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Ínsula Singularia

Obra analizada

El desaparecido

Título original: Der Verschollene (Amerika)

de Franz Kafka

1927novela97.651 palabras analizadas

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Resumen de la obra

Karl Rossmann, un muchacho de dieciséis años, entra en el puerto de Nueva York a bordo de un transatlántico y ve alzarse la estatua de la Libertad empuñando —en la primera de las distorsiones deliberadas de la novela— una espada en lugar de la antorcha. Sus padres lo han embarcado hacia América para ahorrarse el escándalo: una criada de la casa lo sedujo y ha tenido un hijo suyo. Expulsado de Europa por una culpa que es más bien de otros, Karl es el más joven, el más inocente y el más entrañable de los protagonistas de Kafka, y su novela americana —escrita entre 1911 y 1914, abandonada sin final y publicada póstumamente— es la más luminosa y picaresca de las tres que dejó inconclusas.

El argumento

La estructura es la de una caída por etapas, cada una con su ascenso ilusorio. En el barco, Karl defiende la causa perdida de un fogonero maltratado —el episodio que Kafka publicó en vida como relato independiente, «El fogonero»— y encuentra de pronto fortuna: uno de los caballeros presentes resulta ser su tío Jakob, senador y magnate, que lo acoge en su mundo de despachos, escritorios americanos e inglés a domicilio. La gracia dura poco: por aceptar una invitación a la casa de campo de un socio del tío contraviniendo su voluntad, Karl es repudiado con una carta de una frialdad perfecta y devuelto a la intemperie.

En la carretera se une a dos vagabundos, el irlandés Robinson y el francés Delamarche, pícaros parásitos que lo esquilman. Escapa de ellos hacia su segundo paraíso provisional: el Hotel Occidental, donde la cocinera mayor lo protege y Karl trabaja de ascensorista, conoce la disciplina despiadada del trabajo moderno y a Therese, la secretaria de historia desdichada. Una infracción mínima —abandonar el ascensor unos minutos para socorrer a Robinson, borracho— desencadena un juicio doméstico ante el jefe de camareros y el portero mayor: la maquinaria de la culpa kafkiana en versión hotelera, donde toda defensa agrava el cargo. Despedido, Karl cae en su estación más grotesca: prisionero doméstico en el piso donde Delamarche y Robinson sirven a Brunelda, una cantante monstruosa y tiránica, en un cautiverio de balcón, calor y sofá que es una de las imágenes más extrañas de la obra de Kafka.

El manuscrito se interrumpe y salta a un fragmento final de otro tono: el Gran Teatro de Oklahoma, que anuncia con trompetas y ángeles sobre pedestales que admite a todo el mundo. Karl es aceptado —con nombre falso: «Negro»— y parte en tren hacia el Oeste en una página de apertura y esperanza insólitas en Kafka. Max Brod aseguró que el autor pensaba cerrar la novela ahí, en clave conciliadora; los editores críticos posteriores lo ponen en duda: el título que Kafka usaba, Der Verschollene —«el desaparecido», el dado por desaparecido—, sugiere un destino menos amable.

Temas y sentido

El desaparecido es la novela de la emigración y del trabajo: su América, construida sin haberla pisado —Kafka leía relatos de viajes y admiraba a Dickens, y llamó al libro en su diario «una imitación de Dickens»—, es un continente hiperbólico de tráfico incesante, hoteles-máquina y justicia sumaria doméstica. Bajo la picaresca corre el patrón kafkiano: la culpa heredada, la expulsión repetida, la autoridad arbitraria en cada escalón. Pero el tono es único en su obra: cómico, tierno, casi cinematográfico —no por azar es el Kafka preferido de los lectores de Chaplin—, y su protagonista, a diferencia de Josef K. o de K., conserva intacta hasta la última página la voluntad de empezar de nuevo.

Recepción y repercusión

La historia editorial de El desaparecido empieza con un fragmento y un título ajeno. En vida, Kafka solo publicó el primer capítulo: «Der Heizer» («El fogonero»), aparecido en 1913 en la colección Der jüngste Tag de Kurt Wolff, que obtuvo reseñas favorables —entre ellas la de Robert Musil, uno de los primeros grandes lectores de Kafka— y al que el autor tenía especial cariño. La novela completa, inacabada y sin título definitivo en el manuscrito, la publicó Max Brod en 1927, tercera y última de las novelas póstumas, bajo el título que él mismo eligió: Amerika. Kafka se refería a ella en sus diarios como Der Verschollene («El desaparecido»), y con ese título la restituyó la edición crítica de Jost Schillemeit (Fischer, 1983); las traducciones españolas modernas han adoptado esa forma, y de ahí el doble nombre con que circula.

Recepción: la novela «feliz» de Kafka

La primera recepción quedó a la sombra de El proceso y El castillo, publicadas los dos años anteriores: la crítica de entreguerras leyó Amerika como la obra menor y más ligera del tríptico póstumo. Fue también la lectura de Brod, que subrayó su tono esperanzado y contó que Kafka pensaba cerrar el libro en el Teatro de Oklahoma con una nota de reconciliación. Pero los lectores fuertes de la novela vieron pronto otra cosa. Walter Benjamin, en su ensayo de 1934 sobre Kafka, dedicó al Teatro de Oklahoma y a la figura del ayudante páginas centrales de su interpretación. Y el juicio más citado es el de Klaus Mann, que la presentó al público americano en los años cuarenta subrayando su parentesco con Chaplin; la crítica ha explotado desde entonces esa afinidad entre Karl Rossmann y el vagabundo chapliniano: el inocente zarandeado por la máquina del mundo moderno.

La crítica posterior consolidó una doble lectura: la novela como picaresca del Nuevo Mundo —heredera confesa de Dickens: el propio Kafka anotó en su diario que había querido escribir «una imitación de Dickens», con David Copperfield como modelo explícito— y como primera formulación del sistema kafkiano de la culpa y la expulsión. El detalle inaugural de la estatua de la Libertad con espada, discutido durante décadas como error o como emblema deliberado, se ha convertido en uno de los pasajes más comentados de toda su obra.

Repercusión en el autor, su producción y su época

Para Kafka, el proyecto fue su primer intento sostenido de novela y un campo de pruebas decisivo: en él ensayó la fusión de precisión realista y lógica onírica que perfeccionaría después. Lo abandonó hacia 1914 —el año en que empezó El proceso— y se refirió a él con su severidad habitual, aunque salvó siempre «El fogonero». La novela documenta además, mejor que ninguna otra suya, el imaginario europeo de la emigración a América en vísperas de la Gran Guerra: Kafka escribía mientras cientos de miles de centroeuropeos cruzaban el Atlántico, y su América inventada, hecha de lecturas y conferencias, es un testimonio de cómo veía el viejo continente al nuevo.

Su posteridad artística es notable y algo excéntrica, como la propia novela: Jean-Marie Straub y Danièle Huillet la llevaron al cine como Relaciones de clase (1984), lectura marxista y austera del texto; Federico Fellini rondó el material en Intervista; y el Teatro de Oklahoma ha inspirado montajes teatrales y ensayos sin cuento. Dentro del canon kafkiano sigue siendo la puerta lateral: la novela que muestra que el autor de la culpa y el castigo pudo ser también, durante trescientas páginas, un escritor cómico de una ternura sin equivalente en su siglo.

Fuentes

  1. «América (novela)», Wikipedia en español
  2. «Amerika (novel)», Wikipedia en inglés (génesis, título y recepción)