Capítulo 1: La Medalla Maldita
El calor de aquella mañana de julio en París era de esos que se adhieren a la piel como un sudario húmedo. Recuerdo haberlo mencionado a Holmes mientras cruzábamos el Pont Neuf, con la cúpula dorada de los Inválidos brillando al fondo como un sol secundario.
—El clima, Watson —respondió sin apartar la mirada del periódico—. Siempre comenzamos con el clima. Es una muleta narrativa que incluso usted, con su prosa tan vívida, debería aprender a dosificar.
—No es una observación literaria, Holmes. Es una observación práctica. Estoy sudando como un remero en el Támesis.
—Entonces debería alegrarse de que hayamos sido convocados al Grand Palais, que al menos goza de sistemas de climatización modernos. Aunque dudo que el gobierno francés nos haya hecho viajar desde Londres para disfrutar de sus mejoras arquitectónicas.
Dejó caer el periódico sobre sus rodillas y fijó en mí aquellos ojos grises que parecían capaces de perforar el velo de lo evidente. Llevaba semanas sumido en esa melancolía que solo la inactividad prolongada desata en él, un letargo peligroso que solía preceder a sus incursiones en la botella de cocaína al siete por ciento. La convocatoria del gobierno francés, aunque escueta en detalles, había sido recibida como un náufrago recibe una vela en el horizonte.
—¿Qué sabe usted de las Olimpiadas de este año, Watson?
—Lo que cualquier inglés. Que París las acoge por tercera vez, que han invertido una fortuna en seguridad tras los incidentes de Tokio, y que todos los pronósticos apuntan a que serán las más pacíficas de la historia moderna.
Holmes emitió un sonido que no llegaba a ser risa.
—Pacíficas. Qué curiosa elección de palabra, considerando que nos han llamado precisamente porque la paz ha sido quebrada de la manera más espectacular posible.
—Los periódicos no mencionan ningún incidente grave.
—Porque aún no ha trascendido. Pero el prefecto de policía de París no envía un avión privado a Londres para discutir cortesías protocolarias. Algo ha ocurrido, Watson, y ocurrió durante la entrega de la primera medalla de oro de estos juegos.
El coche nos dejó ante la entrada monumental del Grand Palais, cuyo enorme techo de cristal brillaba como un diamante bajo el sol implacable. Dos agentes de la Gendarmería Nacional nos escoltaron a través de un laberinto de pasillos decorados con frescos que celebraban glorias deportivas pasadas, hasta una sala de conferencias donde nos esperaba un hombre de aspecto inconfundiblemente oficial.
—Señor Holmes, doctor Watson. Soy Claude Renard, prefecto de policía de París.
Era un hombre de unos cincuenta años, con el pelo cano cortado al cepillo y unos ojos azules que delataban tanto inteligencia como preocupación. Nos estrechó la mano con firmeza, pero no pudo ocultar el temblor leve de sus dedos.
—Agradezco su rapidez —dijo, indicándonos asientos—. La situación es... delicada.
—Las situaciones suelen serlo —respondió Holmes, sentándose con su característica languidez—. De lo contrario, no me llamarían. Proceda.
Renard tomó aliento y comenzó:
—Hace tres horas, durante la ceremonia de entrega de la primera medalla de oro de los Juegos Olímpicos de París 2024, ocurrió algo terrible. La medalla fue otorgada al nadador japonés Kenji Tanaka por su victoria en los cien metros libres. En el momento exacto en que el presidente del Comité Olímpico Internacional colocaba la medalla alrededor de su cuello...
Hizo una pausa, como si las palabras se le atragantaran.
—Una explosión sacudió el centro de Tokio.
Holmes se inclinó hacia adelante, sus dedos entrelazándose bajo la barbilla.
—¿Una explosión? ¿En Japón?
—Sí. Una bomba colocada en la estación de metro de Shinjuku. Ha causado... —consultó una nota en su teléfono— al menos cuarenta y siete víctimas mortales hasta el momento. El número sigue aumentando.
—¿Y la conexión con la entrega de la medalla?
—La bomba detonó exactamente a las 10:47 hora local, que son las 2:47 de la madrugada en París. El momento preciso en que la medalla tocó el pecho de Tanaka. Los servicios de inteligencia japoneses lo han confirmado: la sincronización fue milimétrica.
Holmes guardó silencio durante un largo momento. Podía ver las ruedas de su mente girando a velocidad vertiginosa, ensamblando piezas que para mí no eran más que fragmentos inconexos.
—Interesante —murmuró al fin—. ¿Hay alguna razón para creer que el atleta japonés estaba involucrado?
—Ninguna. Tanaka está devastado. Ha solicitado regresar a Japón de inmediato, pero le hemos pedido que permanezca en París para colaborar con la investigación.
—Quiero hablar con él.
Renard asintió, pero antes de que pudiera responder, su teléfono emitió un sonido agudo. Lo consultó y su rostro palideció visiblemente.
—Acaba de ocurrir otra explosión. En Berlín.
—¿Otra medalla? —preguntó Holmes, sin alterarse.
—Sí. La prueba de esgrima femenina. La alemana Ingrid Müller acaba de recibir el oro. Y diez segundos después, una bomba ha estallado en la Puerta de Brandeburgo.
—Diez segundos —repitió Holmes—. El tiempo de retardo entre la señal y la detonación. Quienquiera que esté haciendo esto, ha establecido un protocolo muy preciso.
—Señor Holmes, esto es una catástrofe —la voz de Renard se quebró—. Tenemos a atletas de todo el mundo compitiendo aquí. Si cada medalla de oro desencadena un atentado... Dios mío, hay cientos de pruebas programadas. Cientos de medallas.
—Cálmese, prefecto. El pánico nunca ha resuelto nada. Lo primero es entender el patrón. ¿Ambas explosiones ocurrieron en lugares emblemáticos de las capitales respectivas?
—Sí. Shinjuku es el centro neurálgico de Tokio, y la Puerta de Brandeburgo es...
—El símbolo de Berlín. No es aleatorio. El mensaje es claro: cada medalla de oro tendrá un precio, y ese precio se pagará en el corazón del país del atleta.
—Pero eso es... monstruoso.
—Es lógico. Un ataque directo a la sede olímpica estaría protegido por un arsenal de seguridad. En cambio, atacar en el país de origen... la logística es más compleja, pero el impacto psicológico es infinitamente mayor. Cada país sabe que su gloria deportiva puede convertirse en su propia tragedia.
Renard se dejó caer en una silla, la cabeza entre las manos.
—Hemos recibido llamadas de al menos una docena de gobiernos. Quieren saber si deben retirar a sus atletas. El Comité Olímpico está considerando cancelar el resto de los juegos.
—Cancelar sería exactamente lo que el responsable desea —dijo Holmes, levantándose y comenzando a pasear por la sala—. Una victoria pírrica, sí, pero victoria al fin y al cabo. No, debemos continuar. Pero primero, necesito hablar con el señor Tanaka.
—Le llevaré a su habitación en el hotel —dijo Renard, recuperando algo de compostura—. Está siendo alojado en el Le Meurice, bajo vigilancia constante.
—Perfecto. Watson, ¿me acompaña?
El Le Meurice era uno de esos hoteles parisinos donde el lujo se exhibe con la discreción de quien ya no necesita demostrar nada. Los empleados nos miraron con esa mezcla de cortesía y curiosidad que solo los establecimientos de alta alcurnia saben manufacturar. Subimos al tercer piso, donde dos agentes flanqueaban una puerta doble.
Kenji Tanaka era un hombre joven, no tendría más de veintidós años, y su físico de nadador —hombros anchos, torso esculpido— contrastaba brutalmente con la fragilidad de su estado emocional. Estaba sentado en un sofá, todavía vestido con el chándal del equipo japonés, la medalla de oro colgando absurdamente de su cuello como un yugo.
—Señor Tanaka —dijo Holmes, tendiendo la mano—. Soy Sherlock Holmes. Este es mi colega, el doctor Watson.
El joven levantó la mirada. Tenía los ojos enrojecidos, y las marcas de las lágrimas aún visibles en sus mejillas.
—He matado a mi gente —dijo, con una voz que apenas era un susurro—. Cuarenta y siete personas. Y las que vendrán.
—No ha matado a nadie —respondió Holmes con firmeza—. Es víctima de un criminal que ha utilizado su logro como desencadenante de una atrocidad. No se atribuya culpas que no le corresponden.
—Pero si no hubiera ganado...
—Si no hubiera ganado, lo habría hecho otro, y la tragedia habría ocurrido igual. Esto no va de usted, señor Tanaka. Va de un mensaje. Y para descifrarlo, necesito su ayuda.
El nadador tragó saliva y asintió débilmente.
—¿Recibió alguna amenaza antes de la competición?
—Sí. Un mensaje. Llegó a mi teléfono anoche.
Holmes y yo intercambiamos una mirada.
—¿Qué decía?
—Era un vídeo. Un hombre con la cara cubierta, hablando en inglés con acento... no sabría decirle. Decía: «Si ganas, tu país pagará el precio de tu gloria».
—¿Y no lo denunció?
—Pensé que era una broma. Una táctica de intimidación de la competencia. En las olimpiadas pasadas hubo casos similares, amenazas falsas para desestabilizar a los atletas. No le di importancia.
Holmes suspiró.
—Un error comprensible, pero fatal. ¿Conserva el mensaje?
—Lo borré. Tenía miedo de que alguien lo viera y pensara que estaba involucrado en lo ocurrido.
—¿Alguien más sabía de esta amenaza?
—Mi entrenador. Le dije que no se preocupara, que era mentira.
Holmes se volvió hacia mí.
—Watson, necesito que hable con el entrenador. Pregúntele si recibió alguna comunicación similar, o si notó algo extraño en los días previos.
—Inmediatamente, Holmes. ¿Y usted?
—Yo me quedaré aquí con el señor Tanaka. Hay preguntas que hacer, y detalles que observar.
Comprendí. Holmes quería examinar la medalla, la habitación, al propio atleta con esa lupa mental que solo él poseía. Salí en busca del entrenador, dejándolos solos.
El entrenador, un hombre mayor llamado Takeshi Yamamoto, me recibió en una habitación contigua. Era un japonés de rostro severo, con el pelo cano y unas manos que denotaban años de trabajo en el agua.
—Doctor Watson —dijo, inclinándose ligeramente—. Lamento las circunstancias.
—Todos las lamentamos. Necesito hacerle algunas preguntas, señor Yamamoto.
—Por supuesto.
—¿Sabía usted de la amenaza que recibió Kenji?
—Sí. Me lo contó anoche, después de la cena.
—¿Y no consideró necesario informar a las autoridades?
El entrenador suspiró.
—Pensé que era una tontería. Una estrategia mental de algún rival. En mi país, los atletas reciben amenazas constantemente, especialmente los que destacan. La mayoría son falsas.
—Pero esta no lo era.
—Ahora lo sé. Y viviré con esa culpa el resto de mi vida.
Anoté sus palabras, aunque sabía que Holmes probablemente encontraría más valor en los detalles omitidos que en los confesados.
—¿Notó algo extraño en los días previos? ¿Alguien siguiendo a Kenji, llamadas sospechosas, paquetes inesperados?
Yamamoto frunció el ceño, pensativo.
—Había un periodista. Un francés, creo. Se acercó a Kenji después de las clasificatorias, le hizo preguntas muy específicas sobre su rutina de entrenamiento, sus horarios, sus lugares favoritos en París.
—¿Recuerda su nombre?
—No me lo dio. Pero tengo su fotografía. La tomé porque me pareció... insistente.
Sacó su teléfono y me mostró una imagen borrosa de un hombre de mediana edad, con gafas de sol y una chaqueta de tweed, hablando con Tanaka junto a la piscina.
—¿Puede enviarme esta foto?
—Por supuesto.
Mientras el entrenador realizaba la transferencia, mi teléfono vibró. Era un mensaje de Holmes:
«Vuelva al hotel. Hemos recibido otra explosión. Esta vez en Londres.»
El corazón me dio un vuelco. Londres. Mientras Yamamoto me enviaba la fotografía, ya estaba calculando mentalmente qué lugar emblemático habría sido atacado. El Big Ben. El Palacio de Buckingham. El London Eye.
Subí a la habitación de Tanaka a toda prisa. Holmes estaba de pie junto a la ventana, el teléfono en la mano, el rostro grave.
—¿Dónde? —pregunté sin aliento.
—El Estadio Olímpico de Londres. La antigua sede de 2012. Una bomba durante la retransmisión en directo de la entrega de medallas. Han muerto veintitrés personas.
—Dios mío...
—El patrón se confirma —dijo Holmes, sin apartar la mirada del horizonte—. Tres medallas, tres explosiones, tres capitales. Y esto es solo el principio.
—¿Qué hacemos?
Holmes se volvió hacia mí, y vi en sus ojos ese brillo peligroso que precedía a sus momentos de máxima concentración.
—Aceptamos el caso, Watson. Y lo resolveremos antes de que estos juegos se conviertan en la mayor tragedia del siglo.
—¿Por dónde empezamos?
—Por el principio. Por el mensaje que Tanaka recibió. Alguien sabía que iba a ganar. Alguien con acceso a información privilegiada sobre el rendimiento de los atletas. Alguien dentro del círculo olímpico.
—¿Cree que es un insider?
—O alguien con recursos suficientes para infiltrarse. Pero hay algo más, Watson. Algo que me inquieta profundamente.
—¿El qué?
Holmes señaló la medalla que aún colgaba del cuello de Tanaka, brillando bajo la luz artificial.
—El momento de la detonación. No ocurrió cuando Tanaka ganó la prueba, ni cuando subió al podio, sino exactamente cuando la medalla tocó su pecho. Eso requiere una precisión absoluta. Alguien está observando cada ceremonia en tiempo real, alguien con capacidad de activar los dispositivos a distancia.
—¿Un cómplice en cada país?
—O un solo individuo con acceso a un sistema de control global. Internet, Watson. Las medallas de estos juegos tienen chips RFID para autenticación. ¿Y si ese mismo chip estuviera siendo utilizado como señal de activación?
La idea me heló la sangre.
—¿Quiere decir que las propias medallas podrían estar...?
—No lo sé aún. Pero es una línea de investigación que debemos seguir. Prefecto Renard —dijo, dirigiéndose al agente que acababa de entrar—, necesito acceso inmediato a los registros de fabricación de todas las medallas de oro de estos juegos. Y quiero hablar con el presidente del Comité Olímpico Internacional.
Renard asintió, pero su rostro reflejaba una desesperación creciente.
—Señor Holmes, los gobiernos están presionando. Quieren respuestas. Quieren saber si deben cancelar los juegos.
—Dígales que no cancelen nada. Dígales que continúen con las competiciones según lo previsto.
—¿Está loco? —exclamó Renard—. Cada medalla de oro que se entregue será una sentencia de muerte para alguien.
—Exactamente —respondió Holmes, con una calma que helaba la sangre—. Y mientras ellos sigan el patrón, nosotros podremos seguirlos a ellos. Si cancelamos, perderemos cualquier rastro. El criminal desaparecerá en las sombras y podrá repetir su plan en otro momento, en otro lugar, con otras víctimas.
—Pero la gente...
—Morirá igualmente, prefecto. La cuestión es si queremos que su muerte sirva para algo. Necesito que los juegos continúen para poder atrapar al responsable. Y necesito hacerlo rápido, antes de que la próxima medalla de oro desencadene otra tragedia.
Renard dudó, pero finalmente asintió.
—Haré lo que pueda.
—Watson —dijo Holmes, volviéndose hacia mí—, necesito que investigue al periodista de la fotografía. Y que averigüe si algún otro atleta ha recibido amenazas similares.
—¿Y usted?
Holmes sonrió, una sonrisa que no llegaba a sus ojos.
—Yo tengo una cita con el cerebro de esta operación. Porque si algo he aprendido en todos estos años, es que detrás de cada crimen meticuloso hay una mente igualmente meticulosa. Y esa mente, Watson, está a punto de descubrir que ha cometido su primer error.
—¿Qué error?
—Subestimarme.
Dicho esto, tomó su abrigo y salió de la habitación, dejándonos a todos con la incómoda sensación de que el verdadero juego acababa de comenzar.
Afuera, París seguía brillando bajo el sol de julio, ajena al horror que se cernía sobre ella. Pero yo sabía, con esa certeza que solo los años al lado de Sherlock Holmes otorgan, que antes de que los juegos terminaran, la Ciudad de la Luz sería testigo de sombras que nadie había imaginado jamás.
Capítulo 2: El Fantasma de la Villa Olímpica
Capítulo 2: El Fantasma de la Villa Olímpica
La Villa Olímpica de París se alzaba como una ciudad dentro de otra ciudad, un laberinto de acero y cristal donde convivían las esperanzas de miles de atletas. Nuestro nuevo alojamiento, un apartamento funcional en el séptimo piso del edificio destinado a delegaciones europeas, distaba mucho del confort del Hotel Le Meurice. Pero Holmes lo había preferido así.
—Necesitamos estar donde ocurre el drama, Watson —dijo mientras deshacía su equipaje con una precisión casi quirúrgica—. No en una suite de mármol desde la que solo observamos sombras.
Las cortinas grises filtraban una luz plomiza de tormenta. Desde la ventana se veía el estadio principal, una mole blanca que semejaba una concha marina gigante. En sus entrañas, dentro de tres horas, se entregaría la primera medalla de oro del día: halterofilia masculina, categoría de 81 kilos. El atleta era un coreano llamado Park Sung-ho.
Holmes había trazado un mapa en la pared con chinchetas y cordeles. Cada medalla de oro correspondía a un país, cada explosión a una coordenada. Tokio, Berlín, Londres. Tres ciudades, tres continentes, un mismo patrón macabro.
—El coreano ha recibido amenazas —dijo sin mirarme, leyendo un informe en su tableta—. Mensajes crípticos en su cuenta de redes sociales. «El oro pesa más de lo que crees.» Nada que la policía francesa considere relevante.
—¿Y tú?
Holmes dejó la tableta y entrelazó los dedos.
—Considero que cada palabra es un escalón hacia el abismo, Watson. El problema es que aún no sé hacia qué abismo nos dirigimos.
A las diez de la mañana sonó el teléfono. Era Lestrade, desde Londres.
—Otra explosión —dijo, la voz tensa—. Esta vez en Seúl. Un centro comercial, justo en el momento en que Park levantaba la medalla. Hemos confirmado la sincronización. Veinte muertos, cincuenta heridos.
Holmes cerró los ojos un instante. Cuando los abrió, vi en ellos algo que rara vez aparecía: una furia fría y contenida.
—El patrón se mantiene —dijo—. Pero Seúl no es Tokio ni Berlín. El radio de acción se expande. Nuestro hombre no teme ser descubierto.
—¿Hombre? —pregunté—. ¿Sigues creyendo que es una sola persona?
Holmes tomó su abrigo.
—Un equipo pequeño, quizá. Pero hay una mente rectora, Watson. Una inteligencia que orquesta cada movimiento con precisión milimétrica. Vamos al gimnasio central. Necesito ver los restos de la última entrega.
El gimnasio olímpico de halterofilia era un templo de acero y sudor. Las barras reposaban en sus soportes como esqueletos de dinosaurios metálicos. Holmes se movió entre las máquinas con la familiaridad de quien conoce cada engranaje del mundo.
El comisario Claude Moreau nos esperaba junto a la plataforma de competición. Era un hombre corpulento, de bigote canoso y mirada cansada.
—Señor Holmes, hemos revisado cada centímetro de este lugar. No hay explosivos, no hay dispositivos. La medalla que recibió Park era auténtica, certificada por el Comité Olímpico.
—¿Y el paquete que recibió antes de la ceremonia? —preguntó Holmes.
Moreau dudó.
—No había ningún paquete.
Holmes sonrió, pero no era una sonrisa amable.
—Comisario, sé que miente. Y sé que no es por malicia, sino por órdenes superiores. ¿Quién le ha pedido que oculte información?
El silencio se alargó. Finalmente, una voz femenina respondió desde la entrada del gimnasio:
—Yo.
La mujer que avanzó hacia nosotros era alta, de hombros anchos y pelo corto castaño. Vestía un traje gris de corte impecable y llevaba una carpeta bajo el brazo. Sus ojos, de un azul intenso, escrutaban a Holmes con la misma intensidad con que él solía examinar a los demás.
—Claire Dubois —se presentó—. Dirección General de Seguridad Interior. Trabajo para el Ministerio del Interior francés.
Holmes inclinó la cabeza.
—Encantado, señorita Dubois. ¿Y qué información tan valiosa oculta que merece mentir a un investigador privado?
Dubois no se inmutó.
—No es información que deba compartirse con la prensa, ni con consultores externos. Pero dado que su presencia aquí parece haber sido autorizada por altos niveles... —abrió la carpeta—. El paquete existía. Era una caja de madera, tamaño de un cubo de Rubik, entregada en la habitación de Park tres horas antes de la competición. Contenía una nota: «El oro que ganes será tu última victoria.»
—¿Y el contenido? —preguntó Holmes.
—Carbón. Carbón vegetal molido.
Holmes tomó la nota, la examinó bajo la luz.
—Papel de fibra de cáñamo, tinta de impresora estándar. Pero el carbón... —levantó la mirada—. El carbón es un símbolo. Carbón para hacer diamantes, carbón para alimentar incendios. ¿O quizá algo más literal?
Dubois frunció el ceño.
—No le sigo.
—El carbón se usaba en los antiguos hornos de fundición —dijo Holmes—. Para crear acero, para forjar armas. Pero también para escribir. Los mineros escribían con carbón en las paredes de las galerías. Mensajes para quienes vendrían después.
—¿Un mensaje cifrado?
—Quizá. O quizá una firma. Nuestro hombre quiere que sepamos que trabaja con elementos primarios. No busca sofisticación técnica, sino significado simbólico.
Moreau intervino:
—Señor Holmes, tenemos tres explosiones en tres países distintos. No hay tiempo para simbolismos.
—Al contrario, comisario —replicó Holmes—. El simbolismo es el único lenguaje que nos permitirá entender a nuestro adversario. ¿Qué tienen en común Tokio, Berlín, Londres y Seúl? No solo las medallas de oro. Son capitales de antiguos imperios. Centros de poder que alguna vez dominaron el mundo.
—¿Un ataque contra el orden establecido? —pregunté.
—Demasiado vago, Watson. Necesitamos precisión.
Dubois cerró la carpeta.
—Hay algo más. Los cuatro medallistas —Tanaka, Müller, Harrison y Park— compartían algo que no hemos hecho público.
Holmes se inclinó hacia adelante.
—¿El qué?
—El mismo entrenador. Un hombre llamado Ion Popescu. Rumano, de Bucarest. Trabajó con ellos durante los últimos dos años, en campos de entrenamiento privados. Desapareció hace tres meses.
El nombre resonó en el silencio del gimnasio como una campana de iglesia.
Pasamos la tarde revisando el expediente de Ion Popescu. Era un hombre de cincuenta y dos años, con un historial impecable en la halterofilia rumana. Había entrenado a varios campeones olímpicos antes de retirarse. Pero hacía tres años había reaparecido, ofreciendo sus servicios a atletas de élite de forma independiente.
—No tiene domicilio fijo —dijo Dubois, señalando el informe—. Usa cuentas bancarias en paraísos fiscales. Su última transacción conocida fue hace cuatro meses, en Ginebra. Después, nada.
—¿Y los atletas? —preguntó Holmes—. ¿Saben algo de su paradero?
—Tanaka dice que no ha visto a Popescu desde el último campo de entrenamiento, en los Alpes suizos. Müller afirma lo mismo. Harrison está desaparecido, no responde a las llamadas. Park... Park está en estado de shock, pero su representante dice que Popescu no se ha puesto en contacto.
Holmes se levantó de la silla y comenzó a pasear por la habitación.
—Tres atletas de tres países distintos, entrenados por el mismo hombre. Tres medallas de oro que desencadenan explosiones en sus países de origen. Y el entrenador desaparece justo antes de que comiencen los ataques.
—¿Crees que Popescu es el responsable? —pregunté.
—No lo sé, Watson. Pero es la primera conexión real que tenemos. Y las conexiones, en mi experiencia, nunca son coincidencia.
Dubois asintió.
—He ordenado una búsqueda internacional. Pero Popescu podría estar en cualquier lugar. Sin embargo, hay un detalle que me inquieta.
—¿Cuál?
—El último campo de entrenamiento de Popescu fue en los Alpes, sí. Pero la propiedad donde se alojaban pertenece a una fundación rumana que, según nuestros informes, tiene vínculos con grupos extremistas. Nada probado, pero...
—Pero suficiente para preocupar —completó Holmes—. ¿Qué clase de extremistas?
—Nacionalistas. Pan-rumanos. Gente que cree en la restauración de la Gran Rumanía. No son terroristas convencionales, pero tienen recursos. Y una agenda.
Holmes se detuvo frente a la ventana. El sol se ponía sobre París, tiñendo el cielo de naranja y púrpura.
—La Gran Rumanía —musitó—. Un sueño del pasado que algunos se niegan a abandonar. Pero ¿qué tienen que ver las medallas olímpicas con eso?
—Quizá es una forma de llamar la atención —sugerí—. Atacar a países poderosos para reivindicar una causa perdida.
—Demasiado indirecto, Watson. Y demasiado cruel. Hay veinte muertos en Seúl. Esto no es un acto de propaganda. Es una declaración de guerra.
Dubois se levantó.
—Mañana hay cuatro medallas de oro más. Necesitamos detener esto antes de que la siguiente explosión ocurra.
—No podemos detenerlo —dijo Holmes con calma—. No aún. Pero podemos adelantarnos. Señorita Dubois, necesito acceso a la propiedad de los Alpes. Y necesito hablar con los atletas restantes, especialmente con aquellos que entrenaron con Popescu pero que aún no han competido.
—¿Cree que hay más?
—Estoy seguro. Popescu no eligió a sus pupilos al azar. Hay un patrón que aún no comprendemos. Y mientras no lo comprendamos, cada medalla de oro será una sentencia de muerte.
Esa noche, después de que Dubois se marchara, Holmes y yo cenamos en el pequeño comedor de la villa. El ambiente era tenso. Los atletas caminaban con paso nervioso, mirando hacia las pantallas que emitían en bucle las noticias de Seúl.
—Holmes —dije en voz baja—, ¿crees que Dubois es de fiar?
Holmes dejó los cubiertos.
—Es competente, eso está claro. Pero oculta información. No sé si por órdenes superiores o por iniciativa propia. El problema de trabajar con servicios de inteligencia es que nunca sabes si estás colaborando con un aliado o con un adversario.
—¿Y Popescu?
—Popescu es una pieza del tablero, pero no la pieza central. Quienquiera que esté detrás de esto tiene un alcance global. Lograr que tres explosiones ocurran simultáneamente en tres países distintos requiere una logística que un solo hombre, por muy brillante que sea, no puede orquestar.
—¿Entonces?
—Entonces estamos ante una organización. Y las organizaciones tienen líderes, financiadores, ejecutores. Popescu es el ejecutor. El líder está aún en las sombras.
Terminamos de cenar en silencio. Afuera, las luces de la villa olímpica brillaban como estrellas artificiales. En algún lugar, alguien preparaba la siguiente explosión. Y nosotros, a pesar de todos nuestros esfuerzos, seguíamos a oscuras.
A la mañana siguiente, un mensaje de Dubois nos esperaba en el teléfono de Holmes.
«He identificado a otro atleta entrenado por Popescu. Se llama Viktor Krasinski. Es polaco, compite en judo, categoría de 90 kilos. Su medalla de oro se entregará esta tarde. He ordenado vigilancia, pero necesito que vengan a la villa de judo. Algo no encaja.»
Holmes leyó el mensaje en voz alta mientras nos vestíamos.
—¿Qué crees que ha encontrado? —pregunté.
—No lo sé. Pero si Dubois está preocupada, es que la situación es grave. Vamos.
La villa de judo estaba en el extremo opuesto del complejo olímpico. Caminamos rápido, esquivando grupos de atletas que calentaban o se dirigían a sus entrenamientos. El aire olía a césped recién cortado y a sudor.
Dubois nos esperaba en la entrada. Su expresión era grave.
—He estado revisando los archivos de Popescu —dijo sin preámbulos—. Krasinski no aparece en ninguna lista oficial. Pero encontré una fotografía de un campo de entrenamiento en los Cárpatos, hace dos años. Popescu está al fondo, pero al lado hay un hombre joven que coincide con la descripción de Krasinski.
—¿Y eso qué significa? —pregunté.
—Que Krasinski podría no ser quien dice ser. O que Popescu lo entrenó en secreto, sin dejar rastro. En cualquier caso, es irregular.
Holmes asintió.
—Quiero hablar con él.
—Imposible. Está en la sala de pesas, preparándose para la competición. Solo tiene acceso su entrenador personal.
—Entonces hablaremos con su entrenador.
Dubois dudó.
—Su entrenador es un hombre llamado Andrzej Kowalski. Polaco, como Krasinski. Pero Kowalski tiene un pasado turbio. Estuvo vinculado a un escándalo de dopaje en los años noventa. No hay pruebas, pero las sombras lo persiguen.
—Cada vez más interesante —murmuró Holmes—. Vayamos a la sala de pesas.
La sala de pesas era un espacio amplio, lleno de máquinas y espejos. En una esquina, un hombre joven de complexión robusta levantaba pesas con una concentración absoluta. A su lado, un hombre mayor, de pelo gris y mirada dura, vigilaba cada movimiento.
—Señor Kowalski —dijo Holmes acercándose—. Soy Sherlock Holmes. Necesito hablar con usted.
Kowalski lo miró con desconfianza.
—¿Sobre qué?
—Sobre Ion Popescu. Y sobre su atleta, Viktor Krasinski.
El entrenador palideció.
—No sé nada de Popescu. Y Krasinski es solo un atleta más.
—¿De verdad? —Holmes sacó la fotografía que Dubois le había dado—. Entonces ¿por qué aparece en esta imagen, junto a Popescu, hace dos años?
Kowalski miró la foto. Su mandíbula se tensó.
—Eso fue antes. Antes de que supiera quién era realmente.
—¿Y quién es realmente?
—No lo sé. Solo sé que me pagó bien para entrenar a Krasinski. Y que después desapareció. Pero no tengo nada que ver con lo que está pasando.
Holmes guardó la foto.
—Señor Kowalski, si sabe algo, debe decírmelo. Hay vidas en juego.
—No sé nada —repitió el entrenador—. Y ahora, si me disculpan, mi atleta necesita concentrarse.
Se dio la vuelta y volvió junto a Krasinski, que seguía levantando pesas sin mirarnos.
Holmes suspiró.
—No obtendremos nada más de él. Pero al menos sabemos que la conexión existe.
—¿Y ahora qué? —pregunté.
—Ahora esperamos. La competición es en tres horas. Si Krasinski gana la medalla de oro, sabremos si el patrón se repite.
—¿Y si no gana?
—Entonces quizá tengamos una pista de por qué Popescu eligió a estos atletas en particular.
Tres horas después, estábamos en las gradas del pabellón de judo. La final de la categoría de 90 kilos enfrentaba a Viktor Krasinski contra un japonés llamado Sato. El combate fue intenso, pero Krasinski demostró una técnica impecable. En el minuto cuatro, logró un ippon que sentenció el combate.
El público estalló en aplausos. Krasinski alzó los brazos, victorioso. La medalla de oro era suya.
Holmes se puso en pie.
—Prepárate, Watson. En cualquier momento...
Pero no ocurrió nada. Pasaron los minutos, y ninguna noticia de explosión llegó. Holmes frunció el ceño.
—Esto no encaja. ¿Por qué no ha ocurrido?
—Quizá el patrón se ha roto —sugerí.
—No. Los patrones no se rompen sin razón. Algo ha cambiado.
Dubois se acercó, el teléfono en la mano.
—Acabo de recibir un informe. Hay una explosión en Bucarest. Pero no en el momento de la medalla. Ocurrió hace veinte minutos.
Holmes la miró.
—Veinte minutos antes de que Krasinski ganara. ¿Cómo es posible?
—No lo sé. Pero la sincronización ha fallado. O quizá...
—¿Quizá qué?
—Quizá no era Krasinski el objetivo. Quizá era otro.
En ese momento, el teléfono de Holmes sonó. Era un mensaje de texto, de un número desconocido.
«El oro no es el premio. El oro es la llave. Busca en la sombra que precede al podio.»
Holmes leyó el mensaje en voz alta. Su rostro se tensó.
—La sombra que precede al podio —repitió—. No el podio en sí. El momento antes de la entrega.
—¿Qué significa eso? —pregunté.
—Significa que nos hemos equivocado. No es la medalla lo que desencadena la explosión. Es el momento en que el atleta está a punto de recibirla. La anticipación, la espera. Ese instante de máxima tensión.
—Pero entonces... —Dubois palideció—. La explosión de Bucarest ocurrió antes de que Krasinski ganara. ¿Significa eso que...
—Que el objetivo no era Krasinski —completó Holmes—. Era otro. Alguien que aún no ha competido. Alguien que está en la antesala de su victoria.
Corrimos hacia la salida del pabellón. Holmes iba delante, el teléfono en la mano, marcando números.
—Necesito la lista de todos los atletas que entrenaron con Popescu —dijo—. Y necesito saber quién compite hoy, en las próximas horas.
Dubois respondió mientras corríamos:
—Hay tres más. Un nadador australiano, una gimnasta rusa y un esgrimista italiano. Todos compiten esta tarde.
—¿Dónde?
—El nadador en la piscina olímpica, la gimnasta en el pabellón de gimnasia rítmica, el esgrimista en el Grand Palais.
Holmes se detuvo.
—Dividámonos. Watson, tú ve con la gimnasta. Dubois, con el esgrimista. Yo iré al nadador. Si ven algo sospechoso, no duden en intervenir.
—¿Y si no llegamos a tiempo? —pregunté.
Holmes me miró. Por primera vez, vi una sombra de duda en sus ojos.
—Entonces, Watson, habremos perdido la partida.
Llegué al pabellón de gimnasia rítmica cuando la competición ya había comenzado. La atleta rusa, una joven de diecinueve años llamada Anya Volkov, estaba en el centro de la pista, ejecutando una rutina con cinta. Su actuación era impecable, cada movimiento fluido y preciso.
Busqué entre el público, escrutando cada rostro. Nada parecía fuera de lo común. Pero entonces, en la primera fila, vi a un hombre que miraba fijamente a Volkov. Era mayor, de pelo gris, y llevaba una mochila negra.
Me acerqué lentamente. El hombre no parecía notar mi presencia. Seguía mirando a la gimnasta, con una intensidad que me pareció inquietante.
—Disculpe —dije—. ¿Es usted familiar de la atleta?
El hombre se volvió. Sus ojos eran fríos, vacíos.
—No. Solo un admirador.
—¿Podría decirme qué lleva en la mochila?
El hombre sonrió. Fue una sonrisa extraña, casi triste.
—Nada que deba preocuparle, doctor Watson.
Mi sangre se heló. Sabía mi nombre.
—¿Quién es usted?
—Solo un mensajero. Pero el mensaje ya ha sido entregado.
En ese momento, Volkov terminó su rutina. El público aplaudió. Y entonces, en la pantalla gigante, apareció una imagen: la bandera rusa, ondeando sobre un campo de ruinas.
El hombre se levantó.
—La próxima vez, doctor, no será una imagen. Será real.
Antes de que pudiera reaccionar, desapareció entre la multitud.
Corrí tras él, pero era tarde. El pabellón se llenó de gritos. La gimnasta había caído al suelo, temblando. La imagen seguía en la pantalla, un mensaje de lo que estaba por venir.
Holmes llegó minutos después, jadeando.
—¿Qué ha pasado?
—Un hombre. Sabía mi nombre. Dijo que era un mensajero. Y luego apareció esa imagen.
Holmes miró la pantalla.
—Es una advertencia. Quieren que sepamos que pueden llegar a cualquier parte. A cualquier atleta.
—¿Y el nadador? ¿El esgrimista?
—A salvo. Pero no por mucho tiempo. Esto es solo el principio, Watson. El peligro no está en el podio, sino en la sombra que lo precede.
—¿Qué hacemos ahora?
Holmes guardó el teléfono.
—Buscamos al mensajero. Y mientras tanto, descubrimos qué tienen en común todos estos atletas. Algo más que Popescu. Algo que aún no hemos visto.
—¿Y si no lo encontramos?
Holmes sonrió, pero no era una sonrisa alegre.
—Entonces, Watson, tendremos que esperar a que la siguiente sombra caiga. Y rezar para que esta vez, estemos preparados.
Esa noche, de vuelta en la villa, Holmes pasó horas revisando archivos, fotografías, informes. Yo yacía en la cama, incapaz de dormir, la imagen del mensajero grabada en mi mente.
—Holmes —dije al fin—, ¿crees que estamos siendo manipulados?
Holmes levantó la mirada.
—Sí. Y eso es lo que más me preocupa. Porque si nuestro adversario sabe lo que hacemos, dónde estamos, a quién seguimos... entonces no estamos investigando un crimen. Estamos participando en un juego cuyas reglas desconocemos.
—¿Y cómo se gana un juego así?
Holmes cerró el archivo.
—Descubriendo las reglas. Y luego, cambiándolas.
Apagó la luz. En la oscuridad, solo se oía el rumor lejano de la ciudad y el latido de nuestro propio corazón.
Algo se movía en las sombras. Y pronto, muy pronto, volvería a golpear.
Capítulo 3: La Pista de los Balcanes
Capítulo 3: La Pista de los Balcanes
El vuelo de París a Bucarest transcurrió en un silencio que pesaba como plomo. A mi lado, Holmes permanecía inmóvil, los ojos cerrados, pero yo conocía suficiente de sus hábitos para saber que no dormía. Sus dedos tamborileaban un ritmo irregular contra el reposabrazos, y de vez en cuando emitía un sonido gutural, como quien debate consigo mismo.
—¿Qué piensa, Holmes? —pregunté al fin, incapaz de soportar la tensión por más tiempo.
Abrió un ojo.
—Pienso, Watson, que hemos subestimado la paciencia de nuestros adversarios. Tres meses. Ion Popescu lleva desaparecido tres meses, y nadie, ni la policía rumana ni sus propios familiares, ha logrado dar con él. Eso requiere recursos, organización y, sobre todo, silencio.
—¿Cree que está muerto?
—Esa sería la conclusión más simple. Pero lo simple rara vez es lo correcto. Popescu no es un hombre cualquiera; es el hilo del que cuelgan todas las medallas de oro de estos juegos. Matarlo sería cortar ese hilo, y quien quiera que esté detrás de esto necesita que el hilo permanezca intacto hasta que cumpla su propósito.
—¿Cuál es ese propósito?
Holmes abrió ambos ojos y se incorporó ligeramente.
—Eso, querido Watson, es lo que vamos a descubrir en Bucarest.
El aeropuerto Henri Coandă nos recibió con un cielo plomizo y una llovizna fina que calaba los huesos. Había acordado con Claire Dubois que nos esperaría en la terminal, pero al salir de la zona de recogida de equipajes no había rastro de ella.
—Puntualidad francesa —murmuró Holmes, visiblemente irritado.
—Quizá haya tenido algún contratiempo.
—O quizá nunca tuvo intención de acompañarnos —replicó, escaneando la multitud con esos ojos de halcón que todo lo registraban—. La señorita Dubois es un enigma, Watson. Sus superiores en la DGSI confirmaron su misión, pero hay algo en su comportamiento que no encaja.
—¿El hecho de que sea mujer?
Holmes me dedicó una mirada de infinita paciencia.
—El hecho de que cuando mencioné la posibilidad de viajar a Bucarest, su pupila se dilató 0,3 milímetros más de lo normal, y su ritmo cardíaco —que podía apreciarse en la leve pulsación de la yugular— se aceleró. No era sorpresa, Watson. Era inquietud. Miedo, quizá.
—¿Miedo a qué?
—A que encontráramos lo que buscamos.
Antes de que pudiera replicar, un hombre se aproximó a nosotros. Tendría unos cincuenta años, complexión atlética, el cabello cano y corto, y una cicatriz que le cruzaba la mejilla izquierda como un relámpago de carne más clara. Vestía un traje oscuro de confección barata, pero sus zapatos estaban impecablemente lustrados.
—¿Señor Holmes? —preguntó en un inglés con marcado acento rumano.
—Depende de quién pregunte.
El hombre esbozó una sonrisa que no llegó a sus ojos.
—Soy el comisario Andrei Marinescu, de la Policía Nacional. La señorita Dubois me informó de su llegada. Lamento no haber podido recibirles antes, pero he estado ocupado con un caso que, creo, puede interesarles.
Holmes entrecerró los ojos.
—¿Un caso?
—Han encontrado un cadáver esta mañana en el distrito de Ferentari. Un hombre de unos sesenta años, con signos de tortura. Y, según el forense, llevaba tres meses muerto.
El aire se volvió repentinamente más frío.
—¿Ion Popescu? —pregunté.
—Eso parece. Pero necesitamos confirmación oficial. Los familiares están siendo localizados.
El distrito de Ferentari era un laberinto de calles estrechas y edificios descascarados, donde la pobreza se escribía con letras de humedad y grafitis. La comisaría donde nos condujo Marinescu era un edificio de hormigón gris, tan lúgubre como el tiempo.
El cuerpo yacía en una sala de autopsias que olía a lejía y muerte. Cuando descorrieron la sábana, sentí un nudo en el estómago. El rostro del hombre era una máscara de sufrimiento congelado, los dedos de las manos rotos, las uñas arrancadas.
—Tortura profesional —observó Holmes, inclinándose sobre el cadáver con una frialdad que siempre me había impresionado—. No hay cortes superficiales ni quemaduras extensas, pero las fracturas son metódicas. Querían información, no causar dolor por placer.
—¿Qué clase de información? —preguntó Marinescu.
—Eso es lo que debemos averiguar. ¿Han encontrado algo entre sus pertenencias?
El comisario negó con la cabeza.
—Nada. El cuerpo estaba desnudo, sin documentos, sin ropa. Lo dejaron en un solar abandonado, como si quisieran que lo encontráramos.
—O como si quisieran que no lo encontráramos —corrigió Holmes—. Un cadáver sin identificar en Ferentari podría haber permanecido meses en la morgue. El hecho de que lo hayan encontrado justo cuando nosotros llegamos... No es casualidad, Watson. Es un mensaje.
—¿Un mensaje de quién?
—De alguien que sabe que estamos investigando. Y que quiere que sepamos que han llegado antes que nosotros.
Pasamos el resto de la mañana revisando el piso de Popescu, un apartamento modesto en el centro de Bucarest, cerca de la Universidad. Todo estaba en orden, demasiado ordenado, como si alguien hubiera limpiado meticulosamente cualquier rastro de la vida de su ocupante.
—Fíjese, Watson —dijo Holmes, arrodillado junto a la chimenea—. Las cenizas.
Me acerqué. Efectivamente, en el hogar había restos de papel quemado, pero algo llamaba la atención: no eran cenizas completas, sino fragmentos, como si alguien hubiera intentado destruir documentos apresuradamente.
—¿Puede recuperar algo?
Holmes extrajo unas pinzas del bolsillo interior de su chaqueta y comenzó a separar los fragmentos con una delicadeza casi quirúrgica.
—Interesante... Muy interesante.
—¿Qué?
—Esto —dijo, sosteniendo un trozo de papel carbonizado—. Es un mapa. O más bien, parte de un mapa. ¿Reconoce esta forma?
Observé el fragmento. A través de las marcas de quemadura, podía distinguirse una línea curva, casi circular, y unos puntos marcados con tinta roja.
—¿Un círculo?
—Un círculo, sí. Pero no cualquier círculo. Es el trazado de una pista de atletismo. Y estos puntos... —señaló con la pinza— son las posiciones de las medallas. Oro, plata y bronce.
—¿Las medallas olímpicas?
—Exactamente. Alguien quemó un mapa que relacionaba las medallas con... algo. Algo que no podemos ver porque el resto del papel se ha consumido.
—¿Podría ser el código que buscamos?
Holmes guardó los fragmentos en una bolsa de plástico que extrajo de otro bolsillo.
—Es posible. Pero necesitamos más información. Y sé exactamente dónde conseguirla.
El Archivo Nacional de Rumanía ocupaba un edificio neoclásico en la calle Arhivelor, con fachadas de piedra blanca y columnas corintias que contrastaban violentamente con la decrepitud de los barrios que habíamos atravesado.
Allí nos recibió la doctora Ana Vasilescu, una mujer de unos sesenta años, con el pelo recogido en un moño severo y unos ojos que habían visto más documentos de los que la mayoría de la gente leería en diez vidas.
—El comisario Marinescu me advirtió de su visita —dijo, mientras nos guiaba por pasillos interminables de estanterías metálicas—. Ion Popescu... Es un nombre que me resulta familiar.
—¿Familiar? —preguntó Holmes.
—Sí. Hace unos meses, un hombre con ese nombre solicitó acceso a los archivos del Ministerio de Defensa. Documentos de la década de 1980, específicamente.
—¿Qué clase de documentos?
—Operaciones encubiertas durante el régimen de Ceaușescu. Misiones especiales, entrenamiento de atletas para competiciones internacionales. Hubo un programa, ¿sabe? El gobierno invertía mucho en deportistas, especialmente en aquellos que podían ganar medallas. Era cuestión de prestigio nacional.
—¿Y Popescu formaba parte de ese programa?
—No exactamente. Él era entrenador, pero no de atletas de élite. Trabajaba con jóvenes promesas, niños de orfanatos, de familias pobres. El régimen los reclutaba y los entrenaba para ser campeones. Y si no lo lograban... —hizo una pausa—. Bueno, digamos que no todos sobrevivían al proceso.
Holmes asintió, como si aquello confirmara alguna teoría.
—¿Tiene acceso a esos archivos?
—Algunos. Muchos fueron destruidos durante la revolución de 1989, pero otros se salvaron. Sin embargo, necesito una autorización especial. Son documentos clasificados.
—Comprendo. ¿Y si le dijera que estos documentos podrían estar relacionados con los atentados de las Olimpiadas?
La doctora Vasilescu palideció.
—¿Los atentados? ¿Cree que tienen algo que ver con el programa de entrenamiento?
—Sospecho que sí. Y sospecho que Ion Popescu estaba investigando algo que alguien no quería que descubriera.
La autorización llegó dos horas después, gracias a la intervención del comisario Marinescu, que parecía tener contactos en los lugares más insospechados.
Los documentos que nos mostró la doctora Vasilescu eran un laberinto de informes mecanografiados, fotografías en blanco y negro y mapas topográficos. Hablaban de un programa llamado «Operación Dacia», cuyo objetivo era crear una generación de atletas que llevaran el nombre de Rumanía a lo más alto del podio olímpico.
Pero había algo más.
—Mire esto, Watson —dijo Holmes, señalando un informe fechado en 1986—. Es una lista de atletas seleccionados para el programa. Veintiún nombres. Y al lado, otro documento con los mismos nombres, pero tachados.
—¿Tachados?
—Sí. Con una nota: «Eliminados por bajo rendimiento». Pero fíjese en la caligrafía. La misma persona que escribió la lista original también escribió las tachaduras. Y la nota está firmada por un tal «C. M.».
—¿C. M.?
—Cristian Munteanu. El director del programa. Un hombre que, según los archivos, desapareció en 1990, poco después de la caída del régimen.
—¿Desapareció?
—O fue eliminado. Como estos atletas.
Pasé las páginas, sintiendo un escalofrío que no provenía del frío de la sala de archivos. Los nombres, las fechas, las anotaciones... Todo apuntaba a una historia de ambición, fracaso y venganza.
—¿Y qué pasó con los atletas que sobrevivieron? —pregunté.
—Buena pregunta. Según estos documentos, algunos fueron reubicados en otros países, con nuevas identidades. Otros... —Holmes hizo una pausa—. Otros, como Ion Popescu, continuaron trabajando como entrenadores, pero en la sombra. Sin reconocimiento, sin recursos, pero con un conocimiento que valía más que cualquier medalla.
—¿Qué conocimiento?
—El de cómo crear un campeón. Y, quizá, el de cómo destruirlo.
Esa noche, de regreso en el hotel, Holmes pasó horas revisando los fragmentos de papel carbonizado que habíamos encontrado en el piso de Popescu. Yo había intentado dormir, pero el peso de lo descubierto me mantenía despierto.
—Watson —dijo de repente—, venga aquí.
Me acerqué a la mesa donde había extendido los fragmentos. Ahora, con la ayuda de una lupa y una lámpara de luz fría, había logrado recomponer parte del mapa.
—¿Qué es?
—Es el código. O más bien, la clave para descifrarlo. Mire —señaló con un lápiz—. Estas marcas no son aleatorias. Corresponden a las posiciones de las medallas en el podio, pero también a las coordenadas geográficas. Y estos puntos rojos... —trazó una línea imaginaria— son las ubicaciones de los atentados.
—¿Todos los atentados?
—Todos. Desde la primera medalla de oro en natación hasta la última en atletismo. Y si prolongamos la línea... —dibujó una curva—. Lleva directamente a la Torre Eiffel.
Sentí que el corazón se me helaba.
—La Torre Eiffel es el centro de las Olimpiadas. Allí se celebrarán las ceremonias de clausura.
—Exactamente. Y según este código, será el escenario del próximo atentado. Un atentado que, si mis cálculos son correctos, ocurrirá dentro de tres días, cuando se entregue la última medalla de oro de los juegos.
—Dios mío, Holmes. Tenemos que avisar a las autoridades.
—Ya lo he hecho. Pero necesito más pruebas. Este mapa es solo una parte del rompecabezas. Falta la pieza central: quién está detrás de todo esto.
—¿Cristian Munteanu?
—Es posible. Pero Munteanu desapareció hace treinta años. Si sigue vivo, tendría más de ochenta. No es el perfil de un terrorista moderno.
—Entonces, ¿quién?
Holmes guardó silencio un momento. Luego, dijo:
—Alguien que conoce el programa Dacia desde dentro. Alguien que fue entrenado por Popescu, que sabe cómo piensan los atletas, cómo reaccionan bajo presión. Alguien que ha estado esperando el momento perfecto para vengar una humillación.
—¿Una humillación?
—Sí. Mire esto —me mostró otro fragmento de papel, casi ilegible—. Es una carta. O más bien, el borrador de una carta. Popescu la escribió antes de desaparecer. Habla de un «error», de una «injusticia» que cometió hace años. Y menciona a un atleta, un tal «A. R.».
—¿A. R.?
—No tengo más datos. Pero puedo averiguarlo. El Archivo Nacional tiene registros de todos los atletas del programa Dacia. Si buscamos a alguien con esas iniciales...
—Podría ser el eslabón perdido.
—Exactamente. Pero tenemos que darnos prisa. El tiempo se agota.
A la mañana siguiente, mientras esperábamos a que la doctora Vasilescu nos enviara la información solicitada, recibimos una visita inesperada.
Claire Dubois apareció en la puerta de nuestro hotel, con el rostro demacrado y los ojos enrojecidos.
—Señor Holmes —dijo, sin preámbulos—. Tengo que hablar con usted.
—Adelante —respondió Holmes, sin levantarse de su sillón—. Aunque dudo que vaya a decirme algo que no sepa ya.
Ella dudó un instante, luego entró y cerró la puerta.
—Tiene razón. No he sido sincera con usted.
—Eso ya lo sabía. Lo que no sé es por qué.
Claire suspiró y se dejó caer en una silla.
—Porque trabajo para alguien que quiere detener los juegos. No los atentados, sino los juegos en sí.
—¿Detener las Olimpiadas? —exclamé—. ¿Por qué?
—Porque cree que son una farsa. Una celebración de la hipocresía internacional, donde los países compiten por medallas mientras ignoran las injusticias que ocurren dentro de sus propias fronteras. Mi grupo... —hizo una pausa—. Mi grupo quiere exponer esa hipocresía.
—¿Exponerla mediante atentados? —preguntó Holmes, con una frialdad que helaba.
—No. Eso no es obra nuestra. Los atentados son de otra facción, una más radical. Nosotros solo queremos paralizar los juegos, forzar una investigación internacional. Pero ellos... ellos quieren sangre.
—¿Y quiénes son «ellos»?
—No lo sé con certeza. Pero sé que están vinculados a la antigua red de seguridad de Ceaușescu. Hombres que perdieron su poder, su estatus, su identidad, después de la revolución. Hombres que han estado esperando treinta años para vengarse.
—¿Vengarse de qué?
—De la humillación de 1989. De la pérdida de su país. De todo lo que les fue arrebatado.
Holmes se levantó y comenzó a pasear.
—Interesante. Muy interesante. Así que tenemos dos grupos: uno que quiere detener los juegos mediante el caos, y otro que quiere utilizarlos para enviar un mensaje político. Y en medio, Ion Popescu, un entrenador que descubrió algo que no debía y pagó con su vida.
—¿Popescu? —preguntó Claire, sorprendida—. ¿Está muerto?
—Lo encontraron ayer en Ferentari. Torturado y asesinado.
Ella palideció.
—Dios mío... Era mi contacto. Mi única pista para llegar a los radicales.
—¿Su contacto?
—Sí. Popescu trabajaba para nosotros. Nos pasaba información sobre el programa Dacia, sobre los atletas que habían sido entrenados. Creía que alguien estaba utilizando ese conocimiento para los atentados.
—Y tenía razón. Pero alguien lo descubrió y lo silenció.
—¿Quién?
—Eso es lo que vamos a averiguar. Pero necesito su ayuda, señorita Dubois. Y necesito que sea completamente sincera conmigo.
Ella asintió, con los ojos brillantes de lágrimas contenidas.
—Haré lo que sea necesario.
—Bien. Entonces, dígame todo lo que sabe sobre el programa Dacia. Y sobre el atleta cuyas iniciales son A. R.
La información llegó dos horas después, en un correo cifrado que la doctora Vasilescu nos envió desde el Archivo Nacional.
El atleta se llamaba Andrei Rădescu. Había sido una de las grandes promesas del programa Dacia, un corredor de media distancia que, según los informes, tenía potencial para batir récords mundiales. Pero en 1988, durante una competición en Moscú, algo salió mal.
Los documentos no especificaban qué, pero había una nota manuscrita al margen: «Descalificado por conducta antideportiva. Expulsado del programa. Reasignado a unidad disciplinaria.»
—Unidad disciplinaria —repitió Holmes, con los ojos brillantes—. Eso, en el lenguaje del régimen, significaba un batallón de trabajos forzados. O algo peor.
—¿Cree que Rădescu sobrevivió?
—No lo sé. Pero si lo hizo, tiene motivos para odiar a quienes lo destruyeron. Y si descubrió que Popescu, su entrenador, tuvo algo que ver con su caída...
—Tendría motivos para vengarse.
—Exactamente. Y también para utilizar el conocimiento que adquirió durante su entrenamiento. El programa Dacia no solo enseñaba a correr, Watson. Enseñaba a planificar, a ejecutar, a matar si era necesario.
—¿Cree que Rădescu es el cerebro detrás de los atentados?
—Es posible. Pero necesito confirmarlo. Y para eso, necesito encontrar a alguien que lo conociera. Alguien que pueda decirme qué pasó realmente en Moscú.
—¿Y quién podría ser?
Holmes sonrió, una sonrisa que no presagiaba nada bueno.
—El único hombre que estuvo allí. El hombre que descalificó a Rădescu. El juez de la competición.
—¿Y dónde está ese hombre?
—Según los archivos, se retiró y vive en un pueblo de los Cárpatos. A unas seis horas de aquí. Si salimos ahora, podemos llegar antes del anochecer.
—¿Y qué hacemos con el mapa? ¿Con la Torre Eiffel?
—Eso tendrá que esperar. Primero, la pieza que falta. Luego, el resto del rompecabezas.
El viaje a los Cárpatos fue un suplicio de carreteras secundarias, niebla y silencio. Claire conducía, Holmes iba a mi lado, y yo, desde el asiento trasero, observaba cómo el paisaje se transformaba de llanuras fértiles a colinas boscosas, y de allí a montañas que parecían tocar el cielo.
El pueblo se llamaba Săcele, un conjunto de casas de madera dispersas en un valle, con una iglesia ortodoxa de cúpula azul en el centro. Allí, en una casa apartada, vivía el antiguo juez, un hombre de ochenta años llamado Gheorghe Ionescu.
Nos recibió en la puerta, con un bastón en una mano y una escopeta en la otra.
—¿Quiénes son ustedes? —preguntó, con una voz quebrada por la edad pero todavía firme.
—Somos periodistas —mintió Holmes—. Estamos investigando la historia del programa Dacia. Nos dijeron que usted podría ayudarnos.
El anciano entrecerró los ojos.
—El programa Dacia... Hace mucho tiempo de eso. Casi cuarenta años.
—Lo sé. Pero hay cosas que no pueden olvidarse. Como lo que ocurrió en Moscú, en 1988.
Ionescu palideció. La escopeta tembló en sus manos.
—¿Quién les ha hablado de eso?
—Nadie. Pero sabemos que Andrei Rădescu fue descalificado injustamente. Y sabemos que alguien pagó para que eso ocurriera.
El anciano guardó silencio un largo momento. Luego, suspiró y bajó la escopeta.
—Entren —dijo—. Pero no esperen que les cuente todo. Algunas cosas es mejor llevarlas a la tumba.
La casa olía a madera vieja y a tabaco. Ionescu nos sirvió un té amargo y se sentó frente a la chimenea, con la mirada perdida en las llamas.
—Tiene razón —dijo al fin—. Rădescu fue descalificado injustamente. Pero no fue culpa mía. Yo solo seguí órdenes.
—¿Órdenes de quién?
—De Cristian Munteanu. El director del programa. Él quería que Rădescu fracasara. Que fuera humillado públicamente.
—¿Por qué?
—Porque Rădescu se había enamorado de la hija de Munteanu. Y Munteanu no podía permitirlo. Era una cuestión de honor, de control. Prefería destruir a su mejor atleta antes que perder el poder sobre él.
—¿Y Popescu? ¿Qué papel jugó?
—Popescu era el entrenador. Sabía lo que estaba pasando, pero no hizo nada. Tenía miedo de Munteanu, como todos. Y cuando Rădescu fue expulsado, Popescu lo abandonó a su suerte.
—¿Qué pasó con Rădescu?
Ionescu negó con la cabeza.
—Lo enviaron a un batallón disciplinario en Transnistria. Allí, la mayoría moría en el primer año. Pero Rădescu era fuerte. Sobrevivió. Y cuando cayó el régimen, escapó.
—¿Sabe dónde está ahora?
—No. Pero he oído rumores. Dicen que se unió a una organización, un grupo de exmilitares que quieren restaurar la Gran Rumanía. Dicen que tiene un plan, algo grande, algo que hará temblar al mundo.
—¿Las Olimpiadas?
Ionescu asintió lentamente.
—Las Olimpiadas. Y la Torre Eiffel. Esa es la clave de todo.
Regresamos a Bucarest con una certeza que pesaba como una losa. Andrei Rădescu era el hombre que buscábamos. Y su objetivo era la Torre Eiffel.
Pero aún faltaba una pieza: el código. El mapa que Popescu había quemado contenía la información necesaria para detener el atentado, pero estaba incompleto.
—Necesito los fragmentos originales —dijo Holmes, mientras revisaba una vez más los papeles carbonizados—. Hay algo que se me escapa. Algo que está en el centro del mapa, justo donde debería estar la Torre Eiffel.
—¿Qué podría ser?
—No lo sé. Pero si logro descifrarlo, podremos anticiparnos al ataque.
—¿Y si no lo logramos?
Holmes me miró con esos ojos que todo lo veían.
—Entonces, Watson, tendremos que confiar en que nuestro adversario cometa un error. Y los hombres como Rădescu no cometen errores.
Esa noche, mientras Holmes trabajaba en el mapa, yo me senté junto a la ventana, observando las luces de Bucarest. La ciudad bullía de vida, ajena al peligro que se cernía sobre ella.
De repente, Holmes soltó una exclamación.
—¡Eureka!
Me giré. Tenía los fragmentos extendidos sobre la mesa, y en el centro, un círculo trazado con tinta roja.
—¿Qué ha encontrado?
—El código. Mire —señaló—. Las medallas de oro no solo marcan las coordenadas de los atentados. También forman un patrón. Un patrón que, si se superpone sobre un mapa de París, señala un punto concreto.
—¿La Torre Eiffel?
—No. Algo más. Algo que está debajo de la Torre Eiffel.
—¿Debajo?
—Sí. Hay una red de túneles subterráneos, construidos durante la Segunda Guerra Mundial. Y uno de ellos conduce directamente al sistema de alcantarillado de la Torre. Si colocaran una bomba allí...
—Podrían derribarla.
—Exactamente. Y si la bomba estuviera sincronizada con la entrega de la última medalla de oro...
—Sería una masacre.
Holmes asintió, con el rostro grave.
—Tenemos tres días, Watson. Tres días para encontrar a Rădescu y detenerlo. Y esta vez, no podemos fallar.
Capítulo 4: La Trampa Dorada
Capítulo 4: La Trampa Dorada
El vuelo de regreso a París transcurrió en un silencio que solo interrumpía el rasguear nervioso del violín de Holmes. Llevaba horas sin dirigirme la palabra, absorto en algún laberinto mental que yo era incapaz de penetrar. La luz del amanecer teñía de ámbar las nubes sobre los Cárpatos cuando finalmente guardó el instrumento.
—Watson —dijo, sin mirarme—, ¿qué sabe usted de la empresa SÉCURITAS GLOBAL?
—¿La compañía de seguridad francesa? —titubeé, sorprendido por la pregunta—. Es la mayor contratista de seguridad privada de Europa. Gestionan la protección de los Juegos Olímpicos, si no recuerdo mal.
—Exactamente. —Holmes extrajo su pipa y comenzó a cargarla con una calma que conocía demasiado bien—. Y el hombre que la fundó, Philippe Delacroix, es también el principal asesor de seguridad del Comité Olímpico Internacional. Un detalle curioso, ¿no le parece?
—¿Sospecha de él?
—Sospecho de cualquiera que se beneficie del caos, querido Watson. Y Delacroix se ha beneficiado enormemente. Su empresa ha multiplicado sus contratos desde que comenzaron los atentados. Los gobiernos, presas del pánico, han externalizado su seguridad a manos privadas. Manos muy concretas.
Aterrizamos en Charles de Gaulle bajo un cielo plomizo. Claire Dubois nos esperaba en la pista, el rostro surcado por la fatiga de quien no ha dormido en cuarenta y ocho horas.
—Holmes, tengo algo —dijo, sin preámbulos—. Hemos rastreado los pagos de la cuenta offshore que encontraron en Bucarest. Llevan directamente a una fundación con sede en Luxemburgo.
—¿Propiedad de SÉCURITAS GLOBAL? —preguntó Holmes, casi con indiferencia.
Claire se quedó paralizada.
—¿Cómo lo sabe?
—Porque era la única pieza que encajaba. —Holmes arrojó la colilla de su pipa por la ventanilla del vehículo oficial—. Delacroix no solo financia los atentados, los provoca. Cada explosión es una demostración de la incompetencia gubernamental. Cada medalla de oro que mata es un argumento de venta para sus servicios.
—Dios mío —murmuré—. ¿Cuántos muertos necesita para vender su seguridad?
—Todos los necesarios —respondió Holmes, y por primera vez vi algo parecido al asesinato en sus ojos—. Pero se ha vuelto arrogante. La Operación Dacia era su tapadera perfecta: culpar a nacionalistas rumanos mientras él tejía su telaraña desde la sombra. Sin embargo, cometió un error.
—¿Cuál? —preguntó Claire.
—Ion Popescu. El entrenador no era cómplice, era testigo. Descubrió la verdad y huyó. Por eso lo mataron, no por traición, sino por conocimiento.
El coche atravesaba las calles de París, engalanadas con banderas olímpicas que ondeaban como sudarios blancos. En cada esquina, agentes de seguridad armados hasta los dientes vigilaban con la tensión de quien espera una catástrofe.
—La inauguración es esta noche —dijo Claire, la voz quebrada—. El presidente francés entregará la primera medalla de oro de estos Juegos. Atletismo, cien metros lisos.
—¿Quién es el favorito? —preguntó Holmes.
—Un joven senegalés, Mamadou Diallo. Ha batido el récord mundial en las eliminatorias. Si gana...
—Senegal sufrirá un atentado. —Holmes cerró los ojos—. Pero no será en Senegal. Será aquí, en París. Delacroix quiere un espectáculo, no una nota a pie de página en la prensa internacional.
El Estadio de Francia bullía con la energía de ochenta mil almas. Las antorchas olímpicas proyectaban sombras danzantes sobre la muchedumbre, y el rugido de la multitud vibraba en los huesos como un trueno lejano. Holmes y yo estábamos apostados en el palco de seguridad, un mirador acristalado que dominaba toda la pista.
—No encuentro nada —dijo Claire, los dedos volando sobre teclados—. Los escáneres no detectan explosivos, los perros no señalan nada, los análisis de radiación dan negativo.
—Por supuesto que no —murmuró Holmes, los ojos fijos en la pista donde los atletas se alineaban para la final—. La bomba no está en el estadio.
—¿Entonces?
—Está en la medalla.
El silencio que siguió fue más ensordecedor que el rugido del público.
—Es imposible —susurró Claire—. Las medallas pasan por tres controles de seguridad antes de llegar al podio.
—Controles gestionados por SÉCURITAS GLOBAL —puntualicé, comprendiendo al fin.
El disparo de salida resonó como un latigazo. Ocho cuerpos se lanzaron a la pista, músculos y voluntades fundidos en una sola carrera hacia la gloria. Mamadou Diallo volaba, sus zancadas devoraban el asfalto con una gracia que parecía sobrenatural.
—Tenemos que detener la carrera —dije.
—No podemos —respondió Claire, el rostro desencajado—. Sería el caos. Ochenta mil personas entrando en pánico.
—Entonces interceptemos la medalla antes de que llegue al podio.
—Tampoco. —Holmes habló sin apartar la mirada de la pista—. Delacroix es demasiado meticuloso. La medalla está diseñada para explotar al ser manipulada. Cualquier intento de desactivarla antes de tiempo la activará.
Diallo cruzó la meta. El estadio estalló en una ovación que sacudió los cimientos. El joven senegalés cayó de rodillas, lágrimas de alegría rodando por su rostro mientras la bandera de su país ondeaba en las pantallas gigantes.
—Quedan siete minutos para la ceremonia de entrega —dijo Claire, el pánico asomando en su voz—. Holmes, por el amor de Dios...
—Necesito ver la medalla —dijo él, y ya se movía hacia la puerta—. Tráigamela, Claire. Use su autoridad, invente una inspección de última hora. Pero tráigamela.
Los siguientes minutos fueron una pesadilla de relojería. Holmes examinó la medalla bajo una lupa de joyero, sus dedos recorriendo cada centímetro del metal dorado con la precisión de un cirujano.
—Sensor de presión —murmuró—. Calibrado para activarse al ser colocada alrededor del cuello. El peso del cordón completa el circuito.
—¿Puede desactivarla? —pregunté.
—El mecanismo es simple, pero la trampa es elegante. —Holmes señaló un diminuto panel en el borde—. Vea, Watson. Hay tres microinterruptores. Dos deben presionarse simultáneamente para abrir la carcasa. El tercero, si se activa solo, detona la carga.
—¿Cuánto explosivo contiene?
—Suficiente para matar a cualquiera en un radio de tres metros. El presidente, el atleta, los dignatarios...
—El mundo entero viendo la transmisión —completó Claire, el horror pintado en su rostro.
Holmes sacó su navaja multiusos, una reliquia victoriana que conservaba por pura superstición.
—Watson, necesito sus manos. Firmes, como cuando opera.
—¿Qué debo hacer?
—Sujetar la medalla exactamente así. —Colocó mis dedos sobre puntos específicos del borde—. No se mueva, no respire, no piense. Si su pulso se altera mínimamente, moriremos los tres.
El sudor perlaba mi frente mientras Holmes introducía la hoja de la navaja en la junta de la medalla. El metal cedió con un chasquido casi imperceptible, revelando un laberinto de circuitos y un pequeño cilindro plateado.
—Carga de C-4 —dijo, casi con admiración—. Ingeniería de precisión. Delacroix tiene talento, debo reconocerlo.
—¿Podría concentrarse? —siseé, los brazos temblando por el esfuerzo de mantener la posición exacta.
Holmes sonrió, una sonrisa helada que no llegó a sus ojos. Con una pinza diminuta, comenzó a desconectar cables, cada movimiento calculado con precisión matemática.
—El truco está en el orden —murmuró—. Rojo antes que azul, amarillo antes que verde. Un error y...
La punta de la pinza resbaló. El mundo se detuvo.
Holmes maldijo en voz baja, un torrente de improperios en francés que nunca le había escuchado pronunciar. La pinza había rozado el cable equivocado, y un contador digital parpadeaba ahora en el interior de la medalla.
—Cinco minutos —dijo Claire, la voz reducida a un susurro.
—Ya no hay tiempo para precisión —gruñó Holmes, y con un movimiento rápido, arrancó un puñado de cables—. Watson, sujete firme.
—¿Qué hace?
—Lo que siempre hago: improvisar.
El contador seguía bajando. Cuatro minutos. Tres. Holmes trabajaba con una furia que nunca le había visto, sus dedos moviéndose en un frenesí controlado mientras extraía componentes y cortaba conexiones.
—Dos minutos —anunció Claire.
—Ya está —dijo Holmes, y en sus manos sostenía el cilindro de C-4, separado del mecanismo de detonación—. La medalla está limpia.
El alivio me golpeó como una ola. Mis piernas cedieron y caí al suelo, jadeando.
—¿Cómo? —logré preguntar.
—El detonador estaba sellado con resina epóxica —explicó Holmes, limpiando sus manos manchadas de pegamento—. Si hubiera intentado desactivarlo limpiamente, habría fallado. Pero la resina es frágil si se aplica la fuerza suficiente en el ángulo correcto. Un poco de física básica, nada más.
—Nada más —repetí, riendo histéricamente—. Holmes, casi nos mata.
—Casi —admitió, y por un instante vi algo parecido al arrepentimiento en sus ojos—. Pero no fue así. Y ahora tenemos una medalla sin explosivos que entregar.
—¿Y Delacroix? —preguntó Claire.
—Estará observando desde algún lugar. Esperando ver su obra maestra en acción. —Holmes se puso en pie, sacudiéndose el polvo del traje—. Cuando la medalla no explote, sabrá que ha fallado. Huirá.
—No si lo interceptamos antes —dijo Claire, ya hablando por radio—. Tengo agentes apostados en todas las salidas. Si se mueve, lo sabremos.
—No se moverá —dijo Holmes con una certeza que me heló la sangre—. Es demasiado inteligente. Tiene un plan B, probablemente un escape preparado desde hace meses. Siga a sus hombres, Claire, pero busque en los lugares donde nadie miraría.
—¿Por ejemplo?
—El Sena.
La ceremonia de entrega transcurrió sin incidentes. Mamadou Diallo recibió su medalla de oro entre lágrimas y vítores, el presidente francés colgándola de su cuello con una sonrisa que ignoraba lo cerca que había estado de la muerte. El mundo observó, aplaudió, celebró.
Y en algún lugar, Philippe Delacroix supo que su plan había fracasado.
Lo encontraron tres horas después, intentando abordar un yate en el Pont de l'Alma. Claire Dubois lo arrestó personalmente, esposándolo mientras él sonreía con una calma que helaba la sangre.
—No tiene pruebas —dijo, mientras lo conducían al vehículo blindado.
—Tenemos la medalla —respondió Claire—. Tenemos los pagos. Tenemos a Popescu, o al menos lo que queda de él.
—Eso no será suficiente.
—Quizá no. Pero tengo toda la noche para interrogarlo, y soy muy persuasiva.
Holmes y yo observamos desde la distancia mientras el coche se alejaba, las luces de la ciudad reflejándose en el Sena como lágrimas de oro líquido.
—No ha terminado —dijo Holmes de repente.
—¿Cómo?
—Delacroix es la punta del iceberg, Watson. Un hombre así no actúa solo. Detrás de él hay una red, intereses, poder. Esto es solo el principio.
—Pero hemos salvado los Juegos.
—Hemos salvado una ceremonia. —Holmes encendió su pipa, el humo ascendiendo hacia el cielo estrellado—. Mientras existan personas dispuestas a matar por poder, siempre habrá otro plan, otro complot, otra medalla envenenada. Esa es la maldición de nuestro oficio, querido amigo: ganamos batallas, pero la guerra nunca termina.
Permaneció en silencio, contemplando el río, y supe que ya estaba trazando el siguiente movimiento en el tablero.
—Volvamos a Baker Street —dije, poniendo una mano sobre su hombro—. Por esta noche, al menos, hemos ganado.
Holmes asintió, una sombra de cansancio cruzando su rostro.
—Sí —dijo, y por primera vez en días, su voz sonó casi humana—. Supongo que sí.
Pero mientras caminábamos hacia el coche, no pude evitar sentir que aquella victoria tenía un sabor amargo, como el regusto del humo de su pipa: dulce, pero fugaz, y siempre anunciando la tormenta que se avecina.
Capítulo 5: El Último Juego
Capítulo 5: El Último Juego
La luz grisácea del amanecer parisino se filtraba a través de los ventanales del cuartel general de la DGSI, proyectando largas sombras sobre el suelo de mármol. Sherlock Holmes, con los dedos entrelazados bajo la barbilla, observaba el mapa de Europa que cubría la pared principal. Sobre él, alfileres rojos marcaban los países afectados por los atentados: Japón, Polonia, Rumanía, Ucrania, Georgia.
—Trece explosiones en trece países —dijo Claire Dubois, dejando caer una carpeta sobre la mesa—. Trece medallas de oro. Trece atentados sincronizados.
—Catorce —corregí yo, señalando el mapa—. La decimocuarta no llegó a producirse. Holmes la desactivó anoche.
—Catorce —asintió Claire—. Pero la pregunta sigue siendo: ¿cómo lograba Delacroix sincronizar las explosiones con la entrega de medallas?
Holmes se levantó lentamente, como un hombre que ha dormido poco y mal. Sus ojos, sin embargo, conservaban ese brillo peculiar que siempre precedía a una revelación.
—La respuesta, querida Dubois, es más sencilla de lo que imaginamos. Y más terrible.
Se acercó a la mesa donde descansaba la medalla de oro que había desactivado horas antes. La tomó con delicadeza, como si aún pudiera estar cargada de muerte.
—Observen —dijo, colocándola bajo la luz—. El oro olímpico es, en realidad, plata recubierta de oro de 24 quilates. Se acuñan en la Monnaie de Paris, la Casa de la Moneda francesa. Cada medalla requiere aproximadamente seis gramos de oro puro.
—¿Y? —preguntó Claire.
—Y el oro es un excelente conductor eléctrico. El mecanismo de detonación no estaba en la medalla en sí, sino en el estuche de presentación. Un receptor miniaturizado, activado por radiofrecuencia. Cuando el atleta abría el estuche, se completaba un circuito que iniciaba una cuenta atrás de veinticuatro horas.
—Veinticuatro horas —repetí—. El tiempo necesario para que el atleta regresara a su país.
—Exactamente, Watson. La explosión no ocurría en París, sino en el lugar de origen del medallista. El verdadero objetivo no era la ceremonia olímpica, sino sembrar el terror en trece naciones simultáneamente.
Claire palideció.
—Dios mío... ¿Cuántos habrían muerto?
—Esa es la pregunta que debemos responder —dijo Holmes—. Y para ello, necesito hablar con Philippe Delacroix.
El centro de detención preventiva de la DGSI olía a desinfectante y desesperación. Delacroix nos esperaba en una sala de interrogatorios, vestido con un traje gris que ya no parecía hecho a medida. Sus ojos, antes penetrantes, ahora miraban al vacío con la fijeza de un hombre que ha perdido todo.
Holmes se sentó frente a él. Yo permanecí de pie, observando.
—Buenos días, señor Delacroix —dijo Holmes, con una cortesía que bordeaba el sarcasmo—. Espero que haya dormido bien.
—¿Duerme bien un hombre al que han arrebatado su obra? —respondió Delacroix, con voz rasposa.
—Su obra era un monumento al terror. No esperará compasión de mi parte.
—No espero nada, señor Holmes. Excepto tal vez que comprenda.
—Comprender no es perdonar. Pero le concederé la oportunidad de explicarse. ¿Por qué?
Delacroix guardó silencio un largo momento. Cuando habló, su voz había perdido toda afectación.
—Hace cinco años, mi hija murió en un atentado en el metro de Londres. Una bomba colocada por radicales que nadie supo prever. Mi empresa de seguridad había ofrecido sus servicios al gobierno británico, pero la burocracia, la incompetencia... me dijeron que no era necesario.
Holmes asintió lentamente.
—Y decidió que si el mundo no compraba seguridad, se la vendería a través del miedo.
—Exactamente. Cada explosión en cada país sería una demostración de mi sistema. Un anuncio en sangre de lo que SÉCURITAS GLOBAL podía prevenir. Las Olimpiadas eran el escenario perfecto: la atención del mundo concentrada en un solo evento, y trece naciones vulnerables.
—Pero no contaba con que alguien descubriera su juego —dijo Holmes—. ¿Qué pasó con Ion Popescu?
El nombre hizo que Delacroix parpadeara.
—Popescu... fue un error. Lo reclutamos para que entrenara a los atletas que colocarían las medallas. Era un hombre ambicioso, soñaba con una Gran Rumanía. Pero cuando descubrió el verdadero propósito del plan, quiso detenerlo.
—¿Y lo mataron?
—No yo personalmente. Pero sí, fue eliminado. Su cuerpo descansa en Ferentari, donde nadie lo encontrará.
—Ya lo encontramos —dije yo—. O más bien, Holmes lo encontró.
Delacroix me miró con sorpresa.
—Entonces saben más de lo que creía.
—Sé todo lo que necesito saber —dijo Holmes, levantándose—. Pero hay una cosa que aún no comprendo. ¿Por qué el carbón? ¿Por qué ese símbolo en las amenazas?
Delacroix sonrió, una mueca amarga.
—El carbón es el símbolo de Rumanía, señor Holmes. La tierra negra de la que surgió el sueño de la Gran Rumanía. Popescu lo eligió como firma, un homenaje a sus ideales. Pero también es un mensaje: bajo el brillo del oro, siempre hay carbón. La oscuridad que alimenta la luz.
Holmes se volvió hacia mí.
—Watson, tome nota. El carbón como símbolo de la dualidad. El oro y la oscuridad. La luz y la sombra.
Luego se dirigió a Delacroix:
—Señor Delacroix, su plan ha fracasado. Las medallas han sido desactivadas, los atletas están a salvo, y usted enfrentará la justicia. Pero permítame decirle una cosa: su hija no habría querido esto. El dolor no justifica el dolor.
Delacroix bajó la cabeza, y por primera vez vi lágrimas en sus ojos.
—¿Qué sabe usted del dolor, señor Holmes?
—Más de lo que imagina —respondió Holmes, y su voz tenía un timbre que nunca antes le había escuchado—. Pero he aprendido que el dolor no se cura sembrando más dolor. Se cura con justicia. Y la justicia, señor Delacroix, es lo que tendrá.
Horas después, en el Estadio de Francia, la ceremonia de clausura de las Olimpiadas se desarrollaba sin incidentes. Los atletas desfilaban con sus medallas, esta vez auténticas, sin explosivos ocultos. El mundo había respirado aliviado.
Holmes y yo observábamos desde una tribuna vacía, alejados del bullicio.
—Trece países afectados —dijo Holmes, casi para sí mismo—. Trece familias que perdieron seres queridos. Trece atletas que ganaron oro y recibieron muerte.
—Pero usted lo detuvo, Holmes. Salvó la decimocuarta.
—¿Lo hice, Watson? ¿O simplemente retrasé lo inevitable? El terrorismo no se detiene con un arresto. Es una hidra: cortas una cabeza y crecen dos.
—Eso suena a derrota, Holmes. Y yo sé que usted no cree en las derrotas.
Me miró, y por un instante vi en sus ojos una vulnerabilidad que rara vez mostraba.
—No creo en las victorias absolutas, Watson. Cada caso que resuelvo me deja una cicatriz. No en la piel, sino en el alma. La pregunta no es si podemos detener el mal, sino si vale la pena intentarlo sabiendo que nunca lo lograremos del todo.
—¿Y vale la pena?
Holmes sonrió, una sonrisa triste pero genuina.
—Sí, Watson. Porque cada vida salvada, por pequeña que sea, es una victoria contra la oscuridad. Y mientras haya una sola vida que salvar, valdrá la pena.
En ese momento, un joven atleta se acercó a nosotros. Llevaba una medalla de oro colgando del cuello.
—¿Es usted Sherlock Holmes? —preguntó, con acento nórdico.
—Lo soy —respondió Holmes.
—Quería darle las gracias. Mi nombre es Erik Lundqvist, de Suecia. Gané el oro en salto de longitud. Cuando supe lo de las medallas... pensé que mi familia en Estocolmo podría haber muerto. Usted nos salvó.
Holmes negó con la cabeza.
—Fue un trabajo en equipo, señor Lundqvist. La DGSI, la policía francesa, y un poco de suerte.
—No —insistió el joven—. Fue usted. Y quiero que sepa que usaré esta medalla para recordar que el verdadero oro no está en el metal, sino en la vida que uno puede proteger.
Se alejó, y Holmes guardó silencio.
—¿Ve, Holmes? —dije—. Vale la pena.
—Tal vez, Watson. Tal vez.
Aquella noche, de regreso en nuestro apartamento de la Rue de Rivoli, Holmes se sentó junto a la chimenea con su violín. No tocó ninguna melodía conocida; en lugar de ello, improvisó una pieza lenta y melancólica que parecía capturar la esencia del caso.
Yo escribía en mi cuaderno, tratando de ordenar los eventos de las últimas semanas.
—Holmes —dije—, hay algo que no entiendo. Delacroix era un hombre de negocios, no un terrorista. ¿Cómo logró construir una red tan compleja?
Holmes dejó el violín a un lado.
—El dinero, Watson. Con suficiente dinero, se puede comprar cualquier cosa: lealtades, silencios, incluso vidas. Delacroix invirtió años construyendo su imperio de seguridad. Los atentados eran su obra maestra, su demostración de poder.
—Pero ¿por qué las Olimpiadas? ¿Por qué no otro evento?
—Porque las Olimpiadas son el escenario más visible del mundo. Cada cuatro años, la humanidad entera mira en una sola dirección. Y Delacroix quería que el mundo viera su producto en acción. Cada explosión sería un anuncio, cada muerte una prueba de su sistema.
—Monstruoso.
—Monstruoso, sí. Pero también lógico. El crimen, Watson, es a menudo una cuestión de lógica perversa. Delacroix no era un loco; era un hombre de negocios que decidió que el fin justificaba los medios. Y el fin era vender seguridad a un mundo aterrorizado.
—Pero su hija...
—Su hija fue la chispa, pero no la causa. La causa fue su propia incapacidad para aceptar que no podía controlar el mundo. Quería ser el dueño de la seguridad global, y para lograrlo, estaba dispuesto a destruir la seguridad que decía proteger.
Holmes se levantó y se acercó a la ventana. La Torre Eiffel brillaba a lo lejos, iluminada con los colores olímpicos.
—Mañana regresamos a Londres —dijo—. Este caso ha terminado.
—¿Y los atletas? ¿Los países afectados?
—La DGSI se encargará de las investigaciones locales. Cada país tendrá que revisar sus protocolos de seguridad, sus sistemas de acuñación de medallas. El legado de Delacroix será la paranoia, pero también la prevención.
—¿Y usted? ¿Qué hará usted?
Holmes sonrió, esa sonrisa enigmática que tanto conocía.
—Fumaré pipa, tocaré el violín, y esperaré el próximo caso. Porque siempre hay un próximo caso, Watson. Siempre hay una oscuridad que iluminar.
Tres días después, estábamos de vuelta en el 221B de Baker Street. La señora Hudson nos había preparado el té, y Holmes había recuperado su rutina: la pipa, el violín, los periódicos.
Pero algo había cambiado en él. Una sombra en sus ojos, una pausa más larga entre sus palabras.
—Holmes —dije—, ¿está bien?
—Perfectamente, Watson. ¿Por qué lo pregunta?
—Porque desde que volvimos de París, apenas ha hablado. Y cuando lo hace, es para decir cosas como «siempre hay una oscuridad que iluminar». Eso no es propio de usted.
Holmes dejó la pipa y me miró fijamente.
—Watson, ¿cree usted que el mundo es un lugar mejor después de este caso?
—Por supuesto. Detuvimos a un terrorista, salvamos vidas.
—¿Salvamos vidas? Salvamos la vida de un atleta sueco y de su familia. Pero trece personas murieron antes de que pudiéramos intervenir. Trece familias lloran a sus muertos. ¿Eso es una victoria?
—No podemos salvar a todos, Holmes.
—Lo sé. Pero eso no hace que sea más fácil aceptarlo.
Se levantó y se acercó a la ventana. La lluvia caía sobre Londres, gris y persistente.
—El oro no era el premio, Watson. Era el cebo. Y nosotros, los investigadores, éramos los peces que mordían el anzuelo. Delacroix quería que lo descubriéramos, quería que su plan fuera conocido. Porque cada noticia sobre sus atentados era publicidad para su sistema de seguridad.
—Entonces, ¿todo fue planeado?
—No todo. La muerte de Popescu fue un accidente, un error. Pero el resto... el resto estaba diseñado para ser descubierto. Delacroix quería ser el villano, porque los villanos venden más que los héroes.
—Eso es... retorcido.
—Es humano, Watson. Somos criaturas contradictorias. Buscamos la luz, pero nos sentimos atraídos por la oscuridad. Delacroix entendió eso mejor que nadie.
Holmes guardó silencio un largo momento. Luego, con una voz más suave, añadió:
—Pero hay algo que aprendí en este caso. Algo que tal vez siempre supe, pero que nunca había sentido con tanta claridad.
—¿Qué es? —pregunté.
—Que la justicia no es un destino, sino un camino. No importa cuántos casos resolvamos, cuántos villanos atrapemos. Siempre habrá más oscuridad, más dolor, más muerte. Pero también habrá luz, esperanza, vida. Y mientras haya una sola persona dispuesta a luchar por la luz, valdrá la pena seguir adelante.
—Eso es más optimista de lo que esperaba, Holmes.
—No es optimismo, Watson. Es determinación. La diferencia entre un optimista y un determinista es que el optimista cree que todo saldrá bien. El determinista sabe que no siempre saldrá bien, pero decide seguir adelante de todas formas.
Tomó su violín y comenzó a tocar una melodía que reconocí: era la misma que había improvisado en París, pero ahora tenía un tono más esperanzador, casi triunfante.
—Mañana —dijo, entre notas—, empezaré a investigar un caso de desapariciones en el East End. La policía cree que es obra de una banda criminal, pero yo sospecho que hay algo más.
—¿No va a descansar?
—Descansaré cuando esté muerto, Watson. Mientras tanto, hay trabajo que hacer.
Sonreí, sacudiendo la cabeza.
—Siempre igual, Holmes. Siempre igual.
—Exactamente, Watson. Siempre igual. Y esa es la belleza de la rutina: saber que, pase lo que pase, siempre habrá un nuevo misterio que resolver, una nueva luz que encender en la oscuridad.
La melodía continuó, llenando la habitación de una calma extraña. Y mientras la lluvia caía sobre Londres, supe que, aunque el caso había terminado, la lucha continuaba. Como siempre. Como debía ser.
Fin
Epílogo
Seis meses después, recibí una carta de Claire Dubois. Me informaba que Philippe Delacroix había sido condenado a cadena perpetua, y que SÉCURITAS GLOBAL había sido disuelta por el gobierno francés. Los atletas afectados por los atentados habían recibido compensaciones, aunque ninguna cantidad de dinero podía devolverles a sus seres queridos.
Pero lo más curioso de la carta era el último párrafo:
«Adjunto encontrará una fotografía que creo que le interesará. Fue tomada durante la ceremonia de clausura, justo después de que usted y Holmes se fueran. Muestra al atleta sueco, Erik Lundqvist, sosteniendo su medalla de oro. Pero lo que me llamó la atención fue lo que había escrito en el reverso de la fotografía: "Para Sherlock Holmes, el verdadero ganador de estas Olimpiadas."»
Sonreí al leerlo. Holmes tenía razón: el oro no era el premio, sino el cebo. Pero el verdadero tesoro no era la medalla, sino la vida que se había salvado.
Y mientras guardaba la carta en mi archivo, supe que, pase lo que pase, siempre habría historias que contar. Siempre habría luz en la oscuridad.
Como siempre. Como debía ser.