Capítulo 1: El Cadáver en la Noria
El viento del Bósforo arrastraba el hedor de las curtidurías cuando nuestro barco atracó en el puerto de Gálata. Habían transcurrido apenas tres semanas desde nuestra llegada a Constantinopla, y aún no me había acostumbrado a aquella sinfonía de lenguas, colores y olores que envolvía cada rincón de la ciudad.
Sherlock Holmes permanecía junto a la borda, su mirada perdida en el horizonte donde los minaretes de Santa Sofía se recortaban contra un cielo plomizo. Llevaba días sumido en uno de aquellos silencios que yo había aprendido a respetar, aunque no a comprender del todo. La falta de un problema digno de su intelecto lo consumía como una fiebre lenta.
—Watson —dijo sin volverse—, observe aquella gabarra que cruza el Cuerno de Oro. ¿Qué deduce?
Suspiré, acostumbrado ya a sus repentinos exámenes.
—Parece una embarcación de carga corriente, Holmes.
—Corriente, dice. Y sin embargo, su tripulación está compuesta por seis hombres cuando para ese tonelaje bastarían cuatro. El timonel lleva un turbante verde, propio de quien ha peregrinado a La Meca, pero sus manos no tienen las callosidades de quien trabaja el remo. Y el fardo que cubren con tanto esmero no es lana, como aparentan, sino algo de forma rectangular y considerable peso.
—¿Armas? —aventuré.
—O lingotes de plata. O algo más interesante aún. Pero no es asunto nuestro, al menos por ahora.
Me pregunté, no por primera vez, qué demonios hacíamos en Constantinopla. Holmes había recibido una carta de un tal Mustafa, un jenízaro con quien había trabado relación años atrás durante un caso en Londres. La misiva, críptica y urgente, solicitaba su presencia en la ciudad del Bósforo. Y mi amigo, presa de ese aburrimiento que tan peligroso resultaba para su salud mental, había aceptado sin vacilar.
—Prometió pagar los gastos y ofrecernos alojamiento digno —me había dicho, mientras guardaba su violín en el estuche—. Además, Watson, el cambio de aires nos sentará bien. Su hígado se resentirá menos que con la cocina londinense.
No estaba seguro de que el hígado fuese el órgano que más sufriría en aquella empresa.
Tres días después de nuestro desembarco, un criado nos condujo a través del laberinto de callejuelas que serpenteaban desde el barrio de los latinos hasta el hipódromo. La ciudad bullía con la energía de mil mercados: el olor a especias se mezclaba con el pescado salado y el sudor de los camellos; los gritos de los vendedores se fundían con el canto del muecín que llamaba a la oración desde los alminares.
Mustafa nos esperaba en la sombra de un pórtico de mármol, junto a la entrada del hipódromo. Era un hombre de complexión robusta, con el rostro curtido por el sol y una cicatriz que le cruzaba la mejilla derecha. Vestía el uniforme de los jenízaros, aunque sin las insignias de su rango, y sus ojos oscuros denotaban una inquietud que no lograba disimular.
—Señor Holmes —dijo, inclinándose con respeto—. Agradezco que haya venido. No sabía a quién más recurrir.
—Mustafa. —Holmes estrechó su mano con la frialdad que le caracterizaba—. Su carta era... intrigante. ¿Qué ha ocurrido?
El jenízaro nos condujo por una callejuela estrecha que bordeaba el hipódromo. Las losas de piedra estaban húmedas, y el aire olía a heno y a caballo. A pocos pasos, un grupo de guardias otomanos formaba un círculo alrededor de algo que no podía ver desde mi posición.
—Un veneciano —dijo Mustafa, bajando la voz—. Marco Dandolo, comerciante de sedas y especias. Lo encontraron esta mañana.
Nos abrimos paso entre los guardias. Y entonces lo vi.
La noria se alzaba en el centro de un pequeño descampado, junto a los muros del hipódromo. Era una estructura de madera, de unos quince pies de altura, con aspas que los niños debían usar para extraer agua del pozo cercano. Pero aquella mañana, en lugar de cubos, sostenía un cuerpo.
El cadáver de Marco Dandolo estaba atado a la rueda con cuerdas de seda, los brazos extendidos como si implorara clemencia al cielo. Vestía aún su ropa de mercader: una túnica de terciopelo granate, ahora manchada de sangre, y calzas de lino blanco. Tenía los ojos abiertos, fijos en algún punto más allá de las nubes, y en su pecho...
—Dios mío —murmuré.
Tallado a cuchillo, en la piel del veneciano, había un mensaje en latín. Las letras, toscas pero legibles, formaban tres palabras:
AQUA VITAE MORTIS
—El agua de la vida de la muerte —traduje en voz alta.
Holmes se inclinó sobre el cadáver, ignorando el hedor que ya empezaba a desprenderse del cuerpo. Sus dedos, largos y precisos, examinaron las heridas con la delicadeza de un cirujano.
—La incisión es limpia —dijo, casi para sí mismo—. Hecha con un instrumento afilado, probablemente un estilete o un cuchillo de hoja estrecha. El autor sabe anatomía; no ha dañado órganos vitales más allá de lo necesario para grabar el mensaje. La muerte, sin embargo, no fue causada por esto.
—¿No? —pregunté.
—Observe las muñecas, Watson. Las marcas de las cuerdas son profundas, pero no hay equimosis alrededor de ellas. Eso significa que fue atado después de muerto. Y mire el color de la piel: ligeramente cianótica. Diría que fue estrangulado, o quizás envenenado.
Mustafa dio un paso al frente, su rostro tenso.
—La guardia dice que es un suicidio. Que el veneciano se ató a la noria y se grabó esas palabras antes de morir.
Holmes soltó una risa seca, carente de humor.
—¿Suicidio? Mustafa, su guardia es o increíblemente estúpida o terriblemente corrupta. Un hombre no puede atarse las manos a la espalda con semejante firmeza y luego grabarse un mensaje en el pecho. Además, las cuerdas están anudadas por detrás, no al frente. Esto es obra de al menos dos personas: una que sujetaba a la víctima, otra que escribía.
El jenízaro asintió, como si aquellas palabras confirmaran sus sospechas.
—El cadí ha ordenado cerrar el caso. Dice que no quiere problemas con la Serenísima. Pero yo conozco a Marco Dandolo. Era un hombre prudente, no un suicida. Y esta noche, en el consejo, se rumorea que los venecianos preparan algo.
—¿Qué clase de algo? —pregunté.
Mustafa miró alrededor, asegurándose de que nadie escuchaba.
—Una conjura. Dicen que quieren asesinar al sultán. O secuestrarlo. O algo peor. No lo sé con certeza, pero el ambiente en la corte está envenenado. Y este asesinato... —señaló el cadáver—. Este asesinato es un mensaje.
Holmes se había arrodillado junto al cuerpo, examinando las manos del veneciano con una lupa que había sacado del bolsillo interior de su levita.
—El mensaje, ciertamente —dijo—. Pero no para nosotros. Para alguien más.
—¿Qué quiere decir? —pregunté.
—Aqua vitae mortis. Agua de la vida de la muerte. No es una frase común, Watson. Podría ser una clave, una referencia a algo que solo el destinatario entendería. —Se levantó, limpiándose las manos con un pañuelo—. Dígame, Mustafa, ¿Dandolo tenía enemigos? ¿Alguien que se beneficiara de su muerte?
El jenízaro reflexionó.
—Era comerciante. Los comerciantes siempre tienen enemigos. Pero ninguno que yo sepa con motivos para matarlo así. Aunque...
—¿Aunque?
—La semana pasada, Dandolo tuvo una discusión con un hombre en el Gran Bazar. Un griego, creo. Hablaban en voz baja, pero se les oyó mencionar algo sobre "el agua de la vida". No le di importancia entonces, pero ahora...
Holmes entrecerró los ojos.
—¿Podría llevarme hasta ese hombre?
—Lo intentaré. Pero la ciudad es grande, señor Holmes, y los testigos mudos.
—Los testigos nunca son mudos —dijo mi amigo, mientras guardaba la lupa—. Solo necesitan que alguien les preste la atención adecuada.
Pasamos el resto de la mañana en la escena del crimen. Holmes examinó cada pulgada del cadáver, cada fibra de las cuerdas, cada marca en la madera de la noria. Tomó muestras de la tierra, del polvo de las ropas del veneciano, incluso del agua del pozo cercano. Los guardias lo miraban con recelo, pero Mustafa les ordenó que nos dejaran trabajar.
—¿Qué espera encontrar? —le pregunté, mientras él observaba el mensaje tallado en el pecho del muerto.
—No lo sé aún —admitió—. Pero hay algo fuera de lugar. Observe la caligrafía, Watson. Las letras son toscas, casi infantiles, como si el autor hubiera querido aparentar falta de cultura. Sin embargo, la elección de las palabras es precisa. "Aqua vitae" es una expresión alquímica. "Mortis", por supuesto, significa muerte. ¿Por qué usar latín si se quiere parecer ignorante?
—Quizás el asesino quería que el mensaje fuera entendido solo por ciertas personas.
—Exactamente. Y eso nos dice que no es un criminal común. Es alguien con educación, probablemente un académico o un clérigo. Alguien que conoce el latín y la alquimia. Alguien que quiere enviar un mensaje cifrado.
—¿Cifrado?
Holmes sonrió, esa sonrisa que siempre precedía a una revelación.
—Aqua vitae mortis. Agua de la vida de la muerte. Si tomamos las iniciales de cada palabra... A, V, M. ¿Le dice algo?
—Nada en particular.
—A mí tampoco. Pero si invertimos el orden... M, V, A. Muerte, vida, agua. O quizás sea un acrónimo. O una referencia a un texto sagrado. O un juego de palabras en otra lengua.
Sacó su libreta y anotó algo.
—Necesito investigar en la biblioteca del patriarcado. Y hablar con el círculo de comerciantes venecianos. Mustafa, ¿puede conseguirme una lista de los conocidos de Dandolo?
El jenízaro asintió.
—Esta noche tendrá esa lista, señor Holmes.
—Bien. Y Watson, usted y yo visitaremos el Gran Bazar. Quiero ver el lugar donde el griego discutió con Dandolo.
—¿Cree que encontraremos algo?
—No lo sé. Pero el Gran Bazar es el corazón de Constantinopla. Y el corazón, a veces, guarda secretos que ni el dueño conoce.
Mientras nos alejábamos del hipódromo, no pude evitar volverme para mirar el cadáver que colgaba de la noria. El sol del mediodía iluminaba su rostro, y por un instante me pareció que sonreía. Pero era solo un efecto de la luz, o quizás mi imaginación.
—¿En qué piensa, Watson? —preguntó Holmes, sin mirarme.
—En que este caso es diferente a los que hemos enfrentado en Londres. Aquí no hay niebla ni gas; hay especias y oro. Y hay algo más oscuro.
—Sí —dijo Holmes, su voz teñida de una gravedad inusual—. Hay algo oscuro. Pero la oscuridad, Watson, es solo la ausencia de luz. Y yo, como sabe, siempre encuentro la luz.
No supe si aquello era una promesa o una advertencia. Pero mientras caminábamos hacia el bullicio del Gran Bazar, supe que Constantinopla nos había ofrecido un misterio digno de la inteligencia de Sherlock Holmes.
Y yo, como siempre, sería su cronista.
El viento del Bósforo trajo consigo el olor a mar y a tragedia. Y supe que aquella no sería la última vez que lo respiraríamos.
Capítulo 2: El Bazar de las Conspiraciones
La luz del amanecer se filtraba perezosamente entre los toldos de lona del Gran Bazar, creando un mosaico cambiante de claroscuros sobre las mercancías expuestas. El aire, cargado de especias y cuero curtido, vibraba con el rumor de cien lenguas distintas. Me sentía abrumado por aquel torbellino sensorial, pero Holmes caminaba a mi lado con la serenidad de quien visita una biblioteca familiar.
—Observa, Watson —dijo, deteniéndose ante un puesto de alfombras donde un anciano de barba nívea anudaba pacientemente hilos de seda—. Cada mercader es un libro abierto para quien sabe leer los signos. Ese hombre, por ejemplo, ha estado llorando recientemente.
—¿Cómo puedes saberlo?
—Las manchas de humedad en su manga izquierda, allí donde apoya la mejilla cuando reza. Y sin embargo, no es época de duelo público. Algo personal le aflige.
No tuve tiempo de responder. Mustafa nos aguardaba junto a una fuente de mármol en el centro de la plaza de los Plateros, su alto gorro de jenízaro destacando entre la multitud como un faro. Al vernos, hizo un gesto brusco y nos condujo a través de un laberinto de callejuelas cubiertas.
—El almacén de Dandolo está en el barrio franco —dijo en voz baja—. He hablado con los guardias. Nadie quiere recordar al veneciano. Dicen que traía problemas.
—Los muertos siempre incomodan a los vivos —respondió Holmes—. Pero los problemas, como las especias, dejan rastro. ¿Quién era su socio principal?
—Un tal Giuseppe Contarini, también veneciano. Tiene un puesto en el mercado de las sedas, junto a la mezquita de los Mercaderes.
El almacén resultó ser un edificio de piedra arenisca, con puertas de hierro forjado y ventanas enrejadas. Holmes examinó la cerradura con su lupa antes de que Mustafa hiciera una seña a un guardia para que abriera. El interior olía a alcanfor y pimienta, y los rollos de seda yacían apilados en estanterías que llegaban hasta el techo.
—Dandolo comerciaba con Venecia, Persia y las Indias —dijo Mustafa, señalando las mercancías—. Pero según mis informantes, también vendía secretos.
—Todo hombre tiene un precio —murmuró Holmes, recorriendo las estanterías con dedos expertos—. La pregunta es: ¿quién pagó el suyo?
Yo me había detenido ante un cofre de madera tallada, abierto, que contenía documentos en latín y veneciano. Holmes se acercó y comenzó a examinarlos con avidez.
—Aquí hay cartas de crédito, facturas de transacciones con la Sublime Puerta... y esto —levantó un pliego de pergamino sellado con cera verde—. Una carta del visir Ahmed, fechada hace tres semanas.
Mustafa palideció.
—El visir es el segundo hombre más poderoso del imperio, después del sultán. Si está implicado...
—Precisamente —dijo Holmes—. Pero la carta no habla de política. Es una simple orden de compra de seda persa. Demasiado simple, diría yo.
—¿Demasiado simple? —pregunté.
—Mire, Watson. El visir es un hombre que controla las aduanas, los ejércitos y el tesoro. ¿Por qué iba a escribir personalmente a un mercader para comprar seda? Hay cien intermediarios que podrían hacerlo por él. Esto es un mensaje cifrado, o una coartada.
Guardó la carta en su chaqueta y continuó la inspección. Encontró un compartimento secreto bajo una tabla suelta del suelo, donde yacía un puñal de hoja curva con incrustaciones de rubíes.
—Armas venecianas con piedras otomanas —dijo, sopesando el arma—. Matrimonio extraño. Como el asesinato mismo.
Salimos del almacén y nos dirigimos al mercado de las sedas, donde encontramos a Giuseppe Contarini, un hombre de unos cincuenta años, calvo, de ojos inquietos que se movían como los de un ratón atrapado. Al vernos, su rostro adoptó una expresión de alarma mal disimulada.
—¿El señor Contarini? —preguntó Holmes en veneciano—. Soy Sherlock Holmes, y este es mi colega, el doctor Watson. Desearíamos hablarle acerca de Marco Dandolo.
—Marco... —el nombre pareció costarle un esfuerzo—. Sí, claro. Una tragedia. ¿Qué desean saber?
—Todo. Sus negocios, sus enemigos, sus amistades. Especialmente, cualquier disputa reciente.
Contarini nos hizo pasar a un cuarto trasero, donde el olor a alcanfor se mezclaba con el humo de un brasero. Sirvió té en vasos de cristal labrado, y sus manos temblaban ligeramente.
—Marco era un buen socio, aunque imprudente. Últimamente se había enemistado con algunos clientes importantes. Gente que no perdona, si me entienden.
—¿El visir Ahmed, por ejemplo? —preguntó Holmes, con aparente indiferencia.
Contarini dejó caer la tetera. El té se derramó sobre la alfombra.
—¿Cómo sabe...? —balbuceó—. No, no puedo hablar de eso. Me matarían.
—Ya lo mataron a él —dijo Holmes, inclinándose hacia adelante—. Y si no habla, es posible que usted sea el siguiente. La muerte no entiende de diplomacia, señor Contarini. Ataca a todos por igual.
El veneciano se llevó una mano temblorosa a la frente.
—Marco tenía un secreto. Algo que había descubierto sobre el visir. Algo relacionado con el agua de la vida. No sé más, se lo juro. Pero una noche, borracho, me dijo: "Giuseppe, he encontrado la llave del poder en Constantinopla". Al día siguiente, estaba muerto.
—¿El agua de la vida? —repitió Holmes—. ¿Está seguro de que usó esas palabras?
—Seguro. Pensé que se refería a algún negocio de aguardiente, pero ahora...
Holmes se levantó abruptamente.
—Gracias, señor Contarini. Si recuerda algo más, búsquenos en la posada del Cuerno de Oro. Watson, vámonos.
Salimos del mercado bajo el sol implacable del mediodía. La multitud se había espesado, y tuve la incómoda sensación de que nos observaban. Holmes caminaba rápido, esquivando carros y camellos con una agilidad que no le había visto antes.
—El visir está jugando un juego peligroso —dijo, sin volverse—. El agua de la vida no es una bebida, Watson. Es la piedra filosofal de los alquimistas. Un elixir que, según las leyendas, otorga la inmortalidad o el conocimiento absoluto. Si Dandolo descubrió algo relacionado con eso...
—¿Crees que el visir está buscando la inmortalidad?
—O algo más práctico. El poder sobre la vida y la muerte. Imagínese, Watson, controlar un secreto que promete la vida eterna. ¿Qué no haría un hombre por obtenerlo?
Al llegar a la plaza de los Plateros, Holmes se detuvo de repente y giró sobre sus talones. Un hombre de rostro anguloso y chilaba negra, que había estado siguiéndonos, chocó con él.
—Disculpe —dijo Holmes en turco, con una sonrisa—. ¿Busca algo?
El hombre farfulló una disculpa y desapareció entre la multitud. Holmes lo observó alejarse con una expresión de intensa concentración.
—¿Era uno de los hombres del visir? —pregunté.
—O alguien que trabaja para quien sea que mató a Dandolo. No importa. Nos han visto, y eso es lo que quería.
—¿Querías que nos vieran?
—Por supuesto. Ahora saben que estamos investigando. Y cuando un pez sabe que hay un anzuelo, tiende a morder con más cuidado... o con más desesperación.
Pasamos el resto de la tarde visitando a otros mercaderes del bazar. Holmes interrogaba con una paciencia infinita, anotando cada detalle en su cuaderno: nombres, fechas, transacciones sospechosas. Poco a poco, fue emergiendo un patrón. Dandolo había estado comprando grandes cantidades de mercurio y azufre, ingredientes básicos para la alquimia. También había mantenido correspondencia con un erudito griego del patriarcado, un tal Nicéforo, conocido por sus estudios sobre la transmutación de metales.
—El círculo se estrecha —dijo Holmes, mientras regresábamos a la posada al atardecer—. Esta noche, Watson, necesito que me acompañe a la biblioteca del patriarcado. Quiero interrogar a ese erudito.
—¿No será peligroso? Después de lo de esta mañana...
—El peligro es el condimento de la vida —sonrió—. Además, llevaré mi revólver.
La noche cayó sobre Constantinopla como un manto de terciopelo negro, salpicado de estrellas que parpadeaban sobre las cúpulas de las mezquitas. Desde nuestra posada, el Cuerno de Oro se extendía como una lámina de plata líquida, reflejando las antorchas de los barcos anclados.
Eran cerca de las diez cuando un golpe urgente en la puerta nos sobresaltó. Mustafa entró, con el rostro desencajado y una mancha de sangre en la manga de su uniforme.
—Me han atacado —dijo, jadeando—. En el cuartel. Dos hombres, armados con cimitarras. Intentaron matarme.
Holmes saltó de su silla.
—¿Está herido?
—Un rasguño en el brazo. Maté a uno, el otro huyó. Pero esto significa que saben que estamos investigando.
—Siéntese —dijo Holmes, mientras yo preparaba vendas y agua limpia—. Cuénteme exactamente lo que ocurrió.
Mustafa se dejó caer en una silla, y mientras yo curaba su herida (un corte limpio, hecho por un arma afilada), relató los hechos. Había regresado al cuartel para interrogar a un guardia que conocía los movimientos del visir. Al entrar en su habitación, dos hombres lo esperaban. Peleó, mató a uno, y el otro escapó por una ventana.
—El muerto —dijo Mustafa— tenía una marca en el brazo. Un tatuaje de un ojo, el símbolo de una secta de asesinos que sirve al visir.
Holmes se paseó por la habitación, frotándose las manos.
—Excelente. Ahora tenemos una conexión directa. El visir no solo está implicado en la muerte de Dandolo, sino que intenta silenciar a quienes investigan. Esto confirma mis sospechas.
—Pero ¿por qué? —pregunté—. ¿Qué gana con matar a un mercader?
—El agua de la vida, Watson. O mejor dicho, lo que Dandolo descubrió sobre ella. Recuerde las palabras de Contarini: "la llave del poder en Constantinopla". Si el visir está tras un secreto que puede darle control absoluto sobre el imperio, no dudará en matar para obtenerlo.
—Pero el sultán...
—El sultán es un hombre mayor, enfermo. Su hijo, el príncipe heredero, es débil y está influenciado por los ulemas. Si el visir logra hacerse con el poder, podría instalar a un sultán títere, o incluso tomar el trono para sí mismo. No sería la primera vez en la historia del imperio.
Mustafa asintió lentamente.
—Tiene razón. He oído rumores de que el visir ha estado reuniendo tropas leales en secreto, y que tiene contactos con los jenízaros descontentos. Si planea un golpe de estado...
—Entonces debemos actuar rápido —dijo Holmes—. Mañana al amanecer, iremos a la biblioteca del patriarcado a hablar con Nicéforo. Pero esta noche, necesito que me consiga algo, Mustafa.
—Lo que sea.
—Un mapa de la residencia del visir. Y, si es posible, los planos de su sistema de alcantarillado.
El jenízaro me miró, perplejo.
—¿Alcantarillado? ¿Para qué?
—Para entrar sin ser vistos —sonrió Holmes—. Si el visir guarda el secreto del agua de la vida, lo tendrá en su palacio. Y yo, querido Mustafa, tengo la intención de encontrarlo.
Cuando Mustafa se fue, Holmes se sentó ante la mesa y comenzó a dibujar en su cuaderno. Yo me recosté en la cama, agotado, pero la mente no me dejaba dormir.
—Holmes —dije—, ¿realmente crees que existe el agua de la vida? ¿Una sustancia que otorga la inmortalidad?
—No, Watson. Creo que es una metáfora. Algo que Dandolo interpretó literalmente, pero que en realidad es un código, o un secreto de naturaleza más mundana. Los alquimistas siempre han hablado en símbolos. El agua de la vida podría ser cualquier cosa: un documento, una fórmula, un mapa.
—¿O un veneno?
—También podría serlo. Pero lo que me intriga es el mensaje tallado en el pecho de Dandolo: "Aqua vitae mortis". Agua de vida de muerte. Una contradicción. Como si el asesino quisiera decirnos que la vida y la muerte están unidas en este misterio.
Apagó la vela y se tumbó en su catre. En la oscuridad, su voz sonó como un susurro.
—Mañana, Watson, resolveremos este enigma. Pero antes, necesito pensar. Buenas noches.
No pude dormir bien. Soñé con norias que giraban en la oscuridad, con agua que se convertía en sangre, con un mensaje que se repetía una y otra vez: "Aqua vitae mortis". Cuando desperté, con los primeros rayos del sol filtrándose por la ventana, Holmes ya estaba vestido, con su capa puesta y el revólver en el cinto.
—Es hora, Watson —dijo—. La biblioteca del patriarcado nos espera.
Y salimos a las calles de Constantinopla, donde el destino de un imperio pendía de un hilo tan fino como la seda, y donde la muerte acechaba en cada sombra.
Capítulo 3: El Código del Agua
El amanecer en Constantinopla se filtraba como un velo de ceniza a través de los postigos de nuestra posada. La claridad grisácea del Cuerno de Oro apenas iluminaba las siluetas de los minaretes, y el aire traía el olor a pescado salado y jazmín marchito que impregnaba cada rincón de esta ciudad de contradicciones.
Holmes había pasado la noche en vela. Lo encontré sentado junto a la ventana, con el pergamino del mensaje extendido sobre la mesa de roble, la jeringa de morfina vacía a un lado y los ojos inyectados de una lucidez febril que conocía demasiado bien.
—Watson —dijo sin volverse—, he sido un necio.
Me acerqué con cautela. La tetera de cobre reposaba fría sobre el brasero apagado, y las velas se habían consumido hasta formar lagos de cera derretida.
—¿Ha descubierto algo?
—He descubierto que mi orgullo me ha cegado durante veinticuatro horas. He estado buscando un significado literal donde debía buscar uno figurado. He tratado el mensaje como un acertijo alquímico cuando era, en realidad, un epitafio.
Tomó el pergamino y lo alzó hacia la luz mortecina. Las letras talladas en latín —AQUA VITAE MORTIS— parecían danzar bajo su mirada.
—Observe, Watson. Seis palabras. Tres conceptos. Agua, vida, muerte. Un tríptico demasiado perfecto, demasiado teatral para un asesino que ha demostrado ser meticuloso y silencioso. ¿Por qué dejaría un mensaje tan críptico si no fuera para ser descifrado?
—¿Acaso no es esa la naturaleza de los criminales? ¿La vanidad del intelecto?
Holmes sonrió, pero fue una sonrisa amarga, casi desdeñosa.
—Los criminales vulgares actúan por vanidad. Los inteligentes, por necesidad. Este mensaje no es un alarde, es una dirección. Una llave. Y yo he estado forcejeando la cerradura equivocada.
Tomó una pluma de ganso y comenzó a escribir sobre un trozo de papel limpio. Las letras se sucedían con una velocidad que delataba horas de ensayo mental.
—He probado todas las combinaciones concebibles. Anagramas simples, complejos, rotaciones de palabras, traducciones al griego, al turco, al hebreo. Nada funcionaba porque el mensaje no está en latín clásico, sino en latín corrupto. Latín de mercader, de soldado, de hombre que escribe apresuradamente antes de morir.
—¿Y qué ha encontrado?
Holmes me tendió el papel. En él, garabateada con caligrafía temblorosa, había una frase:
QUI VAS MORTE ATIA
La leí en voz alta, sintiendo las palabras extrañas en mi lengua.
—¿Qué significa?
—El que va a la muerte espera. Es una construcción gramatical bárbara, pero el sentido es claro. No es un mensaje sobre el agua de la vida, sino sobre alguien que camina hacia su propia muerte. Una advertencia. O una confesión.
—¿Una confesión? —repetí, incrédulo—. ¿Dandolo habría escrito su propia sentencia?
—No, Watson. Dandolo no escribió esto. El mensaje fue tallado en su pecho después de muerto. El asesino quería que lo encontráramos, que lo descifráramos. Quería decirnos algo.
Holmes se levantó de un salto, la energía repentina reemplazando el agotamiento de la vigilia. Comenzó a pasear por la habitación, sus dedos tamborileando sobre los muebles con una inquietud que conocía bien.
—El que va a la muerte espera. ¿Dónde espera un hombre que va a la muerte, Watson? ¿En una celda? ¿En un patíbulo?
—En una fuente —dije, sin pensar—. En el agua.
Holmes se detuvo en seco. Me miró con una intensidad que me recordó por qué era el mejor.
—Exactamente. El agua de la vida y la muerte. La fuente. Y no una fuente cualquiera, sino la fuente del patio del visir Ahmed. La que Dandolo mencionó en su carta, la que Nicéforo llamó "el corazón de agua del palacio".
—¿Cómo sabe que es esa?
—Porque es la única fuente en Constantinopla que está custodiada día y noche, la única que ningún extranjero puede visitar sin permiso expreso. La única que está en el centro de una conspiración.
La decisión de infiltrarnos en la fiesta del visir fue tomada con una rapidez que me dejó sin aliento. Holmes, en cuestión de horas, había conseguido dos invitaciones a través de un comerciante genovés que le debía un favor, y nos había provisto de túnicas de seda bordada y turbantes de lino blanco que nos permitirían pasar por mercaderes venecianos de mediano rango.
—Recuerde, Watson —dijo mientras ajustaba su turbante frente al espejo de bronce—, es un mercader de especias de la familia Contarini. Yo soy su primo, un erudito en alquimia que busca financiación para un proyecto. Hable poco, sonría menos, y si alguien le pregunta sobre pimienta, hable de su precio en el mercado de Alejandría.
—¿Y si me preguntan algo más?
—Entonces tosa. Tos mucho. Los orientales temen las enfermedades contagiosas más que a la muerte misma.
El palacio del visir Ahmed se alzaba en la colina más alta del barrio de los latinos, una mole de mármol blanco y madera tallada que parecía desafiar las leyes de la gravedad. Los jardines que lo rodeaban eran un laberinto de cipreses y fuentes, donde el agua cantaba en un idioma de piedra y sombra.
La fiesta era un despliegue de opulencia que superaba todo lo que había visto en Londres. Eunucos con túnicas de seda violeta custodiaban las puertas, mientras músicos ciegos tañían laúdes y flautas en un rincón del patio principal. El aire olía a rosas, a incienso y a cordero asado, y las antorchas proyectaban sombras danzantes sobre los mosaicos de azulejo.
El visir Ahmed era un hombre de unos cincuenta años, de barba canosa y ojos de halcón que parecían perforar cada rostro que se cruzaba en su camino. Vestía una túnica de brocado dorado que debía costar más de lo que yo ganaba en un año, y en su cinturón brillaba un puñal con empuñadura de rubíes.
—Manténgase cerca de mí —murmuró Holmes mientras nos mezclábamos entre los invitados—. Y no beba nada que no haya visto servirse de una jarra sellada.
—¿Espera que intenten envenenarnos?
—No espero nada, Watson. Pero un hombre inteligente no deja cabos sueltos.
Durante la primera hora, Holmes se dedicó a circular entre los invitados, intercambiando saludos en un turco aceptable y en un italiano fluido que despertaba sonrisas de complicidad entre los mercaderes venecianos. Escuchaba más de lo que hablaba, sus ojos recorriendo cada rincón del patio, cada gesto de los sirvientes, cada mirada furtiva entre los cortesanos.
—El compartimento secreto está en la biblioteca —dijo de repente, mientras fingía admirar una fuente de mármol con forma de león—. Lo he deducido por la disposición de las ventanas. La biblioteca es la única habitación del ala este que no tiene ventanas al jardín, solo al patio interior. Eso significa que su dueño quiere privacidad, pero también quiere luz. La luz solo puede venir de un patio cerrado, y en ese patio debe haber una fuente.
—¿Cómo sabe que hay un patio cerrado?
—Porque he contado los pasos. La distancia entre la fachada este y el muro del jardín es demasiado corta para albergar una habitación del tamaño que he visto desde fuera. Debe haber un espacio intermedio. Un patio. Una fuente.
No tuve tiempo de maravillarme ante su deducción. Holmes ya se movía hacia el ala este, su paso seguro entre la multitud de invitados que se arremolinaban alrededor de las mesas de dulces y las fuentes de sorbete.
La biblioteca estaba custodiada por un eunuco alto, de rostro impasible y brazos cruzados sobre el pecho. Holmes se acercó a él con una reverencia exagerada, hablando en un turco florido que apenas entendía.
—El erudito Alí ben Yusuf saluda a su excelencia —dijo, entregando al eunuco una moneda de oro que había sacado de no sé dónde—. He traído un manuscrito raro sobre la transmutación de los metales que el visir deseaba examinar.
El eunuco tomó la moneda sin cambiar su expresión, pero sus ojos se desviaron hacia la puerta de la biblioteca.
—El visir no recibe visitas en su biblioteca durante las fiestas.
—Por supuesto, por supuesto —asintió Holmes—. Pero el manuscrito es frágil, y temo que la humedad del jardín lo dañe. Si pudiera dejarlo en la antesala, sobre la mesa del escriba, estaría eternamente agradecido.
El eunuco dudó. Holmes puso otra moneda en su mano.
—Será solo un momento.
El eunuco abrió la puerta. Holmes entró, y yo lo seguí, sintiendo el corazón latirme en la garganta.
La biblioteca era un espacio abovedado, con estanterías que se elevaban hasta el techo, llenas de manuscritos encuadernados en cuero rojo y verde. En el centro, una mesa de cedro sostenía un globo terráqueo de bronce y un astrolabio de marfil. Pero lo que capturó la atención de Holmes no fue ninguno de esos objetos.
—Ahí —susurró, señalando un tapiz que colgaba de la pared norte—. Detrás de ese tapiz.
El tapiz representaba una escena de caza: jinetes con lanzas persiguiendo a un león entre dunas de arena. Parecía antiguo, de esos que los mercaderes persas vendían por fortunas en el Gran Bazar. Pero Holmes pasó la mano por el borde inferior, encontrando una costura que no debía estar allí.
—Ayúdeme —dijo.
Juntos, levantamos el tapiz. Detrás, la pared de piedra tenía una grieta apenas visible, un rectángulo perfecto que delataba una puerta secreta. Holmes presionó una de las piedras, y la puerta se abrió con un chirrido de goznes mal engrasados.
El compartimento era pequeño, no más grande que un armario. Dentro, apilados en desorden, había documentos: cartas selladas con lacre rojo, mapas del Cuerno de Oro con anotaciones en veneciano, y un rollo de pergamino que Holmes tomó con manos temblorosas.
—Esto es —dijo—. Esto es lo que buscábamos.
El pergamino contenía un plano del palacio del sultán, con rutas marcadas en tinta roja. Había anotaciones en los márgenes: "Guardia del este: 12 hombres", "Cambio de turno: tercera oración", "Entrada por los baños: posible". Y al pie, una firma: Ahmed, siervo de su excelencia.
—Dios mío —murmuré—. Es un plano para un asesinato.
—No, Watson. Es un plano para un golpe de estado. El visir no planea matar al sultán solo. Planea reemplazarlo.
Holmes enrolló el pergamino y lo guardó en su túnica. Luego comenzó a hojear las cartas, sus ojos volando sobre la caligrafía con una velocidad que solo la adrenalina podía explicar.
—Cartas de Venecia —dijo—. El dogo promete apoyo si el visir asegura rutas comerciales. Cartas de los jenízaros, descontentos con el sultán actual. Y aquí... —su voz se quebró—. Aquí está la clave.
La carta que sostenía estaba fechada tres semanas atrás. Estaba escrita en veneciano, con una letra pequeña y apretada que costaba leer. Pero Holmes la leyó en voz alta, traduciendo mientras avanzaba:
—"Estimado visir, el mercader Dandolo ha descubierto nuestro plan. Sabe del agua y de la fuente. Debe ser silenciado antes de que hable con Nicéforo. He enviado a un hombre de confianza para que lo visite en su casa de la calle de los Sastres". La carta está firmada por... —Holmes hizo una pausa—. Por el embajador veneciano.
—¿El embajador? —repetí, incrédulo—. ¿El propio embajador ordenó el asesinato?
—No solo eso, Watson. Mire la fecha. La carta fue enviada poco antes del asesinato. Dandolo sabía que iba a morir. Por eso dejó el mensaje. Por eso nos llamó.
El chirrido de la puerta de la biblioteca nos heló la sangre.
—¿Quién anda ahí? —la voz del eunuco era como el roce de una espada contra la piedra.
Holmes actuó con una rapidez que me pareció sobrehumana. En un solo movimiento, guardó la carta en su túnica, cerró el compartimento secreto, dejó caer el tapiz, y se giró hacia la puerta con una sonrisa de cordero en el rostro.
—Solo nosotros, excelencia —dijo, su voz tranquila como un lago en calma—. Dejando el manuscrito sobre la mesa, como prometí.
El eunuco nos miró con sospecha. Sus ojos recorrieron la habitación, buscando algo fuera de lugar. Pero Holmes había sido cuidadoso: el tapiz colgaba recto, la mesa estaba ordenada, y en el centro, un manuscrito de alquimia abierto por una página de diagramas.
—El visir no permite que nadie toque sus libros —dijo el eunuco, su tono más duro ahora.
—Por supuesto que no —respondió Holmes, inclinándose—. Solo he dejado el manuscrito. Ahora nos retiramos.
Salimos de la biblioteca con paso firme pero sin prisa. El eunuco nos siguió con la mirada hasta que desaparecimos entre la multitud del patio.
—Tenemos que irnos —dijo Holmes, su voz un susurro urgente—. Ahora.
—¿Cree que nos ha reconocido?
—No lo sé. Pero cuando revise el manuscrito y vea que es una copia barata de un texto de Geber, sabrá que algo huele mal. Y el visir no es hombre que deje cabos sueltos.
Cruzamos el patio esquivando grupos de cortesanos ebrios y sirvientes que portaban bandejas de frutas confitadas. Las antorchas parpadeaban, y el agua de las fuentes cantaba su canción eterna. Pero yo sentía los ojos de todos sobre nosotros, como si cada sombra fuera un espía, cada murmullo una acusación.
La puerta del jardín estaba a veinte pasos cuando oímos el grito.
—¡Detenedlos! ¡Esos hombres han robado documentos del visir!
El grito venía de la biblioteca. El eunuco había descubierto el engaño.
—Corra, Watson —dijo Holmes, y echó a correr.
Corrimos a través del jardín, esquivando setos de boj y fuentes de mármol. Detrás de nosotros, oíamos el estrépito de botas sobre la grava, los gritos de los guardias, el sonido de arcos tensándose.
La puerta del jardín estaba cerrada con un cerrojo de hierro. Holmes maldijo entre dientes y buscó en sus bolsillos.
—No tenemos tiempo —dije.
—Siempre hay tiempo, Watson. La cuestión es usarlo bien.
Sacó un alfiler de su turbante y lo introdujo en la cerradura. Sus dedos se movieron con una precisión que solo la desesperación podía otorgar. Oí el clic del cerrojo un segundo antes de que la primera flecha se clavara en la madera a un palmo de mi cabeza.
La puerta se abrió. Salimos a la calle, a la oscuridad de las callejuelas de Constantinopla, mientras los gritos de los guardias se perdían detrás de nosotros.
Corrimos sin parar hasta llegar al barrio de los latinos, donde las sombras eran más espesas y los olores más familiares. Holmes se detuvo junto a una fuente de piedra, jadeando, las manos apoyadas en las rodillas.
—Tenemos los documentos —dijo entre resuellos—. Y tenemos una conspiración. Pero ahora el visir sabe que estamos aquí. Sabe que sabemos.
—¿Qué haremos?
Holmes alzó la mirada hacia el cielo nocturno, donde las estrellas brillaban como joyas sobre la cúpula de Santa Sofía.
—Iremos a ver a Nicéforo. Antes de que el visir decida que también él debe ser silenciado.
Y en la distancia, el eco de los tambores del palacio anunciaba que la noche apenas comenzaba.
Capítulo 4: La Trampa del Visir
La biblioteca del visir Ahmed olía a pergamino enmohecido y a la cera de los candelabros de plata que temblaban con nuestro sobresalto. El eunuco negro, un coloso de seda carmesí y mirada de acero, había cerrado la puerta con un golpe seco. A su espalda, media docena de jenízaros de la guardia personal del visir aguardaban con las manos en los cinturones, donde relucían las empuñaduras de sus yataganes.
—Primos mercaderes de Alepo —dijo el visir Ahmed desde su sillón de marfil, sin levantar la vista del documento que fingía leer—. Qué conmovedor. Y qué mentira tan pobre.
Holmes, que aún sostenía el pliego incriminatorio que había descubierto en el compartimento secreto, enderezó los hombros con una calma que me heló la sangre. Su mirada recorrió la estancia como un cirujano evalúa una herida antes de cortar.
—Visir Ahmed —dijo con su voz más medida—, comete usted un error al tratarnos como enemigos. Soy Sherlock Holmes, consultor en asuntos de Estado, y este es el doctor Watson, mi colega. Hemos sido requeridos por el sultán para investigar el asesinato de Marco Dandolo.
El visir dejó el documento sobre la mesa. Tenía los dedos cubiertos de anillos, y el rubí de su índice derecho centelleó como una gota de sangre bajo la luz de los candelabros.
—El sultán —repitió con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. ¿Y qué prueba tenéis de semejante afirmación?
—El sello del sultán —respondió Holmes, llevando la mano al bolsillo interior de su caftán.
Pero antes de que pudiera extraerlo, el eunuco cruzó la habitación con una velocidad pasmosa para un hombre de su corpulencia. Su mano, enorme y callosa, cerró la muñeca de Holmes con la precisión de un cepo.
—No tan deprisa, _effendi_ —dijo el eunuco con una voz que sonaba a grava removida.
Holmes no opuso resistencia, pero sus ojos grises se clavaron en los del visir con una intensidad que yo conocía bien. Era la mirada de quien está recomponiendo un rompecabezas cuyas piezas acaban de encajar.
—Comprendo —dijo Holmes lentamente—. Usted ya sabía que vendríamos. El eunuco que nos anunció no se sorprendió al encontrarnos aquí.
El visir Ahmed se levantó con una parsimonia estudiada. Vestía una túnica de brocado verde que debía costar el salario anual de un artesano, y su barba, cuidadosamente recortada, olía a aceite de rosas. Pero bajo toda esa elegancia, yo podía ver lo que Holmes ya había percibido: la tensión de un animal acorralado.
—Sabía que alguien había estado husmeando en mis asuntos —dijo el visir—. El embajador veneciano me advirtió de que un inglés con fama de entrometido había llegado a Constantinopla. Lo que no sabía es que fuerais tan estúpidos como para caer en una trampa tan evidente.
—No fue estupidez —respondió Holmes, mientras el eunuco le registraba con brusquedad—. Fue necesidad. El documento que tengo en la mano demuestra su traición, visir. Correspondencia con Venecia, planes para un golpe de Estado, listas de jenízaros comprados. Esto es la ruina de su carrera.
El visir sonrió, y por primera vez vi en sus ojos algo que se parecía al miedo.
—¿Ese documento? —dijo, señalando el pliego que Holmes aún sostenía—. ¿Cree que alguien le creerá? Es su palabra contra la mía, _effendi_. Y yo soy el visir del sultán.
—El sultán confía en mí —dijo Holmes.
—El sultán confía en mí —replicó el visir—. Y cuando le diga que encontré a dos espías venecianos en mi biblioteca, manipulando documentos para incriminarme, ¿a quién creerá? ¿A un inglés desconocido o a su visir de confianza?
El eunuco arrancó el documento de las manos de Holmes. En ese momento, la puerta de la biblioteca se abrió de par en par, y dos jenízaros entraron arrastrando a un hombre encadenado. Era Mustafa.
El jenízaro que nos había contratado tenía el rostro amoratado, un ojo cerrado por la hinchazón y los labios partidos. Su uniforme, antes impecable, colgaba desgarrado de sus hombros. Pero lo que más me impactó no fueron sus heridas, sino la mirada de derrota que llevaba en los ojos.
—Aquí tenéis al tercer miembro de vuestra pequeña conspiración —dijo el visir, señalando a Mustafa con desprecio—. Este perro ha estado reuniéndose con vosotros, llevando mensajes, conspirando contra mí. Será ejecutado por traición al amanecer.
Mustafa levantó la cabeza. A través de sus labios hinchados, logró articular:
—No he dicho nada, _effendi_. Ni una palabra.
Holmes asintió, una leve sonrisa de aprobación cruzando su rostro.
—Lo sé, Mustafa. Eres un hombre valiente.
—Suficiente —cortó el visir—. Llevadlos a las mazmorras. Serán ejecutados al amanecer, junto con el jenízaro traidor. Que el ejemplo sirva de advertencia para cualquiera que ose conspirar contra el Imperio.
Los jenízaros nos rodearon. Yo levanté las manos en señal de rendición, pero mi mente trabajaba a toda velocidad. Holmes, en cambio, parecía casi tranquilo. Demasiado tranquilo.
—Visir —dijo, mientras lo esposaban—, comete usted un error. No solo de carácter táctico, sino estratégico. El sultán sabrá la verdad, y cuando lo sepa...
—El sultán no sabrá nada —lo interrumpió el visir—. Mañana, cuando despertéis en el paraíso de Alá, vuestro cuerpo será arrojado al Bósforo, y nadie recordará vuestros nombres. Excepto yo, quizás, para celebrar mi buena fortuna.
—La arrogancia —dijo Holmes, mientras lo sacaban de la biblioteca— es el pecado que precede a la caída. Lo dijo Salomón, y lo repito yo: su caída, visir, será tan estrepitosa como su soberbia.
II
Las mazmorras del palacio del visir estaban excavadas bajo los cimientos, en un laberinto de pasadizos donde el agua del Bósforo se filtraba a través de las piedras, creando un suelo resbaladizo y un hedor a salitre y excrementos que amenazaba con vaciarnos el estómago. Nos arrojaron a una celda de tres pasos de ancho por cinco de largo, con una reja de hierro tan oxidada que parecía a punto de deshacerse, y un techo tan bajo que Holmes, con sus casi seis pies de estatura, apenas podía mantenerse erguido.
Mustafa cayó al suelo como un fardo, y yo me arrodillé a su lado para examinar sus heridas. Tenía dos costillas rotas, según pude palpar, y una conmoción cerebral leve. Pero sus ojos, a pesar de todo, conservaban un brillo de desafío.
—Lo siento —murmuró—. Os he fallado, _effendi_.
—No has fallado a nadie —dijo Holmes, que paseaba a lo largo de la celda como una fiera enjaulada, midiendo cada palmo con la mirada—. El visir ya sabía de nuestra presencia. El embajador veneciano le había advertido, como él mismo confesó. No había forma de evitarlo.
—Podríamos haber escapado —dije yo, examinando los barrotes—. Si hubiéramos corrido hacia la salida cuando el eunuco nos descubrió...
—Y que nos acuchillaran por la espalda —replicó Holmes—. No, Watson. La única opción era rendirse y esperar el momento adecuado.
—¿El momento adecuado? —pregunté, incrédulo—. Holmes, nos van a ejecutar al amanecer. No tenemos armas, no tenemos aliados, y estamos encerrados en una mazmorra bajo el palacio del hombre que quiere matarnos.
Holmes se detuvo y me miró con esos ojos grises que parecían ver a través de las paredes.
—Tenemos algo mejor, Watson. Tenemos información.
Se sentó en el suelo, apoyando la espalda contra la pared húmeda, y cerró los ojos. Yo conocía esa postura. Era la de la concentración absoluta, el momento en que Holmes ordenaba los datos en su cerebro como un general dispone sus tropas antes de la batalla.
—Reconstruyamos el crimen —dijo, más para sí mismo que para nosotros—. Marco Dandolo, comerciante veneciano, es asesinado en la calle de los Sastres. Su cadáver aparece atado a una noria, con un mensaje en latín tallado en el pecho: AQUA VITAE MORTIS. ¿Por qué?
—Para enviar un mensaje —respondí—. Para advertir a otros.
—Exactamente —dijo Holmes, abriendo los ojos—. Pero ¿a quién? El mensaje, una vez descifrado, dice: "El que va a la muerte espera". Es una advertencia. Alguien sabía que Dandolo iba a morir, y quería que otros lo supieran también.
—El asesino —dije—. Quería que supiéramos que Dandolo fue ejecutado por una razón.
—No —dijo Holmes, negando con la cabeza—. El asesino no deja mensajes. El asesino quiere que el crimen pase desapercibido. Pero Dandolo no fue asesinado por un asesino común. Fue ejecutado. Y el mensaje no era para nosotros, sino para alguien más.
—¿Para quién?
Holmes se levantó de un salto, como impulsado por un resorte. Sus ojos brillaban en la penumbra.
—Para el sultán, Watson. O para alguien cercano al sultán. El mensaje, "El que va a la muerte espera", es una cita de Virgilio. La Eneida, libro segundo. Es la advertencia que hace Laocoonte a los troyanos sobre el caballo de madera: "Quidquid id est, timeo Danaos et dona ferentes". Pero el mensaje de Dandolo es una variación: "El que va a la muerte espera". Es una advertencia sobre una traición inminente.
—¿Dandolo estaba advirtiendo al sultán sobre la conspiración?
—Exactamente —dijo Holmes—. Dandolo descubrió el complot del visir y del embajador veneciano. Iba a denunciarlos. Pero lo descubrieron, y lo ejecutaron. Y para que su advertencia no muriera con él, tallaron el mensaje en su pecho, sabiendo que alguien lo encontraría y lo interpretaría.
—Pero ¿quién talló el mensaje? —pregunté—. ¿El propio asesino?
Holmes sonrió, esa sonrisa que siempre veía cuando estaba a punto de revelar una verdad crucial.
—No, Watson. El mensaje lo talló Dandolo. Antes de morir, mientras lo ataban a la noria, Dandolo usó sus últimas fuerzas para grabar la advertencia en su propia carne. El asesino no lo vio, o no entendió lo que significaba. Pero Dandolo sabía que alguien lo encontraría. Sabía que su muerte no sería en vano.
Mustafa, que había estado escuchando en silencio, logró incorporarse sobre un codo.
—Entonces, el embajador veneciano... ¿él ordenó el asesinato?
—El embajador veneciano es el brazo ejecutor —dijo Holmes—, pero la mente detrás del complot es el visir Ahmed. Él es quien ha estado planeando el golpe de Estado. Él es quien compró a los jenízaros. Él es quien negoció con Venecia. Y él es quien nos va a ejecutar al amanecer.
Un silencio pesado cayó sobre la celda. El agua goteaba desde el techo, y en la distancia, se oía el rumor del Bósforo golpeando contra los pilares del palacio.
—Hay una salida —dijo Mustafa de repente—. Conozco a uno de los carceleros. Se llama Dimitri, un griego. Le debo la vida desde la guerra de Morea. Si pudiera hablar con él...
—¿Y qué le dirías? —pregunté—. ¿Que nos ayude a escapar?
—No podemos escapar —dijo Holmes—. Las mazmorras están vigiladas, y aunque lográramos salir de la celda, los jenízaros nos matarían antes de llegar al patio. Necesitamos algo más que la fuga.
—¿Qué, entonces? —pregunté.
Holmes se volvió hacia Mustafa.
—¿Puede ese carcelero llevar un mensaje al sultán?
Mustafa dudó.
—Dimitri es leal, _effendi_. Pero si lo descubren...
—Si no llevamos el mensaje, estaremos muertos de todas formas —dijo Holmes—. Y el sultán también. El visir planea el golpe para esta noche. Si no actuamos ahora, todo estará perdido.
Mustafa asintió lentamente. Luego, con un esfuerzo sobrehumano, se arrastró hasta la reja y comenzó a golpearla con los grilletes.
—¡Carcelero! —gritó—. ¡Carcelero, ven aquí!
III
Dimitri el griego era un hombre pequeño, de hombros encorvados y mirada huidiza. Cuando apareció ante nuestra celda, con una linterna en una mano y un garrote en la otra, supe que Mustafa había apostado por el hombre equivocado. Tenía el aspecto de quien delataría a su propia madre por una moneda de plata.
—¿Qué quieres, Mustafa? —dijo en un griego entremezclado con turco—. No deberías llamarme. Si el visir se entera...
—El visir nos va a ejecutar al amanecer —dijo Mustafa—. ¿Qué más da que se entere?
Dimitri miró a su alrededor, nervioso, como si esperara que los muros tuvieran orejas.
—No puedo ayudaros. Si lo intento, me matarán.
—No te pido que nos liberes —dijo Mustafa—. Solo que lleves un mensaje.
—¿Un mensaje? ¿A quién?
—Al sultán —dijo Holmes, dando un paso al frente—. Al palacio de Topkapi. Dile que el visir Ahmed conspira contra él. Dile que el embajador veneciano está implicado. Dile que esta noche, cuando la ciudad duerma, los jenízaros leales al visir tomarán el palacio.
Dimitri palideció. La linterna tembló en su mano.
—Estáis locos. El sultán no me recibirá. Me decapitarán antes de que pueda pronunciar una palabra.
—No necesitas ver al sultán —dijo Holmes—. Solo necesitas llegar a la puerta del palacio y decirle al guardia que tienes un mensaje urgente para el jefe de los eunucos. Dile que se trata de la vida del sultán. El jefe de los eunucos te escuchará.
—¿Y cómo sé que no es una trampa?
—Porque si fuera una trampa —dijo Holmes con una sonrisa helada—, no estaría yo aquí, a punto de ser ejecutado. Confía en mí, Dimitri. Si llevas este mensaje, el sultán te recompensará. Y si no lo llevas, tu nombre aparecerá en la lista de los cómplices del visir cuando el golpe fracase.
La amenaza era sutil, pero Dimitri la entendió perfectamente. Tragó saliva y asintió.
—¿Qué debo decir exactamente?
Holmes se acercó a la reja y, en voz baja, dictó el mensaje. Dimitri escuchó con atención, repitiendo las palabras en voz baja como una letanía.
—"El que va a la muerte espera" —murmuró—. Eso es todo.
—Eso es todo —confirmó Holmes—. El sultán entenderá.
Dimitri asintió y se alejó por el pasillo, su linterna proyectando sombras danzantes sobre las paredes de piedra.
—¿Crees que lo hará? —pregunté cuando el rumor de sus pasos se perdió en la distancia.
—Lo hará —dijo Holmes—. El miedo es un motivador más poderoso que la lealtad. Dimitri tiene miedo de morir, y sabe que si el visir triunfa, su vida no valdrá más que la nuestra.
—Pero ¿y si el visir descubre el mensaje? ¿Y si Dimitri nos delata?
—Entonces —dijo Holmes, sentándose de nuevo en el suelo— habremos perdido nuestra última oportunidad. Pero no creo que lo haga. Dimitri es un hombre que ha sobrevivido en una ciudad de traidores durante cuarenta años. Sabe leer el viento mejor que ningún otro.
Mustafa, que había vuelto a tumbarse en el suelo, dejó escapar un gemido de dolor.
—Necesito vendar sus heridas —dije, arrodillándome a su lado—. Si no lo hago, la infección...
—Hazlo —dijo Holmes—. Pero en silencio. Necesito pensar.
Durante la siguiente hora, mientras yo improvisaba vendas con los jirones de mi camisa, Holmes permaneció inmóvil, con los ojos cerrados, los dedos entrelazados sobre el pecho. De vez en cuando, sus labios se movían, como si recitara una fórmula matemática. Yo sabía que estaba ensamblando las piezas del rompecabezas, buscando el ángulo que nos permitiera sobrevivir.
Fue cerca de la medianoche cuando oímos pasos en la escalera. No eran los pasos arrastrados de Dimitri, sino el golpe firme y marcial de botas militares.
Holmes abrió los ojos.
—Ha llegado el momento —dijo.
Tres jenízaros aparecieron ante nuestra celda, con antorchas en las manos y los yataganes desenvainados. Tras ellos, flanqueado por el eunuco de la biblioteca, apareció el visir Ahmed.
—He sabido que habéis intentado enviar un mensaje al sultán —dijo, con una voz que helaba la sangre—. Dimitri el griego ha confesado todo antes de morir.
Mi corazón se detuvo. Holmes, sin embargo, no perdió la compostura.
—Lo sé —dijo—. Lo sabía desde el principio.
El visir entrecerró los ojos.
—¿Qué quieres decir?
—Que Dimitri era un hombre débil, y que un hombre débil siempre delata a sus cómplices cuando le ponen un cuchillo en la garganta. Pero no necesitaba que Dimitri llevara el mensaje. Solo necesitaba que usted creyera que lo había hecho.
El visir dio un paso atrás, la confusión reflejada en su rostro.
—¿De qué hablas?
—Del mensaje que le envié a través de Dimitri —dijo Holmes, levantándose lentamente—. "El que va a la muerte espera". ¿Sabe lo que significa, visir?
—Una advertencia —dijo el visir, con desprecio—. Una amenaza vacía.
—No —dijo Holmes—. Es una clave. Una clave que el sultán conoce, porque se la enseñé yo mismo hace tres días, cuando me reuní con él en secreto para informarle de sus sospechas.
El visir palideció.
—¿Qué? ¿El sultán sabe...?
—El sultán sabe todo, visir —dijo Holmes, su voz resonando en la mazmorra—. Sabe de su conspiración. Sabe de sus tratos con Venecia. Sabe de los jenízaros que ha comprado. Y sabe que esta noche, cuando usted crea que va a tomar el palacio, sus hombres se encontrarán con una resistencia que no esperaban.
—¡Mentira! —gritó el visir, dando un paso al frente—. ¡No tienes pruebas!
—Tengo el documento que encontré en su biblioteca —dijo Holmes—. Tengo la confesión del embajador veneciano, que mi colega el doctor Watson obtuvo antes de que lo arrestaran. Y tengo, sobre todo, la certeza de que usted ha caído en mi trampa.
—¿Tu trampa?
—Sí —dijo Holmes, sonriendo—. Sabía que me arrestaría. Sabía que me encerraría aquí. Sabía que intentaría ejecutarme antes de que pudiera hablar con el sultán. Y por eso envié a Dimitri con un mensaje falso, para que usted lo interceptara y creyera que el sultán estaba prevenido.
El visir abrió la boca, pero no salió ningún sonido. Su rostro había perdido todo color.
—¿Qué... qué has hecho?
—He sembrado la duda en su mente —dijo Holmes—. Ahora usted no sabe si el sultán sabe la verdad o no. No sabe si sus hombres son leales o si lo traicionarán. No sabe si esta noche triunfará o si morirá en el intento. Y esa duda, visir, es más letal que cualquier ejército.
El visir dio un paso atrás, tambaleándose. El eunuco lo sostuvo por el brazo.
—Matadlos —ordenó el visir, con voz temblorosa—. Matadlos ahora mismo.
Pero antes de que los jenízaros pudieran moverse, se oyó un grito en la distancia. Luego otro. Y luego, el sonido inconfundible de una lucha que se aproximaba.
El visir giró la cabeza, el pánico reflejado en sus ojos.
—¿Qué es eso?
—Eso —dijo Holmes, mientras los gritos se hacían más fuertes—, es el sultán. Ha llegado antes de lo que esperaba.
La puerta de la mazmorra se abrió de par en par, y una docena de jenízaros de la guardia imperial irrumpieron en el pasillo, con las espadas desenvainadas y los escudos en alto. A la cabeza, vestido con una cota de malla y un turbante de plumas, venía el propio sultán Bayaceto II.
El visir Ahmed cayó de rodillas, su rostro desencajado por el terror.
—Majestad... yo... puedo explicarlo...
—No hace falta —dijo el sultán, con una voz que helaba la sangre—. Lo sé todo. Tus crímenes, tus traiciones, tus conspiraciones. Y sé que has intentado matar al hombre que me ha salvado la vida.
Se volvió hacia Holmes, que observaba la escena con una calma que me pareció milagrosa.
—Señor Holmes —dijo el sultán—. Os debo una disculpa. Y os debo la vida.
Holmes inclinó la cabeza.
—Solo hice mi deber, Majestad. Y el de Marco Dandolo, cuyo sacrificio nos permitió descubrir la verdad.
El sultán asintió, y por un instante, vi una sombra de tristeza cruzar su rostro.
—Dandolo será recordado como un héroe. Y vosotros, señor Holmes y doctor Watson, seréis recompensados como merecéis.
Pero antes de que pudiera añadir nada más, el visir Ahmed, que aún estaba arrodillado en el suelo, alzó la cabeza con una sonrisa de locura.
—¿Creéis que habéis ganado? —dijo, su voz transformada por la desesperación—. Esta noche, mientras estáis aquí celebrando, mis hombres están tomando el palacio. El sultán puede estar aquí, pero su trono caerá igualmente.
El sultán lo miró con desprecio.
—Tus hombres han sido arrestados hace una hora, visir. Todos ellos. No queda nadie que pueda alzarse en tu nombre.
Pero el visir siguió sonriendo.
—¿Estás seguro, Majestad? ¿Estás seguro de que no hay nadie más?
Y entonces, en un movimiento que nadie esperaba, el visir sacó un puñal de entre los pliegues de su túnica y se lanzó hacia el sultán.
Todo ocurrió en un instante. Holmes se movió con una velocidad que no le conocía, interponiéndose entre el visir y el sultán. El puñal se hundió en su hombro, y Holmes cayó al suelo con un gemido.
Los jenízaros se abalanzaron sobre el visir, reduciéndolo en segundos. Pero yo solo tenía ojos para Holmes, que yacía en el suelo, con la sangre manando de su hombro y una sonrisa de satisfacción en los labios.
—Buen truco —murmuró, mientras yo me arrodillaba a su lado—. Pero no lo recomendaría como método habitual.
—Holmes —dije, presionando mi mano sobre la herida—. Estás herido. Necesitas un médico.
—Ya tengo uno —dijo, sonriendo débilmente—. El mejor de Londres.
El sultán se acercó, su rostro grave.
—Señor Holmes... no sé cómo agradeceros...
—Ya lo haréis, Majestad —dijo Holmes, cerrando los ojos—. Pero primero, dejad que descanse. Ha sido un día muy largo.
Mientras los jenízaros nos rodeaban, mientras el visir era arrastrado hacia su destino, mientras el sultán daba órdenes a sus hombres, yo permanecí junto a Holmes, vendando su herida, sintiendo su pulso débil pero constante bajo mis dedos.
—Has ganado, Holmes —dije en voz baja—. Has ganado.
Pero él ya no me oía. Había caído en un sueño profundo, el sueño del hombre que ha llevado su raciocinio hasta el límite, y que finalmente, después de la tormenta, se permite descansar.
Afuera, sobre Constantinopla, las estrellas comenzaban a palidecer. El amanecer se acercaba, y con él, la promesa de un nuevo día.
Capítulo 5: La Confesión en la Noria
El eco de los pasos se desvaneció en la humedad de la mazmorra cuando el carcelero Dimitri cerró el cerrojo tras de sí. Mustafa yacía en el suelo de piedra, su hombro vendado con tiras de su propia camisa, la respiración entrecortada pero firme. Yo me apoyaba contra el muro, sintiendo el frío de la piedra atravesar mi túnica, mientras Holmes, sentado en el único taburete de la celda, observaba la llama de la vela con una intensidad que rozaba lo hipnótico.
—¿Cree usted que Dimitri entregará el mensaje? —pregunté, rompiendo el silencio que se había instalado como una losa.
Holmes no apartó la mirada de la llama. —Dimitri es un hombre que ha visto demasiadas ejecuciones para no saber que la moneda que le hemos dado vale más que cualquier lealtad al visir. Pero la pregunta no es si entregará el mensaje, sino si el sultán llegará a tiempo. El visir Ahmed es meticuloso, y las ejecuciones en este palacio suelen adelantarse cuando el verdugo tiene sed.
—Habla como si ya hubiera estado en una situación similar —murmuró Mustafa desde el suelo, su voz rasposa por el dolor.
Holmes giró la cabeza lentamente, sus ojos grises fijos en el jenízaro. —He estado en situaciones peores, amigo mío. Una vez, en Bombay, me encontré en una celda similar mientras un rajá local preparaba mi ejecución al amanecer. Logré salir convenciendo al carcelero de que conocía la fórmula de un veneno que su amo deseaba. Era una mentira, por supuesto, pero las mentiras bien contadas tienen la textura de la verdad.
—¿Y cómo salió? —pregunté, sabiendo que Holmes rara vez relataba sus aventuras sin un propósito.
—Convencí al carcelero de que me dejara enviar un mensaje. El mensaje llegó a quien debía llegar, y el rajá fue depuesto esa misma noche. —Holmes se levantó del taburete y caminó hacia los barrotes de la celda, pasando los dedos sobre el hierro oxidado—. La historia se repite, Watson. Solo cambian los nombres y los rostros.
Mustafa se incorporó con esfuerzo, apoyándose en el muro. —El sultán es un hombre prudente, pero también desconfiado. Si Dimitri tarda demasiado, si el visir lo intercepta...
—Si el visir lo intercepta —interrumpió Holmes—, entonces estaremos muertos antes del alba. Pero he calculado las probabilidades. Dimitri salió de la mazmorra hace veinte minutos. El palacio del visir está a trescientos pasos del hipódromo. El sultán, si está en su alcázar, se encuentra al otro lado del Cuerno de Oro. Incluso a caballo, necesitará al menos una hora para llegar, y eso si el mensaje llega sin demora.
—Es usted frío con los números —dijo Mustafa con una sonrisa amarga—. Pero el visir no es tonto. Cuando descubra que Dimitri ha desaparecido, sabrá que algo anda mal.
—Por eso —dijo Holmes, volviéndose hacia nosotros—, debemos estar preparados para cuando lleguen. No para ser ejecutados, sino para hablar.
El tiempo en la mazmorra se volvió elástico. Los minutos se estiraban como sombras al atardecer, y cada crujido de la madera, cada rumor lejano, nos hacía contener el aliento. Yo llevaba la cuenta de los pasos que oía en el corredor: siete soldados, dos carceleros, un oficial. Los pasos se acercaban, se alejaban, como el pulso de un corazón febril.
Holmes permanecía inmóvil, sentado en el taburete, los ojos cerrados. Sus labios se movían ligeramente, como si recitara una fórmula matemática. Sabía que estaba trazando el mapa de posibilidades, calculando cada variable, cada desenlace posible. Era su forma de meditar, de prepararse para el momento en que la razón debía imponerse sobre la fuerza.
Mustafa, por su parte, había recuperado algo de su energía. Se había arrastrado hasta la esquina de la celda donde había un cuenco de agua, y bebía a sorbos lentos, vigilando la puerta con la mirada de un halcón herido.
—Doctor —dijo de repente—, ¿qué hará usted cuando salgamos de aquí?
La pregunta me sorprendió. —¿Cuando salgamos? Supongo que... volver a Londres. Holmes tiene casos esperando.
—No —dijo Mustafa, negando con la cabeza—. Quiero decir, ¿qué hará con lo que ha visto aquí? Con la podredumbre que se esconde bajo las alfombras de seda.
Le observé un momento. El jenízaro tenía los ojos hundidos, pero había en ellos una luz que no era de desesperación, sino de determinación.
—Escribiré sobre ello —respondí—. Como he hecho siempre. Para que otros sepan que la verdad, por oculta que esté, siempre puede ser descubierta.
—¿Y eso sirve de algo? —preguntó Mustafa, y había un dejo de amargura en su voz—. ¿Saber la verdad? ¿Para qué sirve si el poder la entierra?
—Sirve —dijo Holmes, abriendo los ojos de repente— porque la verdad, una vez dicha, no puede ser desdicha. Puede ser ignorada, negada, perseguida, pero siempre queda grabada en algún lugar. En un pergamino, en una memoria, en el viento. Y cuando las circunstancias cambian, esa verdad resucita.
Mustafa guardó silencio. Yo también. Las palabras de Holmes, dichas con esa calma absoluta que usaba para lo más terrible, tenían el peso de una profecía.
Fue entonces cuando oímos los pasos. No eran los pasos lentos y regulares de los carceleros, ni el marcial pisar de los soldados. Eran pasos apresurados, confusos, y con ellos, el rumor de voces que se acercaban.
Holmes se levantó del taburete con la agilidad de un felino. —Llegan —dijo.
La puerta de la celda se abrió de golpe. La luz de las antorchas nos cegó por un instante. Cuando mis ojos se acostumbraron, vi a Dimitri, el carcelero, con el rostro desencajado, y detrás de él, una silueta que reconocí de inmediato.
Era el visir Ahmed.
Pero no venía solo. A su lado, flanqueado por dos jenízaros de la guardia personal del sultán, caminaba un hombre de barba cana y túnica de seda blanca, con una expresión de gravedad que helaba la sangre.
—El sultán —murmuró Mustafa, y su voz tembló por primera vez.
El sultán Bayaceto II entró en la mazmorra como si entrara en su propio jardín. Su mirada recorrió la celda, se posó en Mustafa, en mí, y finalmente en Holmes, quien permanecía de pie, las manos cruzadas a la espalda, sin la más mínima muestra de temor.
—Así que estos son los espías —dijo el sultán, su voz grave y medida—. El visir Ahmed me ha informado de su captura. Me ha dicho que han confesado ser agentes venecianos.
—Majestad —dijo el visir, inclinándose—, estos hombres fueron sorprendidos en el palacio portando documentos cifrados. El jenízaro Mustafa, que yace herido, es su cómplice. Han confesado todo.
—¿Todo? —repitió Holmes, y su voz cortó el aire como un cuchillo—. ¿Todo? Me temo, Majestad, que el visir omite algunos detalles.
El sultán alzó una ceja. —¿Omite detalles? Explíquese.
—Con su permiso —dijo Holmes, dando un paso adelante—, permítame contarle la historia completa. La historia de cómo el visir Ahmed, con la ayuda del embajador veneciano, planeó asesinar a Marco Dandolo para silenciarlo, y cómo ese mismo visir pretendía usar ese crimen para desatar una guerra que le permitiera tomar el poder.
El visir palideció. —¡Majestad, esto es una calumnia! Este hombre es un espía, un mentiroso...
—Cállese —ordenó el sultán, y su voz no admitía réplica. Luego se volvió hacia Holmes—. Continúe.
Holmes respiró hondo, y yo supe que había llegado el momento que tanto había preparado.
—Majestad, permítame reconstruir los hechos. Hace cinco días, el cadáver del mercader veneciano Marco Dandolo apareció atado a una noria en la calle de los Sastres. Un mensaje en latín estaba tallado en su pecho: AQUA VITAE MORTIS. La guardia local, bajo órdenes del visir, archivó el caso como suicidio. Pero no era un suicidio, Majestad. Era un asesinato.
—¿Y cómo sabe usted que fue un asesinato? —preguntó el sultán.
—Porque el mensaje en el pecho de Dandolo fue tallado por él mismo —dijo Holmes—. Dandolo sabía que iba a morir, y dejó una advertencia. El código, Majestad, es un juego de palabras. AQUA VITAE MORTIS no significa "el agua de vida da muerte", como todos creímos al principio. Es un anagrama. Las letras, reordenadas, forman la frase QUI VAS MORTE ATIA. "El que va a la muerte espera".
—¿Espera? —repitió el sultán, frunciendo el ceño.
—Espera, Majestad. Dandolo esperaba que alguien descifrara su mensaje antes de que fuera demasiado tarde. Y ese alguien era usted. Porque el mensaje no iba dirigido a la guardia, ni a los venecianos. Iba dirigido al sultán.
Un murmullo recorrió la mazmorra. El visir Ahmed había comenzado a sudar, y sus manos temblaban ligeramente.
—Continúe —dijo el sultán, con una calma que helaba.
—Dandolo era un comerciante, pero también era un hombre de confianza del embajador veneciano. Cuando descubrió que el embajador y el visir planeaban un golpe de Estado, intentó advertirle. Pero el visir lo descubrió. Dandolo fue asesinado, y su cuerpo fue colocado en la noria como advertencia para cualquiera que osara oponerse al plan.
—¿Y qué plan era ese? —preguntó el sultán.
—El plan era simple, Majestad. El visir Ahmed, con el apoyo de los jenízaros descontentos y la promesa de oro veneciano, planeaba secuestrarlo a usted durante la procesión del próximo viernes. Luego, el visir tomaría el poder, y Venecia obtendría concesiones comerciales a cambio de su apoyo. Dandolo lo descubrió todo y pagó con su vida.
El visir dio un paso adelante, su rostro descompuesto. —¡Majestad, esto es una invención! ¡No tengo pruebas de nada de lo que dice este hombre!
—Pruebas —dijo Holmes, y su voz tenía un dejo de ironía—. Por supuesto, tengo pruebas. Watson, si hace el favor.
Yo me quedé helado. No tenía ninguna prueba. Holmes no me había dado nada. Pero entonces vi que Holmes me guiñaba un ojo casi imperceptiblemente, y comprendí.
—Sí, Holmes —dije, fingiendo buscar en mi túnica—. Las pruebas.
—El doctor Watson tiene en su poder los documentos que encontramos en la celda del erudito Nicéforo —dijo Holmes, dirigiéndose al sultán—. Documentos que demuestran la correspondencia entre el visir y el embajador veneciano. Además, tenemos el testimonio del jenízaro Mustafa, quien puede confirmar que el visir ordenó el asesinato de Dandolo y que planeaba eliminar a cualquiera que se interpusiera en su camino.
—¡Miente! —gritó el visir, y su voz resonó en la mazmorra—. ¡Todo es mentira!
—¿Mentira? —dijo Holmes, y en ese momento su tono cambió. Ya no era el tono mesurado del razonador, sino el filo cortante del cazador—. Entonces, ¿cómo explica, visir, que el veneno que mató a Dandolo sea el mismo que se encuentra en su gabinete personal? ¿O cómo explica que el embajador veneciano haya huido de Constantinopla esta misma mañana, justo después de que el doctor Watson y yo fuéramos capturados?
El visir abrió la boca, pero no salió palabra. Su rostro había perdido todo color.
—El embajador ha huido —repitió el sultán, y su voz era ahora un susurro peligroso.
—Sí, Majestad —dijo Holmes—. Huyó al amanecer, en una galera veneciana. Dejó atrás a su cómplice, el visir, para que pagara por ambos.
El silencio que siguió fue absoluto. El visir Ahmed cayó de rodillas, y su cabeza se inclinó como si el peso de toda la verdad del mundo hubiera caído sobre sus hombros.
—Majestad... —balbuceó—. Majestad, yo... yo solo quería...
—Cállese —dijo el sultán, y su voz era como el trueno lejano—. Guardias, arresten al visir. Que sea llevado a la Torre Negra. Será juzgado al amanecer.
Los jenízaros tomaron al visir por los brazos y lo arrastraron fuera de la mazmorra. Sus gritos se desvanecieron en el corredor, y el silencio regresó, más denso que antes.
El sultán se volvió hacia Holmes. Sus ojos, viejos y sabios, lo escrutaron con una mezcla de curiosidad y respeto.
—Usted es un hombre extraordinario —dijo—. ¿Cómo sabía que el embajador había huido?
Holmes sonrió, una sonrisa leve, casi imperceptible. —No lo sabía, Majestad. Era una deducción. El visir es un hombre orgulloso, pero no es un tonto. Si hubiera planeado un golpe de Estado, habría asegurado la lealtad de sus aliados antes de actuar. El hecho de que el embajador no estuviera presente en el momento de nuestra captura indicaba que había abandonado la ciudad. Y la única razón para abandonar la ciudad en ese momento era que sabía que el plan había fracasado.
El sultán negó con la cabeza, una sonrisa de admiración asomando en sus labios. —Usted juega con la verdad como otros juegan con los dados.
—La verdad, Majestad, es el único juego que vale la pena jugar —respondió Holmes.
Horas después, Holmes, Mustafa y yo nos encontrábamos en el jardín del palacio del sultán, bajo un cielo que comenzaba a teñirse de los colores del atardecer. El Cuerno de Oro brillaba como una cinta de plata, y el canto de los muecines se elevaba desde los minaretes, fundiéndose con el rumor del viento.
Mustafa, su hombro vendado pero su espíritu restaurado, se inclinó ante Holmes. —No sé cómo agradecerle, señor Holmes. Me ha devuelto la vida y el honor.
Holmes levantó una mano. —No me agradezca, amigo mío. Usted arriesgó su vida por la verdad. Eso es más de lo que la mayoría de los hombres están dispuestos a hacer.
—Pero... el visir. ¿Cree que será ejecutado?
—Eso depende del sultán —dijo Holmes—. Pero no me sorprendería que el visir Ahmed terminara sus días en una celda, contemplando el mar a través de los barrotes. Es un destino más cruel que la muerte, quizás.
Mustafa asintió lentamente. Luego, sacó de su túnica un pequeño objeto envuelto en seda. —Tome esto, señor Holmes. Es un recuerdo de Constantinopla. Un pequeño talismán que, según dicen, protege a quien lo porta de los malos espíritus.
Holmes tomó el objeto y lo desenvolvió. Era un pequeño ojo de vidrio azul, montado en plata, con una inscripción en árabe en el reverso.
—El ojo que todo lo ve —murmuró Holmes—. Un símbolo apropiado para un detective.
—Que le recuerde que, incluso en las ciudades más oscuras, hay quienes buscan la luz —dijo Mustafa.
Holmes guardó el talismán en su bolsillo y estrechó la mano del jenízaro. —Cuide de Constantinopla, Mustafa. Es una ciudad que merece ser cuidada.
—Lo haré, señor Holmes. Lo haré.
Esa noche, mientras el barco que nos llevaba de vuelta a Inglaterra surcaba las aguas del Bósforo, yo escribía en mi cuaderno de notas, tratando de capturar cada detalle de la aventura que habíamos vivido. Holmes estaba sentado frente a mí, fumando su pipa, con la mirada perdida en el horizonte donde las luces de Constantinopla se desvanecían lentamente.
—¿Sabe, Watson? —dijo de repente—. Hay algo que no le he contado.
—¿Qué es, Holmes?
—El mensaje en el pecho de Dandolo. El código. No era un anagrama.
Lo miré, sorprendido. —¿Cómo dice?
Holmes sonrió, una sonrisa que conocía bien, la sonrisa del triunfo compartido. —Era un acertijo, Watson. Un acertijo que Dandolo diseñó para que solo alguien con la suficiente astucia pudiera descifrarlo. AQUA VITAE MORTIS. Agua de vida, muerte. Pero si se lee al revés, si se invierte el orden de las palabras...
—MORTIS VITAE AQUA —dije, pronunciando las palabras lentamente—. Muerte, vida, agua.
—Exacto —dijo Holmes—. Dandolo no estaba advirtiendo sobre el agua de la vida que da muerte. Estaba diciendo que la muerte, cuando se enfrenta con valentía, puede dar vida. Que el sacrificio de un hombre puede salvar a muchos. Él sabía que iba a morir, Watson. Y aceptó su muerte para que nosotros pudiéramos vivir.
Me quedé en silencio, contemplando el significado de sus palabras. El viento del Bósforo traía el aroma de especias y sal, y las estrellas comenzaban a aparecer en el cielo, titilando como pequeños faros en la inmensidad de la noche.
—Es una lección, Watson —dijo Holmes, apagando su pipa—. Una lección que no debemos olvidar. La verdad, por más oculta que esté, siempre encuentra la manera de salir a la luz. Y la muerte, cuando se enfrenta con honor, se convierte en vida.
—¿Y ahora qué, Holmes? —pregunté, cerrando mi cuaderno—. ¿A dónde nos llevará el próximo caso?
Holmes se recostó en su asiento, y en sus ojos grises vi el brillo de la anticipación. —No lo sé, Watson. Pero el mundo está lleno de misterios, y mientras haya un misterio que resolver, habrá una razón para seguir adelante.
El barco se mecía suavemente, y las luces de Constantinopla se convirtieron en un tenue resplandor en el horizonte. El viento soplaba, fresco y prometedor, y yo supe, con la certeza de quien ha visto demasiado para dudar, que esta no sería la última aventura de Sherlock Holmes.
Solo el comienzo de muchas más.
— Fin —