Capítulo 1: La Válvula Pilórica y el Carnaval
La válvula pilórica de Ignatius J. Reilly declaró, con un espasmo de una violencia y una elocuencia que ningún orador de la Cámara de Representantes podría jamás emular, su total y absoluto desacuerdo con el estado del mundo. Fue un pronunciamiento gaseoso, íntimo y cataclísmico, que resonó en las profundidades cavernosas de su torso y le arrancó un gemido que se perdió entre los alaridos de los clarinetes y los tambores que ascendían desde la calle. Ignatius, apoyado contra el marco de la ventana, palideció. Una mano regordeta, de dedos como salchichas pálidas, se aferró al batiente mientras la otra presionaba con desesperación feudal el flanco derecho de su vientre, un bastión de carne y tartán que se alzaba y caía con la respiración de un dragón herido.
—Oh, Fortuna, rueda caprichosa —masculló hacia los cristales sucios—. ¿Es este el tormento que reservas a los últimos custodios de la Geometría y la Teología Moral? ¿Condenarlos a digerir, junto con un almuerzo de salchichas de dudosa procedencia, el espectáculo vomitivo de una humanidad en descomposición?
Abajo, en la calle fangosa de la ciudad portuaria, el Carnaval hervía. Era una infección de color y ruido que se extendía por las venas empedradas del barrio, una fiebre colectiva que Ignatius observaba con la mezcla de fascinación y repulsión con la que un naturalista estudiaría una plaga de insectos particularmente obscenos. Máscaras baratas, hechas de cartón y plumas sucias, se agitaban sobre rostros sudorosos y vulgares. Los disfraces, prestados o robados de algún baúl de la miseria, pretendían ser de arlequines, de dioses paganos, de damas de la corte, pero solo conseguían acentuar la patética realidad de los cuerpos que los portaban: jorobados, cojos, desdentados, todos entregados a un éxtasis espasmódico y alcohólico. El aire, ya de por sí denso y salino por la proximidad del puerto, se había espesado con los olores a cerveza rancia, a orín de caballo, a polvos de talco barato y, subyaciendo a todo, penetrante e ineludible, el hedor dulzón y metálico del pescado podrido que llegaba desde los muelles.
—La Edad Media —prosiguió Ignatius, dirigiéndose ahora a una mancha de humedad en el techo que había adoptado, a su juicio, la forma inequívoca de la cabeza de John Stuart Mill—, con todos sus defectos, al menos comprendía el valor del silencio y la peste bubónica como correctivos sociales. Esto… esto es la democracia aplicada a los sentidos. Una tiranía del mal gusto.
Otro retorcijón, más agudo, le hizo doblarse. Su válvula pilórica, ese órgano delicado y sensible que él consideraba el barómetro último de su alma superior, estaba en abierta rebelión. No era solo la grasa de las salchichas, sospechaba, ni siquiera la cerveza flatulenta que la señora Boudreaux, su casera, insistía en servirle alegando propiedades «reconstituyentes». Era la presión atmosférica de la estupidez, la opresión física que ejercían sobre su sistema las ondas de sonido generadas por la estulticia colectiva. Cada risotada estridente, cada nota falsa de una trompeta, cada grito de «¡Lánzame un collar, chéri!» era un martillazo en sus entrañas.
La habitación, su último reducto, ya no era un santuario. Las paredes, empapeladas con un floreado mustio que se despegaba en las esquinas como piel muerta, parecían contraerse, aprisionándolo. Los montones de papeles, sus «Cuadernos de la Decadencia», sus diagramas de la geometría del caos, amontonados en el suelo y sobre la única silla, parecían amenazar con avalancha. Hasta su querido taburete, el trono desde el cual contemplaba y anotaba la caída de Occidente, le parecía hoy un instrumento de tortura. Necesitaba aire. O más bien, necesitaba la ausencia de este aire.
Su mirada, acuosa y miope, se deslizó más allá del carnaval callejero, hacia la negrura del puerto. Allí, recortadas contra un cielo sucio de nubes bajas, se adivinaban las siluetas de los mástiles y las chimeneas de los barcos. Uno en particular, un mercante de casco renegrido y nombre probablemente grandilocuente e irónico como Esperanza o Porvenir, tenía las luces de embarque encendidas. Ignatius lo había observado durante días. Zarparía al amanecer, rumbo a Dios sabía qué puerto de Dios sabía qué continente infestado de comercialismo y falta de higiene. Pero en ese momento, representaba algo más: el vacío. El mar. Una extensión de agua salada y silencio relativo, donde el único hedor sería el de la sal y el alquitrán, y el único sonido, el de las olas y los gemidos de la estructura del barco, sonidos naturales, predecibles, no esta cacofonía humana e infernal.
—El mar —murmuró, y la idea fue tomando forma en su mente con la lentitud majestuosa de un iceberg—. El vasto, indiferente, higiénico mar. Última frontera contra la pestilencia terrestre. Un hombre de sensibilidad, un hombre cuyas entrañas son un templo a la digestión ordenada, ¿dónde puede hallar refugio sino en el seno de Neptuno?
La válvula pilórica emitió un sonido de asentimiento, un gluglú profundo y líquido. Era una señal. El destino, o al menos su fisiología, había hablado.
La decisión, una vez tomada, lo transformó. De la postura derrotada y quejumbrosa pasó a una agitación febril. Había que hacer las maletas. O más bien, el equipaje. Porque Ignatius no viajaba ligero. Su intelecto requería un bagaje acorde. Se arrodilló (con un crujido de rodillas y una queja) frente a un baúl de madera herrado que hacía las veces de archivo y ropero.
—Los «Cuadernos», por supuesto —dijo, apilando montones de hojas sueltas llenas de una letra minúscula y furibunda—. No puedo dejar que caigan en manos de la señora Boudreaux. Los usaría para encender el fogón o, peor aún, intentaría descifrarlos. La sola idea de su mirada bovina recorriendo mis teorías sobre la correlación entre la laxitud moral y la baja presión barométrica es una profanación.
Luego vinieron los artículos de tocador. Una pastilla de jabón ovalada, dura como una piedra y del color de la grasa rancia. Un cepillo de dientes cuyas cerdas se abrían en abanico como las patas de un insecto aterrorizado. Varios paños de franela, de dudosa limpieza. Una botella de un líquido ambarino que en la etiqueta proclamaba, de manera vaga pero prometedora, «Tónico para el Vigor del Caballero».
—Indispensables —asintió para sí—. En alta mar, la higiene personal es la última trinchera contra la barbarie. Aunque me temo que el agua dulce será racionada. Otro ejemplo más de la mezquindad moderna. En las galeras de los fenicios, estoy seguro, los hombres de pensamiento disponían de baños de vapor.
El proceso de empaque era una farsa tragicómica. Cada objeto suscitaba una diatriba, un recuerdo o una premonición de incomodidad. Su capa de tartán, enorme y de un verde y rojo agresivos, era «una tienda de campaña, pero necesaria para repeler la salinidad corrosiva y las miradas de los marineros, una casta de individuos notoriamente propensos a la mofa y a la filosofía materialista». Sus varios chalecos, abotonados con dificultad sobre su pecho, eran «defensas esenciales contra las corrientes traicioneras». Un sombrero de fieltro, aplastado y con el ala deshilachada, fue colocado con reverencia en la parte superior: «El sol ecuatorial es un enemigo despiadado para la tez del intelectual».
Cuando el baúl estuvo a punto de reventar, Ignatius se detuvo, jadeante. Una gota de sudor frío recorría su sien y se perdía en la espesura de su bigote. El ruido de la calle parecía haber aumentado, como si el carnaval, al sentir que su presa más ilustre planeaba escapar, redoblara sus esfuerzos. Una banda particularmente desafinada comenzó a tocar una polca, y el ritmo sincopado y estúpido se clavó en sus oídos como un taladro.
—¡Basta! —rugió, hacia la ventana, hacia la mancha de humedad, hacia el universo entero—. ¡Os escupo a todos! ¡A ti, Fortuna, y a tu rueda oxidada! ¡A vosotros, bacantes modernos, devoradores de salchichas y de esperanzas! Me voy. Me voy a un lugar donde la única geometría es la de las olas, la única teología la del horizonte vacío.
El anuncio, hecho en la soledad de su habitación, le produjo una oleada de majestuosa melancolía. Se vio a sí mismo, una figura noble y trágica, de espaldas a un continente de imbéciles, mirando hacia la bruma del amanecer. Claro que, luego, tuvo que sentarse en el taburete porque un nuevo cólico, provocado quizás por la emoción, le dobló las piernas.
La noche avanzó, y con ella la frenética energía del carnaval alcanzó su clímax y comenzó a decaer, disolviéndose en borracheras comatosas y riñas ahogadas. Ignatius no durmió. Se dedicó a escribir una última entrada en su cuaderno, a la luz temblorosa de una lámpara de aceite que olía a pescado frito.
«Anotación final desde la orilla de la Babel moderna», escribió, con una caligrafía que se hacía más grande y angulosa con la indignación. «Mañana, con el primer claror que rompa este cielo enfermizo, me embarcaré. El vehículo es un cascarón de madera carcomida, tripulado, sin duda, por una colección de degenerados con el cerebro salinizado. Pero es un medio hacia un fin. El mar me purgará, no solo de las toxinas de las salchichas de la señora Boudreaux, sino de la toxina mayor que es la Humanidad Contemporánea. Mi válvula pilórica, esa Casandra de mi sistema, me lo agradecerá. O me matará en el intento. Cualquiera de los dos resultados es preferible a otra polca.»
Firmó con una floritura: Ignatius J. Reilly, peregrino involuntario de un mundo que se deshace.
Al amanecer, cuando un gris sucio se filtró por la ventana y los últimos rezagados del carnaval dormían en los portales, Ignatius se puso en pie. Su figura era monumental, absurda, patética. El baúl, a sus pies, parecía una extensión natural de su cuerpo, otro apéndice grotesco. Tomó su capa, su sombrero, y con un último vistazo de desprecio a la mancha de humedad (que en la luz gris ya no se parecía a John Stuart Mill, sino más bien a una galleta mojada), abrió la puerta.
El pasillo olía a col hervida y a desesperanza. Bajó las escaleras con cuidado, cada escalón protestando bajo su peso. En el vestíbulo, la señora Boudreaux roncaba detrás de una cortina desgarrada. Ignatius dejó caer unas monedas sobre el mostrador polvoriento, un pago adelantado que ella encontraría más tarde y que atribuiría a un error o a un milagro.
Luego, salió a la calle. El aire, frío y cargado de humedad de río, le golpeó el rostro. El suelo estaba sembrado de los despojos de la fiesta: collares rotos, máscaras pisoteadas, charcos de vómito. Ignatius levantó la nariz, como un sabueso que olfatea una pista. Allí estaba, más claro ahora, mezclado con el olor a café de las primeras cafeterías: el hedor a pescado podrido. Venía del muelle, del mismo lugar donde esperaba el mercante.
Una sonrisa amarga, trágica, se dibujó en sus labios.
—Naturalmente —susurró—. El mundo conspira. Hasta el último momento. Pero no importa. Pronto, solo oleré a sal. Y a mi propia dignidad, que es un aroma mucho más fino, aunque menos apreciado.
Y arrastrando su baúl, que dejaba un surco en el fango de la calle, la figura enorme y grotesca de Ignatius J. Reilly se dirigió, paso a paso, hacia el puerto, hacia el barco, hacia el mar, convencido de que huía de la jaula, sin sospechar siquiera que se llevaba los barrotes con él.
Capítulo 2: A Bordo del 'Esperanza Deslustrada'
El Esperanza Deslustrada no era un barco, sino una acusación flotante contra la ingeniería naval y, por extensión, contra la era industrial en su conjunto. Se balanceaba en el agua turbia del puerto con la alegre inestabilidad de un borracho en la acera, sus flancos de madera pintados de un negro que más bien parecía una costra de mugre y sal, y su única chimenea escupía un humo lacio y perezoso, como si la propia caldera estuviera abrumada por la tarea de existir. Ignatius J. Reilly, de pie en el muelle con su único baúl (un monstruo de madera herrada que contenía, entre otras cosas, seis pares de pantalones de franela, un tratado inacabado sobre la degeneración de la geometría, y una provisión de pastillas para la digestión que hubiera servido a un regimiento), contempló la embarcación con una mezcla de desprecio y resignación profética.
—Naturalmente —murmuró para su válvula pilórica, que ya comenzaba a agitarse en anticipación al movimiento—, el único vehículo disponible para un exilio autoimpuesto es una reliquia de la era de las velas, capitaneada, sin duda, por un analfabeto con nostalgia de la peste bubónica. El mar, último refugio de la sensibilidad, me es presentado en un ataúd de madera podrida. La alegoría es tan burda que duele.
El abordaje fue una humillación coreografiada por duendes malévolos. Una pasarela endeble, que gemía bajo el peso de su cuerpo como un alma en pena, lo condujo a la cubierta, un espacio abarrotado de cordajes enmarañados, barriles vacíos y una pátina de suciedad que parecía orgánica. El aire olía a pescado rancio, aceite quemado y, subyaciendo a todo, el dulzón y penetrante aroma a descomposición que Ignatius identificó de inmediato como «el efluvio característico de la desesperanza humana concentrada». Un marinero escuálido, con un ojo velado por una nube blanca y la expresión de quien ha visto demasiados horrores para molestarse en mencionarlos, le señaló con un gesto de la barbilla hacia un portalón entreabierto que conducía a las entrañas del barco.
Su camarote era un nicho húmedo, más cercano a una tumba que a un aposento. Las paredes, que sudaban un líquido ambarino, estaban a una distancia tal que, al extender los brazos, podía tocar ambas con los codos. Una litera de tablones, sobre la que yacía un colchón delgado como una hostia y con la consistencia de una esponja enmohecida, completaba el mobiliario. Ignatius depositó el baúl con un gruñido que fue respondido por un crujido ominoso de la estructura del barco. Ya podía sentir el lento, insistente balanceo, un movimiento que no era tanto náutico como gástrico, como si el océano fuera el estómago de un gigante y el Esperanza Deslustrada un bocado indigerible.
El capitán se presentó esa misma tarde, durante una cena que fue un atentado contra la civilización. Se llamaba McAllister, o algo parecido; un hombre cuya cara era un mapa de borracheras pasadas y futuras, con una nariz bulbosa surcada de venas rotas y unos ojos acuosos que parecían siempre enfocados en un punto situado tres pies detrás de quien tuviera delante. Llevaba una chaqueta que en otro tiempo fue azul, y ahora era una sombra de sí misma, adornada con unos galones tan opacos como sus recuerdos.
—Bienvenido a bordo, señor… Reilly, ¿no? —dijo con una voz que sonaba a grava arrastrada por la marea—. Un viaje tranquilo, si el tiempo acompaña. Hacia el sur. Carga general. Nada de lujos.
—Los lujos —replicó Ignatius, mientras examinaba con horror el guiso grisáceo que humeaba en su plato— son la antesala de la decadencia. Prefiero la austeridad, siempre que sea higiénica. Esto, sin embargo —agitó su cuchara hacia la sustancia— parece el subproducto de una autopsia realizada en condiciones dudosas. ¿Qué especie animal, o vegetal, ha tenido el dudoso honor de convertirse en este… estofado?
El capitán McAllister se encogió de hombros y tomó un largo trago de una botella de ron que parecía crecer de su mano.
—El cocinero lo llama «sorpresa del día». Es mejor no preguntar.
Los otros comensales completaban el cuadro de la desolación. A la derecha del capitán, ocupando un espacio desproporcionado con su aura de glamour desvaído, estaba la señora Clarissa van Heusen. Era una viuda, o al menos eso proclamaba, cuyo vestido de viaje, aunque evidentemente costoso, mostraba en los puños y el cuello ese brillo triste de la seda repetidamente limpiada. Tenía una sonrisa fija, un tanto desesperada, y unos ojos que escudriñaban al capitán no como a un marino, sino como a un posible salvador financiero. Su conversación era un torrente de nombres de lugares elegantes y anécdotas de un pasado que, sospechaba Ignatius, era en gran parte inventado.
—¡Oh, capitán! —exclamó con una risa que sonó como cristales rotos—. Esto me recuerda a mi travesía en el Ícaro hacia Niza… ¡Qué velada, qué compañía! Por supuesto, nada que ver con esto, pero uno debe adaptarse, ¿no es cierto?
Frente a Ignatius, hundido en un silencio hosco, estaba un joven de aspecto febril y ropa demasiado ligera para el clima, que se presentó como Edmund. Tenía los ojos brillantes con una luz que Ignatius reconoció de inmediato: la de las ideas mal digeridas.
—Voy hacia las islas —dijo Edmund de repente, clavando su mirada en la sopa como si en ella leyera un oráculo—. Huyo de la grisura, de la mediocridad. Busco colores puros, verdades esenciales. El mar es el purificador último.
Ignatius emitió un sonido entre un bufido y un eructo, que su válvula pilórica coreó con un retorcimiento interno.
—El mar, joven, es una salmuera gigantesca llena de peces estúpidos y monstruos mitológicos que, de existir, serían sin duda tan decepcionantes como todo lo demás. Lo único que purifica es el fuego, y a veces ni eso. Lo que usted busca es una licuación de sus facultades racionales, un estado de aturdimiento tropical que confundirá con la iluminación.
Edmund lo miró, primero con sorpresa, luego con un destello de interés. Aquella era, al menos, una voz que no sonaba a derrota o a pretensión vacía. Era una voz de derrota afirmativa, lo cual era distinto.
Los días se fundieron en una monotonía agitada por el balanceo perpetuo. Ignatius pasaba la mayor parte del tiempo en su nicho, escribiendo furiosamente en un cuaderno sus «Observaciones sobre la Decadencia Náutica», o bien tumbado en la litera, gimiendo cada vez que una ola más insistente hacía crujir los tablones del casco. Su hipocondría, alimentada por el constante movimiento, el hedor a podrido que se filtraba por las juntas y la calidad de la comida, alcanzó cotas apocalípticas. Pronosticaba escorbuto, fiebres tifoideas y una nueva plaga, bautizada por él como «la gangrena flotante», que atribuía a los miasmas que emanaban de la sentina.
Su único alivio, un alivio amargo, era despreciar a sus compañeros de viaje. Observaba desde la cubierta, envuelto en su capa de tartán, cómo la señora van Heusen intentaba en vano coquetear con el capitán McAllister, quien solo parecía responder a los estímulos del ron. La veía pasear con su sombrilla, ya inútil bajo el cielo plomizo, fingiendo disfrutar de la brisa salina que, como notaba Ignatius con satisfacción, debía de estar arruinando por completo el tinte de su pelo.
Con Edmund mantenía una relación de tensa tolerancia. El joven, hambriento de cualquier conversación que no fuera el murmullo del mar o los ronquidos de los marineros, se acercaba a veces a él en cubierta.
—¿No le conmueve la inmensidad, señor Reilly? —preguntó una tarde, mientras el horizonte se fundía en una línea gris indistinta.
—La inmensidad me indigesta —contestó Ignatius, sujetándose el sombrero contra un viento repentino—. Es la huella dactilar de un Creador con tendencias megalómanas y poca atención al detalle. Prefiero lo contenido, lo ordenado. Un sistema de cloacas bien diseñado, por ejemplo, es un poema mayor que todo este… desparramo líquido.
Pero fue la cuestión de las ratas lo que quebró, momentáneamente, su aislamiento. Una noche, mientras yacía despierto escuchando el concierto de chirridos y roeduras que provenía de las paredes de su camarote, tuvo una revelación. No se trataba solo de roedores; era una conspiración. Al día siguiente, encontró a Edmund mirando el agua con su habitual aire de trance.
—Escúcheme, joven —dijo Ignatius, bajando la voz a un tono confidencial que sonaba extraño en su boca, normalmente tan proclive a la declamación—. Hay un sabotaje en curso. Las ratas a bordo no son meras alimañas. Son agentes.
Edmund parpadeó.
—¿Agentes?
—¡Por supuesto! Observe su comportamiento: no roen al azar. Se concentran en los cabos de gobierno, en los tapones de los barriles de agua dulce. He visto sus excrementos, dispuestos en patrones casi geométricos cerca de la brújula. No es casualidad. Es un intento, torpe pero persistente, de desviarnos de la ruta o de provocar un motín por la sed. ¿Quién está detrás? —Ignatius se inclinó más, y su aliento, cargado de los vapores de la digestión y la bilis, envolvió a Edmund—. El cocinero. Es el único que tiene acceso a la comida que las atrae y las soborna. Un hombre con esa cara… es capaz de cualquier cosa.
Edmund, en su búsqueda de verdades esenciales, no había considerado la verdad esencial de la estupidez paranoica. Por un momento, la teoría le pareció más interesante que cualquier mística solar que hubiera leído. Asintió, lentamente.
El conflicto estalló dos noches después, durante la cena. El cocinero, un individuo mudo y cetrino al que todos llamaban simplemente «Larry», sirvió lo que parecía ser un ragú de una carne de color ambiguo. La señora van Heusen lo probó y palideció. El capitán McAllister, ya en un estado de embriaguez avanzada, lo engulló sin pestañear. Ignatius tomó un bocado, lo masticó con expresión de profundo análisis forense, y de pronto, sus ojos se abrieron como platos.
—¡Lo sabía! —rugió, levantándose de un salto y haciendo temblar la mesa. Su dedo índice, grueso y acusador, se dirigió hacia la puerta de la cocina—. ¡Veneno! ¡Un sabor metálico, un regusto a hígado enfermo y a traición! ¡Es él! ¡El cocinero! ¡Está en connivencia con los roedores para acabar con nosotros!
El caos que siguió fue de una calidad absurda y perfecta. La señora van Heusen comenzó a gemir y a agitar su servilleta como si fuera a desmayarse. Edmund, contagiado por la histeria, se puso de pie con los puños apretados, mirando alternativamente a Ignatius y a la puerta de la cocina como si esperara ver salir una horda de ratas armadas. Los dos marineros que cenaban con ellos se echaron a reír, una risa seca y cansada. El capitán McAllister, por su parte, bajó lentamente su cuchara.
—Reilly —dijo con una calma sorprendente—, si Larry quisiera envenenarnos, lo habría hecho hace semanas. Y no usaría la buena carne, sea lo que sea esto. La guardaría para él.
—¡No es cuestión de lógica gastronómica, es cuestión de principios! —bramó Ignatius, mientras su válvula pilórica ejecutaba una danza frenética en su interior—. ¡Exijo que se investigue su cubil! ¡Debe haber pruebas! ¡Migas dispuestas en forma de flecha que apunten al timón! ¡Queso estratégicamente colocado!
La discusión degeneró en un alboroto de acusaciones, negativas (el cocinero, alertado por los gritos, asomó su cabeza lívida por la puerta y negó con un gesto enérgico) y quejas histéricas de la señora van Heusen sobre el riesgo para su cutis. Finalmente, el capitán, para restaurar un mínimo de paz, decretó que Ignatius podía inspeccionar la despensa, acompañado de un marinero. La expedición, por supuesto, solo reveló sacos de harina apolillada, barriles de galletas duras como piedras y la inevitable, omnipresente colonia de ratas, que huyeron sin mostrar el más mínimo indicio de organización conspirativa.
Ignatius regresó a su camarote, derrotado pero no convencido. El barco, mientras tanto, se mecía en la oscuridad, indiferente al drama humano que albergaba en sus entrañas. El Esperanza Deslustrada continuaba su rumbo hacia el sur, llevando en su seno no solo una carga general, sino el peso compacto de varias derrotas personales, un glamour desesperado, un idealismo naíf y una paranoia digestiva que, en la inmensidad salada, parecían igual de insignificantes y, al mismo tiempo, terriblemente necesarias para sus portadores. El mar, purificador o no, aún no había hecho su jugada definitiva.
Capítulo 3: El Naufragio de la Dignidad
La válvula pilórica, que había permanecido en un estado de latencia amenazante durante la travesía, anunció su rebelión definitiva con un gruñido largo y cavernoso que pareció resonar en las mismas cuadernas del Esperanza Deslustrada. Ignatius J. Reilly, postrado en su litera como un santo atormentado por visiones gastrointestinales, interpretó el sonido no como un mero espasmo orgánico, sino como un presagio. El barco, aquel cascarón de madera podrida y ambiciones deslustradas, se mecía con una insistencia que trascendía el balanceo ordinario. Era un vaivén obsceno, un chaloupement —término que él consideraba más apropiado— destinado a agitar los humores y perturbar la geometría del alma.
—La Fortuna, esa ramera ciega, ha decidido azotar este relicario de insensatez —murmuró hacia el techo bajo, manchado de humedad y salitre.
Fuera, el viento había comenzado a aullar no con la furia repentina de un dios pagano, sino con la insistencia agria de un burócrata celestial empeñado en rellenar formularios de desastre. El sonido de las olas contra el casco ya no era el ritmo monótono de antes; era un golpeteo irregular, como si un gigante ebrio estuviera probando la solidez de la puerta.
Ignatius se incorporó con dificultad, una operación que requirió el apoyo de ambos codos y provocó una nueva sinfonía de quejidos internos. La litera del joven idealista, Edmund, estaba vacía. «Probablemente arriba, contemplando la “sublime furia de la naturaleza” con la boca abierta», pensó con desdén. Él, en cambio, comprendía que la naturaleza no era sublime; era simplemente mal organizada. Una tormenta era el equivalente meteorológico de un ataque de histeria colectiva en una fábrica: ruido, confusión y una productividad nula.
Vestido con su eterna capa de tartán, cuya tela empezaba a exudar un aroma complejo a sudor antiguo, humedad y una tenue reminiscencia de sopa de col, Ignatius ascendió por la estrecha escalera hacia la cubierta. El espectáculo que se ofreció a sus ojos redondos, detrás de las gafas empañadas, confirmó sus más negros presentimientos. El cielo era una losa de plomo sucio, bajísima. La lluvia no caía, sino que volaba horizontal, azotando con la precisión cruel de miles de agujas heladas. El Esperanza Deslustrada se encaramaba a lomos de olas monstruosas, negras como alquitrán, para luego precipitarse en abismos de los que surgía con un gemido de toda su estructura, como un anciano reumático obligado a bailar una giga.
La tripulación, un conjunto de figuras encorvadas y maldicientes, se movía por la cubierta con una agilidad resentida. El capitán McAllister, lejos de presentar la estoica figura de un comandante, estaba agarrado al timón con una botella de ron en la mano libre, cantando a gritos una balada escocesa sobre un amor perdido en Glasgow. La viuda glamurosa, la señora van Heusen, había emergido de su camarote envuelta en un impermeable que no lograba ocultar su desesperación; su peinado, una obra maestra de la ingeniería capilar, se desmoronaba como un pastel bajo la lluvia.
Ignatius se aferró a un cabrestante, sintiendo cómo sus entrañas realizaban una compleja danza independiente del movimiento del barco. Su intelecto, sin embargo, se elevaba por encima del caos físico. Observó las maniobras de los marineros con el desprecio de un maestro de ajedrez viendo a niños jugar a las damas.
—¡No, imbécil! —bramó de pronto, su voz un graznido estridente que cortó el estruendo del viento; un marinero que intentaba amarrar un cabo lo miró con odio—. ¡La tensión debe aplicarse en un ángulo complementario a la fuerza del viento, no en oposición frontal! Es pura mecánica básica, hombre. ¿O es que su cerebro ha sido lavado por el agua de mar?
El marinero escupió una frase soez que se perdió en la tormenta, pero cuyo significado general Ignatius captó perfectamente. Esto no hizo sino inflamar su sentido del deber. Se soltó del cabrestante y, tambaleándose como un pingüino enloquecido, se dirigió hacia el puente de mando. La escalera era un tobogán de agua salada, y al subir, su pie resbaló y su enorme humanidad se estrelló contra la mampara con un golpe sordo que hizo temblar la estructura.
—¡Capitán! —vociferó, irguiéndose y ajustándose las gafas.
El capitán McAllister interrumpió su balada y lo miró con ojos vidriosos, entre la sorpresa y la irritación.
—¿Qué diablos quiere, Reilly? ¿Vino a ahogarse con estilo?
—He venido a evitar que este ataúd flotante cumpla su destino natural —replicó Ignatius, goteando—. Su navegación es un insulto a la tradición marítima. Está calculando mal la deriva. Observe la espuma de esas olas rompientes a estribor. Indican un arrecife o un banco de arena. Debe virar al menos quince grados a babor inmediatamente, o nos convertiremos en un montón de leña para el deleite de los cangrejos.
El capitán se echó a reír, un sonido ronco y húmedo.
—¿Quince grados a babor? ¡Aquí el único que se va a babor es usted, por la borda, si no se quita de mi vista! ¡Largo!
Pero Ignatius no era hombre que se dejase amedrentar por la autoridad, especialmente cuando esta estaba embriagada. Avanzó, agarró el timón junto a las manos del capitán y trató de torcerlo.
—¡Es por el bien común, hombre! ¡Por la señora van Heusen! ¡Por ese pobre muchacho Edmund, que probablemente está vomitando su idealismo por la popa!
Lo que siguió fue una lucha grotesca. El capitán, fortalecido por el ron y la indignación, tiraba del timón hacia un lado. Ignatius, fortalecido por la certeza de su superioridad intelectual y la presión de su válvula pilórica, tiraba hacia el otro. El timón giraba de forma errática, y el Esperanza Deslustrada, obediente a aquella señal contradictoria, comenzó a cabecear de un modo aún más violento y descoordinado.
—¡Suéltelo, loco! —gritaba McAllister.
—¡Ceda a la razón, borracho! —replicaba Ignatius.
La señora van Heusen lanzó un chillido. Edmund, pálido como el velamen, observaba horrorizado desde la escalerilla. Los marineros, confundidos, no sabían si obedecer las órdenes entrecortadas de su capitán o intentar separar a los dos hombres. El barco, abandonado a su suerte entre la tormenta y el tira y afloja en el puente, perdió definitivamente el rumbo.
Fue en ese momento de caótica parálisis, con la atención de todos fija en la ridícula pelea, cuando el Esperanza Deslustrada encontró el arrecife. No fue un impacto dramático contra un acantilado, sino un roce largo, profundo y desgarrador, como si un gigante hubiera pasado una uña enorme por el vientre del barco. La madera crujió, se quebró, y una sacudida espantosa recorrió la embarcación de proa a popa. El forcejeo en el timón cesó de golpe. Ignatius y el capitán se separaron, mirándose con estupor. El sonido del viento y la lluvia fue súbitamente opacado por un nuevo sonido: el agua entrando a bordo con un gluglú voraz.
El barco se inclinó peligrosamente. El caos, antes contenido en los límites de una farsa, adquirió de pronto el tono gris de la tragedia. Gritos, maldiciones, el llanto histérico de la señora van Heusen. El capitán McAllister, sobrio de golpe, empezó a dar órdenes para botar el único bote salvavidas, que colgaba de sus pescantes como un diente podrido.
Ignatius, mientras el agua fría le lamía los tobillos, sintió una extraña calma. Su predicción se había cumplido. La estupidez humana, una vez más, había llevado a la catástrofe. No era la tormenta; había sido la confusión, la negativa a escuchar a la voz de la razón (es decir, la suya). Se dirigió a su camarote con una dignidad sorprendente, esquivando a la gente que corría despavorida. Allí, recogió su cuaderno de anotaciones, lo envolvió en una bolsa de hule que guardaba para ocasiones especiales, y se la metió en el interior de su capa, junto al pecho. Su equipaje, su ropa, todo era sacrificable. Pero el Manifiesto (aún en estado embrionario) sobre la degeneración de la era mecánica, no.
Cuando volvió a cubierta, el bote ya estaba en el agua, balanceándose como una nuez. Los marineros, el capitán, la señora van Heusen y Edmund ya estaban dentro.
—¡Suba, Reilly, por el amor de Dios! —gritó Edmund, tendiéndole una mano.
Ignatius miró el bote, abarrotado y precario, y luego el barco que se hundía lentamente, con una dignidad lastimera. Bajarse a ese bote significaba mezclarse, apiñarse, compartir el miedo. Pero la alternativa era una estatua de sal (o, más precisamente, de grasa y tartán) en el fondo del mar. Con un suspiro que fue un pequeño poema de resignación, se dejó deslizar por el costado y cayó pesadamente en el bote, haciendo que este se escorara de manera alarmante y recibiendo varias miradas de reproche.
La tormenta amainó tan caprichosamente como había empezado. Flotaron a la deriva durante horas, bajo un cielo que se limpiaba para mostrar un azul cínico e indiferente. Ignatius mantenía un silencio sepulcral, roto solo por los ocasionales gruñidos de su sistema digestivo, que parecía procesar también la experiencia del naufragio. La señora van Heusen lloraba suavemente. El capitán McAllister miraba al horizonte con ojos muertos.
Fue el olor a pescado lo que los salvó. Un olor rancio, familiar, querido para las narices de Ignatius. Un barco pesquero, el María Pía, los avistó. Eran hombres curtidos, de pocas palabras y muchos dientes ausentes, que los izaron a bordo sin hacer preguntas, como si rescatar a un grupo de idiotas náufragos fuera parte de la faena diaria.
El regreso al puerto fue silencioso. La ciudad, exhausta, había digerido el Carnaval. Las calles estaban sembradas de confeti empapado y restos de sueños baratos. El olor a pescado podrido y orines viejos volvía a ser el perfume oficial, reconfortante en su constancia. Ignatius caminó desde el muelle hasta su pensión con el paso lento de un conquistador derrotado. Su capa, ahora salada y rígida, crujía con cada movimiento.
La dueña, la señora Boudreaux, lo recibió en la puerta.
—Dios mío, señor Reilly. ¿Qué le pasó? Parece que lo hubieran arrastrado por el fondo del mar.
—Algo parecido —murmuró él, pasando junto a ella sin detenerse—. El mar, señora Boudreaux, es simplemente el desagüe de la civilización. Y yo he estado, literalmente, atascado en él.
Subió a su habitación. Todo estaba igual: la cama deshecha, las pilas de papeles, la ventana que daba a la calle tranquila. Se quitó la capa con dificultad y la colgó de un clavo, donde empezó a gotear formando un charco en el suelo. Luego, se sentó ante su pequeño escritorio, sacó el cuaderno húmedo pero intacto, y abrió una nueva página.
Con una caligrafía meticulosa y ligeramente temblorosa, escribió el título: «Consideraciones sobre la Ineptitud Náutica Moderna y la Inevitable Superioridad del Pensamiento Terrestre (con una Digresión sobre la Fisiología del Mareo)».
Afuera, la ciudad bostezaba y volvía a sus negocios sórdidos. Un vendedor ambulante pregonaba ostras. Una pareja discutía. Un tranvía pasó chirriando. Ignatius J. Reilly, salvado del abismo acuático pero más hundido que nunca en el fango de la existencia contemporánea, inclinó la cabeza sobre su manuscrito. Su válvula pilórica emitió un último y resonante lamento, un punto final orgánico a la aventura. Él sonrió, amargamente. Al menos eso, al menos su indignación, seguía en perfecto funcionamiento. La dignidad, después de todo, no se naufraga. Se escribe.