Saltar al contenido principal
Ínsula Singularia

Obra analizada

El idiota

Título original: Идиот (Idiot)

de Fiodor Dostoievsky

1869novela272.730 palabras analizadas

Descargar la obra

Resumen de la obra

El príncipe Lev Nikoláievich Mishkin regresa a Rusia en tren desde Suiza, donde ha pasado años tratándose la epilepsia. Es el último descendiente de una familia noble arruinada, un hombre de bondad absoluta, sinceridad sin cálculo y una candidez que la sociedad petersburguesa solo sabe nombrar de una manera: idiota. En ese mismo tren conoce a Rogozhin, un joven mercader de pasiones violentas que le habla de Nastasia Filíppovna, una mujer de belleza extraordinaria mantenida desde la adolescencia por el hombre que la deshonró. El triángulo que se forma en ese vagón —el santo, el poseso y la humillada— sostiene toda la novela.

El argumento

En San Petersburgo, Mishkin se instala en la órbita de la familia Epanchín, parientes lejanos, y de su hija menor, Aglaya. Su llegada coincide con la subasta moral de Nastasia Filíppovna: su protector quiere casarla con el arribista Ganya para quitársela de encima, mientras Rogozhin la pretende a golpe de dinero. En la escena culminante de la primera parte —una de las más célebres de Dostoievski—, Nastasia arroja al fuego cien mil rublos para ver si Ganya se atreve a sacarlos, y Mishkin, en un impulso de compasión pura, le propone matrimonio. Ella, que se sabe «perdida», lo rechaza para no arrastrarlo y huye con Rogozhin.

La novela avanza desde ahí como una oscilación trágica. Nastasia huye de Rogozhin hacia Mishkin y de Mishkin hacia Rogozhin, incapaz de aceptar una redención que siente inmerecida. El príncipe, a su vez, queda suspendido entre dos amores de naturaleza distinta: la compasión sin límites por Nastasia y el amor posible, casi terrenal, por Aglaya. Entre ambos polos se despliega un retrato coral y corrosivo de la sociedad rusa —generales, usureros, nihilistas, tísicos resentidos como el jovenIppolit, cuya confesión ante la muerte es uno de los grandes excursos del libro— que ve en la bondad de Mishkin una anomalía que hay que explotar o ridiculizar.

El desenlace es de una negrura absoluta. La rivalidad entre las dos mujeres estalla en un enfrentamiento que destruye ambas relaciones; Nastasia abandona a Mishkin al pie del altar y huye una vez más con Rogozhin, que esa misma noche la asesina. La escena final —Mishkin y Rogozhin velando juntos el cadáver, el príncipe acariciando el rostro del asesino mientras su razón se apaga— cierra el círculo: Mishkin recae en la idiocia definitiva y es devuelto al sanatorio suizo. La luz que entró en el mundo ha sido devorada por él.

Temas y sentido

Dostoievski dejó escrito en sus cuadernos el propósito del libro: representar a «un hombre positivamente hermoso», un alma cristiana perfecta arrojada al mundo real. El idiota es el experimento y su resultado: la bondad absoluta no salva, sino que precipita la catástrofe de quienes toca, porque el mundo no puede absorberla. Mishkin es una figura crística explícita —el paralelo se subraya con el cuadro de Holbein El cuerpo de Cristo muerto en la tumba, que Rogozhin tiene en su casa y que hace dudar de la resurrección misma—, y su fracaso es la pregunta teológica de la novela.

Alrededor de ese núcleo, la obra explora las obsesiones mayores del autor: la compasión como forma suprema y ruinosa del amor, el dinero como ácido social, la pena de muerte —el relato del condenado indultado reproduce la experiencia real de Dostoievski ante el pelotón de fusilamiento— y la epilepsia como umbral místico. Escrita a marchas forzadas en el extranjero, entre deudas y duelos, es la más autobiográfica y la más arriesgada de sus grandes novelas: un icono ruso pintado sobre el abismo.

Recepción y repercusión

El idiota se publicó por entregas en la revista El Mensajero Ruso entre 1868 y 1869, mientras Dostoievski vagaba por Europa —Ginebra, Vevey, Milán, Florencia— huyendo de sus acreedores, enterrando a su hija recién nacida y escribiendo contra reloj para cobrar los anticipos. Esas condiciones de composición, documentadas en su correspondencia y sus cuadernos, explican la estructura convulsa del libro: el autor confesó a su sobrina Sofía Ivánova que la idea de retratar «a un hombre positivamente hermoso» era «la más difícil del mundo», y reescribió el plan de la novela repetidas veces con la primera parte ya impresa.

Recepción contemporánea: desconcierto

La acogida rusa fue tibia y desconcertada. La primera parte despertó interés, pero el desarrollo posterior dividió a la crítica: los sectores progresistas, con los que Dostoievski mantenía una guerra abierta desde Crimen y castigo, leyeron la novela como una caricatura reaccionaria de la juventud radical, y aun críticos favorables encontraron el conjunto extraño, desmesurado, mal construido. El propio Dostoievski quedó insatisfecho: en cartas de la época admitió que la novela no había expresado «ni la décima parte» de lo que quería decir, aunque defendió siempre su idea central y llegó a decir que la escribió para sí mismo. No fue un fracaso comercial, pero quedó, en vida del autor, a la sombra de Crimen y castigo y después de Los hermanos Karamázov.

La revalorización posterior

El siglo XX invirtió el juicio. A medida que la obra de Dostoievski se convertía en referencia central de la literatura europea —proceso acelerado por las traducciones de Constance Garnett al inglés y el entusiasmo de los novelistas modernos—, El idiota pasó a leerse como su experimento más audaz: la novela que somete la figura de Cristo a las condiciones del realismo. La crítica del siglo XX y XXI —de los estudios clásicos de Mijaíl Bajtín sobre la polifonía dostoievskiana a lecturas contemporáneas como las de Joseph Frank, biógrafo canónico del autor— la sitúa entre las cimas del novelista precisamente por aquello que desconcertó a sus contemporáneos: su renuncia a la arquitectura cerrada en favor de una intensidad dramática casi teatral.

El testimonio de los escritores ha sido decisivo en esa consagración. La tradición crítica recoge la devoción de autores tan distintos como Tolstói —lector admirado de la novela pese a sus reservas hacia Dostoievski— y, ya en el siglo XX, la afirmación tantas veces citada de que toda la narrativa moderna está en deuda con el autor ruso. El personaje de Mishkin, en particular, se ha convertido en un arquetipo: el «idiota» sagrado, heredero del yuródivy ruso y del Quijote —paralelo que el propio Dostoievski traza dentro del libro, donde se lee y comenta la novela de Cervantes—.

Repercusión en el autor, su producción y su época

Para Dostoievski, El idiota fue una estación intermedia y dolorosa: escrita en el exilio y la penuria, consolidó su método de trabajo por entregas y dejó planteado el problema —¿puede encarnarse la bondad perfecta?— que seguiría elaborando en Los demonios y resolvería, en otra clave, con Aliosha Karamázov. La novela alimentó además el debate ideológico de su época: su retrato del nihilismo juvenil y del vacío espiritual de las clases altas rusas es un documento de primer orden de la Rusia de Alejandro II. Su posteridad extraliteraria es enorme: Akira Kurosawa la trasladó al Japón de posguerra en El idiota (1951), y las adaptaciones teatrales, cinematográficas y televisivas se suceden desde entonces. Hoy es unánimemente considerada una de las cuatro grandes novelas de su autor y uno de los retratos más conmovedores de la bondad imposible en la literatura universal.

Fuentes

  1. «El idiota», Wikipedia en español
  2. «The Idiot», Wikipedia en inglés (génesis y recepción)