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Ínsula Singularia

Obra analizada

El castillo

Título original: Das Schloss

de Franz Kafka

1926novela133.694 palabras analizadas

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Resumen de la obra

Un hombre llamado K. llega de noche a una aldea cubierta de nieve, al pie de la colina donde se alza el castillo del conde Westwest. En la posada donde busca cobijo lo despiertan para exigirle un permiso de residencia: nadie puede quedarse sin autorización del castillo. K. declara ser el agrimensor que las autoridades han contratado. Una llamada telefónica parece desmentirlo; otra, confirmarlo a medias. Sobre esa ambigüedad inaugural —¿fue realmente convocado? ¿existe siquiera el puesto?— se construye la última novela de Kafka: la historia de un hombre que lucha toda la obra por ser admitido en un orden que jamás lo rechaza del todo ni lo acepta nunca.

El argumento

K. dedica cada capítulo a intentar llegar al castillo, y el castillo se retira como un horizonte. Las calles de la aldea no conducen a él; los funcionarios no reciben; los canales oficiales producen actas, expedientes y malentendidos. Le asignan dos ayudantes idénticos y saltarines a los que no ha pedido, que convierten su vida en una comedia exasperante, y un mensajero, Barnabas, cuyas cartas del alto funcionario Klamm llegan tarde, elogian trabajos que K. no ha realizado y responden a peticiones que no ha hecho.

En la taberna de los Señores, K. seduce —o es seducido por— Frieda, la camarera amante de Klamm, quizá su única vía de acceso al poder, quizá un ser humano que lo ama de verdad. Se prometen, viven miserablemente en la escuela donde K. acepta un puesto de bedel, y se pierden mutuamente: Frieda acaba volviendo a la taberna con uno de los ayudantes. Entre medias, la novela se abre a los grandes relatos interiores: la historia de la familia de Barnabas, condenada al ostracismo porque su hija Amalia rechazó la proposición obscena de un funcionario —el reverso exacto de K.: la aldea castiga tanto a quien desafía al castillo como ignora a quien busca su reconocimiento—, y la entrevista nocturna con el funcionario Bürgel, que ofrece a K., quizá, la única puerta abierta de toda la novela: una posibilidad de conseguirlo todo que se desvanece porque K., agotado, se queda dormido mientras se la explican.

El manuscrito se interrumpe a mitad de una frase. Max Brod, editor póstumo de Kafka, contó que el autor le había confiado el final previsto: K. moriría de agotamiento en la aldea justo cuando llegara del castillo la noticia de que, sin reconocerle derecho alguno, se le permitía vivir y trabajar allí. La gracia concedida cuando ya no sirve: un final perfectamente kafkiano que la novela, inacabada, no necesita para cumplirse.

Temas y sentido

Escrito en 1922, durante la última gran crisis creativa y física de Kafka, El castillo es su meditación más vasta sobre el poder como distancia: una burocracia teológica cuyos funcionarios son adorados como dioses menores, cuya autoridad es absoluta precisamente porque es inaccesible, y cuyos archivos quizá no contengan nada. La novela admite —y ha recibido— todas las lecturas: teológica (la gracia inalcanzable, con Brod como primer intérprete), existencial (el individuo frente al sinsentido organizado), política (la maquinaria administrativa como forma pura de dominación) y biográfica (el judío occidental sin comunidad, el hombre incapaz de habitar el matrimonio y la aldea de los otros). A diferencia de El proceso, donde el tribunal persigue a Josef K., aquí es K. quien persigue al poder: la condena no es ser acusado, sino no ser admitido. Su comicidad desesperada, su nieve perpetua y su lógica de pesadilla razonada hacen de esta novela inconclusa una de las obras capitales del siglo XX.

Recepción y repercusión

El castillo no debía existir. Kafka, que lo escribió en 1922 y lo abandonó sin terminar, ordenó a Max Brod quemar sus manuscritos inéditos a su muerte. Brod desobedeció —la desobediencia más celebrada de la historia literaria— y publicó la novela en 1926, en la editorial muniquesa Kurt Wolff, dos años después de la muerte del autor. Aquella primera edición, preparada por Brod con criterios hoy discutidos (suprimió los capítulos finales inacabados y suavizó la puntuación), vendió poco: Kafka era entonces un autor de culto minoritario, y el propio Wolff escribió sobre lo difícil que resultaba vender sus libros.

La construcción de un clásico

La expansión llegó por la vía de las traducciones. La versión inglesa de Willa y Edwin Muir (1930) presentó la novela al mundo anglosajón envuelta en la interpretación teológica de Brod: el castillo como sede de la gracia divina, K. como peregrino sin fe. Esa lectura dominó la primera recepción y fue después el blanco de la crítica posterior, que reivindicó la ambigüedad radical del texto contra toda alegoría unívoca. Tras la Segunda Guerra Mundial, con Europa convertida en paisaje kafkiano, la novela quedó consagrada: el existencialismo francés la adoptó —Albert Camus, en El mito de Sísifo, le dedicó un apéndice célebre donde la lee como itinerario del alma en busca de la gracia dentro del absurdo—, y Hannah Arendt la interpretó como la novela del paria judío que exige, en vano, los derechos del ser humano corriente.

El juicio de los escritores fue igualmente decisivo. Thomas Mann, que promovió a Kafka en el exilio americano, celebró la mezcla única de precisión y sueño; Borges, que tradujo a Kafka y prologó sus libros, lo consideró el gran clásico de nuestro siglo atormentado y señaló que Kafka es tan singular que crea a sus propios precursores. Vladimir Nabokov, avaro en elogios, lo situó entre los mayores prosistas alemanes del siglo. La edición crítica de Malcolm Pasley (Fischer, 1982), basada en el manuscrito, restituyó por fin el texto sin las intervenciones de Brod, y las nuevas traducciones que generó —en España, la de Miguel Sáenz— renovaron la lectura de la obra.

Repercusión en el autor, su producción y su época

Kafka no conoció nada de esto. El castillo fue su último gran proyecto narrativo: lo escribió enfermo de tuberculosis, en los ocho meses de 1922 en que aún fue capaz de sostener una novela, y lo abandonó al comprender que no podría acabarla. En sus cartas a Brod de ese año habla de la escritura como una lucha por la que se le concede «el más alto de los premios» pero que lo destruye. La novela cierra la trilogía póstuma de lo inacabado —con El proceso y El desaparecido— que constituye, paradójicamente, el núcleo de su gloria: el autor que quiso desaparecer se convirtió en el nombre mismo de la experiencia moderna.

La posteridad de El castillo desborda la literatura. El adjetivo «kafkiano» debe a esta novela buena parte de su contenido —la ventanilla que nunca abre, el expediente que nadie encuentra, el poder que no responde—, y su influencia alcanza de Beckett a Coetzee (Vida y época de Michael K), de Thomas Bernhard a Murakami. Michael Haneke la llevó al cine en 1997, y las adaptaciones teatrales son constantes. Noventa años después de aquella edición que apenas se vendía, la novela inconclusa sobre un agrimensor que no llega nunca es uno de los libros más comentados del canon occidental: la crítica sigue haciendo con el castillo exactamente lo que K.: rodearlo sin alcanzarlo.

Fuentes

  1. «El castillo (novela)», Wikipedia en español
  2. «The Castle (novel)», Wikipedia en inglés (edición póstuma y recepción)