Resumen de la obra
Karl Rossmann, un muchacho de dieciséis años, entra en el puerto de Nueva York a bordo de un transatlántico y ve alzarse la estatua de la Libertad empuñando —en la primera de las distorsiones deliberadas de la novela— una espada en lugar de la antorcha. Sus padres lo han embarcado hacia América para ahorrarse el escándalo: una criada de la casa lo sedujo y ha tenido un hijo suyo. Expulsado de Europa por una culpa que es más bien de otros, Karl es el más joven, el más inocente y el más entrañable de los protagonistas de Kafka, y su novela americana —escrita entre 1911 y 1914, abandonada sin final y publicada póstumamente— es la más luminosa y picaresca de las tres que dejó inconclusas.
El argumento
La estructura es la de una caída por etapas, cada una con su ascenso ilusorio. En el barco, Karl defiende la causa perdida de un fogonero maltratado —el episodio que Kafka publicó en vida como relato independiente, «El fogonero»— y encuentra de pronto fortuna: uno de los caballeros presentes resulta ser su tío Jakob, senador y magnate, que lo acoge en su mundo de despachos, escritorios americanos e inglés a domicilio. La gracia dura poco: por aceptar una invitación a la casa de campo de un socio del tío contraviniendo su voluntad, Karl es repudiado con una carta de una frialdad perfecta y devuelto a la intemperie.
En la carretera se une a dos vagabundos, el irlandés Robinson y el francés Delamarche, pícaros parásitos que lo esquilman. Escapa de ellos hacia su segundo paraíso provisional: el Hotel Occidental, donde la cocinera mayor lo protege y Karl trabaja de ascensorista, conoce la disciplina despiadada del trabajo moderno y a Therese, la secretaria de historia desdichada. Una infracción mínima —abandonar el ascensor unos minutos para socorrer a Robinson, borracho— desencadena un juicio doméstico ante el jefe de camareros y el portero mayor: la maquinaria de la culpa kafkiana en versión hotelera, donde toda defensa agrava el cargo. Despedido, Karl cae en su estación más grotesca: prisionero doméstico en el piso donde Delamarche y Robinson sirven a Brunelda, una cantante monstruosa y tiránica, en un cautiverio de balcón, calor y sofá que es una de las imágenes más extrañas de la obra de Kafka.
El manuscrito se interrumpe y salta a un fragmento final de otro tono: el Gran Teatro de Oklahoma, que anuncia con trompetas y ángeles sobre pedestales que admite a todo el mundo. Karl es aceptado —con nombre falso: «Negro»— y parte en tren hacia el Oeste en una página de apertura y esperanza insólitas en Kafka. Max Brod aseguró que el autor pensaba cerrar la novela ahí, en clave conciliadora; los editores críticos posteriores lo ponen en duda: el título que Kafka usaba, Der Verschollene —«el desaparecido», el dado por desaparecido—, sugiere un destino menos amable.
Temas y sentido
El desaparecido es la novela de la emigración y del trabajo: su América, construida sin haberla pisado —Kafka leía relatos de viajes y admiraba a Dickens, y llamó al libro en su diario «una imitación de Dickens»—, es un continente hiperbólico de tráfico incesante, hoteles-máquina y justicia sumaria doméstica. Bajo la picaresca corre el patrón kafkiano: la culpa heredada, la expulsión repetida, la autoridad arbitraria en cada escalón. Pero el tono es único en su obra: cómico, tierno, casi cinematográfico —no por azar es el Kafka preferido de los lectores de Chaplin—, y su protagonista, a diferencia de Josef K. o de K., conserva intacta hasta la última página la voluntad de empezar de nuevo.