vieja para su rostro.
Su inocencia no estaba intacta. Estaba marcada, como el rostro de un boxeador después de una pelea dura. Había visto el abismo en los ojos de Rogozhin, había tocado la desesperación autodestructiva en las manos frías de Nastasia, había sentido el peso de la herencia familiar como una losa de granito. Ya no creía que la bondad pudiera triunfar. Pero creía, con una fe más profunda y más dolorosa, que era necesario ejercerla de todos modos. No como un arma, no como una estrategia, sino como un acto de pura afirmación en medio de la nada. Como respirar aire limpio en un mundo lleno de humo.
Encontró una pequeña iglesia ortodoxa, escondida entre edificios más altos, en el East Side. Empujó la pesada puerta de madera y entró. El interior estaba en penumbra, oliendo a cera e incienso. Unos pocos fieles, ancianos en su mayoría, estaban sentados en los bancos, sus cabezas inclinadas. No había sermón, solo el silencio denso y sagrado.
Lev se sentó en un banco de atrás. No rezó con palabras. Dejó que el silencio lo envolviera, que el cansancio de meses de tensión, de duelos morales, de pérdidas, se asentara en sus huesos. No buscaba consuelo. Buscaba, simplemente, estar. Presente en el mundo, con sus heridas y su pluma negra, sin máscara, sin pretensión.
Al salir, la luz de la tarde bañaba las calles con un dorado sucio y hermoso. Se detuvo en los escalones de la iglesia, respirando hondo. El aire de Nueva York nunca sería limpio. Estaba cargado de sueños rotos, de ambición, de pobreza, de una vitalidad feroz y a menudo cruel.
Pero era el aire que le tocaba respirar.
Y allí, en los escalones de una iglesia extraña, en el corazón de la ciudad que nunca duerme, el príncipe Lev Nikoláievich Myshkin, sin un centavo, sin un plan, sin nadie a quien salvar más que a su propia y maltrecha alma, sintió por primera vez en mucho, mucho tiempo, que estaba exactamente donde debía estar.
Comenzó a caminar, mezclándose con la multitud, un hombre más entre miles, llevando consigo solo el elixir amargo y claro de su propia integridad, preservada a un precio terrible, en un mundo que no sabía qué hacer con ella. Y, de alguna manera, eso era suficiente.