Resumen de la obra
Un hombre llamado K. llega de noche a una aldea cubierta de nieve, al pie de la colina donde se alza el castillo del conde Westwest. En la posada donde busca cobijo lo despiertan para exigirle un permiso de residencia: nadie puede quedarse sin autorización del castillo. K. declara ser el agrimensor que las autoridades han contratado. Una llamada telefónica parece desmentirlo; otra, confirmarlo a medias. Sobre esa ambigüedad inaugural —¿fue realmente convocado? ¿existe siquiera el puesto?— se construye la última novela de Kafka: la historia de un hombre que lucha toda la obra por ser admitido en un orden que jamás lo rechaza del todo ni lo acepta nunca.
El argumento
K. dedica cada capítulo a intentar llegar al castillo, y el castillo se retira como un horizonte. Las calles de la aldea no conducen a él; los funcionarios no reciben; los canales oficiales producen actas, expedientes y malentendidos. Le asignan dos ayudantes idénticos y saltarines a los que no ha pedido, que convierten su vida en una comedia exasperante, y un mensajero, Barnabas, cuyas cartas del alto funcionario Klamm llegan tarde, elogian trabajos que K. no ha realizado y responden a peticiones que no ha hecho.
En la taberna de los Señores, K. seduce —o es seducido por— Frieda, la camarera amante de Klamm, quizá su única vía de acceso al poder, quizá un ser humano que lo ama de verdad. Se prometen, viven miserablemente en la escuela donde K. acepta un puesto de bedel, y se pierden mutuamente: Frieda acaba volviendo a la taberna con uno de los ayudantes. Entre medias, la novela se abre a los grandes relatos interiores: la historia de la familia de Barnabas, condenada al ostracismo porque su hija Amalia rechazó la proposición obscena de un funcionario —el reverso exacto de K.: la aldea castiga tanto a quien desafía al castillo como ignora a quien busca su reconocimiento—, y la entrevista nocturna con el funcionario Bürgel, que ofrece a K., quizá, la única puerta abierta de toda la novela: una posibilidad de conseguirlo todo que se desvanece porque K., agotado, se queda dormido mientras se la explican.
El manuscrito se interrumpe a mitad de una frase. Max Brod, editor póstumo de Kafka, contó que el autor le había confiado el final previsto: K. moriría de agotamiento en la aldea justo cuando llegara del castillo la noticia de que, sin reconocerle derecho alguno, se le permitía vivir y trabajar allí. La gracia concedida cuando ya no sirve: un final perfectamente kafkiano que la novela, inacabada, no necesita para cumplirse.
Temas y sentido
Escrito en 1922, durante la última gran crisis creativa y física de Kafka, El castillo es su meditación más vasta sobre el poder como distancia: una burocracia teológica cuyos funcionarios son adorados como dioses menores, cuya autoridad es absoluta precisamente porque es inaccesible, y cuyos archivos quizá no contengan nada. La novela admite —y ha recibido— todas las lecturas: teológica (la gracia inalcanzable, con Brod como primer intérprete), existencial (el individuo frente al sinsentido organizado), política (la maquinaria administrativa como forma pura de dominación) y biográfica (el judío occidental sin comunidad, el hombre incapaz de habitar el matrimonio y la aldea de los otros). A diferencia de El proceso, donde el tribunal persigue a Josef K., aquí es K. quien persigue al poder: la condena no es ser acusado, sino no ser admitido. Su comicidad desesperada, su nieve perpetua y su lógica de pesadilla razonada hacen de esta novela inconclusa una de las obras capitales del siglo XX.